Papá era capaz de hacer cosas increíbles, cosas que nadie más hacía: tapaba las goteras de nuestra casa con un tiro de revólver. La bala se alojaba exactamente en el hoyito de donde goteaba el agua. En los sobres de sus cartas dibujaba timbres con tal perfección que las personas intentaban levantarlos con la punta de la uña, insistiendo en despegarlos. Se divertía apostando con los amigos que los timbres pasarían por buenos en el correo. Y realmente, las cartas se iban sin despertar ninguna sospecha en la agencia local.

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Mi padre fue la gran pasión de mi infancia. Me hacía sentir la persona más importante de este mundo. Me trataba con amor y admiración. Lo que no le impedía exigirme siempre más allá de lo que las limitaciones de la edad me permitían. Pronto me enseñó a leer y a escribir con la pretensión de sembrar en mí, si no la semilla de una escritora, por lo menos el gusto por la literatura. Desde mis recuerdos más recónditos la figura de mi padre es la que sobresale y se define.

Era un hombre alto, fuerte, medio calvo. Distribuía los ralos cabellos sobre el cráneo intentando disimular la lisura rosada de su cabeza. Usaba sombrero siempre que salía y cuando se ponía uniforme, el quepí. Usaba lentes de aros de oro. Sus ojos claros se agrandaban aún más a través de los cristales. Aunque ya no fuera muy joven era atlético y esbelto. Al compararlo con los papás de otras niñas me enorgullecía. Uniformado se veía más alto e imponente.

Un domingo que iba de la casa a la escuela con mi papá me llevé un gran susto. De repente, una gritería, frenadas bruscas. Todo mundo de pie en el tranvía.
“Agárrenlo, agárrenlo. Fue él quien lo mató. Corran, agárrenlo”.

Nunca se me había ocurrido pensar que las personas pudieran matar. Había visto a la abuela muerta pero pensé que murió porque era vieja. Ya no se interesaba por nada. Estaba alejada de la vida y no hacía sino pedir a Dios que se la llevara. No hubo violencia. El aire tranquilo de su muerte no me asustó. Parecía estar durmiendo, cumplido finalmente su deseo. Pero aquel hombre tirado en la banqueta, cortado a navajazos, con la sangre escurriendo espesa por la cara, nunca pensé que pudiera suceder. ¿Qué diría la madre Paula? Uno de los mandamientos era no matarás. Obvio, claro, sucinto. No matarás.

Saltamos del tranvía y nos fuimos a pie el resto del camino. Mi mano trémula, sudando frío en la mano caliente de mi padre. Yo estaba muy agitada. Quería llorar pero no lo lograba. Comencé a preguntar por qué. Nadie debía matar a nadie, nunca, nunca. Papá también estaba afligido. Yo no paraba de hablar. Si supiera quién fue, iría a contarle a la policía. ¿Cómo podía alguien matar a otra persona? Debían aprenderlo. Condenarlo. Papá me preguntó: ¿Y si fuese yo, si tú supieras que tu padre había matado a otra persona, también irías a contarlo para que lo castigaran? Le dije que sí, claro, lo primero era el deber, la justicia. Muy serio, estuvo de acuerdo: Sí, primero la justicia.

Mis padres peleaban mucho. Según me contó mi tía Mag, tenían celos incontrolables uno del otro. Cuando mi padre salía, colocaba palitos o fósforos en el parapeto de las ventanas para saber a su regreso, si los encontraba o no en el lugar donde los dejó, si mamá las había abierto. En sus cartas también hay insinuaciones y comentarios que denuncian sus celos. De soltera, en Río, lejos de él, no quería que mi madre me acompañara a paseos y cines. En verdad prefería que nunca saliera sin él. El mismo sentimiento torturaba a mamá. Le atribuía a papá un interés enfermizo e indiscriminado por todas las mujeres. Sospechaba de él con mis compañeras, con las mujeres de los amigos, principalmente con las que papá forzosamente habría conocido lejos de ella, en sus muchas ausencias. Se preocupaba hasta con las sirvientas, incluyendo las feas.
Yo tampoco escapaba a sus celos. Por naturaleza extremadamente afectuosa, mi padre no perdía ocasión de hacerme patente su cariño. Si nos cruzábamos al andar por la casa o bajando la escalera, me pasaba la mano por la cabeza, me daba un beso. Lo que hacía que mamá preguntara si nos estábamos despidiendo, si acaso íbamos a viajar.
Al contrario de él, mamá era una persona seca. Empero generosa conmigo y con los demás. Siempre me compraba regalos caros y procuraba darme todo lo que pudiera desear. Quizá era su manera de compensar la dificultad de externar su amor por mí. No se daba cuenta pero sistemáticamente se limpiaba con la mano los besos que yo le daba, incluso cuando yo me cuidaba y procuraba secarme bien la boca para no darle besos con babas. En todas mis enfermedades me cuidó hasta el extremo pero no recuerdo que jamás me hiciera algún cariño.

