Escribo este texto unos días antes de las elecciones estadunidenses del 6 de noviembre de 2012. Para cuando usted, estimado lector, lo tenga ente sus ojos, ya habrá pasado cerca de un mes de las mismas y sabrá quién es el nuevo presidente de Estados Unidos de América. ¿Barack Obama o Mitt Romney? ¿El carismático demócrata o el pragmático republicano?

Bruce

Mis simpatías están del lado de Obama, pero eso es lo de menos, sobre todo en función de este artículo. En cambio, las simpatías políticas de esa leyenda viva que es Bruce Springsteen sí resultan importantes, ya que The Boss (como se le conoce popularmente) jamás ha ocultado sus preferencias liberales y progresistas y siempre ha sido un hombre preocupado por los problemas de la clase trabajadora de su país, de la cual es, de una y muchas maneras, un vocero y un cronista poético y musical.

Nacido en Nueva Jersey en septiembre de 1949, Bruce Frederick Joseph Springsteen puso a circular, en marzo de este año, su decimoséptimo álbum en estudio, un trabajo en verdad espléndido intitulado Wrecking Ball (Columbia, 2012).

Habrá que resaltar que desde The Rising (2002), Springsteen ha centrado la temática de sus más recientes cinco discos en conceptos políticos y sociales muy concretos. Como bien señala el crítico norteamericano Stephen Thomas Erlewine, el propio The Rising es un canto a la vida y la esperanza después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, Devils & Dust (2005) está relacionado con la infausta guerra en Irak, We Shall Overcome: The Seeger Sessions (2006) tiene que ver con las antepasadas elecciones estadunidenses, Magic (2007) es una búsqueda de sentido ante los tiempos críticos de finales de la década pasada y Working on a Dream (2009) es un canto de esperanza en los primeros días del gobierno de Barack Obama.

En cuanto a la temática principal de Wrecking Ball, ésta es quizá más crítica y radical que la de cualquiera de los álbumes mencionados. Como una especie de Pete Seeger del siglo XXI, Springsteen ha tomado más en serio que nunca su autoasumido papel de trovador social y nos ofrece 11 composiciones que, si estuviéramos en los años sesenta del siglo pasado, no dudaríamos en calificar como de protesta.

He aquí una obra que sin caer en solemnidades grandilocuentes o victimismos lastimeros, habla sobre la mala situación de las mayorías empobrecidas por la crisis económica global. Pero no lo hace mediante letras panfletarias o falsamente combativas. El cantautor prefiere la poesía como conducto mucho más efectivo que los lemas y consignas en las manifestaciones. Poesía clara y directa, de pronto iracunda, en el marco de canciones escritas con una musicalidad magnífica y variada cuyas bases están sustentadas en el rock y el folk, en el blues, el gospel y el soul (y hasta el rap y el hip-hop, como podemos escuchar en la preciosa “Rocky Ground”), géneros todos surgidos desde las raíces más profundas y auténticas del pueblo llano de Estados Unidos.

No existe desperdicio en una sola de las canciones de este disco de pronto festivo, de pronto turbulento; de pronto dulce, de pronto indignado. Hay temas sobre la decepción política (como la abridora y desesperada —por no decir exasperada— “We Take Care of Our Own”) o sobre el cinismo (como la deliciosamente campirana “Easy Money”), bellas y tristes baladas acerca de la más terrible frustración ante la falta de perspectivas de la gente marginada (como la dura y conmovedora “Jack of All Trades”, con esa dramática guitarra final de Tom Morello) o acerca de las paradojas de vivir en lo que alguna vez fue la tierra de los sueños y la esperanza (como la impresionante “Land of Hope and Dreams”, con sus ecos a lo Curtis Mayfield y ese saxofón del entrañable Clarence Clemons, quien fallecería poco después de esta grabación). Más que una obra política o apolítica, Wrecking Ball es una propuesta antipolítica o, para mejor decirlo, contra la política y los políticos. Sólo Barack Obama se sigue salvando en el antisantoral político de Springsteen.

Ya en otros planos, el disco está lleno de hallazgos. Hay añorantes cantos irlandeses (“Death to My Hometown”), dulces melodías de amor (”This Depression”), explosiones dancísticas populares (“Wrecking Ball”, “Shackled and Drawn”, “We Are Alive”) y puro y exquisito rock and roll (“You’ve Got It”).

Alguien por ahí ha dicho que con este álbum Bruce Springsteen se ha convertido en el John Steinbeck del rock. No lo sé de cierto, pero me agrada la comparación.

Hugo García Michel. Músico, escritor y periodista. Director de La Mosca en la Red. Columnista de Milenio Diario. Autor de la novela Matar por Ángela.