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De niña me daba miedo la oscuridad. No era sólo la ausencia de luz. La oscuridad era una presencia clara, un territorio definido. Se apagaba la luz, y el mundo cambiaba. Eran otras las leyes naturales. No se podía estar seguro de que las cosas cayeran hacia abajo. Por algo era la hora predilecta de los temblores.

Era como si al apagarse la luz, se me pusiera en otro sitio, tanto crecía y cobraba fuerza lo que no se podía ver o explicar con los ojos.

Eran otros también la lógica sentimental y el ambiente. El ambiente era hostil para mí, pero amigo de otros, como de la muerte. No sólo porque yo estuviera convencida que sólo se podía morir en la oscuridad —en la luz, la muerte no era algo posible—, sino porque la muerte acudía cuando se apagaba la luz. Se le sentía con toda claridad. La muerte sin el paraguas o el vestido o el disfraz de alguna anécdota, sin que ocurriera enlazada a ningún hecho.

No hacía falta cadáver para que la muerte estuviera ahí.

Pero también estaba la muerte mía, la de mi yo, con sus acompañantes de entonces, el Infierno (tan temido) y el cielo —el primero con mayúscula, el segundo con minúscula, porque no tenía nada atractivo aunque en teoría eso fuera el bien.

Me moría yo muchas veces cada noche. Me asustaba darme cuenta que aunque me hubiera muerto —eso imaginaba— estaba otra vez viva, respirando, el corazón al pum pum pum.

La oscuridad acogía al Más Allá sin castigo concreto, sin retribución alguna. Y no tenía fin. Era un espacio que no se acababa, que seguía y seguía. La oscuridad me ponía a pensar en la Eternidad, y eso también me daba miedo.

Lo más inapropiado sería pensar que la oscuridad era como música de fondo. Nada de eso. Me envolvía como un sudario y matándome de miedo me ponía a pensar. No pensamientos lógicos sino oscuras redes de difusos conceptos inaccesibles, robinjuneados por mí de los sermones y los rezos de las iglesias. Porque nosotros no íbamos a misa siempre al mismo lugar. Mis papás eran como turistas del rezo, les gustaba ir a oír a este o a aquel otro.

Robinjuneados porque se las robaba al rico altar, y me los llevaba a mis pobres temores, distribuyéndoles riquezas extraordinarias que ya en manos de todas —muy socialistas— se volvían terror parejo.

La oscuridad no era abstracta sino un algo muy concreto o que se solidificaba veloz en cuanto desaparecía la luz. Pero creerla como al concreto o al cemento sería un error. No se le “hacía” cada vez: estaba prepoblada. Adentro de la oscuridad vivían seres bien definidos. No sé si eran esquivos porque yo no intenté nunca tocarlos. Al revés: hice cuanto pude para que no me tocaran. No siempre fácil. Muchas veces estuvieron a punto de jalarme un pie, o acariciarme la cabeza, o tomarme la mano. Pero no me dejé.
Aunque algunas veces desperté con sobresalto creyendo que me habían rozado o pellizcado.

Procuraba no pensar en los habitantes de la oscuridad, pero alguna vez me debatí pensando si tendrían o no cuerpo, porque tenían que tenerlo, si no cómo producían los chirridos que provocaban en las puertas o en el piso de madera. Pero no podían tener cuerpo porque si se prendía la luz, no estaban. Eran unas especies de seres suspendidos que aunque estaban del otro lado encontraban en mí la puerta para estar también acá. Yo era su gozne. Me usaban, me agredían. Sin pasar a mayores, porque a la mañana siempre salía el sol.

Algún día, ya pasada mi temporada de pánico nocturno, leí el cuento de H.G. Wells en el que una multitud de sin-vida se encuentra en el vano de la vida, peleando para cruzarlo. Colas de gente deseando estar vivas luchan por tener con qué cruzar el umbral. Requieren de un alma. Escasez de cuerpos, escasez de almas, escasez de vida para la cantidad que desea salir del estado espantoso que es el Limbo. Aunque hubiera quedado atrás el miedo a la oscuridad, no me cupo duda de que era un cuento estrictamente realista. Esos buscavida habían sido mis enemigos nocturnos.

Carmen Boullosa.
Escritora. Entre sus libros: La virgen y el violín, El complot de los románticos y El fantasma y el poeta.