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Sin embargo, quedó marcada como el heraldo trágico que anunció el momento en que la nación inició la época de la degradación gubernativa. Puesto que representó la cúspide de numerosas reyertas entre los grupos políticos de la primera década independiente, significó un episodio penoso para los testigos y encarnó para generaciones siguientes y numerosos historiadores una nota aleccionadora sobre corrupciones, discordias y fallas de los años germinales.

rebelión

Durante los primeros años de la República mexicana, las logias masónicas protagonizaron la actividad política nacional. Formaron dos partidos antagónicos que pretendieron englobar las principales identidades de estos momentos, y aunque ambos grupos clamaron abrazar los principios liberales, formularon ideologías y estrategias distintas para gobernar: los escoceses procuraron una transición pausada, mesurada, y con una ruptura selectiva de la herencia novohispana y, por otro lado, los yorkinos buscaron presionar para instaurar distintos proyectos reformistas con una mayor presteza, contundencia y democracia. Quedaron enfrascados en una riña larga y porfiada que parecía interminable, sin embargo, la contienda electoral por la presidencia de 1828 transformó esta dinámica al provocar una reconfiguración política nacional: alumbró los últimos momentos de estas agrupaciones masónicas y proyectó nuevas formas de asociación y participación política. Las logias sufrieron una disgregación definitiva por las luchas constantes, que concluyó con la escocesa disuelta, la yorkina fragmentada y la llegada de la nueva asociación imparcial, la cual formaría la alianza pedracista.

En los tiempos preelectorales, la logia escocesa vivía la degradación pública por la relación estrecha que tenía con españoles y grupos pro monárquicos, y por las rebeliones protagonizadas por sus generales prominentes al intentar protegerse de los adversarios. Enfrentaba la deshonra de la figura independentista, general Nicolás Bravo, que ocupaba la vicepresidencia y, de esta manera, no contaba con candidatos acreditados que igualaran la fama del máximo contrincante, Vicente Guerrero. La logia yorkina, que ya apreciaba la desaparición de la opositora, saboreaba la gloria venidera. Pero unas semanas antes de la elección presidencial percibiría con gran sorpresa que la nueva asociación imparcial propondría a Pedraza y contaría con el inesperado respaldo de la logia escocesa para confrontar al candidato declarado por la cúpula yorkina. Sufriría una fragmentación interna y quedaría debilitada por la pérdida de los elementos pedracistas. Aunque la contienda aludió a varios personajes ilustres, al final experimentó una polarización de las propuestas gubernativas, que resultó evidenciada en los dos contendientes a la presidencia: por una parte, la rama radical yorkina lanzó a la figura heroica de la Independencia, general Vicente Guerrero; por otra parte, apartidistas, escoceses acéfalos, yorkinos renegados y enemigos de yorkinos o Guerrero, apoyaron la unión liderada por la agrupación imparcial que presentó al secretario de Guerra y Marina, general Manuel Gómez Pedraza.

La prensa estaba dirigida y albergaba colaboraciones y editoriales de los líderes de los grupos enfrentados, aunque no de los dos aspirantes a la presidencia, por lo que representaría una plataforma decisiva para la acción propagandística de los candidatos. Lanzaría numerosos comunicados, editoriales y diálogos. Llevaría a la palestra distintas publicaciones periódicas en la capital mexicana: la imparcial Águila Mejicana y la escocesa El Sol, para apoyar a los aliados pedracistas y, por otro lado, la yorkina radical Correo de la Federación Mexicana y la yorkina moderada El Amigo del Pueblo, para respaldar a los yorkinos. Desplegaría una cruenta batalla con artículos y ásperos debates para precisar conceptos o proyectos, cuestionar prácticas actuales, enumerar distintos rasgos presidenciables o atacar de manera franca la vida personal de los contrarios.

