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Daniel Espartaco Sánchez,
Autos usados,
Mondadori,
México, 2012, 160 pp.

Autos usados, primera novela y cuarto libro de Daniel Espartaco Sánchez (Chihuahua, 1977), es una rareza bienvenida en nuestras luego estancadas letras. Fruto de una exploración íntima y atenta sobre el derrotero de vivir en el norte de México —en cualquier norte en realidad, más allá del centro—, el relato que nos ocupa no puede ser sino la lograda prolongación de los cuentos vertidos en Cosmonauta (Tierra Adentro, 2011), otra obra atípica y que dejó en evidencia no sólo la notable prosa de Sánchez sino los alcances y los tópicos de un microcosmos rumiado y pergeñado con la paciencia de los escritores más verdaderos, ajenos al estertor del presente y sus alaridos coyunturales.

Autos usados bien podría ser la metamorfosis de un relato autobiográfico o de autoficción en narrativa pura, y pienso aquí en los vasos comunicantes, luego subterráneos, que comparte con el Mexican quilt cosido con destreza existencial por Julián Herbert en Canción de tumba (Mondadori, 2012) y en los brillantes autoensayos que componen su Libro de las explicaciones (Almadía, 2012) de Tedi López Mills, compañeros y colegas de paso de la novela de Sánchez en su fugaz tránsito por las mesas de novedades de las librerías mexicanas, trío de obras que, cada una en su registro, no pueden ser sino las mejores que se publicaron este año en México.

Relato cuyo derrotero es el Bildungsroman, Autos usados cuenta la historia de Elías —sucedáneo del Illich que protagoniza buena parte de los relatos de Cosmonauta—, desde la primera juventud hasta su entrada en la vida adulta, desde el tedio de vivir en un territorio yermo hasta el vértigo de abandonar el terruño y mudarse sin más rituales a la capital del país. Y mientras Elías encara los trances de su existencia y un evento de formación emocional —el aborto de su novia en Amarillo, Texas—, el mal se esparce en la nación como un personaje ulterior o primigenio, allí, debajo de la delgada superficie sobre la que Sánchez traza y dota de vida a sus personajes, tanto o más entrañables que los que habitan las mejores páginas de Cosmonauta.

De todos los episodios que componen Autos usados, muchos narrados con una atractiva morosidad que retrata con eficacia el ritmo no sólo de la vida en el norte sino de la juventud temprana, sobresale aquel en el que Sánchez despacha, brevemente, la transformación de Elías en un adulto casi del todo funcional, aunque herido por el disparo de la creación literaria como destino. Lo mismo que en Cosmonauta, el personaje omnipresente en la novela de marras es la literatura en sí misma, mejor aún, la escritura en sí, si bien Sánchez ha sabido no caer en el abismo de los narradores librescos que escriben para escritores. No. Estamos ante un narrador que ha cruzado el umbral de la madurez, desde el que se vislumbra, más cerca o más lejos, la línea de sombra de la que hablaba Joseph Conrad, es decir, la consumación de dicha madurez.

Nacido en Chihuahua y criado en el seno de una familia de sino comunista —y que fue el alimento de los relatos que dieron forma a Cosmonauta—, Sánchez ha sabido trasladar los vericuetos de la ideología y la contundencia de un devenir cotidiano en apariencia adverso en uno de los mejores momentos de la ficción mexicana, cuyo parangón obligado —pero no obvio— no puede ser otro sino su congénere Luis Jorge Boone (Monclova, 1977) y su primera novela: Las afueras (Era, 2011), uno de los mejores libros aparecidos el año pasado y que comparte con Autos usados la resistencia a las estructuras narrativas convencionales. Ambos autores han sabido destilar el tedio y la ansiedad de vivir en esa otra patria que es el norte de México —y a ellos se suma el lagunero e inclasificable Carlos Velázquez, otra de nuestras reales revelaciones literarias—, allá arriba del altiplano, adonde el desierto es no sólo realidad sino metáfora vivencial, aquel terruño cuyos predecesores, Jesús Gardea y Daniel Sada, narraron con otra clase de recursos literarios y alientos, habitantes de la misma realidad, pero no de la misma época ni de la misma generación, ni de sus preocupaciones y distractores.

Además de Autos usados, este año Sánchez publicó también la noveleta Gasolina (Nitro/Press, 2012), divertimento con persecución de lanchas incluida y que cuenta de manera irónica la quintaesencia de los encuentros de nuestros becarios más jóvenes, escritores en ciernes que, si bien les va, publicarán en un futuro no tan distante un libro como el que aquí nos ocupa. Mientras que el lanzamiento de Autos usados llamó a un extraño silencio mediático —pese al alcance de mercado de su corporativo sello—, Gasolina ardió como tal y terminó de iluminar la naciente y prometedora carrera de Sánchez, una de nuestras voces más genuinas y prolíficas.

David Miklos. Escritor. Su libro más reciente es Brama.