Los dos objetivos constantes de la política exterior de México han sido, en primer lugar, afirmar su soberanía y su identidad; en segundo, buscar los recursos económicos y humanos para acelerar su desarrollo, una vez consolidada su forma de gobierno republicana y federal. Si bien se puede decir que muchos otros países americanos que surgieron a la vida independiente con motivo de las guerras napoleónicas en Europa han compartido estos propósitos, la experiencia histórica de México es única como vecino de la mayor potencia que ha tenido el mundo: Estados Unidos de América. La historia de las relaciones internacionales de México se desarrolla en ciclos de acercamiento al poderoso país con el que comparte frontera y de distanciamiento de él, mismos que le han permitido, por un lado, afirmar su identidad y, por el otro, modernizar su economía.

vecino

Desde su nacimiento a la vida independiente, Estados Unidos ha sido el país más importante para México como modelo de prosperidad para todos y de organización política para muchos. Sin embargo, como escribió Edmundo O’Gorman, los mexicanos, cuando se independizaron de España, no emprendieron las reformas necesarias para eliminar las instituciones del pasado colonial. Con ciudadanos que no ejercían sus plenos derechos era imposible alcanzar la productividad de Estados Unidos. La participación política ciudadana y la rápida expansión de pequeños productores agrícolas en Estados Unidos contrastaron con la naturaleza casi feudal de la propiedad agrícola de México que, durante el siglo XIX, retrasó la acción política de las mayorías.

A lo largo del siglo XIX Estados Unidos alcanzó su superficie actual, en gran medida al incorporar los territorios septentrionales de California, Nuevo México y Texas, mismos que nunca alcanzaron a ser gobernados ni por el efímero Imperio mexicano, ni por la República en su primera etapa. De hecho, se empezaron a perder con la ausencia de una inmigración que los identificara con la nación mexicana, apenas en proceso de formación. Los gobernantes de México que firmaron la cesión del territorio en 1848 —con el ejército estadunidense ocupando gran parte del país, hasta la capital de la República— evitaron la desaparición de la nacionalidad misma o, al menos, que Estados Unidos se apropiara de una parte todavía mayor del territorio nacional. El trauma que causó la pérdida de más de la mitad de la superficie nacional y el riesgo de desaparecer como nación consolidaron a dos partidos políticos con proyectos de nación incompatibles: el Liberal y el Conservador.

Los liberales tuvieron que buscar un modelo político distinto al de Estados Unidos, país al que admiraban, pero que tenía una experiencia histórica diferente a la mexicana, ya que había nacido sin estructuras coloniales que derribar. Además, su expansionismo se había convertido en la mayor amenaza para la supervivencia nacional. Voltearon los ojos hacia Europa, donde los países continentales habían logrado establecer la separación entre la iglesia católica y el Estado. Francia se convirtió en el modelo que implementó la legislación más avanzada con una mayoría católica, al igual que México.

Por su parte, los conservadores vieron como única forma de frenar la amenaza estadunidense el regreso de la monarquía, con un príncipe europeo católico, lo que los llevó a apoyar el Segundo Imperio mexicano. El proyecto conservador sólo se pudo sostener con el respaldo del ejército francés de intervención, que impulsó las mismas reformas liberales que Napoleón III implementó en Francia. Por una ironía de la historia, la intervención francesa contribuyó al triunfo de la reforma juarista, al debilitar a la iglesia católica en México.

La soberanía es primero
Entre 1821 y 1871 no existió una política exterior en un país en el que no había consenso sobre la forma de gobierno y que nació amenazado por las turbulencias que ocasionaron los intentos de reconquista de España, la expansión territorial de Estados Unidos y las ambiciones imperiales de Francia en América. La segunda independencia nacional se consolidó hasta el regreso de Benito Juárez a la capital de la República en 1871 y el anuncio hecho por el presidente de una política exterior basada en el derecho: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. El Partido Conservador tuvo una derrota histórica al ser identificado con el invasor extranjero y el clericalismo, lo que lo anuló como fuerza política por más de un siglo.

Con la vigencia de las Leyes de Reforma, México tuvo finanzas públicas sanas por primera vez en su historia como país independiente. Como tardó tiempo el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con los países europeos, en términos de igualdad, hubo un respiro antes del reinicio del pago de la deuda externa. Juárez no sólo estableció el principio de igualdad soberana de las naciones, sino también el de igualdad entre mexicanos y extranjeros ante la ley, esto último para prevenir futuras intervenciones causadas por el odioso pago de indemnizaciones a súbditos de naciones poderosas. Con ello se dio fin a las relaciones de subordinación de México al extranjero, mientras que en el mundo prevalecía como legítimo el derecho de conquista en los tratos internacionales.

