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El presidente de la asociación de clavadistas de la quebrada, el señor Vázquez Ávila, mencionó que el cierre del hotel El Mirador es triste y puede mandar una mala señal a los visitantes: “Una historia de 78 años no se puede acabar de la noche a la mañana”. Recordó que los interiores del hotel pueden ser considerados como un museo turístico, donde se encuentran plasmadas las firmas de John Wayne, Liz Taylor, Sammy Davis Jr., John F. Kennedy, Frank Sinatra, Hugo Sánchez y Fernando Valenzuela.

Acapulco

El 21 de noviembre de 2011, guardias de seguridad privados desalojaron a los trabajadores que se encontraban en ese momento en el hotel y cerraron las instalaciones. Más allá de la anécdota misma, lo anterior bien puede considerarse como el simbólico fin de un modelo de desarrollo turístico concebido y desarrollado por el entonces presidente de la República Miguel Alemán Valdés.

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La ciudad de Acapulco es como una mesa en la que constantemente se sirve un gran festín, con la salvedad de que nadie se toma la molestia de recogerla, limpiar el tiradero y mucho menos pagar la cuenta. Sin embargo, la gran mesa acapulqueña sigue ahí para que nuevos y viejos invitados tomen asiento y se vuelvan a servir cuantas veces lo deseen, pero siempre sobre el mismo desmán y con el objetivo de satisfacerse hasta el hartazgo.

El otrora paraíso tropical sobrevive de su recuerdo, al tiempo en que se beneficia de su presente y se obstina en desdeñar su futuro. Del mítico Acapulco sólo quedan añoranzas y aspiraciones incumplidas de sus residentes y turistas.

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De puerto mercante y pequeño asentamiento de pescadores pasó, vía la expropiación ejidal, a uno los destinos turísticos de mayor relevancia internacional. La creación de Acapulco como enclave turístico y su subsecuente urbanización comenzó en la zona comprendida entre la playa de Caleta y la zona de La Quebrada que, junto con las zonas altas de la península, conformaron durante los años cuarenta y cincuenta el célebre paisaje de Acapulco. Factor clave de su espectacular crecimiento fueron las obras que ampliaron la accesibilidad al destino: la carretera al DF vía Taxco en 1927 y la llamada “supercarretera 95” de 1955, así como el primer aeropuerto en Pie de la Cuesta de 1928 y el actual aeropuerto internacional de 1965.

El éxito de Acapulco a nivel nacional e internacional fue casi inmediato. Al final de la Segunda Guerra Mundial la actividad turística se encontraba en pleno desarrollo; el puerto debía contar con las condiciones necesarias para atraer a esta nueva demanda y con ello captar los excedentes del capital que buscaban nuevos destinos en el pujante sector turístico. Con el fin de ponerle la mesa a las inversiones, la federación crea la Compañía Impulsora de Acapulco (CIA), responsable de planear y ejecutar el desarrollo urbano del puerto. Se requería ofertar suelo y la forma de acceder a éste fue mediante la expropiación de tierras ejidales. Esto comenzó en 1932 cuando el entonces gobernador Adrián Castrejón expropió los terrenos del litoral de la bahía desde el fuerte de San Diego hasta la playa de Hornos, afectando propiedad comunal y privada; posteriormente, Lázaro Cárdenas expropió 740 hectáreas en 1940 y un año después el secretario de obras de la ciudad entregó la concesión de las playas de Caleta y Caletilla —que eran propiedad federal— a su esposa. En 1945 Miguel Alemán incorporó al “desarrollo de Acapulco” cuatro mil 768 hectáreas, las cuales no le resultaron suficientes por lo que en 1947 expropió el ejido de Puerto Márquez, para convertirlo en 124 granjas de seis hectáreas cada una, mismas que fueron compradas por reconocidos particulares.1 Así fue el inicio del ahora reconocido “capitalismo de cuates”, o mejor dicho, del “capitalismo del subdesarrollo”.2

El suelo ejidal incorporado al desarrollo urbano de la ciudad se destinó para la inversión turística. El desarrollo social no fue incluido al plan y las reservas de suelo para vivienda y equipamientos no se contemplaron. Desde entonces el despojo y la exclusión social se han convertido en una constante y prácticamente en una condición de desarrollo turístico y urbano del puerto.

