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José María Vigil, director del periódico El Porvenir, recibió una tarde de 1875 un artículo firmado con el seudónimo de “Rafael”. Los tranvías todavía eran de mulitas y nadie, ni siquiera Edison, había soñado aún con la bombilla eléctrica. Las tardes eran sepias, como los daguerrotipos, y bajo esa luz me gusta imaginar el relato que sigue.

Ninguno de los escritores activos en el último tercio del siglo XX había usado nunca aquel nombre de pluma. Vigil no logró adivinar de quién se trataba, y sin embargo le agradaron ciertas cosas: la erudición, la mesura, el uso correcto y puro del lenguaje. Decidió publicar el artículo. “Habiendo visto en el número 138 del periódico que tan dignamente redactan, una crónica en que se atribuye a San Francisco de Asís el bellísimo soneto de Teresa de Jesús ‘A Cristo Crucificado’, no puedo menos que tomar la pluma…”, escribía “Rafael”.

Seguía una página entonada y seudoclásica —así la define el escritor Alfonso Junco— en la que menudeaban, “entre otras monedas de ese cuño”, términos arcaicos y algo rebuscados: “Norabuena”, “muy luego”.

No había llegado la hora en que aquel artículo fuera aplaudido. La edición de El Porvenir correspondiente al 17 de mayo de 1875 sirvió para prender la lumbre o para limpiar ventanas. “Rafael” entró en la sombra.

Reapareció, sin embargo, seis meses más tarde, en otro periódico —La Voz de México—, con el declarado propósito de enmendarle la plana a algún escritor que, con el seudónimo de “Mingo Revulgo”, había acusado —en El Eco del Otro Mundo— de extrema pobreza a las letras hispánicas. En los 20 renglones que conformaban la presentación de su artículo, “Rafael” anunció que iba a probar tres cosas: a) “Que la literatura española, lejos, muy lejos de ser pobre, como el escritor de El Eco quiere, es, por el contrario, la más rica de las del mundo civilizado”; b) “Que el influjo que los frailes y los conventos ejercieron en España, fue benéfico”, y c) “Que el juicio que de Arolas forma, carece absolutamente de fundamento”.

“Ocuparéme en este artículo del primer punto, dejando para otro el examen de los subsecuentes”, advirtió “Rafael”. Y vaya que se ocupó: su defensa de la literatura española era una andanada de citas eruditas y lecturas desconocidas y conocimiento profundo de la historia de España.

“Mingo Revulgo” leyó el artículo. Hizo llegar a El Eco del Otro Mundo unas líneas en las que prometía debatir con “Rafael” al volver de un viaje intempestivo, y que aprovechó también para hacer una revelación que conmocionó a los círculos literarios: “Lo diré muy quedo a riesgo de ofender su modestia: mi incógnito antagonista —escribió— es un joven de quince años y se llama Manuel Gutiérrez Nájera”.

La noticia era demasiado gorda como para que los periodistas de entonces la dejaran pasar (“Los repórters y los moscos no respetan la vida privada”, escribiría años después el propio Gutiérrez Nájera). La aparición del niño genio de las letras mexicanas hizo que en los diarios hubiera “revuelo de aplausos y comentos”. El periódico La Iberia, de Anselmo de la Portilla, destacó:

“MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. Así se llama el joven, casi un niño, que ha hecho en La Voz la defensa de la literatura española, contestando a un artículo de ‘Mingo Revulgo’ publicado en El Eco. Este mismo escritor ha sacado a luz en dicho periódico el nombre de su contrincante, que dice ha sabido por una feliz casualidad, y le tributa merecidas alabanzas por su talento, su erudición y su caballerosidad y mesura en la polémica.

”Manuel Gutiérrez Nájera, el ‘Rafael’ que escribió el artículo sobre el soneto de Santa Teresa y el relativo a la literatura española, autor también de unas magníficas octavas reales publicadas hace tiempo en La Voz sobre la fe cristiana, tiene dieciséis años; es hijo del conocido escritor, amigo nuestro, don Manuel Gutiérrez, redactor de El Propagador Industrial, y se ha formado a sí mismo, puesto que su familia no le ha dedicado aún a ningún estudio serio. Esta última circunstancia aumenta el asombro de ver tan vasta instrucción, tan puro y correcto lenguaje, tan recto criterio y sólido juicio en una edad tan tierna, cuando apenas ha tenido tiempo desde que sabe leer, para hojear las muchas obras que parecen serle familiares.

”El joven Gutiérrez Nájera ha leído, ha estudiado, ha escrito y ha publicado sus trabajos con el más riguroso sigilo, sin que sus padres, ni persona alguna de su familia, ni nadie en fin, se apercibiera de ello: su padre supo también hace pocos días, por una casualidad, que él había escrito los artículos publicados en La Voz.

”Esto prueba que ese niño, además de tener un precoz talento fenomenal, posee en alto grado, entre sus bellas cualidades, la virtud de la modestia, esa virtud tan escasa y tan necesaria, sin embargo, para dar realce y lustre a los grandes talentos”.

El futuro Duque Job había cruzado, con sólo dos artículos, las puertas del éxito y el reconocimiento literario. A todos les tomó por sorpresa, sin embargo, que el mismo día de su arribo a la fama, El Duquesito anunciara en una carta dirigida a los redactores de La Voz de México que, “cediendo a los consejos de persona que debo respetar y obedecer”, había decidido no entregar a la prensa la conclusión del artículo sobre la literatura española. ¡Cuántos misterios rodeaban a aquel niño! El 23 de octubre, La Voz publicó el siguiente suelto:

“Sentimos que [el joven literato y poeta] Manuel Gutiérrez Nájera no publique ya la segunda parte de su artículo; pero confiamos en que la persona a quien alude (presumimos que es su ilustrado padre) cambiará de parecer y no insistirá en la idea de que quede inédito ese trabajo”.