Los yorkinos aseveraban que la presidencia debía de ser otorgada a una personalidad protagónica de la Independencia, ya que aseguraba una entrega incondicional a la patria, además de que garantizaba una espada acreditada en la defensa de la recién adquirida libertad. Por otro lado, relacionaban a Pedraza con los sectores aristocráticos, pro monárquicos y españoles, recordaban sus antiguos lazos con realistas, iturbidistas y escoceses, y declaraban que indudablemente traicionaría a los mexicanos.
Manifestaban que la presidencia debía de ser respaldada en la administración gubernativa por aquellos individuos pertenecientes al partido protector de la nación: la logia yorkina. Demandaban que la voluntad popular fuera escuchada de manera irrestricta, ya fuera la petición expuesta por diversos sectores gubernativos, pelotones o aglomeraciones callejeras. Los imparciales consideraban que Pedraza representaba la personalidad adecuada para gobernar, pues acreditaba méritos gubernativos y personales: eficiencia y rigurosidad en la administración pública, enemistad por las formaciones masónicas y la virtud exclusiva de “los hombres de bien”. Buscaban confrontar esta imagen pública con la propuesta opositora, de manera que procuraban restar importancia a la actividad pro independentista y, al mismo tiempo, subrayar con una carga negativa los orígenes socioeconómicos (iletrados, mulatos y desposeídos) de Guerrero y numerosos yorkinos, al declarar que la presidencia debía de quedar en la persona más preparada para gobernar. Criticaban a los yorkinos al pretender que la denominación de “patriota” y la accesibilidad a los puestos gubernativos quedara sujeta a la pertenencia al partido yorkino. Además de que advertían sobre la peligrosidad de relajar los candados a la participación política con la intervención de las masas y diversos cuerpos ajenos a los quehaceres propios de los representantes designados.

Las fuerzas armadas encarnaban una presencia medular en la organización política, no únicamente porque los candidatos eran generales, sino porque éstas contaban con una autoridad proveniente de las guerras independentistas que había contribuido a la formación de los gobiernos anteriores. Durante los procesos electorales esperaban los resultados, pero de ninguna forma de manera pasiva. Planeaban alianzas y movilizaban elementos al organizar minuciosas estrategias y, al mismo tiempo, lanzaban numerosos llamados a los organismos electores para recomendarles una cierta inclinación. Ambos bandos enviaban destacamentos que circulaban por la República, y que atemorizaban y generaban rumores sobre la inminencia de una sublevación parecida a aquella de los tiempos insurgentes. Pedraza obtendría la fidelidad de antiguos compañeros de armas, los realistas-iturbidistas. Desde numerosas comandancias generales éstos presionaban a los subordinados para que acataran las órdenes dirigidas por la Secretaría de Guerra y Marina y, al mismo tiempo, intentaban sofocar las movilizaciones afectas a los contrarios. Las jefaturas pedracistas disolvían reuniones civiles sospechosas y escrudiñaban en la mirada de los soldados los destellos tempranos de fuerzas amigas o traidoras. Por otro lado, Guerrero recibiría la simpatía de antiguos líderes insurgentes y, al mismo tiempo, varios jefes subalternos y tropas dispersas incitaban a los poblados a reclamar con manifestaciones públicas y escritas que la voluntad popular quería al épico Guerrero. Así, las fuerzas militares enfrentarían discrepancias internas: una cabeza gobiernista contra miembros populares rebeldes.

La votación procedería de forma indirecta según los estatutos de la Constitución federal de 1824, ya que los sufragios no serían emitidos por los ciudadanos, sino por los congresos estatales. Las asambleas legislativas de cada entidad federada debían de nombrar dos individuos, la candidatura que tuviera la mayoría numérica quedaba en la presidencia, y la inmediata a la primera en la vicepresidencia. En la circunstancia de que ninguna obtuviera la mayoría en septiembre, la Cámara baja general realizaría la elección en enero de 1829, pero debería de contemplar únicamente a los candidatos votados por las asambleas. Puesto que la contienda se vaticinaba reñida, electores y políticos tenían plena conciencia de que podían quedar atrapados en los procesos electorales por largos y agitados meses.

