Pasé un par de años recorriendo, según yo, Europa. En realidad no salí de las fronteras de lo que fuera el imperio austrohúngaro. Eso lo supe después, cuando vi un mapa del reino de Francisco José y su mujer, Isabel de Baviera, mejor conocida como Sissi. Con mi dedo sobre el deshojado libro señalaba ciudades como Trieste, Zagreb, Praga, Budapest o Debrecen, donde fui a visitar a un amigo a la monumental universidad que era el último reducto culto de Austrohungría, antes de entrar en los siniestros montes transilvanos. Es compleja la idea de un imperio, sobre todo si en los cafés vieneses los intelectuales austriacos elaboran complicadas e inteligentes teorías del mundo, repantigados sobre muebles soberbios, sosteniendo vasos de vidrio exquisitamente cortado, mientras mueren de hambre docenas de obreros y campesinos de las minorías eslavas de los confines. Sin embargo, he de decir que la idea de Europa del káiser Francisco José tenía un sentido de unidad tanto económica como política, de respeto étnico, que tiene algo en común con la actual Comunidad Económica Europea: la supremacía monolítica de Europa sobre todas las cosas. Pensaba en darle forma a esa idea mientras caminaba por un sendero perfectamente trazado en lo alto de uno de los montes que se confunden con la ciudad de Salzburgo, cuando me aproximé a una placa que decía: “Camino de Stefan Zweig”. Ése era, según seguí leyendo en la placa, el camino que solía recorrer tarde a tarde el escritor austriaco más exitoso de entreguerras, que en libros como La impaciencia del corazón (su única novela) y El mundo de ayer (memorias de un europeo) desarrolla una peculiar idea de Europa.

La Europa que plantea Zweig en la novela está representada en la psicología de sus personajes más que en su trama. Se trata de una historia de amor no correspondido, pero bordeada por malos entendidos y formalidades que sepultan la verdad en un sitio inaccesible para interactuar en el presente inmediato. Nos sitúa en el momento preciso en el cual en todos los cafés y tertulias de Viena se habla de la desintegración del imperio por la evidente manifestación de descontento de las minorías periféricas y de la posibilidad de alianzas que impliquen a otras naciones. Sin embargo, nadie piensa, ni remotamente, en una guerra posible. Se pone la evidencia sobre la mesa, pero ninguno de los presentes quiere verla. Uno de los personajes es un aristócrata de rancio abolengo, viejo y cansado. Su hija es una tullida que se aferra de manera obsesiva y ciega al amor de un joven militar. El joven militar no quiere herir a esa familia, y hace todo lo que está en sus manos para ocultar sus sentimientos. Su falta de aplomo cava, en cambio, el cauce inevitable de la tragedia. Estalla la Primera Guerra Mundial y Europa desaparece del mapa. Tal como desaparece, aunque aquí paulatinamente, línea a línea, en El mundo de ayer, que es quizá el mejor y más personal de los libros de Zweig aunque aborde su propia biografía tímidamente. El mundo de ayer fue escrito menos de un año antes de su suicidio, ocurrido en la ciudad brasileña de Petrópolis el 22 de febrero de 1942, junto a su secretaria y segunda mujer: Lotte Altmann. Encontraron junto a los cadáveres del escritor y la mujer (vestida de kimono) retacados de barbitúricos, la siguiente nota: “Mi propio lenguaje ha desaparecido de mí y mi patria espiritual, Europa, se ha destruido a sí misma. ¡Saludo a todos mis amigos! ¡Espero que les sea posible ver el amanecer después de la larga noche! Yo, demasiado impaciente, me adelanto”.

Pero, ¿de qué estaba hecho en realidad Stefan Zweig? Hanna Arendt declaró después de leer El mundo de ayer que “ninguna de sus reacciones había sido resultado de convicciones políticas”. Cuando en 1934 dejó su hogar en Salzburgo al parecer no fue por la inminente intervención nazi en la sociedad civil y la persecución de judíos (Zweig tenía ascendencia judía y ya había irrumpido la Gestapo en su casa una vez, en busca de armas), sino para huir de su primer matrimonio, con Friderike von Winternitz, a quien ya le había pedido dos veces que ejecutaran un suicidio conjunto. Desde que se mudó a Salzburgo, a los 31 años, siendo ya un escritor conocido, que contaba con dos noveletas (género al que llamaba “mi amado pero infortunado formato: muy largo para un periódico o una revista; muy corto para un libro”): El ardiente secreto y Compulsión, y una obra de teatro a la que Thomas Mann se refirió como “el fruto poético más significativo de esta guerra que he visto” (se refería a la Primera Guerra Mundial). Había comenzado ya una espectacular colección de manuscritos: contaba con uno de Bach y uno de Goethe. Nunca se manifestó contra el nazismo ni apoyó ninguna causa en ese sentido. En 1933 adquirió, en cambio, para su colección, las 13 cuartillas de un discurso de Hitler.

Zweig fue un escritor pulcro al que jamás se le vio mal vestido y que siempre se acercó a saludar a las personas importantes que se encontraban en los salones. Era conocido y estimado, pero jamás se le perdonó su falta de compromiso. Se volvió un escritor de biografías notable: los Momentos estelares de la humanidad me parecen pequeñas joyas invaluables en torno a detalles biográficos que pintan de cuerpo entero a Amudsen, Dostoievski, Tolstoi o Grouchi (temblando bajo “los dados de hierro de Waterloo”), pero su María Antonieta y su Magallanes son portentosos, por la exhaustividad de su investigación y su ojo minucioso para encontrar los detalles menores trascendentales. Quizá porque su única novela falla o porque su narrativa tiene ese efectismo del periodismo o porque se concentró en la autopromoción, sus contemporáneos no lo consideraron jamás un escritor serio, a la altura, por ejemplo, de Joseph Roth. Hay un camino todavía, sin embargo, que él trazó y uno puede seguir con toda claridad en la ciudad de Salzburgo, una de las fronteras de esa peculiar y vieja idea de Europa.

Juan Manuel Gómez.
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.