Para mi sorpresa, la respuesta fue invitarme a dar una charla el 15 de marzo, con motivo del 50 de Mafalda, y después de sopesarlo, dándole vueltas y vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que ¿por qué no?, si después de todo Mafalda es la vocera de Quino. Cuando platicamos sobre don Quijote, ¿acaso no le estamos dando la palabra a Cervantes, por interpósita persona? De modo y manera que decidí aceptar la invitación, sencillamente por eso, porque me pareció que el homenaje a Quino tenía que pasar por el meridiano de Mafalda.

Mafalda

Sólo que ahí me vi obligado a confesar que a pesar de lo mucho que la admiro y la quiero, incluso añadiría que la venero, yo sería una de las personas menos indicadas para hablar de ella. Por la sencilla razón de que adoro la sopa. Pero poco después me sentí en buena compañía, porque el propio Quino también sería el menos indicado para hablar de Mafalda: según me contó Daniel Divins-ky, su editor, a quien acudí en busca de consejo, Quino adora la sopa, repitiendo hasta el cansancio que la utiliza como símbolo de lo que nos obligan a tragar. Y esa exégesis suya ha sido pacífica y unánimemente recibida como metáfora válida. La acepto en principio, pero me pregunto: ¿no habrá algo más para que Mafalda sea alérgica a la sopa, y no al bife de lomo, al pejerrey empanado o al dulce de batata con queso, el famoso “postre del vigilante”?

Creo que éste es un problema básico para entender a Mafalda, y luego de meditarlo aventuro una hipótesis acerca de su rechazo. La sopa es el arquetipo de la mezcla donde cada ingrediente diluye su esencia en favor del conjunto. Si decimos sopa de cebolla, enunciarlo así no significa nada más que una referencia al principal ingrediente; pero la sopa de cebolla no sería tal sin el resto de ellos, y eso es lo que Mafalda, individualista pura y dura, rechaza y repudia, le inspira casi alergia: la mezcla donde no se distinguen los ingredientes. Dicho en términos sociopolíticos: Mafalda es una individualista sabia y abomina de las masas, porque las masas, digámoslo sin la más mínima compasión, no son sino sopas. Sopas sociales.

Aquí debo añadir que en el curso de mi investigación me acordé de una historieta graffitada en una pared de un barrio de Bogotá, donde Boogie el Aceitoso mataba a Mafalda de un disparo, y en la siguiente viñeta se lo veía soplar el humo del revólver y diciendo: “Sabía demasiado”.

El anónimo autor del graffiti bogotano había develado, queriendo hacer sólo una broma, el verdadero núcleo del misterio: Mafalda, sencillamente, sabía (sabe) demasiado.
En homenaje a Quino, su colega el humorista Sendra afirmó que “Quino existe, y Mafalda es su profeta”. ¿Pero no será más verdad al revés, que Mafalda existe y Quino es su profeta? No de otro modo podemos entender la ovnisapiencia de que hace gala nuestra pequeña heroína, cuyo rasgo más característico es que pregunta mucho. Un ejemplo mayor es cuando le plantea a su madre la cuestión casi fundacional de la Filosofía: “¿Para qué estamos todos en este mundo?”, y al responderle su mamá que “Para trabajar, para amarnos, para hacer de este un mundo mejor”, se la queda mirando y después le sonríe cómplice y le dice: “¡Picarona! ¡Sos buena humorista y nunca me lo habías dicho!”.

(Y ya que estamos metidos en preguntas, recordemos una de Manolito, de la más candente actualidad. Felipe, aburrido de jugar a los cowboys, propone jugar a los piratas y Manolito dice: “¡Ya está! Éramos los miembros del directorio y decidimos aumentar un 55% la tasa de interés a cobrar sobre préstamos hipotecarios”… pero viendo cómo Mafalda y Felipe se alejan dejándolo solo, pregunta razonablemente desconcertado: “¿A qué piratas?…”. Es la versión Manolito de lo que Bertolt Brecht acuñó en La ópera de los tres centavos: “¿Qué es un asalto a un Banco comparado con la fundación de un Banco?”.)

Pero Mafalda no sólo hace muchas preguntas, también tiene muchas respuestas, y no estoy para nada conforme con el juicio que le mereció a Umberto Eco. Cuando por primera vez se tradujeron tiras de Mafalda a su idioma, escribió un texto donde la compara con Charlie Brown y que provoca el proverbial “Vayamos por partes”.

“Mafalda pertenece a un país lleno de contrastes sociales que, sin embargo, quiere integrarla y hacerla feliz”, dice Umberto Eco. Pero no llegan a la media docena, de casi dos mil historietas, las que muestran los contrastes sociales en el seno de la sociedad argentina de los años sesenta, y la única tentativa de su país para integrar a Mafalda es la que todos los países del mundo emprenden con sus indefensos ciudadanos a partir de los cinco años: escolarizarla.