Sopas y ensaladas

En los años sesenta aquel Acapulco originario se encontraba agotado en términos económicos y medio ambientales, pero el festín debía continuar y la segunda expansión urbana se dio en el “Acapulco Dorado”, para no perder la oportunidad que representaba la creciente demanda turística. En 1954 los visitantes anuales eran 92 mil 694, para 1960 eran 540 mil 100 y en 1971 eran 1.5 millones, de éstos el 55% eran extranjeros.3 Bajo el argumento de atender a los nuevos comensales como es debido, se permitió la edificación de rascacielos enanos que comenzaron a dibujar la nueva modernidad acapulqueña, misma que sólo podía ser alimentada por importantes capitales extranjeros que nadie desdeñó. Se acoplaron, en particular, los arquitectos de la época que no tuvieron miramiento alguno en integrarse cómodamente a un festín exacerbado ante la gran escala de los proyectos inmobiliarios y la absoluta falta de proyectos urbanos y sociales que si bien fueron propuestos en su momento por Mario Pani, fueron totalmente ignorados.

Aquel desarrollo turístico que privilegió lo nuevo, que desdeñó el pasado y que excluyó todo aquello que no pudo erigirse como símbolo del “milagro mexicano” finalmente no logró escapar al contexto del subdesarrollo en el que fue gestado. A espaldas de estos fabulosos hoteles y relucientes condominios de autor se fue configurando el comercio y los servicios turísticos de categoría media y baja; atrás de éstos, el desarrollo habitacional para las clases medias, más atrás la vivienda popular y aún más atrás, la invasión irregular y los precarios servicios destinados para quienes sirven a aquellos que sí pueden ocupar en forma temporal el Acapulco de las postales; es decir, el erigido entre la avenida Costera y el mar.

Platos fuertes

A mitad de la década de los ochenta la competencia turística impactó en Acapulco, el desarrollo de otros destinos “se robó” a la demanda internacional y a buena parte de la nacional. El otrora dominante destino pierde competitividad al tiempo en que se toma como ejemplo de lo que “no debe hacerse” en los nuevos destinos turísticos, impulsados por el gobierno federal de Ixtapa y Cancún. Pero esta situación y las escandalosas pruebas de la contaminación de la bahía no detienen el crecimiento poblacional, la migración, la expansión urbana y las recurrentes crisis financieras del país que empobrecieron aún más a la población.

Acapulco2

El llamado “Acapulco Dorado” perdió su brillo y los empresarios veían cómo sus intereses se tambaleaban porque los excedentes de capital buscaban otros destinos y países. Se puso en marcha la vieja fórmula de poner un nuevo anfitrión (el entonces flamante gobernador José Francisco Ruiz Massieu), ampliar la mesa, renovar el menú, limpiar un poco el tiradero y concebir “un nuevo Acapulco” suficientemente lejos del desastre urbano y social, pero muy cercano a una demanda para la que el viejo Acapulco sólo era un recuerdo infantil y juvenil.

El nuevo Acapulco fue bautizado como “Diamante” y se presentaba como la oportunidad de cosechar plusvalías anteriormente sembradas. Sin embargo, su fulgor dependía de la materialización de un viejo sueño: la construcción de la autopista México-Acapulco, sueño materializado en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Con la “Autopista del Sol” se logró mejorar la accesibilidad de la demanda nacional y con ello los flujos de capital necesarios para realizar inversiones inmobiliarias. La nueva sucursal del destino terminaría desarrollándose cada vez más lejos de Acapulco, demostrando que para la demanda es más importante saberse en Acapulco que realmente estar en él.

Postres
Tras el ensueño turístico quedó una ciudad que es un gran desastre urbano, económico y social, una ciudad que nadie quiso renovar, ciudad en la que los absurdos urbanos se conjugan y se enciman sobre un contexto natural devastado al tiempo que exigen su derecho a la plusvalía eterna.