A papá le gustaban mucho las óperas y las operetas, los valses y las canciones napolitanas. Nacido en 1888, su juventud coincidió con el inicio del siglo, cuando los valses estaban de moda. Cuando los oficiales de caballería eran “garbosos”, lucían atractivos uniformes y desfilaban al son de las marchas y redobles de las bandas militares. Los niños marchaban detrás de los soldados en los ensayos para el desfile del siete de septiembre. En la familia, mi abuelo y mis tíos abuelos habían sido militares. El tío y padrino de mi padre, José Pacheco de Assis, había participado en la campaña de Canudos y Euclides da Cunha lo cita en Os Sertões.

Un día él y mamá salieron. Ella iba al médico. Siempre cambiaba de médicos porque no lograban diagnosticar su enfermedad. Decían que su problema venía del sistema nervioso. Ella se enojaba, los llamaba burros y pasaba a otro consultorio. Cuando mis padres salían juntos, lo que sucedía muy rara vez, a mí me gustaba explorar su cuarto, abrir los cajones de mi madre, usar su lápiz labial, fisgonear en sus escondrijos, prohibidos para mí cuando ella estaba cerca. Estirarme en la cama del matrimonio, una cama grande y fresca, rodándome para acá y para allá sobre la colcha estampada siempre bien estirada, era otro placer prohibido. Ese día, cuando vi el Chrysler convertible doblar la esquina y ellos en él, corrí para el cuarto que todavía olía al perfume de mamá. Me tiré sobre la cama como si me echara un clavado, hundiéndome en el colchón de resortes y estirando toda la colcha. Caí encima de un mazo de llaves que se había quedado olvidado. Una argolla de oro prendía el abanico desigual de diez o doce llaves de varias formas. La negra, la del portón. Las Yale, achatadas y pulidas, de las dos puertas de entrada y varias otras menores. ¿Tantas llaves, de dónde serían? Acostada de bruces me quedé jugando con ellas, balanceándolas como un péndulo. Las recordé colgando del cajón del secreter con el mismo ritmo. Eran las llaves de papá. Una de ellas era del cajón grande, el de en medio, que abría o cerraba todos los demás. Aquel secreter vivía cerrado. Nadie podía tocarlo, ni siquiera para limpiarlo. Si yo me acercaba, papá, como quien no hace nada, pausadamente iba empujando los cajones, como si hubiera terminado el trabajo y fuera el momento de cerrarlos. Hacía mucho calor esa tarde. Me levanté y fui bajando lentamente las escaleras sintiendo en mis pies descalzos el placer frío de cada escalón. Salí por la cocina que Benedita estaba terminando de lavar. Le di la vuelta a la casa por la veredita de cemento. La ventana del despacho de papá estaba abierta. La cortina blanca, corrida, no se movía. Me gustaba cuando había viento y se hinchaba ora aquí o allá como si alguien estuviera jugando a esconderse detrás de ella. El parapeto no era muy alto. Apoyé los brazos en el mármol, fresquito y sabroso en la piel. Me impulsé y subí a la ventana. Se me raspó la rodilla con el polvo de piedra de la pared y me ardió. La sangre brotó en forma de gotitas minúsculas sobre el raspón.
Puse un poco de saliva en la palma de la mano y froté la herida. Detestaba lastimarme. Mamá siempre me decía descuidada porque vivía golpeándome con las puntas de la mesa o haciéndome cortadas en los dedos. Salté dentro del despacho con las llaves en la mano. Me olvidé de la rodilla, de la lastimadura y gateando, hipnotizada por el ojo brillante de la cerradura, me arrastré hasta el secreter. Después de tratar con dos o tres llaves, una de ellas giró y el cajón se ofreció descarado a mis ojos. Lápices, borradores, escuadras, un mazo de cartas unidas por un broche, sobre las cuales una gran R roja confirmaba que habían sido respondidas. Todo ordenado. El escritorio era enorme, con dos cuerpos laterales de cinco cajones cada uno. En medio, bajo el cajón principal, un espacio para las piernas donde yo cabía muy bien sentada en el suelo.
Abrí otros dos cajones. En las carpetas azul claro había más cartas y papeles. Fríamente, con el cuidado de quien abre una herida, abrí otro cajón. Moví sus papeles con la precisión de los médicos o de los asaltantes. Eran recortes de periódicos pegados en las hojas de una carpeta gruesa y parda. Me detuve aturdida ante la fotografía de mi padre barbudo. ¡Las letras saltaron del papel amarillento con la brutalidad de un golpe! Leí: El asesino. Leí otra vez, dos veces. No había equivocación. No era el calor. No era una pesadilla. Ahí estaban las palabras en la carpeta abierta: El asesino. Y el nombre de mi padre y los retratos de mi padre que mamá detestaba, con la barba grande, parecido a Pedro II. Mi padre era el asesino.

