Esperaba con una ansiedad imprecisa y una especie de aturdimiento como quien se siente seguro de usufructuar un privilegio ilegítimo y piensa que todos leerán en su rostro esta intrusión en un campo al cual no debe tener acceso, este recibir a escondidas, clandestinamente, un beneficio que no le corresponde. La cuestión era que su mujer está ahí en el Hospital Militar, atendiéndose de parto, pero no porque Ángel tuviera derecho a ello, sino porque se las había arreglado para que Isidro —ése sí, soldado y amigo suyo de la infancia, pues Isidro y Ángel habían nacido en el mismo pueblo— la presentara como a su propia mujer y, con ello, se la aceptase en la sala de Maternidad, la sala general donde son atendidas las mujeres de la tropa.

De este modo Ángel se sentía un intruso en todos los sentidos, no sólo por la circunstancia de encontrarse ahí su mujer como de contrabando, sino porque tampoco podía comparecer ante nadie como el marido de ella. Sencillamente un extraño, a lo sumo un familiar bien de la mujer misma o bien del esposo, en el mejor de los casos.

El comedor del hospital donde Ángel esperaba se veía a estas horas de la tarde lleno de convalecientes, pálidos y extraños, dentro de sus tristes uniformes de enfermos, un pantalón y camisa toscos, de un color gris ceniciento, marcados en tinta negra con algún número. Al extremo inferior de los pantalones sobresalían los delgadísimos tobillos de piel apagada y como muerta, o si no los pies envueltos en voluminosas vendas con manchas de mercurocromo.

Revueltas

Los convalecientes, reunidos en torno de las mesas del comedor, conversaban entre sí o con los familiares que habían ido de visita, pero todo ello con una animación furtiva e inquieta, que parecía girar en derredor de un solo tema inexcusable, del cual ninguno se podía apartar, así charlaran de otras cosas. La enfermedad: un tema que tenían prendido en los ojos, en la aprensión anhelante de sus pupilas, sobre todo los familiares.

Ángel, aislado ante una mesa y una taza de café, miraba todo aquello con desazón, sintiéndose a cada momento más notorio en medio de esa gente que ejercía con tanta naturalidad su derecho de estar ahí, sea en su condición de enfermos o de visitantes, pero en todo caso con gran aplomo y confianza. Bien, Ángel ni siquiera podría ver a su mujer ni a la criatura. Tan sólo esperaba que una afanadora de la sala de Maternidad, amiga también de Isidro, acudiese al comedor para informarle de los resultados, buenos o malos. Pero esto no justificaba ante nadie su presencia, ni menos aún su extraño aislamiento, su incomunicación, la falta de alguien a quien dirigirle la palabra o hacerle un saludo amistoso. Ya creía haber visto en la mujer encargada del comedor, una mujer gruesa con una bata blanca, cierta mirada de recelo, desde atrás de la caja registradora donde se encontraba y desde donde dirigía tipludas órdenes a las muchachas del servicio. Una mirada que le hizo bajar los ojos y fijarlos en su taza de café. Y la afanadora que tardaba tanto en venir. La buena, la servicial, la maldita afanadora.

También llegaban al comedor las enfermeras de guardia, vestidas con sus blancos uniformes tiesos de almidón bajo las azules capas de paño en forma de campanas. Tenían un modo especial de quitarse las capas y luego despojarse de los delantales, desabrochándolos a la espalda para que no se arrugaran al sentarse, con movimientos tan marcados y tan conscientes que se advertía en ello de inmediato un ostensible orgullo y satisfacción profesionales, y el placer con que mostraban tal satisfacción y orgullo ante los profanos, ante los pobres enfermos, ante los intimidados visitantes. Por otra parte aquello no era sino la imitación de esa desenfadada petulancia de los propios médicos, cuando salen a la calle con sus albeantes batas y zapatos blancos, y se dan cuenta en su fuero interno de la importancia que les concede la gente que los mira y entonces esto les hace adoptar un aire de distracción distante, afectuosa y protectora, cuyo mayor contento radica, para ellos, en la misma autocontemplación que, como rebote, les viene a través de los ojos ajenos.

