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I

Creíamos con talento a Alfonso de Silva, joven músico peruano. Vivía en gran penuria en un hotel de la rue des Ecoles, no lejos de la Sorbona, con la pálida Alina, muy joven y muy bella. Se ganaban la vida en pequeñas o grandes “boîtes”. Cantaba tangos. Él la acompañaba al piano. Se amaban.

No sé si tuvo tiempo y logró crear obras de significación. He pensado muchas veces, hace años, en él. Lo recuerdo brillante. Un arcángel en la miseria. Como de ninguno más estábamos ciertos de su talento. Su belleza física gemela de su alma. Fraterno fino y terrible como un puñal. Delgado y casi alto, cabello hasta los hombros.

¿Qué le pasó al volver a su tierra? ¿Se sintió en un páramo después de su áspera y ardiente vida en París? ¿Lima, la horrible?

Su recuerdo está ligado al de César Vallejo. Él me llevó a conocerlo. Eran íntimos. Se querían fervorosamente. Alfonso de Silva murió joven, según lo colijo del poema que Vallejo le dedica, fechado el 9 de octubre de 1937: “Alfonso estás mirándome, lo veo,/ desde el plano implacable donde moran/ lineales los siempres, lineales los jamases/ (Esa noche dormiste, entre tu sueño/ y mi sueño, en la rue de Ribouté”).

No ofrezco el poema. Tomo líneas de aquí y allá: “Palpablemente/ tu inolvidable cholo te oye andar/ en París, te siente en el teléfono callar”. “En la ‘cité de nuit’, donde tocabas tangos,/ tocando tu indignada criatura corazón”. Y también: “…Sufro bebiendo un vaso de ti, Silva”. Cierra así la elegía: “Hoy es más diferente todavía;/ hoy sufro dulce, amargamente,/ bebo tu sangre en cuanto a Cristo el duro,/ como tu hueco en cuanto a Cristo el suave,/ porque te quiero, dos a dos, Alfonso,/ y casi lo podría decir eternamente”.

Cardoza y Aragón

Algunas noches, después del trabajo, su mujer volvía al Hotel des Ecoles, mientras Alfonso de Silva se desvelaba con nosotros, sus amigos más jóvenes. En las trasnochadas sacudíamos la torpeza polemizando, enardecidos y atónitos, aún con el polvo de los Andes en los zapatos.

En nuestra perversión y desorden, en nuestras intuiciones había pureza. Ignorábamos nuestra vida privilegiada y nos inventábamos, como todo adolescente, un infiernito real. Porque más que una edad, la adolescencia es un delirio. A París lo veíamos con ojos maravillados. Recorríamos las orillas del Sena diciéndonos el “Poema de otoño” y “Canción de otoño en primavera”. ¿Por qué en los años de sumo vigor nos acechaba el suicidio y nada ni nadie nos satisface y menos nos sacia?

¿Una batalla entre la adolescencia que se iba y el bozo que comenzaba a sombrear el labio perplejo? Nada teníamos de mustios; desbaratábamos las virtudes teologales con orgullo. Iluminaban mis noches muslos solares, tóxicas lecturas. Años de angustia corrosiva, auténticos entre los más auténticos. ¿No cogíamos la flor del instante? Lo que más reiterábamos con decepción turbulenta: “La vida es dura, amarga, y pasa/ ¡Ya no hay princesa que cantar!”.

Con asombro de astronauta caído en Júpiter vivía: libertad total, famélico de comprender, virilidad abrumadora, las fuentes de todos los conocimientos abiertas y de todos los placeres. La diversidad de plenitudes, recién salido de la opresión y del analfabetismo pueblerinos, lo brusco y la magnitud del cambio me enloqueció largo tiempo. Me colmó de asombro y de dolor, de vivir simultáneamente en la gloria y en el patíbulo. Hastío incisivo por matinal. Una edad intolerable y exacerbada. Con horror la vomito. Me sobraba vida. Me faltaba tiempo aun para perderlo. Fui arrebatado y aborrecible. No escribía sino supuraba. Falsete cruel, tartamudeo, aullido extravagante. Diminutos monstruos desolados, vivíamos entre lo irracional y lo primario, entre lo intenso y complejo.

Se está solo. La soledad del adolescente es parte de su felicidad y de su desesperación. El aislamiento para el ensueño es zozobra. La pujanza y la imaginación, águilas ciegas, recorren el cuerpo sin salida. Caen y alzan el vuelo y martillan cúpulas y sótanos. Qué lejos todas las palabras. Decepcionados de estar decepcionados; decepcionados de no estar más decepcionados. Ahítos de lecturas, sobre arenas movedizas y vaguedades, en aquellos amaneceres llegábamos a Nuestra Señora, a San Severino, en donde Dante oró.

