Para sustentar esta tesis, recurrió a farragosas y absurdas citas que deleitaron a los editores de la revista. El alegato de Sokal era música para sus oídos. No enviaron el artículo a dictaminar ni pidieron la opinión de otro físico antes de decidir publicarlo. Cuando apareció, el autor reveló que se trataba de una broma. Su intención era desenmascarar, a través de la sátira y la parodia, el empleo de la jerga del posmodernismo. Sokal denunciaba en su artículo el relativismo en boga para el cual la objetividad es una mera convención social.*

Cocinando

Algo similar a este fiasco puede observarse, en sentido inverso, en los alegatos de varios físicos y otros científicos “duros” respecto a un supuesto fraude en las elecciones de 2006 en México. Héctor Díaz-Polanco en su reciente libro La cocina del diablo. El fraude de 2006 y los intelectuales (Planeta, 2012), recuerda el papel que esos científicos desempeñaron en el conflicto postelectoral de ese año. La cocina del diablo es una fascinante novela, llena de complots, anónimos personajes que en la oscuridad alteraron los sistemas de cómputo del IFE, sembraron en ellos uno o varios algoritmos y maniobraron para planear y ejecutar exitosamente un colosal fraude electoral que hasta la fecha permanece impune. Los malosos (funcionarios del IFE, miembros del SNTE) fueron tan eficaces en su empeño que ninguno de los numerosos cómplices, tanto del fraude cibernético como del que se realizó a la “antigüita”, ha revelado su participación en ellos. Lo único que queda es el rastro de evidencias indirectas que, contra viento y marea, un ejemplar grupo de científicos siguió para demostrar, en la medida de lo posible, que una “inteligencia” extraña e ilegítima fue la responsable de los resultados de la elección presidencial de 2006. La historia es de Pulitzer. Desafortunadamente, no se presenta como ficción, sino como análisis político. Una versión electoral de la dianética y la cienciología.

Según Díaz-Polanco, se pueden distinguir dos etapas en el trabajo de sus héroes, los científicos caza-algoritmos: en la primera, “hacen cotejos, realizan pruebas y encuentran innumerables ‘comportamientos atípicos’, ‘anomalías’, ‘inconsistencias’, ‘errores’…; en la segunda, la información les va conduciendo hacia la convicción cada vez más firme de que existen fenómenos (ordenamiento de los datos, regularidades improbables y otras manipulaciones) que configuran la perpetración de un fraude con diversas expresiones”.

Los científicos ejemplares citados por Díaz-Polanco, miembros de esta peculiar “comunidad de investigación”, son: Luis Mochán, del Instituto de Ciencias Físicas de la UNAM, Víctor Romero Rochín, del Instituto de Física de la UNAM, Miguel de Icaza-Herrera, del Centro de Física Aplicada y Tecnología Avanzada de la UNAM y Luis Guillermo Cota Preciado, del Departamento de Física de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Con énfasis distintos estos científicos sostienen, a partir de análisis estadísticos, que los datos del PREP y el Cómputo Distrital fueron manipulados.

En estas páginas Javier Aparicio ha demostrado ya que ninguno de esos análisis es, desde un punto de vista científico, sostenible. No tienen ningún rigor. No me detendré, por ello, en ese punto. Lo que me interesa es la forma de actuar de estos científicos. Empecemos por lo obvio, para opinar sobre las elecciones no se necesitan credenciales académicas: lo puede hacer cualquier persona desde el mirador del ciudadano. La política es cosa de todos, no de unos cuantos letrados. Por eso todos estamos cívicamente calificados para emitir una opinión. Tal o cual opción puede parecernos mejor o peor, podemos hallar deficientes los procedimientos electorales, o censurable tal o cual estrategia partidista. Sin embargo, el problema con estos opinadores es que decidieron entrar a la arena pública como expertos, aduciendo una competencia de la que a todas luces carecían. ¿Por qué ninguna de sus tesis fueron o son compartidas por los científicos sociales expertos en comportamiento electoral, que presumiblemente conocían mejor que ellos la materia? Díaz-Polanco ofrece dos explicaciones francamente irrisorias: “que si bien podían ser ‘expertos en elecciones’, no eran ‘expertos en fraudes’”. Así su “pericia sobre materia electoral los convirtió en fanáticos creyentes en la imposibilidad de que pudiera ejecutarse un fraude”. Su pecado fue la ausencia de duda. La segunda explicación es que “su conocimiento de cómo funcionaba el sistema electoral y sus entidades responsables (especialmente el IFE) correspondía a un momento anterior al proceso que condujo a las elecciones de 2006”. O sea, estaban desactualizados. Eran ingenuos o tontos o ambas cosas a la vez. En cambio, los ejemplares físicos no sufrían de esas limitaciones, por lo que pudieron “descubrir” la verdad utilizando su acumen técnico. Podría ser cierto, pero es muy poco probable.

