Álvaro Uribe,
Morir más de una vez,
Tusquets,
México, 2011, 230 pp.

Novela de la representación, de la memoria no como ejercicio de recordación sino como ejercicio de invención y creación. Novela sobre cómo pudo haber sido el pasado, o aún mejor, de cómo el novelista quiere y narra el pasado, de cómo lo imagina, lo trastoca, lo convierte en escritura no para testimoniar o retratar, sino para crear una representación artística de los hechos resumida en una cláusula: “Ninguna vida es tan interesante que merezca retratarse completa y al pie de la letra; así en el cine como en la literatura, el arte está en la edición”.

Álvaro Uribe (ciudad de México, 1953) publicó Morir más de una vez hace un año, en diciembre de 2011, la propongo como ni novela del año porque llegó a librerías poco después, en 2012. También, porque si en la primera lectura disfruté la elegante parsimonia de su estilo y su coherencia narrativa, una segunda ponderación al releerla valora esta novela por encima de otras leídas este año, un par de ellas incluso premiadas. Y aunque la crítica ha celebrado las cualidades de Morir más de una vez, no la leo experimental y a veces ampulosa, como señaló algún crítico, porque aprecio la estructura narrativa y el manejo de los tiempos como un artificio consumado y logradísimo (no un experimento), así como disfruto de las elegantes peculiaridades del lenguaje de Uribe no como lucimiento retórico sino como un esfuerzo de precisión y claridad para narrar emociones humanas sutiles.

Tampoco coincido con quien, retomando una frase de la novela, la describe “honesta pero poco imaginativa […] carente de toda audacia formal”. Aquí la memoria y la imaginación fabulan con el pasado y el presente para transformarlos en una propuesta narrativa y estética capaz de transparentar, con suma naturalidad, una compleja estructura. Otra apuesta crítica destaca la autonomía de esta novela desarrollada fuera de las tendencias más comunes, como la narrativa sobre la vida pública y política o aquella inclinada al ejercicio de cierto academicismo y al traslado a la novela de teorías literarias en boga. En este punto aprecio en el arte aquello que va a percibir y resaltar los rasgos únicos, las diferencias y no las unanimidades. Pero, además, percibo esta novela dentro de una tradición literaria latinoamericana, aquella que describe la ambición, el sueño o la realidad de la vida en París, y va de Darío y Vallejo en poesía a Cortázar, Vargas Llosa y al hoy innombrable Bryce Echenique en narrativa.

El corazón de la novela es el enfrentamiento con la muerte del narrador Manuel Artigas (quien escribe con el seudónimo de Álvaro Uribe), a quien en 2008 diagnostican un cáncer sin aviso ni síntomas previos y del cual venturosamente salió con bien luego de una intervención quirúrgica y de un tratamiento de quimioterapia. El narrador indagará en la muerte mediante varias historias laterales, rememoraciones imaginativas (“recuerdo con la fantasía”, dice) de su vida en París (donde Uribe fue consejero cultural, experiencia descrita en parte en su novela Por su nombre, de 2001). Estas historias laterales arrancan en el prólogo “Quién es yo”, donde dos mexicanos, funcionarios de nuestra embajada en Francia, viajan en automóvil por la campiña junto con el narrador y sufren un accidente del cual apenas salvan la vida (aunque quizá murieron, previene el narrador para abrir la especulación sobre el pasado y la memoria). En el momento del accidente el personaje no ve pasar ante él la historia de su vida; en una prospectiva alucinante ve en cambio pasar su vida futura de estudiante de letras, agregado cultural, su estancia en París, se ve incluso escribiendo la novela Por su nombre y se ve incluso operado y en tratamiento contra el cáncer.

Se inician luego las historias por capítulo: en “La segunda oportunidad”, Josejuán cae de lo alto del edificio y de milagro se salva de morir, pero esta nueva posibilidad lo conduce, poco después, a su muerte real. Sigue la historia de Josefina en “El sueño que la contiene”, donde luego de tener amoríos con el narrador en México lo sigue hasta París y, al ser rechazada por éste, se entrega a un francés estudiante de cine para correr una suerte incierta entre la muerte y la desaparición. “La ballena azul” es el retrato de Gabrielle Anghelotti, empleada de la embajada mexicana en París, personaje imprescindible en esa oficina mexicana tanto para embajadores como Jaime Torres Bodet y escritores como Octavio Paz y Carlos Fuentes cuando pasan por allí, como para los empleados Samuel Sajarías y Alberto Urquidi y su amigo Manuel Artigas. Es también una aproximación literaria al envejecimiento y la muerte y la melancólica historia de una mujer que dejó de escribir: “De golpe, me di cuenta que podía ser feliz sin escribir. Que, de hecho, ya era feliz precisamente porque no escribía”.

El último capítulo, “Una historia casi perfecta”, es la del pintor Saúl Sajarías —a quien Artigas conoció en París— y su aventura amorosa con la bella cuarentona Nadine en aquella ciudad en los años ochenta, historia prolongada ya en los años dos mil mediante una relación con la hija de Nadine, Nadia, con quien Saúl, al enviudar, parece dispuesto a vivir en París. Esta última historia es narrada por Saúl a Artigas en el hospital donde este último ha sido operado y donde a la mujer de Saúl le diagnostican el cáncer que al final acabará con ella.

Cierra la novela con una suerte de epílogo breve y elegante que condensa las cualidades de la historia, el desconsuelo y aislamiento incomunicable de la enfermedad, la aspereza de la operación y el tratamiento, la entereza para enfrentarla apoyado por la familia y los amigos, pero también alentado por la memoriosa reinvención artística del pasado que es literatura.

Alejandro de la Garza. Periodista cultural. Acaba de publicar Espejo de agua. Ensayos de literatura mexicana.