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La comunidad judía y la comunidad hispana de Estados Unidos no han tenido una relación estrecha. Son dos mundos que casi no se tocan. Sin embargo, los congresistas judíos han votado una y otra vez a favor de la reforma migratoria, excepción sea hecha de Eric Cantor, líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes; y las organizaciones judías han apoyado las legislaciones Dream Act y Acción Diferida en mítines y mediante programas educativos, publicaciones y a través de contactos con políticos y diplomáticos. Es natural, los judíos son particularmente sensibles a los obstáculos que confronta la minoría hispana porque conocen las dificultades a las que se enfrentan los recién llegados, como aprender un nuevo idioma o pasar estragos económicos; además, reconocen la veta xenófoba que distorsiona las características del Otro para justificar calumnias o cometer delitos motivados por el odio.

hispanos

Las organizaciones judías que surgieron a principios del siglo XX para combatir el antisemitismo desde hace tiempo extendieron sus agendas para defender los derechos humanos de todas las minorías. Y al mismo tiempo también las ampliaron para proteger al resto de los judíos en la diáspora y la existencia del Estado de Israel. Los ataques terroristas en Argentina en los noventa y el antisemitismo promovido por el chavismo en Venezuela, las han obligado a poner más énfasis en Latinoamérica. Esta preocupación, aunada a la identificación con el hispano, las han inspirado a crear alianzas más formales.

Por su parte, la comunidad hispana se ha acercado a la judía para aprender de ella cómo liberarse de prejuicios y discriminación y cómo estructurarse para fortalecerse. Carlos Sada, cónsul de México en Nueva York, explica que el estudio del modelo de las organizaciones judías provee de herramientas para identificar y capacitar a líderes para que las organizaciones mexicanas se incorporen en un gran consejo popular. Hacerlo, permitiría responder apropiadamente a los problemas de salud, educación y otras necesidades de la comunidad, mejorando la calidad de vida de la diáspora mexicana y, de paso, aumentando su protagonismo en Estados Unidos.

Hoy existen cientos de coaliciones entre organizaciones judías e hispanas que reúnen a empresarios, líderes religiosos, líderes comunitarios, universitarios u otros personajes de las dos comunidades. Tal vez el órgano que ha tenido más influencia en el establecimiento de las alianzas más prominentes es el American Jewish Committe (AJC). Hace una década el AJC organizó varios foros con líderes de las dos comunidades, en los que se identificaron preocupaciones comunes y se elaboró una agenda cooperativa. Y en 2005 fundó el Latino and Latin American Institute para atender las relaciones con los hispanos de Estados Unidos y con Latinoamérica. Un año más tarde este instituto y el Consejo Nacional de la Raza, la organización hispana más grande de Estados Unidos, realizaron un seminario en Israel del que emanaron dos programas. El primero, sobre temas domésticos y globales que les atañen, incluyendo la reforma migratoria. Y el segundo, sobre el racismo y la retórica antiinmigrante desde la perspectiva del Holocausto judío.

Hace un año, en 2011, el instituto ayudó a formar el Latino-Jewish Congressional Caucus. Al unirse estos dos grupos se calcula poder aumentar la presión para resolver la regularización de los indocumentados, no sólo porque hay más congresistas judíos que hispanos, sino porque ahora, unidos representan casi el 14% del Congreso.

En el censo de Estados Unidos y en encuestas del AJC, el hispano se identifica como estadunidense pero con ligas a sus orígenes. Es decir, al igual que el judío, el hispano reconoce su identidad transnacional. Siendo así, a partir de 2008 el instituto patrocina viajes de delegaciones de líderes hispanos estadunidenses y del AJC a distintos países latinoamericanos para reunirse con presidentes, diplomáticos, cardenales, empresarios y filántropos. El propósito es múltiple: por un lado, ampliar la relación de los hispanos de los dos lados de la frontera, calibrar las circunstancias de la comunidad judía local, evaluar la situación nacional; y por otro lado, examinar cómo ampliar la relación bilateral entre Estados Unidos y el país visitado y entre éste e Israel. La última visita tuvo lugar en México del 11 al 13 de noviembre.

El instituto da talleres en los que comparte las estrategias del AJC para crear liderazgos. Se han celebrado tres en conjunto con el gobierno de México y el Instituto de los Mexicanos en el Exterior y uno con refugiados de la guerra civil guatemalteca. Éstos han sido particularmente útiles en el área de Nueva York-Nueva Jersey-Connecticut, donde en los últimos 10 años la población mexicana creció 87% (hoy hay 1.2 millones de mexicanos). En este territorio hay casi 30 mil empresas de mexicanos, no pasa un día en que se celebren eventos culturales que nos representen y abundan las agrupaciones mexicanas comunitarias, pero la comunidad está dispersa. Para centralizarla y fortalecerla, el cónsul Carlos Sada y el embajador de México, Arturo Sarukhán, fundaron recientemente lo que será la Asociación de Mexicanos en Nueva York.