Acapulco es, sobre su percepción turística, la zona metropolitana más poblada del sur del país, ocupando el lugar 16 a nivel nacional con 863 mil 431 habitantes,4 al tiempo que recibe anualmente —o recibía— casi el mismo número de turistas que habitantes (un millón 88 mil en 2008, 839 mil 048 en 2009 y 770 mil en 2010).5

Es la ciudad en la que sus habitantes tienen uno de los peores estándares de habitabilidad en términos de calidad y espacio de la vivienda, a nivel nacional ocupa el último lugar junto con la ciudad de Poza Rica, Veracruz.6

La población de Acapulco presenta una de las tasas de asistencia escolar más bajas del país con apenas el 65% de su población en edad escolar. Es también la ciudad que presenta el mayor índice de pobreza urbana a nivel nacional. También se disputa el primer lugar, junto con Ciudad Juárez, por el titulo de la ciudad más violenta del mundo.
No por nada Acapulco ocupa el lugar 76 de 77 ciudades en el índice de competitividad urbana y municipal 2012,7 solamente por arriba de la ciudad de Chilpancingo, Guerrero, y por debajo de la zona metropolitana de La Piedad-Pénjamo en Guanajuato.


Digestivos

Como la esperanza muere al último, en febrero de este año se anunció públicamente que la mesa del festín será renovada, que los nuevos anfitriones ahora forman el “Consejo Consultivo para el rescate del Acapulco tradicional”, y que el nuevo concepto del menú será “estimular la inversión en la zona, reactivar la economía para generar empleos y aumentar la afluencia del turismo nacional y extranjero”.8 Los nuevos anfitriones son la titular de la Secretaría de Turismo, el alcalde de la ciudad, el gobernador del estado, el empresario Carlos Slim y 80 miembros más.

Viejos conceptos “nuevourbanistas” se ponen en la mesa y al parecer se piensa en la regeneración urbana, en el espacio público de calidad, en la “vuelta a la ciudad” y “el retorno al centro”. Pláticas de una sobremesa en la que las inversiones inmobiliarias fueron el plato principal y el motivo de reunión. Sin embargo, es importante pedir a los invitados al nuevo festín que sean conscientes de que el ordenamiento y reconfiguración urbana de la ciudad no puede depender exclusivamente de inversiones turísticas, que un destino turístico ya no puede concebirse disociado de su ámbito urbano, de su contexto medio ambiental, de su estructura social y de su sistema de producción y reproducción económica, máxime cuando es dependiente del exterior.

A la hora de encender el puro y servir el cognac, se debe hacer hincapié en que captar más turismo, construir nuevos hoteles y condominios, mejorar la imagen urbana y gastar más recursos públicos en promoción turística nunca será suficiente para solucionar los problemas de la ciudad ni los de sus habitantes.

Acapulco no debe ser rescatado, más bien debe de ser reconfigurado primero como ciudad y después como destino, debe hacerse una reconversión económica desde la perspectiva regional y así poder participar en el ámbito global. Es necesario configurar una estructura urbana enfocada a atender las necesidades de sus residentes y las de sus visitantes. El primer paso para ello sería derribar el muro que, en forma de Costera Miguel Alemán, siempre ha separado a unos de los otros. Buen provecho.

Gustavo Gómez Peltier. Diseñador industrial y maestro en urbanismo. Es consultor en desarrollo urbano, turístico e inmobiliario.

1 Guadalupe Ramírez Mendoza, El impacto del turismo en el desarrollo socioeconómico de Acapulco, UNAM, 1976.
2 Alonso Aguilar, “Latinoamérica, capitalismo del subdesarrollo”, Revista Latinoamericana de Desarrollo, UNAM, 1971.
3 Juan Manuel Ramírez Sáiz, Turismo y medio ambiente: el caso de Acapulco, Colmex.
4 INEGI, Censo de población y vivienda 2010.
5 DATATUR, Compendios estadísticos 2008, 2009, 2010.
6 Instituto Mexicano para la Competitividad A.C., Competitividad urbana 2010. Anexo estadístico.
7 Instituto Mexicano para la Competitividad A.C., Índice de competitividad urbana 2012.
8 El Universal, 28 de febrero de 2012. Nota de Adriana Covarrubias.