Jorge Fernández Granados,
Si en otro mundo todavía,
Almadía,
México, 2012, 226 pp.

El 2012 ha sido un año difícil para las editoriales de habla hispana, sobre todo para las de América Latina. La crisis editorial de países como España golpea de rebote a México y reafirma que la poesía no sólo no se vende, sino que sigue siendo el patito feo de los géneros literarios.

Con decoro, algunas editoriales han sacado adelante varios títulos destacados de poesía, mejorado el rostro de sus ediciones y ampliado su circulación. Es el caso de Bonobos, Almadía, Tierra Adentro y Mantis, entre otras.

Pocas miradas en México han sido tan profundas y abarcadoras en cuanto a elementos poéticos que la de Jorge Fernández Granados (ciudad de México, 1965). Referente generacional de los poetas nacidos en los años sesenta, Fernández Granados despliega en sus textos un abanico de lecturas a las que es difícil abstraerse, mucho menos considerarlas poesía del montón.

Desde La música de las esferas (1990) hasta Principio de incertidumbre (2007), el poeta se ha mantenido fiel a una búsqueda que va más allá de las fórmulas poéticas establecidas: dota sus versos de vigor rítmico sin quedarse en la simple decoración, amplía sus registros temáticos y asimila lecturas e influencias que al integrarse al conjunto de su obra lo convierten en una voz singular en la poesía de este país.

El resultado es a la vez una ética de la poesía, estética de la palabra y destino. “Ha sido, ante todo, un gran aprendizaje. Una lección acerca de los límites. El cuerpo es nuestro principal vehículo —si no es que el único— para conocer y experimentar el mundo. Perder o disminuir cualquiera de los sentidos o de las funciones del cuerpo inevitablemente es también un cambio de vida. La vida debe adaptarse entonces a sus nuevos límites. Pero todo es relativo: las cosas continúan allí, lo que cambia es la idea que tenemos de ellas”, dice en entrevista con John Oliver Simon.

Durante unas Jornadas Universitarias de Poesía celebradas hace un par de meses en universidades colombianas se trató de dar respuesta a la pregunta ¿Para qué sirve la poesía? No faltó entre el público quien se considerara sobreviviente gracias a la poesía. Ni quien se despertaba a diario con la esperanza de que la palabra lo salvara, aunque hasta el momento no había sucedido tal milagro. Fernández Granados había leído sus textos semanas antes de estas jornadas en esa misma ciudad, y el eco de sus poemas, en los que establece un diálogo entre la infancia y los bordes del abismo, se dejaba escuchar desde el aire transparente de la ciudad.

¿Para qué sirve la poesía? ¿Qué papel desempeña el poeta? Quizá si el poeta y el lector y el crítico y los maestros de poesía encuentran la respuesta no tendría sentido escribir ni abrir más un libro de poemas.

Releo su poema “El aprendiz”: “Cuerpos, ángeles o demonios,/ duendes y monstruos y malentendidos/ o espectros o espejos o animales, pero al fin/ sólo gente. Los muertos que construyen a los vivos./ Los vivos que conversan con los muertos./ Al fin flexible dulzura de su forma/ se ha fundido, para mí/ a la quieta emoción de la madera/ en que tallé, con más entusiasmo que destreza,/ mi amor por su querida compañía”. Releo y pienso en una ética ante el poema, ante la poesía, ante las cosas que nos rodean. Releo y aprendo. Y pienso en Pacheco, en Eliot, en Borges, en Rulfo: eternos aprendices.

Si en otro mundo todavía es un conjunto, una reunión, el producto de más de dos décadas de pescar peces alados en despoblado, de buscar el mineral sin más lámpara que la intuición, la integración de un pasado y los destellos del presente. Pulir la piedra, sin que desaparezca y sin que el brillo nos impida verla, quizá son palabras clave en todo esto. Y tener como amigo cercano no a un crítico literario ni la autocomplacencia sino a un bote de basura.

Este libro de Fernández Granados reúne huellas precisas estampadas en La música de las esferas, El arcángel ebrio (1992), Resurrección (1995), El cristal (2000), Los hábitos de la ceniza (2000) y Principio de incertidumbre. Un camino por el que hacen sentir su paso temas ajenos a otras poéticas y que tienen que ver con la genética, los fantasmas, los códices, el Mp3, los farsantes, los viajeros, los agonistas, las escaleras, la dispersión, los signos; espectros, peces, la tierra prometida, animales, ventanas, tempestades; esto es, con la vida misma en todas sus afiladas aristas.

Jorge Fernández es una voz en el árbol milenario de la poesía. No una voz solitaria ni una isla, sino una voz que se engarza a otras voces y que desde la vorágine de un mundo caduco nos lega con la consistencia de sus textos un respiradero sin fuegos de artificio. Será porque, como dice Fernández Granados, “el arte de olvidar comienza recordando”.

Margarito Cuéllar. Escritor y periodista. La editorial Praxis reunió recientemente su poesía bajo el título Música de las piedras.