Dos magníficos cuadros colgados en las paredes de la residencia diplomática de México en Brasilia me llevaron a conocer a su autora, Dirce de Assis Cavalcanti, artista plástica multifacética, poeta, escritora e intelectual. Dirce estuvo en México en los años ochenta, acompañando a su esposo Geraldo Holanda Cavalcanti, embajador de Brasil en nuestro país, él también distinguido intelectual dedicado a la literatura. Al terminar una reunión en su apartamento de Río de Janeiro, Dirce me dio un pequeño libro agotado, O Pai, escrito por ella. Trata de “la tragedia de la Piedad”, el barrio carioca donde suceden los hechos estremecedores narrados por la escritora, hija de uno de los protagonistas. Los hechos ocurrieron en 1909 pero tan no se olvidan que este abril pasado se estrenó en Río la ópera Piedad, con la figura del padre de la escritora en uno de los dos papeles principales y en el otro Euclides da Cunha, intelectual brasileño de talla colosal.

Brasil tiene sus propios tiempos. A finales del siglo XIX y principios del XX, estos tiempos eran lentos. Brasil es el último país del continente en abolir la esclavitud, en 1888. Abandona muy tarde la monarquía pues abraza la causa republicana hasta 1889. Tampoco tiene movimientos sociales que sacudan el orden heredado del imperio portugués. La iglesia católica ejerce su conservadurismo y retrasa largamente reformas y derechos sociales como el divorcio, que sólo se vuelve legal en 1977. Sede del imperio portugués de 1808 a 1821 y de una monarquía parlamentaria hasta 1889, la sociedad brasileña de los primeros años de la República es una sociedad aristocratizante, clasista y conservadora.

A fines de 1904, Euclides da Cunha es enviado por el ministro de Relaciones Exteriores, barón de Río Branco, al alto río Purús, en el actual estado de Acre, colindante con Bolivia y Perú, para resolver un problema de límites. Euclides da Cunha, ingeniero, cartógrafo y geógrafo, permanece un año en la selva encabezando la comisión brasileña. Más que resolver un problema de límites, la verdadera intención del barón de Río Branco es incitar a Euclides da Cunha a escribir sobre la Amazonia, algo comparable a Os Sertões, obra fundacional de la sociología y la literatura brasileñas, publicada en 1902, fruto del trabajo de Da Cunha como corresponsal del diario Estado de São Paulo, en la Guerra de los Canudos. Os Sertões revela un Brasil desconocido hasta ese entonces: el Brasil del nordeste seco y miserable, de campesinos paupérrimos y ganado flaco, de veranos con un calor de plomo sin la humedad de la costa atlántica ni la exuberancia de la selva, con extensiones de aridez interminable.

El ardid del barón de Río Branco funciona y Euclides da Cunha decide escribir una obra sobre la Amazonia. La titula, anticipada y miltonianamente, El paraíso perdido. No llega a escribirla porque a su regreso de la selva, en 1906, se cruza en su destino la figura de un cadete rubio y atlético que trastoca su vida. El cadete se llama Dilermando de Assis y sostenía desde hace meses una encendida relación amorosa con la esposa del escritor, Anna Ribeiro. No es la primera vez que el escritor, ingeniero, sociólogo y ardiente republicano se ausenta del hogar por largo tiempo. Escribe Os Sertões durante tres años en el interior del estado de São Paulo mientras reconstruye un puente monumental cuya novedad ingenieril debe marcar la diferencia entre el vigor de la República y la monarquía. Más que con Anna Ribeiro o con su propia vida privada, Euclides da Cunha está casado con las causas de su tiempo: el progreso, el positivismo, el nuevo lenguaje literario, los campesinos olvidados del Sertón, la grandeza del Brasil republicano. A Anna no le bastan estas causas.

El sobrio relato de Dirce de Assis Cavalcanti sobre su infancia y juventud corre bajo la sombra de un gran misterio trágico. Es un retrato de época que da contexto a la imagen en espejo de dos mujeres. Anna Ribeiro, joven esposa y madre de la prole de Euclides da Cunha, quien rompe con las buenas costumbres arrastrada por una “pasión avasalladora” por Dilermando y María Antonieta Araujo Jorge de Assis, Marieta, madre de la autora, quien a su pesar desafía las buenas costumbres y vive fuera del matrimonio con Dilermando la mayor parte de su vida.

Al contacto con esta historia, los lectores entenderán por qué tantos siglos después seguimos leyendo a los griegos. Dilermando de Assis bien pudo ser un Orestes o un Edipo del siglo XX y la prensa y la opinión pública el coro griego que no le permitió olvidar.

—Cecilia Soto