Con mucha frecuencia la pregunta que hacen quienes se asoman a hurgar en el escenario político del Distrito Federal es qué papel jugará Andrés Manuel López Obrador en el concierto local. Y la verdad es que hace mucho tiempo que la interrogante dejó de ser ésa. Es más, ni siquiera tienen relevancia los papeles de Manuel Camacho o de Beatriz Paredes o de Jesús Zambrano. Todos ellos tienen tanto juego hoy como Castillo Peraza, quien hace tiempo se fue, o como Cuauhtémoc Cárdenas, quien se inmortalizó. Estos figurines cruzan la dimensión política local y lo hacen sin mancharse.

El juego político capitalino tiene su propia dinámica, sus reyezuelos y sus caciques, sus dinastías y sus pajes, pero ellos carecen de una revista de sociales que los siga, de mesas redondas televisadas donde se burlen de ellos y de una masa crítica de periodismo político que los contenga.

Primordialmente, esto se debe a la convivencia con los poderes federales, que en general opacan a los locales, pero también a la reproducción del centralismo en su versión paradójica: resulta que el DF está fuera del centro. El centro está en Los Pinos.

Y sin embargo, quién no supo de la puerta de vidrio que rompió el Dipuhooligan, de los discursos gloriosos de Juanito, del intercambio ilícito de favores sexuales en las oficinas del ex delegado Rubén Escamilla, del apodo de Soltero de Oro a Miguel Ángel Mancera y de otras linduras de ese tipo, malinterpretadas en general, que son las únicas que encuentran eco en las sobremesas.

El DF es mucho más que eso. Su vida política posee una dinámica autónoma, salvaje, clientelar y ciudadana, que con poca frecuencia es objeto del escrutinio público y que se ubica, más que en las oficinas de Ebrard, en las pequeñas unidades: las delegaciones, los liderazgos clientelares, los sindicatos y los partidos políticos. Ahí es en donde se explica la vida de la izquierda, el desastre panista, la anemia del PRI, el monopolio caciquil amarillo y el alto costo del voto en la ciudad.

La mancha amarilla

El diseño gubernamental favorece la concentración de poder político. Los jefes delegacionales se renuevan a través del voto, pero una vez elegido el mandamás, los partidos perdedores desaparecen. No hay cabildo municipal ni cuota alguna, así que el jefe electo decide en soledad, como rey de Francia en el siglo XVII, a todos sus pajes de gobierno. Esto limita la llave de recursos y, sobre todo, la posibilidad de gestoría, que es la principal herramienta defeña de capital electoral.

Adicionalmente, la mayoría de los recursos públicos delegacionales dependen del gobierno central, lo que significa que la oposición política de un delegado produce efectos presupuestales negativos que los electores cobran a la demarcación. Pregunten al panista Demetrio Sodi, quien pasó los tres años de su gobierno reclamando a Marcelo Ebrard el maltrato que le daban a la Miguel Hidalgo.

Lo anterior explica que las delegaciones sean en su mayoría perredistas y que la tendencia siga a la alza. En el trienio 2012-2015 sólo gobernarán dos delegados de oposición: Adrián Rubalcava, del PRI, en Cuajimalpa, y Jorge Romero, del PAN, en Benito Juárez. Las otras 14 son indiscutiblemente amarillas, con votaciones favorables cercanas al 60%. En cambio, Romero y Rubalcava ganaron por un pelo.

El dominio continuado del partido y el diseño vertical de la delegación han producido grupos políticos locales que se mantienen trienio tras trienio en el poder (ver tabla).

Lo más significativo del acomodo delegacional tras la elección de 2012 es que Marcelo Ebrard logró ganar para su grupo la delegación más grande de todas, Iztapalapa, y tiene ascendencia sobre Miguel Hidalgo y Gustavo A. Madero; que Andrés Manuel López Obrador tiene un bastión de simpatía (no más) entre los bejaranistas de Azcapotzalco; que Nueva Izquierda controla cuatro delegaciones y que el resto son espacios de la poderosa corriente de Izquierda Democrática Nacional, la expresión política liderada por René Bejarano y Dolores Padierna.