Con sentimiento de compasión, los evoco. Con piedad no exenta de pesadumbre y de victoria. Y sin exhibicionismo alguno. Se es llama de sangre y estupor. Se goza con angustia felicidad imposible. Se exigen inmolaciones y se necesita de toda necesidad algo que no sabemos precisar qué es. Se cumple condena desconociendo a qué se debe la catástrofe. Me autopsiaba. Torpe, desasido y deslumbrado. La vocación se va imponiendo, natural tormenta impetrada. Haber escogido la vida más indefinida por demasiada definición, en la cual nunca se toca fondo, lo decidí con hechizo. Veo a ese par de idiotas trascendentales carentes de humor, compartiendo su tropel de abortos, monologando, execrando, con la inagotable “Canción de la más alta torre”.

Vallejo lo dice así: “Considerando en frío, imparcialmente,/ que el hombre es triste, todo y, sin embargo,/ se complace en su pecho colorado:/ que lo único que hace es componerse/ de días;/ que es lóbrego mamífero y se peina…”. Después de ese incendio y reclamo de pureza desatinada, como que aprendemos a vivir. Nos acostumbramos a vivir. Vamos empantanándonos, admitiendo lo inadmisible. En tal desolación, a veces cubiertos de mujeres, a veces irrevocablemente enamorados, no se admite ni mínima transacción. Y para algunos de esplendor más recto, decadente y anacrónico, vivir es claudicar. Y una estrellita de sangre en la sien es la respuesta.

Nunca como a tal edad, quemándose minuciosamente, se es más desdichado. En ella se sucede ausencia extrema con plenitud formidable. Ahora que la reconstruyo me saltan las lágrimas. Siento que se afrontaban una decadencia y una realidad que no acudía ni provocábamos. En la atrocidad del adolescente hay cierto cansancio, en exceso temprano, cierta inasumible decepción. Nunca fui más yo mismo que cuando sin darle alcance perseguí a la palabra. Estoy vivo por milagro. Sufrí conflictos con las galaxias.

Tienen ahora no sé qué de deshabitados mis pasos. Nada más sin piedad que sobrevivir. El escepticismo fue más detestable por anárquico que por pequeñoburgués. Sin embargo, guardaba bellas esquirlas. Anarquismo con idiotas pujidos genéricos. ¡Qué nostalgia de tierra firme! Me abruma la reminiscencia del adolescente que me habitó al contrastarlo con mis repudios. Vivía, para decirlo sin doblez, en una especie de propensión al desastre. Era un desastre. Odié el desorden, tanto como el sentimentalismo. Lo que pareciese sedimentos de cualquier lastre de la pereza. Pero mi subversión, mi rebeldía fueron librescas y fueron reales. Sufrí perplejidad en las bifurcaciones. Tempranamente decidí mi opción. No doro ni desdoro esos años. ¿Quién no los ha padecido?

Entonces nos consumimos en lo más intrínseco. Se nos revela qué es la libertad. Lo terrible y espléndido de la libertad. El mate silencio de los sueños. Su duro sol monótono. Alejarnos de tal visión, comenzar a pactar, a salir del edén infernal va trocándose en descastamiento y castración. Aquellas madrugadas no fueron sólo nuestras. Sino las mismas en que otros jóvenes con menos fortuna en su destino en pueblos avarientos de América, ululaban descuartizados. Ahora con guerrilleros y poetas. Recuerdo a Roberto Obregón, a Turcios Lima. ¿Cómo ser feliz si son los años de máxima insaciabilidad inquisidora y reflexiva? Nadie está nunca tan inhumanamente en soledad como un adolescente. La vida le sonríe. ¿La vida le sonríe?

De todo cabe hacer mofa, menos de la estupidez maravillosa de los adolescentes.

Viven vida extrema, loca y celeste.

II

¿Nada es pensado, reflexionado? Parece saltar, soltarse. Su expresión es por repentinas impulsiones espasmódicas. A veces no acierto a pensar su sentido; no lo encuentro. En vez de inquirirlo, me lo procuro. El poeta impone su voz activante de mis iluminaciones y fatigas.

Poesía nunca lapidaria; poesía lapidada. Su ejercicio es diversidad mental y pendulaciones. Este encuentro arbitrario y casi demasiado bélico engendraron su lenguaje. Pedernales. No sé qué de torpe. Tal si en él hubiesen impedimentos del quechua. Tal si no imperara sobre su escritura sino su escritura sobre él. En dicha sensación está el pensamiento vuelto dificultad, tropezándose y dando saltos. ¿Quién cala más hondo? Alambres de púas son las líneas del cuaderno en el cual escribe.