Las enfermeras charlaban con una voz artificiosa, innecesariamente alta y de paso, al volver la cabeza o al mirar hacia determinado sitio, interrumpiendo la conversación, hacían tales o cuales observaciones a este o aquel enfermo evidentemente al cuidado suyo, así se encontrara en el extremo opuesto de la sala, ya sea en un tono admonitorio o ya con cierta familiaridad superior y maquinalmente cariñosa. El enfermo sonreía con una mueca pálida y servil, y la enfermera continuaba entonces el vacuo parloteo con sus colegas.

Los convalecientes ahí reunidos a la hora de la cena eran en su mayor parte “de sangre”, es decir que se curaban de alguna herida y no propiamente de enfermedad. Los había con el brazo en cabestrillo, con muletas, con vendas en la cabeza o en los ojos, y hasta uno de ellos entró, el aire muy ufano, sobre una silla de ruedas a la que hizo correr, con destreza increíble, por en medio de las mesas, hasta llegar a su sitio en uno de los ángulos del comedor, mientras reía coléricamente con una alegría siniestra y rabiosa, los ojos brillantes y retadores, mirando hacia sus muslos sin piernas.

En contraste con el tono de las enfermeras, los convalecientes y sus familiares hablaban en voz muy queda, como si mutuamente se suplicaran algo entre sí, quién sabe qué cosas, el cumplimiento de quién sabe qué imposibles y lejanos deseos, en un murmullo rápido y voraz que quería ganarle al tiempo sus minutos antes de que el comedor se cerrara y los enfermeros volvieran a sus respectivas alas. Todos tenían la piel como sin luz, no solamente pálidos, sino como si por dentro de la epidermis ya no tuviesen nada que los alumbrara, ningún calor.

Con creciente alarma Ángel advertía que poco a poco el comedor iba quedándose vacío. Los enfermos sin visita, después de cenar, retirábanse con semblantes malhumorados, llenos de un tedio impaciente, amargo, y en los labios un rictus de despecho que no podían reprimir. Sus figuras angulosas se perdían en los corredores, desamparadas, con pasos lentos y miserables, otra vez a penetrar en la vigilia árida y olorosa a medicamentos de las salas con sus camastros en fila, con su luz quieta y sucia, otra vez atados a la cadena diaria de aquella vida hueca y cruel.

Ángel detuvo su mirada sobre una pareja indígena —un soldado y su mujer—, que hasta esos momentos no había advertido, en la mesa vecina. Algo lo hizo estremecerse, sin que acertara a decir qué. Una atmósfera, cierta irradiación singular, un aire indefinible, fascinador y descomunal, de un apasionamiento desesperado, silencioso y lleno de violencia, que emanaba de aquellos dos seres, de aquel soldado y aquella mujer, quietos como estatuas, que se miraban a los ojos, sin poderse desprender uno del otro, igual que si se miraran con cadenas. No decían palabra, no tenían un solo gesto, ni una sonrisa, frente a frente los dos, separados por la mesa, los brazos caídos, sin intentar siquiera una caricia, mirándose hasta más allá del cuerpo y del alma, mirándose hasta el borde del aniquilamiento, sin moverse, los párpados de piedra, como dos viejos ídolos mexicanos.

Ambos eran brutalmente feos, feos hasta el asombro, los rostros de una tosquedad primitiva, volcánica, prietos, de frente obtusa y deprimida. Los dos tenían un aire de monos dolientes, apesadumbrados, un aire zoológico, animal, pétreo y apenas humano que acentuaba aquella inmovilidad estúpida, aquel mutismo espeso y bárbaro. Lo extraordinario es que se miraban, se miraban, como si cada uno estuviera luchando desesperadamente por encontrar, sin hallarla, alguna forma de elocuencia que no fuese el lenguaje, cierto instrumento de comunicación más allá de las palabras, más allá de todo lo conocido probablemente. ¿Qué era aquello que los mantenía así, uno frente al otro, atados, hipnotizados, los dos presos, como lobos, como dos coyotes sombríos que se hubieran trabado de los dientes, en silencio, aullando tan sólo por dentro de las entrañas sin que nadie pudiera oírlo? ¿Qué era?