No quise leer las letras pequeñas de la noticia que descendía papel abajo en tres columnas. Volteé la hoja. Otro recorte de otro periódico repetía también su retrato, su nombre y, otra vez, las palabras terribles: El asesino. Hacia el final de la carpeta, los recortes hablaban de un juicio y las letras grandes decían cosas que yo no entendía pero que me grabé al instante para buscarlas después en el diccionario: “Absuelto por unanimidad de votos”. Absuelto. Unanimidad. ¿Qué sería eso? Volví a las letras negras de la primera hoja. El asesino. El asesino. En todas las noticias, un hombre de ojos febriles y grandes bigotes aparecía al lado de los retratos de papá. Era el hombre que mi padre había matado. Se llamaba Euclides da Cunha.

Quería preguntarle muchas cosas a mi padre, pero no me atreví. Y a partir de ese momento se abrió una brecha profunda que me alejó de él. No logré recuperar nunca a mi padre. Todo el amor que le tenía pesaba como una vergüenza, una traición. Me prohibí que me siguiera gustando. Que él y mamá me siguieran gustando, cómplices los dos, no de la muerte de ese hombre que no me importaba tanto, sino de su traición a mí. Por qué me ocultaron aquellas cosas terribles que hasta los periódicos habían publicado.

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Coincidiendo con un cambio de colegio, un nuevo hecho me marcó. Poco antes de la partida de papá, en el primer día del año lectivo, me encontraba en clase de portugués con otras treinta y cinco compañeras que no conocía. El profesor, un hombre guapo, vestido de lino blanco, entró perfumado y cautivador, impresionando a las alumnas. Llegó fumando y entre bocanadas de humo nos miraba con los ojos pequeños cercanos a la nariz. Las pupilas, más oscuras bajo las cejas cerradas, recorrían el salón, examinándonos. Nos miraba una a una al tiempo que nos llamaba por el nombre para identificarnos. Terminado el pase de lista, se puso a hablar sobre el máximo exponente de la literatura brasileña, Euclides da Cunha. Hablaba bien, con un vocabulario rico. Su voz ronca, bien impostada, era parte de su encanto. El asunto lo apasionaba y todas poníamos atención, medio fascinadas para no perdernos nada de lo que decía. Yo, por otras razones. Me invadió un gran miedo. Me sentí arrinconada. Sabía que ese momento llegaría, que algún día me enfrentaría con una situación como ésta, pero no así, no de esta manera, no entre tantas colegas nuevas y extrañas. En mi primer día de clases.
Sabía el nombre del hombre que mi padre había matado. Me quedé rígida, esperando el fin de la historia, del resumen biográfico que él hacía, hablando del escritor antes de hablar de la obra. Paralizada, hipnotizada, con los ojos fijos en él, oyendo llegar la muerte de Euclides. Y fue entonces que el nombre de mi padre salió de su boca, escupido, envilecido, como el del último de los criminales. Destrozaba a papá, lo llamaba asesino infame, decía que además de asesino era un monstruo, que había matado a traición a su benefactor, al hombre que lo había abrigado en su casa, que lo había criado, a quien papá además de robarle la esposa, había asesinado fríamente.