Al cabo de 66 años de buena opinión y fama, relata Alfonso Junco en una serie de artículos publicados en El Universal en 1941, al Duque de las letras mexicanas le vinieron a coger “el imperito dedo contra la puerta”. Ese año se descubrió que Gutiérrez Nájera había debutado cometiendo un par de plagios “¡con todas las de la ley!”.

Sucedió de este modo: en 1940, Alfredo Maillefert preparó un tomo de prosas escogidas: cuentos, crónicas y ensayos escritos por Gutiérrez Nájera. En cuanto el volumen salió de las prensas de la Biblioteca del Estudiante Universitario, Maillefert corrió a mostrárselo al filólogo Alfonso Méndez Plancarte, un najerista consumado. Don Alfonso picó el volumen y se puso inquieto, desasosegado. Una frase, un giro, no se sabe qué, lo llevó a revolver nerviosamente sus libreros. Después de angustiosos instantes de búsqueda, relata Maillefert, Méndez Plancarte depositó en su mesa de trabajo un pequeño volumen. Dijo lo indecible: el artículo publicado por Gutiérrez Nájera en El Porvenir, en el que atribuía la autoría del soneto “A Cristo Crucificado” a Santa Teresa, había sido copiado de cabo a rabo de un artículo publicado en 1872 en un periódico de Madrid, La Ilustración Española y Americana. No quedaba la menor duda. Se trataba de un plagio “indiscutible, solemne, enorme”. El verdadero autor era el presbítero José María Sbarbi. Gutiérrez Nájera debió hallarlo entre las colecciones de su padre y “considerando que tal vez serían de alguna utilidad mis humildes conceptos”, lo calcó, tres años después, extensa y literalmente.

Cuenta Maillefert que Méndez Plancarte dudó entre revelar un descubrimiento que iba a manchar el prestigio de uno de sus autores más queridos, “o no decir esta pluma es mía”. Optó por lo primero. La revelación apareció en febrero en la revista Ábside.

Durante un largo viaje en tren, el escritor Alfonso Junco había leído también la antología preparada por Maillefert. Sintió extrañeza al recorrer alguna parte del volumen. No estaban, confesó después, “las páginas frescas, aladas, efusivas”, que formaban parte del ADN de El Duque. Tampoco estaban “la sonrisa, la flor, el tropo”. Cuando regresó del viaje y leyó el artículo de Méndez Plancarte, Junco decidió ir a la hemeroteca: “Quise ver por mí mismo”.

El debate entre “Rafael” y “Mingo Revulgo” llevaba más de medio siglo sepultado. Junco leyó con excitación el artículo en que “Rafael” hacía la defensa de la literatura española. También en éste existían obvios contrastes de estilo. La mano que había escrito la introducción no podía ser la misma que había desarrollado la parte seria del estudio: “cosas primerizas, probablemente propias, se mezclaban con cosas maduras, probablemente ajenas”. Halló de pronto la misiva en la que Gutiérrez Nájera se excusaba de publicar la segunda entrega: “Debo decirle que, cediendo a los consejos de persona que debo respetar y obedecer, no la daré a la prensa”.

¿Por qué —se preguntó Alfonso Junco— había interrumpido Nájera la consecución de un artículo que le había valido el aplauso unánime? Se respondió: “Porque con intensa probabilidad aquel artículo cojeaba del mismo pie”. Imaginó esta escena:

“Se ha descubierto, sin que él lo haya buscado, su nombre. Aquí interviene, sin duda, don Manuel Gutiérrez [su padre], hombre culto y respetable, escritor también, y llama a cuentas al Duquecito:

”—¿Conque eres tú el autor? ¿De dónde has sacado tanto saber?
”Apremios, dudas, rubores, y al cabo la confesión: tras ella un tirón de orejas, y la orden:
”—Dale gracias a Dios de que nadie se haya percatado. No publicas ya nada más que no sea tuyo. Te expones —y me expones— a una vergüenza”.

No había otra explicación posible. Gutiérrez Nájera suspendía la entrega prometida: el plagio quedaba en familia. Como nadie iba a revisar un periódico español publicado hacía tres años, nadie sabría nunca que el repentino prestigio del joven escritor se hallaba cimentado en una mentira.

Gutiérrez Nájera dejó crecer la leyenda de su prodigiosa irrupción en el mundo de la literatura. En 1893, Ángel Pola relató el inesperado descubrimiento de un genio precoz que a los 16 años había hecho polvo al experimentado articulista “Mingo Revulgo”. La verdad permaneció dormida 66 años. Junco descubrió, sin embargo, que en la misma carta en la que anunciaba que no daría a la prensa la parte final del artículo, El Duque había enviado, ahora sí, un poema propio, “Trovas de amor”, con la súplica a los editores “de que extiendan su benevolencia a señalarme algunos de sus numerosos defectos”.

Nueve años después aparecía el poema del que surgió, íntegra, la poesía mexicana del siglo XX, “La duquesa Job”. Nadie lo ha dicho mejor que José Emilio Pacheco: “En cada verso que se ha escrito más tarde en este país, el Duque y su Duquesa espectral danzan, aunque uno ni lo sepa ni lo quiera, un vals sin fin que no se extingue”.

Héctor de Mauleón
. Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.