El autor me acusa de decir una cosa en privado y otra en público; una especie, dice, de doctor Jekyll y señor Hyde. No tiene razón. En privado y en público siempre dije y sigo diciendo que en las elecciones de 2006 no hubo fraude. Y ya que la palabra se utiliza con demasiada laxitud, preciso: en México hemos entendido por fraude la alteración de los votos —los resultados— depositados en las urnas.
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