Ángel sintió que sus músculos caían, desvalidos, como sin el resorte que les daba movimiento. Intentaba hacer algún esfuerzo para no llorar porque de pronto lo comprendía todo. Aquello no era otra cosa que el amor, un amor geológico, no formulado, el amor telúrico de dos seres cuyo espíritu primitivo no había tenido la fuerza para resistir la descarga tremenda y ésta los había galvanizado, les había quitado el habla y todo lo demás con que el amor se expresa, el tacto de los cuerpos, el oído de los cuerpos, la fragancia de los cuerpos, para dejar tan sólo aquella mirada de posesión absoluta, aquella mirada de la que tal vez los ojos no fueran sino un pretexto, una mirada que podría mirar sin ojos, la más pura y desnuda de las miradas.

Eran bellos, no podían ser más bellos ni más castos estos dos amantes sin nombre, estos dos coyotes indígenas, aherrojados de los colmillos, diente contra diente, con aquella piedra inmóvil de sus miradas espantosamente fijas. Esto sin duda iba a durar toda la vida, nadie sobre la tierra tendría jamás la fuerza suficiente para quebrantar el poder de su fascinación fabulosa, alta e inmaculada. Era imposible que se movieran, que se alteraran, que su condición sobrenatural dejara de serlo por un solo instante.

Pero no. Al sentir sobre sí los ojos de Ángel, el hombre se volvió hacia él, con su deforme cabeza rapada en la cual se advertía la huella semirrojiza de una enorme cicatriz. Ángel sintió nuevamente que un estremecimiento sacudía todo su cuerpo y lo llenaba de una mezcla de sensaciones próximas al vértigo. El hombre lo miraba con una desgarradora expresión de agravio indecible, suplicante y dolorosa, una pena desamparada, pobre, de infinita, irreparable soledad, como si aquello ya no pudiera tener remedio nunca y Ángel hubiera roto, pisoteado para siempre, algo que estuvo a punto de ser definitivo y que no se repetiría jamás, por los siglos de los siglos.

—¿Por qué? —preguntó el soldado con una voz irreal, lacerante de tan humilde y verdadera.

Tan sólo eso. ¿Por qué? Pero en ello se cifraba un mundo desconocido, extraño y perturbador. La mujer bajó simplemente los ojos sin protesta alguna, como si clausurara el cielo con dos nubes herméticas y totales. Los tres habían quedado solos en el comedor y alguien los obligó a salir.

“¿Por qué, por qué?”, se preguntaba ahora Ángel, apoyado sobre una saliente, junto al ventanal de los corredores, en espera de que apareciese la afanadora de quien recibiría noticias sobre su mujer. “¿Por qué? ¿Qué quiso decirme el soldado con su pregunta?”. El crepúsculo avanzando sobre cada trozo de paisaje que se lograba ver desde el ventanal y entonces los colores, al quedar en la sombra aún indecisa y entre dos luces de la tarde, se amustiaban y desvaían, muriéndose poco a poco hasta apagarse por completo. ¿Por qué? ¿Por qué se apagaban el paisaje y esa inquieta melancolía se adueñaba de todas las cosas entristeciéndolas de tal modo? Las barrancas cercanas, al otro lado de los muros del hospital, se habían vuelto nocturnas, llenas de un misterio angustioso y el verde de los prados tenía ya un color mortecino y gris. ¿Por qué todo aquello? ¿Por qué la vida no podía ser de otra manera y por qué los seres humanos estaban condenados a sufrir tanto? ¿Por qué Ángel tenía que recurrir a esta subrepticia limosna del hospital para que su mujer —tan sencilla, tan buena y heroica— le diese un hijo, cuando las cosas debieran ocurrir en una forma mejor? ¿Por qué? ¿Por qué Ángel era pobre y había tantos pobres en el mundo?

