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Todos los días, a las ocho de la noche, frente al icónico monumento a la Revolución, un edificio de cristal y sus alrededores se convierten en una muestra de lo que puede ser el México del futuro. Cientos de jóvenes salen del edificio y hangean en los alrededores hablando un inglés perfecto, a veces con dejos de algún barrio estadunidense, a veces chicano, siempre con el slang aprendido en la calle, en el hip hop, en el jale y, algunos, en la cárcel. Un millón y medio de mexicanos retornaron de Estados Unidos entre 2005 y 2010.

call center

Este es el México de los deportados, de los que a su regreso no encontraron posibilidades de estudio o trabajo bien remunerado; salvo aquí, en este edificio de cristal. No resulta extraño escuchar por ahí a jóvenes que hablan entre ellos mientras ordenan tacous de lengua. “Man, you gotta try cachete. they’re awsome”, dice uno de ellos.

El edificio de cristal es un call center donde trabajan cerca de mil 600 jóvenes, y donde la mayoría, de acuerdo con el manager del lugar, son retornados y deportados de Estados Unidos. Hace unos meses, la Asamblea Popular de Familias Migrantes (APOFAM), una coalición de organizaciones y familias de migrantes, empezó a abrir la caja de Pandora: la mayoría de los trabajadores de estos centros de atención telefónica, de acuerdo con Jordy Micheli, investigador de la UAM-Azcapotzalco, en los últimos 10 años han crecido 16% y emplean a más de 10 mil personas, las cuales tienen algo en común: volvieron para poder estudiar la universidad, fueron deportados de estados con políticas antiinmigrantes, o regresaron después de haber estado en una prisión. Todos trabajan jornadas de hasta 12 horas diarias, con buen salario, pero sin tiempo para estudiar.

Casi ninguno de los que quisieron ingresar a la escuela lo logró, se enfrentaron a complicaciones burocráticas, a los costos de la revalidación de estudios de bachillerato, o al desconocimiento de los recién llegados sobre el sistema educativo mexicano.

Y aquí están, en el edifico de cristal, algunos con excelentes calificaciones, sin poder entrar a la escuela, sin conocer su ciudad, conviviendo con otros en similares circunstancias. No puedo evitar pensar en un megacentro de detención y recepción de deportados y retornados.

Con los demonios fuera de la caja podemos ver la dimensión del asunto: 400 mil jóvenes han regresado a México en los últimos 10 años, de acuerdo con la última Encuesta Sobre Migración de la Frontera Norte (EMIF-N), y el Estado mexicano no ha tenido la capacidad para recibirlos e integrarlos. Y más: de acuerdo con la misma encuesta, 300 mil niños regresaron acompañando a sus más de 800 mil padres. Y no olvidemos a los 29 millones de niños mexicoamericanos que viven en Estados Unidos y están listos para volver si siguen deportando a sus padres o si simplemente deciden vivir en México.

México se está convirtiendo, sin duda, en una réplica de lo que sucede en el edificio de cristal del monumento a la Revolución. Si no se crean las condiciones para integrar a los recién llegados y reintegrar a los retornados, los call centers, la economía informal y la delincuencia organizada lo harán con todo gusto. Habrá más violencia, marginación y subempleo para millones de mexicanos.

Samuel, ex trabajador del edificio de cristal, fue deportado de Georgia cuando le faltaba una materia para terminar la licenciatura en biología. Ahora su vida la describe así: “Tengo que trabajar en un mercado ayudando a un señor porque fuera del call center no hay muchas opciones. Nadie me cree que casi termino biología”. Carlos, otro trabajador, resume de esta manera los escenarios que tiene: “Si no es acá, la única opción es volverme a dedicar a lo que hací a antes de irme y por lo que me agarraron en califas, pero ya no quiero. Yo quería estudiar, pero me dijeron que los estudios de GED que hice en la cárcel acá no valen. Tons’ qué quieren?”.

Los acuerdos regionales, comerciales y de seguridad que existen entre México y Estados Unidos han tratado infructuosamente de construir un mercado regional que absorba toda esta ola de desempleo y una zona de seguridad que proteja los intereses de sus respectivas naciones. Sin embargo, lejos de que esto suceda, México se está convirtiendo en un gran edificio de cristal y su gobierno afronta este momento histórico fría e ineficientemente. Este talento no podrá ser aprovechado y, una vez más, podrían alimentarse con él la violencia, la ilegalidad, el desempleo o, en el mejor de los casos, la informalidad.

Marco Castillo. Antropólogo social y presidente de la Asamblea Popular de Familias Migrantes.