Presumiblemente, Díaz-Polanco comprende a cabalidad esos estudios que cita con tanta convicción. Sin embargo, no parece haber consultado a ningún experto en elecciones y métodos cuantitativos para las ciencias sociales. ¿Para qué? Todos son ingenuos o están poco informados. El “fraude” que los físicos dicen haber descubierto habría hecho, sin duda, la carrera de más de un politólogo que habría obtenido una enorme reputación si hubiera demostrado fehacientemente su existencia. ¿Por qué desperdiciarían una oportunidad tan buena? O bien, podría ser que el supuesto fraude simplemente no existió. Los “estudios” a los que recurre Díaz-Polanco con tanta autoridad no han sido publicados en ninguna revista especializada en ciencia política, en México o el extranjero. Si le creemos a su bibliografía, sólo uno de los físicos, Mochán, publicó su trabajo en una revista no especializada en ciencias sociales. Así que esos ejercicios no han pasado por el filtro de la ciencia, como la dictaminación por pares y el método de doble ciego. Candados, sin duda, a la verdad.

La frivolidad de estos científicos es escandalosa. Su actuar es evidencia de un régimen intelectual de impunidad, donde se vale decir lo que sea, siempre y cuando no sea en su propio campo, donde tendría consecuencias. ¿Quién se los reclamará? ¿Sus colegas astrofísicos? ¿Habrían tolerado en su propio campo de estudio especulaciones tan poco serias? Un principio básico de la ciencia es reconocer las limitaciones epistemológicas. Es un punto de partida elemental. Lo que revelan las andanzas de los físicos metidos a analistas electorales es que no conocían la materia sobre la que especulaban. Por eso todos creyeron que el PREP y los cómputos distritales eran “caminatas aleatorias”, cuando cualquier estudiante de licenciatura de ciencia política de sexto semestre sabe que no lo son. Tampoco entendieron cabalmente la geografía de preferencias políticas que marca a ambos procesos. Así, los supuestos de los que partieron estaban equivocados. Ninguno de ellos los revisó porque no estaban entrenados en el análisis de fenómenos sociales, sobre los cuales simplemente no poseen conocimiento experto. No han reconocido su error. ¿Por qué lo harían? ¿Perderán acaso su trabajo de físicos? ¿El PRIDE? Uno sólo puede especular qué pensarían, por ejemplo, de un economista metido a astrofísico.

Por estas razones sus opiniones cayeron en un continuo entre la temeridad irresponsable y la franca charlatanería. No es difícil aplicarle a Díaz-Polanco una sopa de su propio y enjundioso chocolate. Así, podríamos decir de él y de sus héroes que “renuncian al papel crítico del pensamiento, pero no a la función del académico que opina e influye en la opinión pública, formando un punto de vista que se basa precisamente en la convicción (forjada en el vacío)” de que existió un claro e innegable fraude. Cuando actúan de esa forma no son científicos, son meros impostores intelectuales.

Al final de su libro Díaz-Polanco revela el motivo de fondo que lo anima: su fobia filosófica y política ante lo que él denomina la “socialdemocracia neoliberal”. Censura a los socialdemócratas “neoliberales” y a los liberales a secas por criticar a los “proyectos populares que ponen en el núcleo de sus afanes los cambios del modelo neoliberal e incluso la meta de un ‘socialismo de siglo XXI’, aún en el trance de plasmar su perfil”. Malévolos difamadores de líderes como Hugo Chávez y la ejemplar revolución bolivariana en Venezuela. ¿Dónde quedó el visionario antropólogo, genio y figura de la deriva de la izquierda posmarxista a los pantanos del multiculturalismo neoindigenista? Algo se reblandeció en el enjundioso autor de Elogio de la diversidad. Con él se podía divergir y debatir sobre el valor de la diferencia y el progresismo. Sin embargo, ¿cómo discutir con una izquierda que propugna no sólo por un mundo diferente, sino que habita en una realidad diferente? La de Díaz-Polanco no sólo es una corriente que le ha dado la espalda a la historia (y a lo mejor de la izquierda, su universalismo) sino a la realidad misma. Como era de esperarse, para el autor el fraude cibernético se repitió de manera inexorable en las elecciones de 2012. En efecto, ve la misma película del 2006, “proyectada de nuevo casi con los mismos personajes, con los mismos argumentos, la misma narrativa”. Alarmado, afirmó que “hay bastantes indicios que revelan discrepancias sustanciales entre los datos de las actas de las casillas y los registrados en el PREP” (Proceso, núm. 1862). Estamos, así, frente a un libro penoso, que exhibe con impudicia las miserias de un naufragio.

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Su más reciente libro es La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970.

* Alan Sokal y Jean Bricmont, Imposturas intelectuales, Paidós, Madrid, 1999.