Neruda trabaja con imágenes. Vallejo no acuerda a ellas acogida semejante. Y cuando las admite son más inesperadas, sin suntuosidad ni oratoria. No comparo: miro el fluir del río Neruda, por opulencias y mareas australes. La musa de Neruda es pomposa giganta de Calipigia y enormes tetas de nodriza vacuna. Miro los páramos de Vallejo, las rocas peladas, el sol carnívoro, su noche cerrada como un cero.

Vallejo, más que decir, quiere decir. Está lleno de candados y no encuentra la llave. Esencial es tal angustia en su poesía. Tartamudea su bizca musa difícil y escasa. Se desuella antes de dictarle ese primer verso famoso y no torna a chistar. ¿Su musa? Sólo hay lluvia de ceniza y de fuego. Parco musgo aterciopela bronca lava. El poeta es el laberinto. Se recorre perdido. A punto del desmayo se duerme. La videncia ha terminado. Quedan escombros. Arena sangra por las narices. Una catedral en ruinas descubre al despertar. Roe huesos descarnados. El último poema debe ser el último. Vuelve a la carga. Escribe de nuevo. Y de nuevo es avasallado por su Pitia despellejada. Lo culminante irrumpe cuando más balbuce. Cuando ignora qué decir y cómo decir lo que ignora; cuando le sale espuma por la boca; cuando parece mayor su incoherencia dice más y mejor se explica; cuando empala a la sintaxis; cuando tormentado atormenta el lenguaje, entonces sus águilas gorgoritean y rugen sus alondras. En la llanura camina al borde del abismo. No escribe en español sino en vallejo. No tiene palabras sino guijarros. ¿Quién es? Hay que dar al César lo que es de Vallejo.

Sus compatriotas le llamaban El Cholo. Nosotros, El Huaco. Muy delgado, muy mestizo aindiado. Una desolación de cara angosta, más enjuta por la nariz aguilina que despegábase como gárgola a punto de volar. Cara de reja de arado. Abría la tierra y sembraba pedernales. Nervioso, de mal humor, vivía pobremente. Su voz más anchurosa se diría anquilosada por el propio ímpetu. Enrique Gómez Carrillo lo invita a tomar el aperitivo, y no a comer. César Vallejo no lo aprecia ni lo desprecia, lo que es peor. El peruano fue encarnación de la dignidad y de lítica tristeza.

Cardoza y Aragón

Alfonso de Silva me llevó una noche, muy tarde, a visitarlo en un hotelucho de paso, en alguna calle no lejos del Folies Bergère. Hoteluchos que apestan a rancio, a mugre, a encierro, a lobreguez. Así lo conocí. En la cama con Vallejo un joven.

Se incorporaron para charlar. Julio Gálvez, peruano, era con quien Vallejo dormía. Inevitablemente los pensé homosexuales. Mariconería habría sido que Vallejo diese el sillón al amigo para dormir. Gálvez fue tan varonil como Vallejo. El desamparo de aquél, aún más tremendo. Fue diaria cuestión el pago de la habitacioncilla, tal vez tomada por semana, el desayuno. Lo explotaban periódicos de su tierra. Se iban a Montparnasse. Por los cafés, de día y de noche, en la tarde o en la madrugada, con algún amigo un par de mediaslunas, una copa de alcohol. En el mostrador del Café Le Dôme se pedía un café y se tomaban de las cestas cuantas mediaslunas se soportaran. Se admitía un tercio de la consumición al pagar.

Julio Gálvez muere en la guerra civil española. Trabajaba en un hospital de las afueras de Madrid. Lo capturaron los franquistas y lo fusilaron. En París se le suponía drogadicto. Además tenía tal éxito con las mujeres que las hacía felices viviendo de ellas. Espléndido amigo. Lo recuerdo con afecto por el tutelar apoyo a Vallejo y de Vallejo a Gálvez. En ningún apunte biográfico he leído algo sobre esta amistad, tal vez nacida en el Perú. Recordándolo en La Habana, en 1975, Félix Pita Rodríguez suponía que trabajaba en un hospital madrileño por impedimento de ser voluntario en el frente. No sé si con Vallejo fue a España. Allá quedo en alguna fosa común. Vallejo regresó a París. A morir de hambre. Fue obrero de la palabra al rojo blanco. A yunque y martillo. Louis Aragon dijo unas palabras antes de sepultarlo.

Su voz ferruginosa, arrugada y rechinante sigue corriendo más que extendida abisal. n

(Núm. 3, marzo de 1978)