Bejarano es un caso extraordinario: a pesar del escándalo que lo envolvió en 2006, es sin ninguna duda uno de los perredistas más poderosos y respetados de la ciudad. El profesor no tiene ningún cargo, pero es un militante perredista que, entre otras cosas, conoce el valor de la burocracia. Para comprenderlo basta con buscar entre los mandos medios a todos los que han sido apoyados por él para entrar a nómina y compararlos con los que, por ejemplo, el poderoso ex regente Manuel Camacho tiene en lugares clave. Bejarano los conoce a todos. A Camacho no lo conoce nadie.

Los legisladores
La Asamblea Legislativa del DF, con 66 curules, reproduce en el Pleno la mayoría amarilla apabullante en la ciudad: 40 diputados son de izquierda. El PAN tiene 12, el PRI nueve, un par los de Nueva Alianza y otro par los del PVEM. Con esos números el PRD se hace de todos los espacios relevantes: la Oficialía Mayor y las comisiones de Gobierno, de Vigilancia, de Presupuesto y de Hacienda. La más importante es la de Gobierno, pues rige toda la administración de la Asamblea.

El coordinador de la mayoría perredista es, por tradición, el presidente de la Comisión de Gobierno durante los tres años de la legislatura y el poder que ejerce es tal que en los hechos se convierte en un representante unipersonal de la legislatura. Este espacio lo construyó Alejandra Barrales y ahora lo tendrá el único mancerista de cepa que obtuvo un cargo de representación en la ciudad: Manuel Granados. Él será el dueño y señor del órgano legislativo, pero eso no significa que vivirá en hamaca: entre los legisladores perredistas tiene sólo seis aliados naturales (ebrardistas) y con el resto, principalmente de IDN y de Nueva Izquierda, deberá negociar permanentemente. En la jerga política a eso se le llama “pago por evento”.

La anemia del PRI
Los priistas viven un estado de debilidad que no parece tener salida ni con la llegada de Enrique Peña Nieto a la presidencia. Tres mujeres, inteligentes y hábiles, reconocidas por ser las más destacadas priistas de la capital, han acabado con la posibilidad de aumentar la militancia y consolidar al partido fuera de las oficinas del Comité Ejecutivo Nacional. Ellas son Beatriz Paredes, María de los Ángeles Moreno y Alicia Téllez.

A grandes rasgos, el PRI está partido en dos y tiene una bisagra. Por un lado está la corriente de Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, conocido como el Zar de la Basura, por el otro María de los Ángeles Moreno, y en medio un grupo incipiente de jóvenes bien portados con cargos inocuos en el partido.

Gutiérrez de la Torre encabeza a un grupo con fama de porril, violento, callejero, despeinado, insalubre e ignorante. Sin embargo, una mirada más atenta revela que no es así. Si bien hay individuos destacados que asustan a los bien peinados, como el malinterpretado Dipuhooligan o los cientos de ambulantes y pepenadores, también hay muchos jóvenes engominados, con estudios universitarios, que han encontrado impulso y libertad para sus aspiraciones políticas con el llamado Zar. Si alguien ha formado nuevos cuadros en los últimos 10 años ha sido él.

En cambio, la corriente de María de los Ángeles Moreno no ha dado un solo espacio a los educados priistas que hace mucho tiempo debieron dejar de ser asesores y cargaportafolios. Toda una generación de cachorros revolucionarios bien entrenados, que hoy tienen entre 35 y 40 años, no ha visto su oportunidad.

La animadversión entre las dos expresiones del partido mantiene al PRI postrado: no sólo no es capaz de organizarse electoralmente sino que desde hace siete años no elige dirigente estatal y desde hace 15 no hay elecciones internas delegacionales.

Cada vez que lo intentan (y lo hacen con mucha frecuencia), los mismos priistas lo detienen con embrollos jurídicos ante tribunales y peticiones airadas al Comité Ejecutivo Nacional.

