David Toscana,
La ciudad que el diablo se llevó,
Alfaguara,
México, 2012, 260 pp.

Con cuán escasos elementos puede cobrar vida una gran novela. Pensemos, por ejemplo, en La ciudad que el diablo se llevó y hagamos de cuenta que David Toscana trabaja la arcilla. Qué ha necesitado para disputarle su sitio al Creador: seis personajes, un momento de la historia europea y una antigua belleza en ruinas. Apenas con eso le ha dado forma y consistencia a un cuadro sobre la condición humana, tan miserable que no desdeña unos atisbos de alegría.

Europa Central no es una excentricidad en la carrera literaria de Toscana. Está en su novela anterior, Los puentes de Königsberg. Ahora encarna en la Varsovia devastada por la ocupación nazi y las ambiciones soviéticas. No hay más que escombros o el recuerdo de una época en la que hombres y mujeres jugaban a poseer algo parecido a la felicidad. A esta ciudad se entregan los personajes, sin más propósito que transformar el dolor en consuelo: un sepulturero, un cura en pecado mortal, un aspirante a conserje, un profesional de la rapiña, un barbero y un novelista sin talento. Su humanidad se mide con la vara de la sobrevivencia. Se tienen únicamente a sí mismos.

¿Cuánto tiempo transcurre entre la primera y la última líneas, entre el lamento por la propensión de los varsovianos a morir en las más inesperadas circunstancias y el viaje final a través de las aguas? ¿Unos meses, quizás un año? Importa la pregunta porque Toscana ha concebido su novela como un acto de rebelión frente a la tiranía del tiempo. Sin abandonar nunca a sus personajes, procede a la manera de aquellos narradores —¿Leo Perutz, acaso, los dueños de la tradición talmúdica, Bashevis Singer?— para quienes el ritmo de lo contado depende de los relatos intercalados en el flujo principal de la historia. De pronto, mientras seguimos al sepulturero entre las lápidas del cementerio, salen a nuestro paso las desventuras de una mujer casada a quien su marido no le puso jamás una mano encima; o mientras acompañamos al vendedor de rapiña en la prisión de Mokotów, escuchamos, de labios de un preso, el lance de un hombre que muchos años atrás vendió su alma al diablo a cambio de conocer el fuego vedado a los hombres. Cada capítulo, digamos, es más que la perla de un collar; es, en sí mismo, un collar.

Se entiende, por tanto, la presencia de un novelista. La ciudad que el diablo se llevó es una novela sobre la supervivencia pero también una novela sobre el acto mismo de escribir una novela, o sobre lo que significa la creación artística. “El novelista se tumbó sobre sus cobijas”, leemos. “Pensó en la sencillez del mundo del padre Eugeniusz.
Para la gente como él existía una sola verdad y tenía dos mil años repitiéndose. ¿Qué complicación había en recorrer una vereda tan pisoteada? En cambio, los novelistas vivían en un cosmos de opciones ilimitadas en el que atrapar las palabras justas, ordenarlas de manera bella y con sentido, resultaba una aventura heroica”. Sólo después de apurar las últimas gotas de este misterio podemos comprender porque en La ciudad que el diablo se llevó la impiedad, e incluso la herejía, muestran sus colmillos con tanta naturalidad. Si esta novela se hubiera escrito hace 400 años, Toscana hubiera sido condenado a la hoguera. No se conforma con torcer el significado de los Evangelios: se ríe sobradamente del dogma de la resurrección, del Cristo doliente y de la sangre derramada en la cruz. El cura, por ejemplo, bendice con vodka a sus compañeros de juerga (y ya entrado en gastos, declara: “Un poco más de este elíxir de los dioses y estaré a la derecha de quien de veras manda en estas cosas”); el sagrado corazón reposa en un caldo con un dudoso regusto a coñac. Toscana parafrasea, subvierte, duda de toda palabra —sobre todo de la palabrería católica— que no exhiba el sello de la relatividad literaria.

Cuanto más heréticas son las acciones de los personajes, más se eleva la figura del narrador, que interviene a la manera de un dios chocarrero. Detrás de cada gesto, declaración o pensamiento creemos ver una voluntad todopoderosa. Si La ciudad que el diablo se llevó resulta por momentos delirante es porque Toscana ha decidido montar una suerte de teatro guiñol. Debemos a Ramón del Valle-Inclán ese homenaje al exceso que es el esperpento: ningún aspecto de la realidad está a salvo de someterse al influjo de lo grotesco. Leo La ciudad que el diablo se llevó y no puedo rechazar la idea de mirar a Toscana como un virtuoso del género: ha sabido acercarse a la existencia humana exagerando sus inclinaciones más quiméricas. Y lo ha hecho invitando a sus personajes a fermentar sus pasiones en alcohol, mucho alcohol. Se bebe demasiado en La ciudad que el diablo se llevó. Parecería incluso que no hay más fuente de la felicidad que la que proviene de una botella de vodka. Siguiendo la consigna, y mientras termino de leer las últimas frases (“esa noche, navegando hacia los siete mares, Feliks, Ludwik, Kazimiers y san Eugenio de Varsovia eran inmortales. Y lo serían para siempre”), alzo mi copa.

Roberto Pliego. Escritor. Actualmente es coeditor del suplemento Laberinto. Autor de 101 preguntas para ser culto.