“Mafalda resiste y rechaza todas las tentativas”, dice Umberto Eco. Y no, Mafalda lo único que hace es aplicar concienzudamente la “crítica de la razón Mafalda”, que no pasa de ser otra cosa que un sano sentido común. A lo que sí se resiste y lo que sí rechaza es la sopa, pero ésa es otra historia, como diría Rudyard Kipling.

“Mafalda vive en una relación dialéctica continua con el mundo adulto que ella no estima ni respeta, al cual se opone, ridiculiza y repudia”, dice Umberto Eco. Pero Mafalda, cuando en el mundo adulto le dan la ocasión de estimarlo y respetarlo, lo estima y lo respeta. Un ejemplo es cuando al regreso a casa Mafalda no se atreve a prender la radio, porque teme que durante los días que estuvieron de vacaciones el mundo no haya cambiado nada. La madre le dice que para eso tendrían que haberse ido de vacaciones los que lo manejan así. Mafalda se queda dos viñetas pensándolo y al fin llega a la cocina con papel y lápiz y le dice a la madre: “¿Me firmarías un autógrafo?”. Es un reconocimiento en toda regla.

Mafalda reivindica “su derecho de continuar siendo una nena que no quiere incorporarse al universo adulto de los padres”, dice Umberto Eco. Y no, Mafalda no tiene absolutamente nada de Peter Pan. Mafalda no quiere seguir siendo siempre una nena, antes al contrario, quiere crecer e incorporarse a un universo adulto que pueda mejorar, es algo que se pone de relieve innumerables veces a lo largo de sus mil 928 historietas. Me basta con recordar la serie de cuatro en la que Miguelito está sentado, recostado contra un árbol, y al preguntarle Mafalda qué hace, él le contesta que está esperando que la vida le dé algo. Mafalda piensa si no será que el mundo está lleno de Miguelitos y por eso anda como anda.

“Charlie Brown seguramente leyó a los ‘revisionistas’ de Freud y busca una armonía perdida; Mafalda probablemente leyó al Che”, dice Umberto Eco. Pero decir eso es querer extrapolarle a Mafalda sus propios parámetros por medio de un juego retórico. Además, prefiero creer que no leyó jamás al Che, porque la verdad es que para ella sería un shock si se enterase de que el Che era autoritario, estaba en contra de la libertad de prensa y a favor de la pena de muerte, y era partidario de encerrar a los homosexuales en campos especiales de reeducación. No, definitivamente es mejor que Mafalda nunca leyese al Che.

“Mafalda tiene ideas confusas en materia política. No consigue entender lo que sucede en Vietnam, no sabe por qué existen pobres, desconfía del Estado pero tiene recelo de los chinos”, dice Umberto Eco. Y no, Mafalda no tiene ideas confusas en materia política. Porque no consiga entender lo que sucedía en Vietnam o por qué existen pobres, porque desconfíe del Estado y recele de los chinos, no puede colegirse que sus ideas en materia política sean confusas. Y al menos al desconfiar del Estado y al recelar de los chinos no andaba tan mal encaminada.

Baste recordar una de sus más citadas historietas. Escondidos detrás de un árbol, Mafalda le dice algo a Miguelito a propósito de un policía que les da la espalda. Miguelito entiende: “Ah”. Y se van. El policía se queda mirándolos, mira su porra y recuerda las palabras de Mafalda: “¿¿¿El palito de abollar ideologías???”. Años más tarde, durante la tétrica dictadura de Videla y su canalla militar, en la Masacre de San Patricio, en 1976, cuando fueron asesinados tres sacerdotes palotinos y dos seminaristas, los asesinos pusieron sobre el cuerpo de una víctima un dibujo de Quino, tomado de una de las habitaciones, en donde Mafalda aparece señalando el bastón del policía y diciendo: “Este es el palito de abollar ideologías”.

Last but not least, hay dos descubrimientos que hice por mi cuenta en este repaso exhaustivo y meticuloso del canon (Toda Mafalda, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1993), y deseo también formular una hipótesis no tan atrevida como les va a parecer cuando la lean.

Empecemos por ella. Hablando de las incógnitas irresueltas en la saga de Mafalda (¿por qué nunca muestra los dientes, ni siquiera cuando auspició la campaña de salud dental; por qué nunca aparecieron en las historietas sus abuelos; por qué tampoco aparece nunca Mendoza, la ciudad natal de Quino?), el humorista Miguel Rep se preguntó asimismo: “¿Cómo sería ‘el cuadrito después’? Un ejemplo: ¿qué harían los papás de Mafalda después de que Guille los viera abrazándose, y gritase ‘Eta e mi mujed’?”. Pensando en una posible viñeta siguiente, recordemos este diálogo entre Mafalda y su madre:

—Pero… ¿por qué tengo que hacerlo?
—¡¡Porque te lo ordeno yo, que soy tu MADRE!!
—Si es cuestión de títulos, ¡yo soy tu HIJA! ¡Y nos graduamos el mismo día! ¿O NO?