Su situación política actual es la siguiente: ganaron la delegación Cuajimalpa con un ex perredista y tienen ocho diputados entre los 66 que componen la sexta legislatura. La más experimentada es Moreno, pero no tiene el control completo de la fracción. Es más, su equipo sólido es ella y una persona más. El resto son adversarios, piezas sueltas o aliados volubles.

Cuauhtémoc Gutiérrez, por su parte, quedó fuera de la nómina, pero su poder y sus recursos económicos se mantendrán presentes, como presentes estuvieron durante la campaña de Enrique Peña Nieto en la ciudad.

El desastre panista
El Partido Acción Nacional vive una triple crisis: la derrota en el país, la pérdida de espacios en el DF y la descomposición de la institución local. El abuso de candidaturas externas y la incorporación indiscriminada de militantes le hizo mucho daño al otrora partido de cuadros, pero además, la injerencia desinformada del Comité Ejecutivo Nacional en la elección de candidatos desarticuló a la militancia local.

Hay muchos liderazgos individuales, pero la fuerza actual reside en la corriente de la joven senadora Mariana Gómez del Campo y el joven delegado Jorge Romero Herrera. Para el anecdotario (y para comprender sus caminos) queda que alguna vez hubo fuego entre ellos. Romero es un panista pragmático que ha crecido como la espuma: este año logró incorporar a cinco legisladores locales afines a él, además de ganar el único espacio de gobierno para su partido.

Gómez del Campo tiene ascendencia sobre la estructura partidista local, sobre legisladores federales y sobre diputados locales.

Y no, no estamos olvidando a Federico Döring, José Luis Luege Tamargo, Demetrio Sodi o Miguel Errasti. A la única que estamos olvidando es a Isabel Miranda de Wallace.
Döring regresa a la ALDF como coordinador de bancada, pero a pesar de su experiencia y la numerosa votación que obtuvo, no logró incluir equipo suyo en lugares clave. Va solo.

Luege seguirá trabajando por la candidatura para jefe de gobierno, pero el camino está agujerado. No tendrá muchas posibilidades de salir en la pantalla política, así que deberá trabajar en la sombra.

Sodi rompió lanzas con el PAN, desde que Miranda de Wallace se llevó la candidatura que él quería, y Miguel Errasti, joven panista tradicional, podría buscar la dirigencia local con el apoyo de Gómez del Campo y de Luege.

La bancada en la legislatura local no podría estar más atomizada: hay tres romeristas, dos del ex dirigente local Obdulio Ávila, uno de Luege, dos veletas, dos de Gómez del Campo, uno que puede irse al Panal y Döring. Así está el PAN en todo el país.

Mancera sin Ebrard
El peso político de Marcelo Ebrard en la ciudad estuvo siempre definido por el poder que da la jefatura central, que no es poco. Sin embargo, en el partido, en las delegaciones, en la enorme estructura vecinal que ha construido el PRD y en la Asamblea Legislativa, nunca pudo consolidar su presencia.

La elección cambia el escenario. Dos delegados ahora le son afines, más allá de intereses coyunturales; el jefe de gobierno fue de su equipo, y por primera vez hay seis legisladores locales ebrardistas desde el principio. No es mucho, pero es clave.

Sin embargo, ni Ebrard ni su sucesor, Miguel Ángel Mancera, tienen lo que los perredistas de calle han construido en los últimos 18 años: una enorme red clientelar que alimentan con programas sociales y cosechan en tiempos electorales.

La visión moderna de ambos, sin embargo, les ha granjeado la simpatía de amplios sectores sociales que no llevan banderita a los mítines, y la mano izquierda de Ebrard le posibilitó gobernar no solamente a pesar de las tribus, sino gracias a éstas. Mancera, por su parte, esa parte sin partido, aún es una incógnita.

Ivabelle Arroyo. Politóloga y periodista. Es directora del diario político digital www.elrespetabledf.com