No sé cómo tuve fuerzas para ponerme de pie. Estaba en la segunda fila y todavía me acuerdo de la expresión de asombro de la niña que se sentaba adelante, boquiabierta, sus ojos como platos mirándome como si yo hubiera enloquecido. Todas las otras, atrás de mí, me estarían mirando igual. Y me oí decir, en una voz que mal reconocí, extrañamente mía, que lo que el profesor estaba diciendo era mentira. Mentira. Que estaba mal informado, que no tenía derecho a seguir difundiendo aquella infamia. Que el hombre que mató a Euclides da Cunha no era un traidor, ni un asesino. No había sido criado por Euclides y si lo mató había sido en legítima defensa y había sido absuelto por unanimidad de votos.

El profesor se irguió en su cátedra, indignado y enrojecido.
—¿Con qué autoridad interrumpe usted mi clase?
—Con la autoridad de ser la hija de quien usted llama asesino.—¡Salga de la clase, salga, salga!

Reuní lo que tenía sobre el mesabanco y lo eché dentro de la mochila. Salí abrazada a ella, como tabla de salvación, intentando mantener la dignidad y tragándome los sollozos. Mis pasos parecían retumbar en el salón, repentinamente enorme, silencioso, interminable.

Lo cierto es que mi padre había matado a un dios. A un dios literario cuyos fieles fanatizados no lo perdonaban ni querían saber en qué circunstancias atenuantes había sucedido todo. Para defenderse del ataque del marido enloquecido por los celos, había matado al genio.

Al salir del colegio, de aquel maldito salón de clases, me quedé vagando por la calle, queriendo morirme. Me reventaba de vergüenza, de angustia, de sufrimiento. No quería volver nunca más a enfrentar a esa gente, a aquel idiota vanidoso y perfumado. Y no podía ir a casa en la agitación que me encontraba. No podía contar en casa lo que pasó, nadie sabía o quería saber que yo sabía el secreto. Todos fingíamos que no existía.

Pero tuve que regresar. Tragándome mi vergüenza y mi indignación. Tres días después, cuando ya no podía faltar sin que las monjas telefonearan para preguntar por mi prolongada ausencia, volví. Me llamaron a la dirección. Para mi gran sorpresa, el profesor estaba ahí y me pidió disculpas muy afectuosamente. Verificó mi nombre, mi filiación y se arrepintió mucho de haber tomado como broma de mal gusto el gesto de defensa de mi padre. Quería entrevistarse con él. Pero yo no podía ser la intermediaria para el encuentro. El profesor también lo entendió. Se encontró con él sin mi intervención.

Después de ese incidente papá me llamó a su despacho. Me sentó a su lado, cerca del secreter. Abrió un cajón de donde sacó las pruebas de un libro. Él lo había escrito y ahora iba a ser editado. Quería que yo lo ayudara a corregirlas. Quería que desentrañara junto con él, amparada por él, lo que había sucedido hacía muchos años, en su juventud. Hojeé las páginas que colocó encima de la mesa. Imaginé con qué esfuerzo estaría dispuesto a desnudarse frente a mí, después de tantos años de silencio. Tuve miedo y vergüenza. Miedo de lo que él me diría. No quería la pena de esa revelación. No quería desmenuzar la noticia, lo mezquino del detalle. Y me ahogaba un resentimiento en una ola de amargo rechazo: me maldije por ser la hija de mis padres, la hija de Dilermando.

Pobre papá. En 1887 mi abuela se casó contra la voluntad de la familia después de un noviazgo de siete años. La pareja vivió en Porto Alegre y después en Santa Vitória do Palmar, donde el marido, teniente de caballería, murió a los treinta y tres años de una caída del caballo. Sólo tuvieron cinco años de felicidad juntos.

La abuela quedó sola con tres hijos pequeños: Dilermando, Dinorah y Dinoberth. Trabajadora y ahorradora, con la pensión del abuelo y los recursos que le redituaba su habilidad como costurera, logró construir una casita en la que vivía con los niños.

En 1897, después de la muerte de Dinoberth, la familia regresó a Porto Alegre. La tristeza por la pérdida del hijo y las grandes dificultades por las que pasaba hicieron que la madre de Dilermando aceptara la invitación de los hermanos de juntarse con ellos en São Paulo. Se ofrecían a ayudarla con la educación de los niños. Papá fue internado a los nueve años en un colegio en Uberaba. En 1903 se matriculó en la Escuela Militar do Realengo en Río de Janeiro para seguir la carrera militar como su padre y sus tíos paternos. Era muy apegado a la madre. Durante toda su vida habló de ella con el mayor cariño y devoción. Todavía muchacho, en São Paulo, se vio obligado muchas veces a defenderla de los ataques y el genio difícil de las tías solteronas, hermanas de su madre, que no le perdonaban el casamiento tan breve y criticaban sin piedad el infeliz regreso de la viuda. Papá odiaba a las tías que hacían llorar a su madre.