La alianza de ambos grupos, judíos e hispanos, puede tener repercusiones gigantescas. La judía es una minoría notablemente bien adaptada, y la hispana una minoría en ascenso que, según las proyecciones, en 2050 será la mayor de Estados Unidos: uno de cada tres norteamericanos será de descendencia hispana.

Sin embargo, es el antisemitismo hispano el que obstaculiza el camino. Nuestra Aetate, la declaración en la que el Vaticano corrigió la postura antisemita de la Iglesia hace más de 40 años, no se ha diseminado por completo en esta comunidad. La bien fundada postura antiestadunidense en Latinoamérica ha facilitado no sólo la simpatía, sino también, y desgraciadamente, la identificación con la causa de los palestinos, representándolos como víctimas del “imperialismo yanqui-judío”, representación que ignora el terrorismo internacional palestino y su oposición radical a la existencia del Estado de Israel.

Dos ejemplos. Se sabe que Henrique Capriles Radonski, ex candidato a la presidencia de Venezuela, se identifica con la izquierda centrista estilo Lula y que aunque sus abuelos son judíos, él es un católico devoto. Como la estrategia que usó el Tea Party contra Obama cuando lo denunció de ser keniano y musulmán, Hugo Chávez y los medios de comunicación venezolanos acusaban a Capriles de ser judío, que en la Venezuela populista de hoy conlleva una traducción perversa (judío=extranjero traidor). Judío, majuche (mediocre), gay, cochino, nazi y pro gringo: todo eso le decía Chávez a su opositor, sin que nadie pareciera notar alguna incongruencia. Es decir, su mensaje era que si Capriles resultaba electo, gobernaría un mediocre que debilitaría los intereses del pueblo venezolano en beneficio del “complot internacional judeo-gringo”.

Un segundo ejemplo, éste sucedido en México. Alfredo Jalife-Rahme, un académico ligado al partido Morena, se sirve también de la ascendencia judía de Enrique Krauze, Jorge Castañeda y otros intelectuales de ascendencia judía, acusándolos de ser miembros de la CIA o el Mossad para nulificarlos del debate nacional. Las injurias son tan ridículas como cuando se decía que los inmigrantes mexicanos están en Estados Unidos para conquistarlo y volverlo parte de México. Y sin embargo la historia ha comprobado que, de un momento a otro, agravios tan risibles pueden desencadenar atrocidades. No hay que retroceder a la Noche de Cristales Rotos ni al Holocausto para ejemplificarlo: gracias a la palabrería estruendosa de Chávez, la comunidad judía de Venezuela sufrió ataques violentos contra una de sus escuelas en 2004 y 2007, y contra su sinagoga principal en 2009.

El aumento del antisemitismo hispano es evidente en las encuestas nacionales representativas que ha realizado la Liga Anti-difamación (ADL) en Estados Unidos en los últimos años. Éstas miden el antisemitismo a través de entrevistas telefónicas en las que el cuestionado acepta o rechaza 25 estereotipos típicamente antisemitas como: los judíos son deshonestos o a los judíos no les importa el destino de otras minorías. Las encuestas muestran que la minoría hispana es dos veces más antisemita que la población general estadunidense; que, en los últimos seis años, el antisemitismo de los hispanos se ha duplicado y que los inmigrantes hispanos son casi dos veces más antisemitas que los hispanos nacidos en Estados Unidos.

El incremento del antisemitismo no ha sido espontáneo. Siguiendo la receta de Hezbolá y Hamás en Medio Oriente, Irán ha invertido billones de dólares de sus ganancias petroleras en Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Cuba y Ecuador, creando programas de entrenamiento académico y técnico; financiando hospitales, clínicas de salud, presas y estaciones hidroeléctricas; y financiando el desarrollo de la industria, de la vivienda y de la extracción de gas y de petróleo. A cambio de estas inversiones, Irán ha recibido apoyo público de estos países, se ha expandido en ellos económicamente y ha diseminado su odio a los judíos.

El mundo hispano es tan importante para Irán que su gobierno creó HispanTV, una cadena de televisión en español emitida desde Teherán que se transmite en Latinoamérica y España. Ojo: en su inauguración, en enero pasado, el presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad, la bendijo en español impecable, y su ministro de Asuntos Exteriores, Ali Akbar Salehi, equiparó a los medios de comunicación con el poder militar. Por cierto, las reporteras del nuevo medio aparecieron con burkas.

No hay duda de que las agencias judías como el AJC y la ADL quieren como aliados a los hispanos no sólo porque esperan que éstos sean la minoría más importante de Estados Unidos, sino porque Latinoamérica está muy cerca de ellos y les preocupa la infiltración de la ideología antisemita y antisionista iraní. Su contrapropuesta no es otra que la inversa: garantizar en la región la libertad de culto y la admisión del derecho a la existencia del Estado de Israel.

Fey Berman. Crítica de danza, cine y música en Nueva York.