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Entre la caída de París ante los alemanes en 1941 y su recuperación por las fuerzas aliadas en 1944, el teniente Jünger fue asignado a la Comandancia de París en calidad de historiador militar. El comandante, general von Stülpnagel, le había confiado una misión delicada: documentar la lucha de poder entre los militares y el Partido Nazi. Jünger era bilingüe y se hizo amigo de Jean Cocteau, de Jouhandeau, de Léautaud, de Banine; visitó a Picasso en su taller. Frecuentaba el círculo de intelectuales que se reunían en casa de Florence Gould. Era francófilo y experto en literatura francesa del siglo XIX. Después del fracaso en el atentado de los militares contra Hitler, fue dado de baja en el ejército por su cercanía a los conjurados.

Ernst

El escritor, conocido como un nacionalista extremo, se fue convirtiendo al pacifismo y, posteriormente, fue atacado desde la derecha y la izquierda alemanas. Cumplió los 50 años de regreso en su aldea de Kirchhorst, donde era jefe de la Defensa Civil local. Luego le tocó vivir los años de la ocupación aliada. Su diario de guerra, publicado en Holanda bajo el título de Radiaciones (Strahlungen) para escapar a la censura, fue un éxito de librería. Aquí se presenta una traducción de algunas anotaciones selectas.

Diario de París
28 de enero de 1942: Leer cualquier texto nos lleva de la mano en complicidad con nuestro modo de pensar y de sentir, como si prestara su aura a los fogonazos ajenos. Hay frases o descripciones capaces de desencadenar en mi conciencia un tropel de reflexiones. Me ocupo de la que va adelante y las demás tendrán que esperar su turno en la antesala. Me asomo de vez en cuando para asegurarme que ahí siguen esperando, y no por eso dejo de seguir leyendo.

El acto de leer procura la sensación que el proceso tiene que ver conmigo: es más, siempre se trata de mí. Es lo que nos debe el autor. Su tarea es escribir: es un humano manejando la pluma en representación de otros humanos. Lo hace por sí mismo y luego por los demás.

7 de junio de 1942:
Caminando por la rue Royale me encontré por primera vez con la estrella amarilla, portada por tres jovencitas que paseaban enganchadas del brazo. Este distintivo fue distribuido ayer: los usuarios están obligados de adquirirlo a cambio de un punto de su ración de ropa de vestir. Luego en la tarde avisté la estrella con mayor frecuencia. Tales visiones son acontecimientos incisivos, también en el historial de un individuo. Verlas no deja de tener consecuencias: así por ejemplo, me sentí apenado de portar el uniforme.

Diario de posguerra

Kirchhorst, Alemania, 7 de abril de 1945: Nos despierta al amanecer un rugido de tanques. La defensa antitanques no entra en acción. Dicen que su dotación se hizo humo luego de reventar sus cañones y matar a su comandante por haber intentado huir vestido de civil. Se trata del mismo personaje que había sugerido aniquilar el campamento de prisioneros de guerra. Ahora su cadáver yace en la estación de bomberos.

A las nueve, el retumbo incesante y cada vez más fuerte anuncia la llegada de las fuerzas blindadas. A los americanos se les ve como desnudos, trasnochados en el vacío de la luz matutina. Como otras veces en mi vida, yo había sido el último con autoridad de mando. Ayer había dado una orden final: ocupar la barrera de defensa antitanques y alzarla en el momento de avistar la cabeza de la columna enemiga.

Kirchhorst, 1 de mayo 1945: En la tarde la radio difunde la noticia de la muerte de Hitler.

Kirchhorst, 6 de mayo de 1945:
Las carreteras continúan repletas de gente proveniente de los campos de concentración. Hubo quienes pensaron que las hordas de ex prisioneros se dedicarían al pillaje pero se equivocaron, hasta donde puedo apreciar desde aquí. Esa gente camina como en éxtasis, como resucitados. Esta mañana llegaron a la casa seis judíos recién liberados de Belsen. El menor tenía 11 años. Con estupefacción, con el hambre contenida de un niño que jamás había visto tales cosas, se puso a hojear nuestros libros ilustrados. Nuestro gato le causó un asombro extraordinario, como si se le hubiera aparecido una poderosa visión de ensueño.