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En la misma época en que papá entró a la Escuela Militar, su hermano Dinorah entró a la Marina. No podían adivinar que su madre, mi abuela, sólo viviría un año más. Con su muerte, en abril de 1904, desapareció la única persona que realmente había tenido un amor irrestricto, una preocupación permanente por ellos. Habían quedo solos en el mundo. Cuando terminó su año lectivo en la Escuela Militar de Realengo, Dilermando no volvió a São Paulo con sus tías maternas. Pasó las vacaciones con el hermano de su padre, su padrino y amigo de siempre, el mayor José Pacheco de Assis, en la Fortaleza de San João. Al terminar las vacaciones regresó a Río con un regalo, un álbum de música para sus tías paternas, Angélica y Lucinda, que vivían en la calle Senador Vergueiro. En esa misma dirección vivía una amiga de ellas, de quien la madre de Dilermando había sido también amiga: una señora cuyo marido estaba ausente desde hacía meses, cumpliendo una comisión en Acre.

Aunque sólo tenía diecisiete años, mi padre ya parecía un hombre hecho y derecho. Era alto, rubio, atlético. Montaba a caballo. Tocaba guitarra, le gustaba cantar. Tomaba fotografías. Era campeón nacional de esgrima, de salto con garrocha y de tiro al blanco. Además de la Escuela Militar, estudiaba ingeniería. Invitado por las señoras de la casa, se quedó a vivir con sus tías paternas en Botafogo. La casa donde éstas vivían era de Madame Monat que rentaba cuartos para familias. De ahí se mudarían poco después para la calle Humaitá las tías, la amiga casada y Dilermando. La convivencia con aquella mujer solitaria en la plenitud de los treinta y pocos años, cuyo marido siempre estaba fuera, lo llevó a encontrar en ella una respuesta deslumbrada a los reclamos de su adolescencia, además de una posible compensación por la reciente pérdida de su madre. La intimidad sin barreras propiciada por la ausencia del marido y la tremenda carencia afectiva de ambos alimentaron una pasión sin freno. Dilermando y la solitaria mujer casada la vivieron de manera absoluta. Pero el primero de enero de 1906, sin previo aviso y desde el navío atracado en el puerto, el marido ausente telegrafió avisando que había llegado y que lo fueran a buscar. El marido era Euclides da Cunha. Al llegar a la casa se encontró a su mujer con un delator embarazo de tres meses. El hecho provocó su ira pero el matrimonio permaneció unido, hasta el nacimiento, el once de julio de ese año, de un bebé llamado Mauro, que Euclides da Cunha registró como suyo. Mauro murió a los siete días y fue enterrado en el cementerio de San João Baptista. En el acta de fallecimiento consta que murió de debilidad congénita. La madre revelaría más tarde que su marido, celoso, mantuvo al niño, al “inocente”, lejos de ella para impedir que fuera amamantado.

En marzo de ese mismo año, 1906, la Escuela Militar fue transferida a Porto Alegre y con ella se fue el cadete Dilermando. La mudanza no impidió que al año siguiente, en 1907, la esposa de Euclides trajera al mundo otra criatura rubia que Euclides reconoció una vez más como hijo legítimo. Este segundo hijo sobrevivió.

Al terminar sus estudios, siendo ya aspirante a ingresar al Ejército, Dilermando regresó a Río y se fue a vivir con su hermano Dinorah, aspirante a la Marina, en una casa del suburbio de la Piedad. A pesar de la ostensible confirmación del adulterio, Euclides se negó a la separación matrimonial que su mujer le pidió varias veces. Al cabo de tres años de discusiones violentas y deplorables escenas, la mujer de Euclides terminó por salirse de la casa, llevándose con ella a sus dos hijos, uno de Euclides, del mismo nombre que su padre, y otro de Dilermando. Euclides no toleró el abandono. Un domingo quince de agosto, día de Nuestra Señora de la Gloria, trastornado por la ausencia de la mujer que se negaba a regresar, tomó prestada un arma, buscó la casa de Dilermando y de su hermano, e irrumpió en ella disparando, dispuesto a matar o morir. El primer herido por los disparos de Euclides fue Dinorah, que le abrió la puerta. Al ver a su hermano en el suelo, herido por la espalda, Dilermando finalmente disparó. Era campeón nacional de tiro. Disparó primero hacia la mano que escribe, para desarmarla, pero Euclides siguió disparando e hirió en el torso a Dilermando. Dilermando disparó entonces el tiro que perforó el pulmón tuberculoso del escritor, causándole la muerte.