La mamá, conviene subrayarlo, no contesta. ¡Ajá! Tomando en cuenta lo que son y cómo son los padres de Mafalda, aventuro la posibilidad de que no lo hizo… porque pudiera ser que Mafalda fuese una niña adoptada. En este contexto es sumamente interesante recordar la tira mil 362, donde importan tanto lo que se dice como el lenguaje corporal: Al fondo el papá lee el diario, y la mamá, sentada frente a él en un extremo del sofá, está cosiendo. Mafalda, sentada al otro extremo del sofá, en primer plano, pregunta: “Che mamá, ¿ustedes cuánto hace que se casaron?”. “Nueve años”. “¿O sea que yo no nací enseguida?”. “No, claro”. Lo que me llama poderosamente la atención es que los padres no la miran ni un solo instante ni dejan de hacer lo que están haciendo, y ello me lleva a pensar que es una escena estudiada desde hace tiempo, para cuando se presente justamente la situación que cuenta esta historieta. La cual se publicó en el volumen siete, el año 71, de manera que apareció ese mismo año o más bien el 70. Pero si en el 70 llevaban nueve años casados, esto significa que se casaron en el 61, y si Mafalda nació en marzo 62, pues no fue enseguida, no, pero tampoco nada que justifique el rotundo “No, claro”. Aquí mi atención se vuelve a las seis velitas de su tarta de cumpleaños en el 66 (ver más abajo), y mis sospechas se hacen cada vez más apremiantes. Tarea les dejo a los mafaldólogos.

Y tras la hipótesis, los descubrimientos que hice por mi cuenta y que no sé si también lo hayan hecho otros antes que yo, pero a mí, al menos, no me consta.

El primero es que Mafalda, a los ocho años es ya tan mujer que se quita dos años. Recapitulemos: el nacimiento de Mafalda como personaje ocurre con la publicación de la primera de sus historietas, el 29 de septiembre de 1964. Pero Mafalda no “nace” ese día, la primera vez que aparece publicada tiene un par de añitos a cuestas, y la verdad poética también cuenta. Así es que cuando Sergio Morero, de Siete Días, escribió en 1968 la Carta que presuntamente Mafalda envía a la redacción de esa revista, y donde Mafalda declara que nació el 15 de marzo de 1962, no hizo otra cosa sino darle una dimensión humana a lo que era un simple dibujito en una historieta. Dicho de otra manera: aunque Mafalda es una creación de Quino, no sólo es suya; el lector también cuenta, y la Mafalda de los lectores no necesariamente tiene por qué coincidir ni 100% ni a tiempo completo con la de Quino. Y me parece que él debiera alegrarse de que así sea, porque lo contrario significaría un empobrecimiento de su criatura.

Pero es que además hay una tira del 15 de marzo de 1966, donde Quino festeja el primer aniversario de la publicación de Mafalda en el diario El Mundo, y en ella, simultáneamente, Mafalda celebra su cumpleaños con una tarta con seis velas, o sea, que según el propio Quino habría nacido el 15 de marzo de 1960. Así pues, nada tiene de extraño que cuando la propia Mafalda escribe su biografía diga que nació ese día pero en 1962. Mujer, al fin y al cabo, ¡qué cosa más natural que quitarse dos años!

Y mi segundo descubrimiento: en ninguna historieta del canon Mafalda se la ve a ella (ni a sus amigos) ni entrar ni estar en una iglesia, y eso me recuerda aquello que reveló el periodista y socialista español Luis Araquistain: “La singularidad que más ha llamado mi atención en el Quijote, y que no veo mencionada en ninguno de sus innumerables comentaristas, es que en los 106 días que duraron las aventuras del Ingenioso Hidalgo, ni él ni Sancho Panza fueron nunca a misa”.

La única vez que quizás (pero sólo quizás) se ve una iglesia en todo el canon Mafalda es en una historieta con dos niños mendigos al lado de la verja de un edificio que parece religioso, y la señora que les da limosna viene con su bolso y su velo, como saliendo de misa. Después de contemplar esa escena, Mafalda vuelve a su casa, busca en el botiquín y saca un paquete de curitas (¡ojo, no es el diminutivo de curas!), pero no sabe como pegárselas en el alma.

Esta es con absoluta certeza la historieta más emocionante de Toda Mafalda y de toda Mafalda: la de esa niña a quien le hiere en el alma ver mendigando a dos criaturas de su edad.

Ricardo Bada. Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.