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Se dejaron venir en avalancha: asentados los polvos de los festejos por el bicentenario y el centenario, que tan malas cuentas dejó, parecía que los afanes historicistas de los cineastas mexicanos habían terminado en el arrepentimiento y el escarmiento ante los tristes resultados de El atentado (Jorge Fons) y El baile de San Juan (Francisco Athié) y el consuelo de librar el abucheo o la indiferencia de Hidalgo, la historia jamás contada (Antonio Serrano). Pero el final del sexenio calderonista reservaba un paquete insólito e inesperado de usos de la historia para los fines más variados: desde abril (Cristiada de Dean Wright) hasta finales de noviembre (Tlatelolco, verano del 68 de Carlos Bolado) se pueden contar al menos siete aproximaciones al pasado: agréguense Borrar de la memoria de Alfredo Gurrola, Colosio de Bolado, Los últimos cristeros de Matías Meyer, Chiapas, el corazón del café de Alejandro González Padilla y Morelos de Antonio Serrano. Fuera del cine de estilo reflexivo, trascendente y minimalista que caracteriza a los cineastas jóvenes de exportación festivalera (y en el que habría que incluir la cinta de Meyer), no se advierte un grupo tan nutrido en los años recientes.

héroes

¿La historia para qué? En la película de Dean Wright, para retorcer uno de los episodios del México posrevolucionario que más atención ha recibido, tras la clásica obra magna de Jean Meyer de 1973 y pervertir sus signos: la Liga, que Meyer muestra como un grupo de oportunistas más hábil para gastar el dinero en Estados Unidos que en apoyar a los cristeros, aquí es fuente de mártires abnegados; la anécdota del niño sacrificado, cierta en gran medida aunque no como paráfrasis de la Pasión, era una anécdota que gustaba de contar Marcial Maciel a su gente cercana, en una versión muy parecida a la cinematográfica; si se suman dos más dos, se tiene uno de los objetivos y motores políticos detrás de Cristiada. Algo parecido pasó hace 37 años con Canoa (1975, Felipe Cazals), donde se mezclaban los signos externos del movimiento estudiantil extrapolados a una anécdota lejanamente alusiva para retorcer ambos hechos concretos a favor de la visión echeverrista: los universitarios fueron rescatados de la ira popular por el ejército. Por eso, en su infinita discreción, Los últimos cristeros parece ejercer una crítica implícita a la cinta de Wright al purificar a esos guerreros perdidos en su fe y en su silencio.

Chiapas, el corazón del café es una pieza insólita y única (Cristiada pertenece a otra corriente típica del sexenio, el cine de inspiración panista), la de la historia empresarial. Allá por 1824, el británico John McGee (Hugo Speer) llegó a las costas de Chiapas con una esposa embarazada y una mata de café; la primera murió y la segunda no fructificó por culpa de un indio xenófobo (Sami Samir) que le arrancaba los retoños. Pero la esposa alcanzó a dejar a McGee una hija (Carmen Aub); con los años, llegó el véneto Gerónimo Machinelli, que logró la primera cosecha de café y casó con la hija de McGee. Eso cuenta la película; el director y guionista confiesa que el encuentro entre ambos empresarios quizá no se dio nunca, y la hija a lo mejor no existió, pero que el relato demandaba una coherencia dramática que llevó por ese lado. El asunto es contar en tono épico el origen de la riqueza económica de una región, el Soconusco, con la libertad de la ficción para coquetear con realismos mágicos (cuando se mueve el indio Iquibalam ruge en off un jaguar; un lacandón castrato canta temas de Vivaldi y Haendel en un rincón de la sala), alusiones a los conflictos políticos (la región podía ser independiente de Chiapas, y éste de México o de Guatemala, jugándose así el destino de la trata de esclavos) como un melodrama donde el corazón tiene razones que la razón no tiene por qué entender.

Que, curiosamente, parecería la misma lógica de Tlatelolco, verano del 68. Contra todas las expectativas, desatadas sobre todo por los recursos costagavrianos que Carlos Bolado desplegó en Colosio, esta incursión en el desarrollo del movimiento estudiantil de 1968 intenta conciliar las vetas muy disímiles de la denuncia política y el melodrama amoroso: un antecedente involuntario era precisamente el proyecto de Alfredo Gurrola y Rafael Aviña, Borrar de la memoria, que combinaba el caso verídico y sin resolver de ”La Encajuelada” (el cadáver de una joven encontrado en un auto abandonado a principios de los setenta), la relación sentimental de dos jóvenes casualmente involucrados con el movimiento y una policía desatada en una represión rampante. Pero Tlatelolco evoca más bien una de las películas más exitosas como director del productor de ésta, Amar te duele (2002) sobre la imposible relación amorosa entre un chavo banda y una niña bien; aquí, el amor imposible es entre un proletario estudiante de arquitectura de la UNAM (Christian Vásquez) y una chica de la Ibero (Cassandra Ciangherotti) en pleno movimiento estudiantil; él enfrenta los reclamos de sus camaradas del CNH (“¡A nuestros compañeros los reprimen y tú te acuestas con el enemigo!”) y ella ve asqueada a su padre haciendo negocios con el gobierno y recibe, estoica, una bofetada de su madre.
Mientras, en Palacio Nacional, el presidente (Roberto Sosa) y el secretario (Ricardo Kleinbaum) unen sus odios en contra de los revoltosos; unos asesores de la CIA con acento sudamericano incitan a la matanza. En la Plaza de las Tres Culturas la chica de la Ibero sostiene el cadáver de su enamorado como una Pietá del horror diazordacista. El presidente asume la responsabilidad total de la masacre; el secretario queda libre de culpas, la historia política como detergente, una operación en las antípodas de Colosio.

Dados esos casos, Morelos es casi historia de bronce: el mismo Antonio Serrano que metió al cura Hidalgo a la cama con Ana de la Reguera, ahora hace lo propio con el caudillo michoacano (Dagoberto Gama) y Stephanie Sygman (Miss Bala), a su vez casada con un lugarteniente insurgente (Gustavo Sánchez Parra), lo que perpetuará su estirpe más allá de Juan Nepomuceno pero tendrá fatales consecuencias cuando la fortuna militar sea adversa a Morelos. Miren nada más lo que nos escondían los libros de historia. La historia para desencaminar, para contar lo que pasaba entre los párrafos de los libros, para exonerar de culpas políticas, para recuperar climas de represión, para poner en el pedestal al espíritu empresarial y bajar al prócer oficial. La historia estuvo muy ocupada este año en el cine mexicano y quedó muy agotada.

Gustavo García. Investigador y crítico de cine. Es académico de la UAM-Xochimilco y autor de Al son de la marimba. Chiapas en el cine.