Esta historia sería constantemente recordada por la prensa del país, aumentada con comentarios hirientes e invenciones maliciosas. Escritores, periodistas, amigos del escritor, los que se consideraban compañeros de generación, a cada aniversario de su muerte la traían a cuento, tergiversando los hechos y atacando sin piedad a papá. En la vitrina de una conocida librería de la calle Ouvidor, llegaron a exhibir la túnica que papá vestía en la ocasión del tiroteo, con los hoyos hechos por las balas del escritor. Como si fuera su última obra. Para culminar las cosas, a una desgracia siguió otra, pues el hijo de Euclides creció y siete años después de la muerte de su padre, decidió vengarla. Por segunda vez, un hombre de naturaleza sufrida y difícil llamado Euclides, intentó matar a Dilermando, el amante de su madre. Por segunda vez un Euclides hirió a Dilermando en el torso y por segunda vez un Euclides murió a manos de Dilermando. La repetición banalizó la tragedia. Euclides padre y Euclides hijo fueron muertos, no asesinados, en legítima defensa por el mismo Dilermando.

Todos estos acontecimientos fueron un obstáculo para la carrera de mi padre. Pagó la vida entera por haberse defendido. Preferiría haber muerto en lugar de cada Euclides. Sus ascensos eran retardados al máximo, pospuestos siempre a pesar de los primeros lugares que obtenía en los cursos y de los elogios de los jefes bajo cuyo mando había servido. Se le trasladaba a los peores lugares. Nadie lo quería como subordinado, mucho menos como comandante. Incluso los que admitían la legitimidad de los homicidios que se vio obligado a cometer no siempre estaban dispuestos a enfrentar la crítica. Pocos fueron los sensatos que lo defendieron.

La primera vez que Dilermando osó presentar su versión de la historia fue en la revista Diretrizes, cuyos reporteros estaban siempre a la caza de grandes asuntos. Eran los tiempos de la dictadura de Getúlio Vargas, y un buen día, un gran asunto, papá, entró a la sala de redacción pidiendo una oportunidad para esclarecer la injusticia que durante tantos años le habían cometido. Se publicó todo lo que tenía que decir. No sin gran sensacionalismo y no sin grandes sinsabores para Diretrizes. Con todo, al describir el episodio en su libro Minha razão de viver, el propio Samuel Wagner, legendario director de aquella revista, confundió detalles fundamentales de la defensa de mi padre, la fecha y el lugar del crimen, las direcciones de los personajes, la edad de papá en aquel momento, las balas que lo alcanzaron a él y a mi tío Dinorah, antes de disparar la que mató a Euclides. Todos estos detalles están ahí en el reportaje y en el libro pero con negligencia, omitidos, imprecisos, mal expuestos. Queda claro que Diretrizes quería hacer sentir su fuerza en un momento de tensión política, probar su independencia más que modificar la fama pública de Dilermando. Según Wagner, el Partido Comunista se apoderó de Euclides da Cunha y propagó la versión de que su muerte había tenido una motivación política. Querían alimentar entonces el sentimiento antimilitarista. Wagner fue acosado por el Partido Comunista Brasileño que lo acusaba de fascista y traidor.

No sólo Wagner padeció con la publicación. Papá también. Fue llamado por el Ministerio de Guerra y censurado acremente por haber dado a la revista los medios para la publicación de su defensa. Le fue entregada una reprimenda escrita afirmando que después de más de treinta años, el escándalo no se justificaba ni siquiera para restablecer la verdad. No sé si fue entonces cuando el Ministerio le aconsejó, con toda franqueza, firmar la solicitud de ascenso a coronel, prometiéndole el puesto de general de brigada bajo la condición de un retiro automático. Dilermando se negó a aceptar el ascenso en esas condiciones, a sabiendas de que echaba una pala de cal sobre sus pretensiones de alcanzar el generalato. Con la frase “Envejezco pero no me envilezco”, se condenó a pasar forzosamente a la reserva como coronel. Esto lo mortificó mucho, se sentía castigado injustamente.