Con la presión generada por intereses políticos y socioeconómicos, ataques periodísticos constantes y amenazas de revueltas armadas, los órganos electorales quedaban rodeados de una violencia expectante al preparar la elección presidencial. Las legislaturas estatales respondieron a una tendencia en cierta manera ya prevista al votar ya fuera por una preferencia partidista o por la presencia de personajes influyentes en la zona. Así, permitieron pronosticar una derrota, una victoria o una disputa y, una semana después de emitidos los sufragios, resultaron evidenciadas por la prensa de manera extraoficial: Pedraza triunfaba gracias a una sola legislatura.

Previamente, la presidencia apoyaba a Pedraza y la asamblea general conservaba una posición neutralizada: los senadores albergaban una supremacía escocesa e imparcial y los diputados contaban con una mayoría yorkina. No obstante, después de la jornada electoral, ambas Cámaras permanecieron acotadas a las homónimas estatales que sostuvieron con una gran firmeza la decisión tomada. Con la aceptación oficial de los resultados, los aliados pedracistas celebraban la victoria obtenida al considerar finalizada la contienda, pero los yorkinos derrotados creyeron que la elección no había terminado en las urnas, ya que faltaba que la próxima asamblea general calificara los procesos electivos y declarara a la figura victoriosa en enero de 1829. Puesto que la diferencia había sido mínima, los vencidos decidieron aprovechar los meses faltantes y lanzaron diferentes argumentos y movilizaciones para encumbrar en la próxima presidencia al candidato Guerrero. Primeramente, los legisladores yorkinos buscaron los elementos legales para impugnar los resultados al alegar: que la legislación resultaba imperfecta al no votar los ciudadanos, que la voluntad popular había sido ignorada o que las legislaturas estatales actuaron corrompidas por la riqueza de españoles y clases acomodadas. Fracasaron y, por última instancia, los aliados de los yorkinos radicales en comandancias y gubernaturas resolvieron apoyar numerosas revueltas por diferentes partes de la República de septiembre a noviembre —principalmente, lideradas por Antonio López de Santa Anna en tierras veracruzanas y oaxaqueñas y Lorenzo Zavala en la capital mexicana—. La Secretaría de Guerra y Marina resultaría incapaz de dominar los distintos brotes de guerrillas respaldadas por el candidato yorkino. Fundamentalmente, porque Pedraza optaría por resguardarse en los sufragios obtenidos y carecería de la resolución necesaria para actuar fuera de los candados legales, al igual que los sublevados. Vacilaría de la capacidad propia y de los grupos pedracistas para confrontar a Guerrero y los sediciosos, por lo que rechazaría los llamados amigos para iniciar una contrarrevuelta. La contienda electoral y la alianza pedracista terminaron con la consiguiente huida de Pedraza y la ascensión pírrica de los yorkinos a la presidencia.

Durante los procesos electorales, los políticos involucrados declararon una posición adscrita a la constitucionalidad, atestiguaron los principios republicanos, liberales, federales, demócratas, y manifestaron propósitos patrióticos. Pero tuvieron acentos distintos e interpretaron de forma diversa los preceptos descritos. Al final, la novedad y, consiguientemente, la fragilidad de la legitimidad constitucional quedaría sometida a la realidad todavía activa de los pronunciamientos armados, ya que éstos habían zanjado los conflictos en los momentos cruciales de la nación mexicana. No obstante, la labor emprendida por los grupos participantes en la contienda fructificaría, puesto que estos políticos buscaron replantear la nueva gobernabilidad, principalmente las formas existentes de representación y participación política. Pretendieron dar una salida a las problemáticas que quedaron fuera de los lineamientos constitucionales al abordar la intrincada relación entre gobernados, gobernantes y leyes.

Ana Romero Valderrama. Historiadora. Actualmente es postdoctorante por la Universidad de Houston.