Revueltas

Unas risas extravagantes lo hicieron salir del ensimismamiento, unas grandes risas alegres, pero al mismo tiempo groseras, que lo obligaron a volverse en la dirección de donde provenían, un pabellón, en el piso de abajo, cuya vista se dominaba parcialmente desde el ventanal. Uno de los mozos de limpieza, en el corredor del pabellón, era quien reía con grandes espavientos, a tiempo que inclinaba el cuerpo hacia adelante, en dirección de aquello que era el origen de su risa y que Ángel no podría ver desde el punto donde se encontraba. El hombre se sacudía, desternillándose e incitando a que se le provocase más, mientras se golpeaba una contra otra las palmas de la mano y hacía gesticulaciones grotescas.

Ángel experimentó un disgusto muy vivo, pues en la actitud y visajes de aquel hombre había una cierta cosa nauseabunda y soez, pero no pudo sustraerse a la curiosidad de saber cuál era la causa de todo aquello, así que permaneció mirando desde el ventanal.

Ahora se escuchaba una cancioncita estúpida y junto al mozo de la limpieza aparecieron cuatro o cinco de los enfermos instalados en ese pabellón, quienes aplaudían con una especie de regocijada y concupiscente complicidad, dirigiéndose al punto de donde la cancioncita se escuchaba. A través de la ventana abierta del pabellón se oían las voces chillonas y apremiantes.

“¡Baila, Cabezas, baila Cabezas!”.

El llamado Cabezas por fin apareció en el campo visual de Ángel, pero dándole la espalda. Llevaba un plumero metido atrás del cogote, por entre el cuello de la camisa, y desnudo del resto del cuerpo comenzó a bailar una danza desquiciada y furibunda, en medio de raras contorsiones. Aquello era desganado y repugnante a la vez, pero el tal Cabezas parecía encantado de ser el objeto de la burla general y sangrienta de quienes lo rodeaban divirtiéndose del modo más cruel a sus costillas. Indudablemente estaba borracho. “Baila, Cabezas, baila, Cabezas”. El plumero se movía, giraba de un lado a otro, inclinándose a la derecha, a la izquierda, adelante, atrás, y los muslos desnudos del Cabezas emergían por debajo de la camisa, ágiles y frenéticos, ondulando en el aire como dos alambres descarnados.

Ángel sintió que lo tocaban en un codo. Ahí estaba, radiante y con una expresión dulce, llena de simpática ternura, la afanadora amiga de Isidro. Los labios de la afanadora se entreabrieron antes de que Ángel pudiera interrogarla.

—¡Fue niño, joven Ángel, fue niño! —exclamó.

Ángel tomó a la muchacha de los hombros oprimiéndola insensatamente.

—¿Y ella, ella? —exclamó con los ojos muy abiertos y ansiosos.

—Ella está bien, no tenga cuidado, joven Ángel.

Los ojos entrecerrados, Ángel se volvió hacia el ventanal, apoyando ahí la frente con una sensación de enorme alivio y gratitud, una gratitud en abstracto, no dirigida a nadie, pero una gratitud profunda, tranquilizadora y feliz. Al abrir los ojos miró de un modo maquinal hacia al pabellón del piso inmediatamente inferior. El Cabezas había girado de frente y continuaba su danza atroz.

“Baila, Cabezas, baila”, continuaban excitándolo los demás.

Ángel reconoció en el Cabezas al soldado del comedor que miraba con los ojos fijos y desesperados a la mujer aquella que había ido a visitarlo.

—¿Por qué? —exclamó Ángel en voz alta sin darse cuenta, creyendo que repetía tan sólo mentalmente la pregunta que le hiciera en los anteriores momentos el soldado.

La afanadora amiga de Isidro frunció el ceño con extrañeza.

—¿Qué dice? —preguntó con alarma, pero al advertir el punto hacia el cual miraba Ángel, sus labios volvieron a sonreír como en el primer momento—. Es el pabellón de psiquiatría —explicó diligente—, donde están los locos pacíficos.

El semblante de Ángel carecía de cualquier expresión, con los ojos sin vida, como los de un ciego.

“Baila, Cabezas, baila, Cabezas”.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

A bordo de la fragata California, frente a la Isla Socorro, en el Archipiélago de las Revillagigedo. Enero de 1957. n

(Núm. 4, abril de 1978)