Sin embargo, gracias a leyes promulgadas después de la guerra fue sorprendido con tres ascensos y llegó a general del Ejército.

Después de la muerte de mamá encontré entre sus papeles cartas de papá para ella, en las que casi no podía creer. Él preguntaba en 1944: “¿Por qué no logramos mantenernos siempre con la misma armonía que tantos años de convivencia, de amor y de encanto nos deberían asegurar? Es nuestra enfermedad. Somos dos enfermos.
Enfermos fisiológicos y enfermos morales en consecuencia. Enfermos también por lo impropio del medio en el que fuimos educados y en el que tanto sufrimos cada cual su desdicha. Difícilmente podríamos comprender, una y otro, la causa de estos desacuerdos. De cualquier forma, deseo decirte que en el fondo todo esto es por quererte mucho, insaciablemente, tal vez exageradamente y a veces tener la impresión de que ya no soy para ti —o que me viciaste en pensar que lo era— un dios. Me perturba y me alucina la idea de que haya desmerecido la idea que tienes de mí desde cualquier punto de vista”.

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En otra carta del mismo año, Dilermando escribió: “La verdad es que no puedo más comprender la vida sin ti, sin tu afecto, sin tu presencia. A veces pienso como tú, que alguna fuerza maliciosa, oculta, no se conforma con nuestra unión y hace todo por desunirnos”. Y en otra: “Quiero asegurarte con mucho ardor que todas las noches rezo por ti pidiendo sinceramente a Dios que te dé vida y salud y que si tiene que llevarse a alguno de los dos que me dé la preferencia. Me fascinó tu carta. Lloré con ella, de alegría y al mismo tiempo de dolor por ti. Y nuevamente sentí cuánto te amo y cuánto deseo ser tuyo, muy tuyo, todo tuyo, para que tengas recompensa a tus sacrificios y sepas que efectivamente te venero”.

La primera mujer de papá, la gran pasión de su juventud, la esposa de Euclides da Cunha, falleció pocos meses antes de estas cartas. Se habían separado tiempo después de la muerte, por mano de papá, del hijo de ella con Euclides. Imagino que fue imposible sostener la relación con el fantasma del hijo muerto en medio.

Viudo de la mujer de Euclides, con quien se había casado, mi papá inició el papeleo para casarse con mi madre. Quería legalizar una vida en común aunque ya pareciera medio desecha. Tal vez porque no sólo el amor une, también el sufrimiento mantiene juntas a las personas.

Su primer casamiento había sido la validación de un amor que culminó en la tragedia del siglo. Reafirmó públicamente su pasión de frente a una sociedad que los condenaba ferozmente, a él y a la mujer por quien había matado y casi había muerto. Los moralistas, los que los reprobaron tan duramente en aquella época, tal vez hoy no consideraran su comportamiento como crimen o pecado. En aquel tiempo, antes de la píldora anticonceptiva, antes del casamiento abierto, del amor libre, de la experiencia sexual preconyugal, la infidelidad femenina “enlodaba” la honra del marido. Hoy no. Los maridos traicionados ya no lavan la honra con sangre. Ni ésta se localiza más entre las piernas de sus mujeres. Tal vez no se ame como antes. No se mata por amor. Casamientos y parejas se suceden sin acusaciones ni venganzas ni redenciones. Se cambia de pareja y el baile continúa.

El segundo casamiento de mi padre fue otra redención femenina. Esta vez de mi madre. La mujer escondida y anónima que compartiera con él, oscura y silenciosa, sus últimos veintiséis años de vida atribulada. La que no podía aparecer, la que huía de la gente, con miedo de que le pidieran explicaciones.

Con la última crisis cardiaca, el abogado amigo que seguía el asunto del casamiento y conocía el deseo de papá, resolvió apresurar la ceremonia que había sido programada para unos días más tarde. Fue una boda triste. Mamá lloró bajito como lo había hecho toda la vida, con un pañuelo cubriéndole el rostro, arrodillada al lado de la cama. Sólo se sabía que papá estaba vivo porque su respiración empañaba tenuemente el espejo que le pusieron bajo la nariz. No pudo firmar el libro. Como un analfabeto dejó ahí su pulgar, opuesto a la firma temblorosa de mi madre.

