La política ha extraviado el pensamiento. Edgar Morin está convencido de que se gobierna a ciegas. Mirando encuestas, reportes de expertos, informes de agencias internacionales, reaccionando al barullo de la prensa, la clase política decide a oscuras, sin palpar la complejidad de lo que toca. El triunfo de la modernidad ha significado la orgullosa conquista de la incomprensión. Nunca hemos entendido tan mal de la política como ahora. Ni siquiera somos capaces de percibir el efecto de Shakespeare, ha dicho Morin.

La política no será nunca explicada por una ciencia: es arte. Un arte terrible. “Por numerosos que sean los conocimientos en los que se basa —dice Morin—, sigue siendo un arte, no sólo por la imaginación y la creatividad que exige, sino también por su capacidad de afrontar la ecología de la acción”. Saint-Just reveló sus dificultades diciendo: “Todas las artes han producido sus maravillas; sólo el arte de gobernar ha producido únicamente monstruos”.

El arte de la política comporta inevitablemente una apuesta y, por lo tanto, el riesgo con un principio de precaución”.1 Las llamadas ciencias políticas confían en la flecha elemental de la causa y el efecto, imaginan el mundo como una mesa de billar: golpear con precisión una bola para que recorra el camino debido. La acción política no es ese palo que golpea a la bola. Es una pelota caprichosa que no sólo obedece al impulso de quien la golpea. Toda acción es una apuesta, dice Morin. Tan pronto se inicia sufre las imprevisibles interacciones del medio. La decisión escapa de inmediato de la voluntad de su iniciador, con frecuencia toma un sentido contrario a su deseo. Los pesticidas no solamente exterminan a los bichos dañinos al cultivo. También matan a los insectos necesarios para la polinización. La acción política es fricción constante con lo imprevisible.
Lejos de suponer que el gobernante controla los hilos, habría que entender que todo acto político traiciona de inmediato al actor. Desde el primer momento “se abre una fosa entre el actor y la acción”. La decisión se fuga del cálculo del que emergió para copular con mil accidentes. Fue Maquiavelo quien entendió más profundamente eso que Morin llama “ecología de la acción”. La suerte, esa mujer a la que le gustan los jóvenes impetuosos, esa rueda que no se detiene nunca, ese río que se desborda sin avisos, controla la mitad de la historia. Al príncipe corresponde admitir, en primer lugar, que no posee su decisión.

El conocer político es un situarse en el contexto. No tiene como modelo la economía, esa ciencia rigurosa y pretendidamente exacta del intercambio. Su ejemplo está en el estudio de la naturaleza, en el puente infinito que conecta lo microscópico con lo astronómico; lo diminuto y lo descomunal; lo abstracto y lo palpable. Esa es el arco de la ambición intelectual de Edgar Morin: de la bioquímica a la astrofísica. La vastedad de su horizonte le viene del marxismo. Morin no encontró en Marx a un profeta celoso. Como el cine, como la literatura, el marxismo era una ventana abierta por la que podía verse el mundo en su infinita red de conexiones. En el marxismo había una voluntad de integración que lo seducía sin exigirle matrimonio. Algo parecido sintió al pasearse por el Louvre: todas las edades de la humanidad presentes; todos los imperios, los ritos, las religiones, bullendo en un mismo espacio.

No todos celebran el domo de Morin: cosmología, biología, antropología, psicología… ¿Charlatanería? Cuando, en 1973, Morin publicó El paradigma perdido, un ensayo de “bioantropología”, François Furet le preguntó “¿qué coño vas a hacer con todas esas historias de física, cuando comienzas a hacerte un nombre en la sociología?”. El integrador perdía seriedad a medida que se adentraba en territorios ajenos. Jean Daniel, por su parte, creyó que el afán de ensamblar todos los conocimientos era un acto de agresión intelectual. Creer que un no científico pueda hablar de todas las ciencias es, más que arrojo, una falta de respeto a la complejidad a la que dice servir. El método de Morin, dirán otros, es tan general, tan ambiguo, que nadie lo ha puesto en práctica. Pensamiento kleenex, ha rematado el editor Raphaêl Sorin. Léase y tírese.2

Pero el pañuelo tiene cosas que decirnos. Que debemos aprender a vivir, que podríamos abrazar la lentitud, que valdría recuperar la complicidad con nuestro cuerpo, hacer el payaso, jugar. Que deberíamos librarnos de nuestra adicción consumista. Que la prisa posesiva nos intoxica. Que el desarraigo siembra las semillas de la criminalidad. Que la crisis que vivimos es más profunda de lo que solemos aceptar. La oportunidad que abre ese riesgo es pensar críticamente la civilización que se empeña en desvincularnos: separarnos del vecino, del árbol, del futuro. Quisimos dominar la Tierra: valdría preservarla percatándonos de la comunidad de destino a la que pertenecemos. Autonomía y comunidad, nuestras dos aspiraciones primordiales, pueden finalmente reconciliarse. Un yo libre y responsable; un nosotros abierto y amistoso.

Jesús Silva-Herzog Márquez. Profesor del Departamento de Derecho del ITAM. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.
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1 Edgar Morin, La vía para el futuro de la humanidad, Paidós, Barcelona, 2011, p. 43.
2 Emmanuel Lemieux, Edgar Morin. Vida y obra del pensador inconformista, Editorial Kairós, Barcelona 2011, pp. 445 y ss.