Las mejoras materiales

Desde el inicio de la República Restaurada se hizo presente la presión de los magnates estadunidenses del ferrocarril para unir ambos países por esa vía, a fin de desarrollar el comercio y explotar los recursos naturales de México. Sebastián Lerdo de Tejada temió la rápida penetración económica de Estados Unidos y si bien como canciller apoyó la alianza con Abraham Lincoln para expulsar al ejército francés del territorio nacional, ya como presidente se le atribuye la dura sentencia: “Entre el poderoso y el débil: el desierto”. Las circunstancias habían cambiado con el triunfo de los yanquis en la guerra civil de Estados Unidos, mientras que México seguía aislado de Europa, donde todavía lloraban el fusilamiento del archiduque Maximiliano de Habsburgo.

Hasta que Porfirio Díaz regresó al poder en 1884 y tuvo el control sobre todo el territorio nacional, se desplegó en México una activa política de fomento a la inversión extranjera como medio para alcanzar las llamadas mejoras materiales. Con capital estadunidense se construyeron las líneas de ferrocarril hacia el norte, que tanto había temido su antecesor. Díaz pacificó la zona fronteriza, lo cual permitió una comunicación directa con Estados Unidos, país que pronto pasó a ser el principal origen del capital para recuperar la minería y desarrollar la industria.

A finales del siglo, Estados Unidos se convirtió en potencia colonial con la adquisición de Hawai, las islas Filipinas, Puerto Rico y el establecimiento de un protectorado en Cuba. Ante la preocupación de tener a Estados Unidos como vecino no sólo en el norte, sino también en el Caribe, y además amenazando con controlar países al sur de la frontera, Porfirio Díaz inició una política de diversificación para conseguir un contrapeso a la influencia estadunidense con capital europeo. Una vez restablecidas las relaciones con Gran Bretaña, cultivó el trato personal con magnates europeos para la construcción de infraestructura, así como para el desarrollo de la banca y la industria petrolera. Logró todo ello sin perder territorio y durante la etapa de mayor expansión imperial que haya conocido el mundo.

El inicio del siglo XX ratificó a Estados Unidos como la primera potencia mundial, lugar que Gran Bretaña había ocupado el siglo anterior. Estados Unidos intervino activamente en Centroamérica y el Caribe con el envío de fuerzas militares para controlar las aduanas y establecer el orden, lo que constituyó un motivo de fricción en la relación con México. Cuando se inició el movimiento antirreeleccionista en el país, el gobierno de Porfirio Díaz había perdido la simpatía de Washington por su creciente independencia en política internacional, que lo había llevado a acercarse a países tan distantes como Japón.

La Doctrina Carranza y la no intervención
La Constitución de 1917 puso en jaque a las pujantes industrias minera y petrolera internacionales establecidas en México. Los gobiernos de las grandes potencias sintieron amenazados sus intereses por el curso que tomó la Revolución mexicana, a la que identificaron con los bolcheviques cuando se hicieron del poder en Rusia. La economía de Estados Unidos emergió intacta de la Primera Guerra Mundial, lo que permitió al presidente Woodrow Wilson imponer un nuevo orden mundial durante las negociaciones de paz del Tratado de Versalles. Wilson promovió la autodeterminación de los pueblos en Europa, principio que pronto se contagió al mundo entero para acabar con el colonialismo.
En ese contexto, en 1918 Venustiano Carranza anunció los principios de la política exterior de México, que se conservan hasta la fecha como parte del texto constitucional: igualdad soberana de los estados; no intervención en asuntos internos; igualdad de mexicanos y extranjeros ante la ley, y búsqueda de la paz y la cooperación internacionales a través de la diplomacia. La corriente revolucionaria que restringió los derechos de los extranjeros en territorio nacional aprovechó la coyuntura internacional previa a la Segunda Guerra Mundial —con la política del buen vecino de Franklin Roosevelt— para nacionalizar la industria petrolera en 1938. Entre 1918 y 1938 México dio prioridad a proyectar su nacionalismo en América Latina y el Caribe, donde se convirtió en paradigma político y cultural para las fuerzas progresistas de la región.

El nacionalismo revolucionario acabó, entre otras cosas, con el sueño liberal de fomentar la inmigración industriosa a México. Sin embargo, abrió las puertas de manera generosa al exilio político proveniente de Europa y, después, de América Latina y el Caribe, lo que mucho contribuyó a enriquecer la vida cultural de México. Los inmigrados desarrollaron importantes vínculos con sus países de origen y, cuando tuvieron la oportunidad de regresar al poder, como en el caso de Chile, ayudaron a construir importantes lazos políticos, culturales e incluso económicos, que mucho favorecieron a México.