A esa boda siguió la mía, que habíamos preparado largamente mi prometido, un copiloto de Varig, y yo.

Una semana antes de la fecha de mi boda, papá vino de São Paulo. Caminaba con dificultad. Cualquier pequeño esfuerzo reavivaba el dolor del pecho. Cuando tenía que salir a la calle, caminaba despacio, paraba de vez en cuando como si estuviera examinando o apreciando alguna cosa. Para no dejarnos preocupadas, disfrazaba el cansancio que le provocaba cualquier actividad. No quería dar la impresión de que estaba entregando el equipo, decía siempre.

En la antevíspera del gran día, para huir de la confusión reinante, se fue al Club Militar a jugar ajedrez. Al regresar a casa, todavía en el centro de la ciudad, sintió una opresión en el pecho. Llamó a un taxi que pasaba y al entrar se topó con un desconocido que entraba por la otra puerta, disputándole el taxi, difíciles de encontrar hacia el fin de la tarde. Para evitar discusiones, se presentó y se ofreció a llevar primero, a donde quisiera ir, al hombre que entró por la otra puerta. Le explicó que estaba convaleciente y sin resistencia física para quedarse mucho tiempo de pie. Encantado, se presentó también David Nasser, periodista de O Cruzeiro. Gentilmente insistió en acompañar a papá a casa.

Increíble la coincidencia de ese encuentro. El periodista olfateó inmediatamente que tenía en las manos materia para un reportaje sensacional. Papá, cuya existencia fue una lucha permanente para explicar públicamente su verdadera actuación en la muerte de Euclides da Cunha, vio también caer del cielo, en la persona que le disputaba el taxi, la oportunidad de contar su historia.

Papá llegó a casa acompañado del periodista. Conversaron animadamente durante horas. David Nasser oyó todo lo que papá tenía que decir, tomó notas, leyó papeles, vio retratos. Cuando supo de mi boda, quedó de acuerdo con papá en terminar la entrevista la semana siguiente. Y se comprometió a mandar fotógrafos de la revista para cubrir el evento.

No me gustó. Me sentí invadida, amenazada. Era evidente que no irían sólo a dar la notica de mi boda. El vestido de novia sería el pretexto para otro reportaje. Mi prometido y yo queríamos comenzar la vida sin ruido, como cualquier pareja. No queríamos vernos mezclados con la tragedia de Euclides da Cunha. Busqué hablar con papá. Le dije que no me agradaba la idea de juntar las dos noticias. Mi padre me tranquilizó. Le habían prometido que no publicarían nada sin su aprobación previa.

Unas tres semanas después de nuestra boda, mi marido llegó de un vuelo visiblemente disgustado. Traía el último número de O Cruzeiro. Abrí la revista y ahí estaba escrito, con letras enormes, sobre la foto de página entera en la que papá me daba un beso, con mi gran velo de novia como fondo: Un momento feliz en una vida de tragedia. El título del reportaje era: El crimen de matar a un dios. En las otras páginas había fotos de papá, de Euclides da Cunha, de mis hermanos, el mayor y el menor, abrazados de papá.

Se hacía creer que vivíamos juntos, una sola familia feliz. Y más fotografías. De algunas estaba segura que él absolutamente no habría aprobado la publicación si las hubiera podido ver antes. Desnudo de la cintura para arriba, exhibía la cicatriz que nunca me mostró, del cuello al ombligo. Aparecían señaladas las marcas de las entradas de las balas de los dos Euclides, a cada lado del gran trazo que le dividía verticalmente el tórax, resultado de la operación para extraerlas. No sólo estas fotos me ofendieron. También las otras aparentemente inocentes, seleccionadas sutilmente con el propósito obvio de mostrar una imagen grotesca del general: mientras hablaba con los ojos medio volteados o mientras comía, el rostro deformado por la ampliación exagerada y grosera, con la cuchara metida en la boca. Fotos en las que nadie podía salir bien.

No había una sola de la boda.

Una vez le conté a un amigo escritor colombiano la historia de mi padre, el hombre que mató al mito. Oyó todo y exclamó aturdido.
—No, no se puede escribir eso. Es demasiada historia. Ni los griegos.

Dirce de Assis Cavalcanti. Escritora, artista plástica y escultora brasileña. Ha publicado nueve libros de cuentos y poesía, además de O Pai, con seis ediciones y O Velho Chico, libro etnográfico sobre el río San Francisco.

Traducción de Cecilia Soto