Este rasgo me conmovió; era como una ventana que se abría ante un abismo de privaciones. “El número de los que sufren no significa nada” es una frase que me han reprochado y que me expuso a ataques gratuitos. Sin embargo es válida, hasta en un sentido psicológico. Ver al prójimo —al individuo que sufre— es lo único que nos puede revelar el dolor del mundo. Uno solo, afirman los teólogos, asume, carga y transfigura el sufrimiento de millones de seres.

Kirchhorst, 13 de mayo de 1945: Voy comenzando con la lectura de Isaías. Ya en el primer capítulo se describe una situación similar a la nuestra, la choza en la viña:

Vuestra tierra está destruida, vuestras ciudades puestas a fuego, vuestra tierra delante de vosotros comida de extranjeros, y asolada como asolamiento de extraños./ Y queda la hija de Sión como choza en viña, y como cabaña en melonar, como ciudad asolada.

Kirchhorst, 23 de mayo de 1945:
La radio difunde la noticia del arresto de Himmler vistiendo un disfraz. Acaso era la primera vez que no estaba disfrazado: el Reichsführer de los SS en su aspecto de vagabundo, de pordiosero tuerto. Sic transit gloria. Al verse preso mordió una cápsula de cianuro que traía en la boca.

Lo que siempre me había llamado la atención en él era su penetrante apariencia burguesa. Pudiera suponerse que un personaje que pone en marcha la muerte de millares se diferenciaría de otros, acaso emitiendo un terrible resplandor, una aureola luciferina. Pero su apariencia no se diferenciaba de la de algún profesor prematuramente jubilado que abriera la puerta cuando tocamos en busca de un cuarto para rentar.

Esto es un indicio de la profunda penetración del mal en nuestras instituciones. Es el avance de la abstracción. Nuestro verdugo puede encontrarse tras cualquier ventanilla. Hoy te entrega una carta certificada y mañana tu condena a muerte. Hoy te perfora el boleto y mañana la nuca de un balazo. Ambas tareas las cumple con idéntica pedantería y sentido del deber.

Kirchhorst, 14 de junio de 1945:
Esta tarde hemos enterrado a Hinnerk Wickenberg. Lo arrolló un vehículo en la curva peligrosa cerca de Grosshorst que ya ha causado tantas víctimas desde el auge del automovilismo. La primera vez fue en 1900 durante la carrera París-Berlín.

Hanne la gorda oyó que había gente en la puerta, poco después que su esposo saliera a la calle en su bicicleta. Un vecino llegó a avisar. Su voz presagiaba malas noticias. Ella gritó:—¡Hinnerk! ¿Está muerto?

La respuesta: —¡Sí! ¡Tráete la pala!

El velorio se efectuó junto al granero, como aquí acostumbran. El féretro reposaba en la tierra apisonada, rodeado de coronas de claveles, de phlox, de jazmín y de azucenas de fuego. Los clérigos de Kirchhorst, conocidos como “use Vaddern” en el dialecto local, habían acudido todos: vestían levitas negras enmohecidas y unas chisteras tubulares que habían visto muchos matrimonios, entierros y cumpleaños del Emperador. La prédica fue con acompañamiento de mugidos de vacas en el establo y de cacareos de aves en el corral. Las golondrinas sobrevolaban el ataúd yendo y viniendo de sus nidos entre la techumbre.

Cinna Lomnitz. Sismólogo. Investigador emérito del Instituto de Geofísica de la UNAM. Autor (con Heriberta Castaños) deEarthquake Disasters in Latin America, libro que acaba de aparecer en la Editorial Springer.