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He vuelto al poema “Gavota” de Ramón López Velarde, que empieza:

Señor Dios mío: no vayas
a querer desfigurar
mi pobre cuerpo, pasajero
más que la espuma de la mar.

En los versos siguientes el poeta pide a Dios que no le dé enfermedad larga en la carne, que no le hiera ningún costado. “No me castigues a mi cuerpo”, pide luego en un coloquialismo sólo definible como lopezvelardeano. Dice no tener miedo de morir pero “con el pie en el estribo” implora “rápida agonía”. Su última petición es que lo encomiende a Dios una muchacha,

Y que en sus manos, inundadas
de luz, mi vida quede rota
en un tiempo de gavota.

Este remate se me quedó grabado desde la primera lectura pero no lo entendí sino hasta un día en que puse la televisión, se oyeron unos acordes de piano y sobre la pantalla un letrero indicó que el pianista interpretaba (la) “Gavota” de Manuel M. Ponce. Seguí la pieza, y oí cómo las notas andarinas y saltarinas de la pieza tenían de pronto ceses abruptos, cortes súbitos, hasta el teclazo final como un tajo. De modo que aquí estaba el “en un tiempo de gavota”.

De joven, el poema de López Velarde venía a mí, digamos, por el mero gusto de hacerlo; con los años, ya vuelve sólo cuando o siempre que pienso en las Unidades de Terapia Intensiva de los hospitales, y en gente que quise o quiero, o simplemente conozco, metida ahí. Me he vuelto cobarde no ante la muerte, sino ante el hecho de que en los hospitales la muerte no tenga permiso. Los maravillosos avances de la medicina para salvar vidas se convierten en una maldición cuando reviven a alguien que debió haber muerto, sin más. Pocas cosas me revuelven o rebelan tanto como el regreso en mi memoria de las palabras “el paciente se encuentra estable”, o la sugerencia de un médico para aplicar “algo que en otros casos ha funcionado” y dejarlo a uno en la absurda decisión de aceptar ese intento menos por la esperanza que por miedo a la culpa de no “haber hecho todo lo posible”. La experiencia me ha dado al menos la certeza de que si vuelvo a estar en situación de decidir, decidiré: No. No hagan más. Y espero que decidan lo mismo por mí.              

Dice López Velarde: “Imploro rápida agonía/ en mi final hostería”. Hoy hay que implorar lo mismo en el último hospital. Y si lo pienso, imploro sobre todo que la agonía sea efectivamente tan rápida que no dé tiempo a rimar cacofónicamente con dos palabras como traqueostomía y gastrostomía, en caso de que se recurra a ellas para prolongar una vida invivible.

No estoy para pedir que el final incluya las manos inundadas de luz de una muchacha; las extraigo entonces y compendio la petición, nunca en clave de temor sino de absoluto deseo:

Que mi vida quede rota
en un tiempo de gavota.

Luis Miguel Aguilar. Poeta y ensayista. Entre sus últimos libros: Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas y El minuto difícil.