La alianza con Estados Unidos
En un contexto de unidad nacional, el presidente Cárdenas comenzó la colaboración con Estados Unidos en la lucha contra el fascismo. En 1942 México estableció una alianza militar con Estados Unidos para luchar contra las potencias del Eje. En 1947, al iniciarse la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), México quedó de manera irremediable dentro del campo de influencia estadunidense, bajo su paraguas nuclear. Si bien la geografía es destino, México tuvo la habilidad diplomática para negociar márgenes de autonomía que otros países más distantes no alcanzaron, en gran medida gracias a su activa presencia en los foros multilaterales.

A diferencia de los demás países de la región, México preservó la vigencia de su Constitución y sus instituciones durante toda la Guerra Fría y empezó un periodo excepcional de crecimiento económico —conocido como el milagro mexicano— que duró más de tres décadas. El recrudecimiento de la Guerra Fría en Centroamérica propició una intensa actividad diplomática de México, a través del Grupo Contadora, que evitó la intervención armada de Estados Unidos, apoyó la solución negociada al conflicto y fortaleció los foros de consulta latinoamericanos conforme los países del área fueron regresando al régimen democrático.

El agotamiento del modelo de industrialización por sustitución de importaciones se comenzó a manifestar en México junto con el fin del sistema financiero internacional creado en Bretton Woods. Sin embargo, los descubrimientos petroleros permitieron que la apertura económica y comercial se retrasara hasta 1986, cuando México ingresó finalmente al Acuerdo General de Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés). Al terminar la Guerra Fría, la integración de la Comunidad Europea como el bloque comercial más grande del mundo y la conformación de una región económica en Asia llevaron a México a negociar la integración de un mercado norteamericano con Estados Unidos y Canadá.

La diversificación
El objetivo de disminuir el peso relativo de los tratos económicos con Estados Unidos cobró urgencia a partir de la concentración de las relaciones con el país vecino que provocó la vigencia el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Igual que las dos guerras mundiales en el siglo XX, dicho tratado tuvo el efecto inmediato de concentrar el comercio con Estados Unidos. Como en el pasado, al acercamiento a Estados Unidos siguió un esfuerzo por buscar nuevos socios y la relación política con otros países y regiones, para evitar la excesiva dependencia de un solo mercado. Sin embargo, un cambio cuantitativo con respecto a periodos anteriores fue el creciente número de mexicanos radicados de manera permanente en Estados Unidos —que se acercó al 10% de la población total de México al terminar el siglo XX—, con un impacto electoral significativo en ambos países. En materia de política exterior, esta inmigración se ha reflejado en los dos países en una presión constante para estrechar sus vínculos y evitar conflictos que puedan afectar el tránsito de un número cada vez mayor de ciudadanos de uno y otro país a través de la frontera.

El surgimiento de una estructura con más polos de poder mundial ha presentado una situación internacional favorable para diversificar el comercio y la inversión. Esta coyuntura motivó la negociación de tratados de libre comercio y asociación estratégica con países de América Latina, la Unión Europea y Japón. También permitió a México dar un nuevo impulso a la agenda de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que encontró resistencias durante la Guerra Fría. Desde la fundación de la ONU, México ha tenido una voz significativa en temas como el desarme, el derecho del mar, el desarrollo económico, la lucha contra las drogas y el crimen organizado, y la preservación del medio ambiente, misma que le ha dado un reconocido prestigio en la comunidad de naciones.

Las relaciones exteriores de México han estado marcadas por la alternancia entre el acercamiento a su poderoso vecino y la distancia de él, circunstancia que no ha experimentado ningún otro país del mundo, salvo Canadá, que accedió mucho más tarde que el nuestro a la vida independiente y que conserva todavía un vínculo formal con Gran Bretaña. La diplomacia mexicana ha tenido la capacidad —a veces de dimensiones épicas— de asegurar la supervivencia de la identidad nacional, a pesar de una cada vez más conflictiva frontera de tres mil kilómetros con la mayor potencia del mundo. No obstante los enormes retos y dificultades, los tres países de América del Norte iniciaron en 1994 un proceso para construir una de las regiones más competitivas en un mundo globalizado. A pesar de las dudas y recelos que ha inspirado, hasta el año 2000 el TLCAN había contribuido ya a elevar el empleo y el nivel de consumo de la mayoría de los mexicanos.

Este texto forma parte del libro Las relaciones exteriores de México (1821-2000), que comenzará a circular en breve.


Roberta Lajous.
Ha sido embajadora de México desde 1995.