Por fin —dirán quienes impulsaron la iniciativa— las candidaturas independientes aparecen legitimadas en la Constitución. Ahora dice el artículo 35: “Son derechos del ciudadano… poder ser votado para todos los cargos de elección popular, teniendo las calidades que establezca la ley. El derecho de solicitar el registro de candidatos ante la autoridad electoral corresponde a los partidos políticos así como a los ciudadanos que soliciten su registro de manera independiente y cumplan con los requisitos, condiciones y términos que determine la legislación”.

candidaturas

Entonces queda en manos del Congreso federal y de los Congresos locales establecer precisamente “los requisitos, condiciones y términos”, para que el ensueño se vuelva realidad. Y ello deberá suceder, según los artículos transitorios, antes del 18 de julio de 2013.

Pues bien, cuando ello suceda tendremos una nueva legislación para la construcción y registro de nuevos partidos. Sí, de nuevos partidos, porque éstos son inescapables ahí donde existen elecciones y cuerpos colegiados legislativos. Claro, podrán ser minipartidos o maxipartidos, pero partidos al fin. Tengo que explicarme.

¿Qué es un partido? Una agrupación de ciudadanos que se organizan para contender por los diversos cargos de elección popular y que pretenden colocar a sus candidatos en cargos de representación. Para ello crean una estructura, generan jefes y “bases”, tejen redes de relaciones, se dotan de un ideario, proponen un diagnóstico de lo que sucede a la comunidad y postulan diversas medidas que a su juicio deben tomarse. Intentan forjar una identidad, tender puentes de comunicación con el vasto mundo de los electores, aspiran a tener visibilidad pública y sígale usted.

Pues bien, otra vez. Cuando fulanito de X pretenda ser presidente municipal de Cuévano o zutanito de Z presidente de la República, construirán, por fuerza, algo similar a lo descrito en el párrafo anterior. El asunto no es optativo, sino inescapable. Por supuesto se podrán llamar a sí mismos candidatos independientes y a su amplia o endeble organización, movimiento, asociación, club, logia, plataforma, frente o circo, pero serán, en buen español, partidos. Una parte organizada de la sociedad que hace política y aspira a ocupar los cargos electivos dentro de las instituciones del Estado.

Hasta ahora la legislación federal apostaba por los partidos nacionales como agregadores funcionales de los intereses, pasiones, ideologías y ambiciones que cruzan al país. Y no fue una mala decisión. Por el contrario, México construyó un sólido y competitivo sistema de partidos, plural y expresivo, que substituyó al añejo sistema de partido hegemónico del que habló Sartori. Ahora veremos las nuevas reglas.

Y otra vez, cuando los Congresos pongan manos a la obra aparecerá, porque ningún exorcista podrá conjurarlos, la sombra de los partidos. Imagino que para ser candidato a algún cargo se requerirá un número determinado de firmas o adhesiones, habrá que regular el financiamiento de esas campañas (sus ingresos legítimos y las fuentes indeseables), quizá su acceso a los grandes medios de comunicación, su personería jurídica, su presencia o no en los órganos electorales, sus derechos y obligaciones, sus prohibiciones, y sígale usted. Y entonces nos daremos cuenta que lo que se está regulando son organizaciones partidistas que podrán ser pequeñas y volátiles (por ejemplo, para contender por una alcaldía diminuta o por una diputación local) o de alcances nacionales y con pretensiones de permanencia (un candidato presidencial, por ejemplo).
Y luego vendrán los temas más políticos (los anteriores, por cierto, también lo son): ¿se permitirá o no un candidato a la presidencia de la República que no sea acompañado de un número determinado de candidatos al Congreso de la Unión? Si va solo, tendremos algo así como un partido caudillista, una plataforma para lanzar a una sola persona; si por el contrario, debe ser arropado por candidatos a las Cámaras, estaremos ante un partido como los de ahora. ¿Las fórmulas de senadores serán de dos o podrá presentarse solamente uno? En cualquiera de los dos casos, si esas figuras no tienen lazos con otros candidatos, estarán conformando un partido estatal.

Hemos llegado a esta situación porque el lenguaje de la antipolítica ha avanzado mucho entre nosotros. Si la aspiración democrática sigue siendo mayoritaria, los instrumentos con los que se construyen y consolidan los regímenes democráticos tienen pésima fama: políticos, partidos y Parlamentos se han convertido en “los perros del mal”. Todos los días en la prensa, la radio y la televisión, se reproducen las consejas más cerriles contra ellos; está instalado en el sentido común que los responsables de (aquí ponga usted lo que se le ocurra) son los políticos y los partidos “que sólo ven por sus intereses”; y hasta el cómico más oligofrénico, cuando se le acaba la cuerda, saca del sombrero un chistorete contra los políticos y sanseacabó… cosecha aplausos.

No es que los políticos, los partidos y el Congreso no merezcan ser criticados. En muchos casos se han ganado a pulso su reputación. Lo alarmante es que en la retórica antipolítica se genera un ensueño peligroso que de manera artificial contrapone a ciudadanos impolutos, fuente de todas las virtudes, a partidos y políticos que no son más que la cara perversa de la sociedad. Y por ello, en lugar de asumir con seriedad que para la reproducción de un sistema democrático se requieren auténticos partidos, se le da la vuelta al asunto, y se pretende que “candidatos independientes” puedan ser una alternativa. (Me deprimo al imaginar la retórica que van a explotar los candidatos “ciudadanos”, incontaminados, contra los perversos políticos.) Lo que estaremos creando es quizá un archipiélago de partidos, partiditos y partidotes que no se atrevan a asumirse como tales, y de políticos, de todas las tonalidades y calidades, que aparecerán en público disfrazados de ciudadanos independientes.

Lo bueno del asunto, sin embargo, es que a lo mejor por esa vía se incorporan nuevas caras y propuestas a las contiendas electorales y al mundo de la representación. Lo malo es que se desaprovechó la oportunidad para replantear con seriedad los requisitos para construir nuevos partidos y facilitar la entrada al universo electoral institucional de corrientes político-ideológicas que no se sientan representadas. Recordemos, porque hace falta, que las condiciones para el registro de nuevos partidos se han venido incrementando y espaciando, lo que nos llevó a que para el proceso electoral de 2012 no haya existido siquiera la posibilidad de registrar una nueva opción. Y ello por primera vez desde las elecciones de 1979.

José Woldenberg.
Ensayista y escritor. Su más reciente libro es Nobleza obliga.