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Un grabado nos lo muestra [a Mr. Greeley, candidato a la presidencia de Estados Unidos en 1872] rodeado de gallinas, gansos y patos; otro, encaramado en un árbol, ni más ni menos que el cuervo de la fábula; mientras al pie de aquel abeto, una diputación de ciudadanos de Illinois, semejante a la zorra de la misma fábula, le invita a que parta con ellos, no el queso sino el poder, lo cual, en resumen, no es más que un queso de gran tamaño. […] ¿Creen ustedes que si un periódico ilustrado de México les representase a cualquiera de los pretendientes a la presidencia, encaramado en un fresno de la Alameda, no sería pegarle el más solemne de los gregoritos? Y sin embargo, nosotros estamos a este lado del Río Grande, y al otro esos republicanos modelos; ¿por qué, nosotros habríamos de ver una caricatura en donde ellos ven una segunda edición de Cincinato? La razón es, porque hay desigualdad en todas partes, en todos los hombres y en todas las cosas; y porque aquí nos hace reír lo que allá les hace llorar.

—Gustavo Gostkowski, “Humoradas
dominicales”, en El Domingo, 3ª época,
núm. 21 (6 de octubre de 1872), p. 190.

La prensa mexicana del siglo XIX fue el espacio público de formación de opiniones sobre los asuntos del acontecer cotidiano de nuestro país. Fueron numerosísimos los autores que cultivaron este género y que dejaron en sus textos la huella de su cosmovisión, de su tendencia política, de su estilo de narrar, de todas aquellas opiniones sobre infinidad de temas, de las cuales nos valemos para aproximarnos a una configuración fidedigna de todo un horizonte cultural.

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Gustavo de Gosdawa, barón de Gostkowski, no fue una excepción al fenómeno. Tratándose de un extranjero avecindado en nuestro país y nacionalizado mexicano, sus crónicas —publicadas en varios periódicos de la ciudad de México en la década de 1870— abordaron un amplio espectro de temas como la nostalgia del terruño, la defensa de los ideales, la pasión por la contienda política, el liberalismo, el progreso, la inversión extranjera, los periplos dentro y fuera de la República, las letras, el teatro y otros espectáculos, el acontecer en el espacio urbano, la visión de la mujer, etcétera. Estas crónicas llevaron por título “Humoradas dominicales”, indicio claro del tono jocoso con que el autor polaco plasmó su perspectiva de los modos de existencia que presenció durante su larga estancia en tierras mexicanas.

Varsovia-París-México
Gustavo Gosdawa nació en Varsovia entre 1840 y 1846. Presumiblemente murió en París en 1901. De padre polaco y madre francesa, perteneció a la aristocracia y pasó su niñez y juventud en el Château d’Epagnes, propiedad de su abuela materna en el país galo. Es muy probable que haya ejercido la profesión de ingeniero de caminos ferroviarios, al igual que su padre, quien además de esta ocupación legó a su hijo sus tendencias subversivas. Gostkowski padre participó en la insurrección polaca contra el dominio ruso en 1831, mientras que nuestro barón tomó parte en la guerrilla independentista de su patria en 1863, razón por la cual fue víctima de la persecución política y se vio en la necesidad de salir al exilio. Aún no ha sido posible asentar con seguridad la fecha de su llegada a tierras mexicanas. El historiador Tadeusz Lepkowski, coterráneo de Gosdawa, señala que la intervención francesa en México se había efectuado en forma paralela a la llamada “Insurrección de enero” en Polonia (1863-1864) y en los años siguientes. Numerosos polacos rebeldes —y más tarde migrantes— se agruparon en Francia para participar en la empresa de Napoleón III, quizá debido a la leyenda de los Bonaparte como “paladines de la libertad” que aún privaba en el imaginario colectivo de esta nación eslava. De modo que más de dos mil polacos se alistaron en las filas napoleónicas que sostendrían el imperio de Maximiliano de Habsburgo. Encontrándose ya en tierras mexicanas, estos hombres tomaron gran simpatía por el país, por su pueblo y por su cultura, al punto que un considerable número de ellos fue fusilado al intentar pasar a las filas del ejército liberal de Juárez. Después de la guerra algunos lograron hacerlo, mas sólo unos pocos se establecieron permanentemente en México. La mayor parte de ellos volvieron a Europa y otros se dispersaron por Centroamérica.

Quizá nuestro cronista haya formado parte de estos ciudadanos polacos. Clementina Díaz y de Ovando afirma en su libro Un enigma de los ceros que justamente mientras sucedían estos hechos, en el mismo año de 1863, el barón ya se encontraba en México. Esto sería probable, atendiendo a su profesión de ingeniero, en aquel tiempo estrechamente vinculada con la carrera militar, la cual debió al menos conocer para haber participado en una guerrilla. No obstante, él mismo afirma en uno de sus escritos que aún en 1864 se encontraba en la ciudad de Berlín y su presencia en nuestro país no se registra sino hasta 1868.

Un flâneur europeo deambula por la capital decimonónica
Un tema obligado para los cronistas de la época era el de los espectáculos y diversiones que ofrecía la ciudad a sus habitantes. La vida cultural urbana de la época era hasta cierto punto raquítica; una exigua elite de conocedores del arte formaba un conciliábulo a quien estaban dirigidas las escasas manifestaciones de alta cultura en nuestro país. Lo que predominaba, al igual que en nuestros días, eran los entretenimientos de carácter popular, entre los que se contaban los espectáculos circenses. En alguna ocasión, hubo una función en el Teatro Nacional en la que un acróbata español casi pierde la vida durante la escenificación de su acto. Gostkowski escribió en aquella ocasión sobre la “ferocidad del prójimo”, habiendo observado que el público permaneció impasible ante el accidente y las damas habían demostrado su “sensibilidad homeopática”, exclamando un “¡Jesús!” equivalente al que les motivaría un “pisotón”. Concluyó en esta crónica que la humanidad soportaba estoicamente los “males… ajenos”. El 16 de junio de 1872 el barón relató lo que sus ojos habían presenciado en el yermo jacobino del circo Chiarini, predio del ex convento de San Francisco donde el negociante italiano homónimo había establecido su empresa de espectáculos. En aquellos días la atracción principal del circo era un borrico que al ser cuestionado sobre lo que para él era el matrimonio, enseguida componía la palabra “lotería”; y a la pregunta de “¿qué es la mujer?” daba por respuesta la palabra “enigma”. Gostkowski afirmó en esa ocasión que miraba al pollino con cierto terror mezclado con respeto. Definió con socarronería, sin ningún afán de denostar al sexo femenino, pues en numerosas ocasiones se pronunció a favor de la emancipación de la mujer, a ésta como “un delicioso demonio con el que nos condenamos muy a gusto” y cuya fuerza es muy superior a la del varón, siendo “innato en ella el espíritu del despotismo”, puesto que su influencia sobre todo aspecto de la vida era decisiva.

Otro de los hitos de la vida social y el entretenimiento público en la ciudad de México del siglo XIX, aun considerando la rustiquez de las masas y la ramplonería del público burgués capitalino, fue el teatro. Aunque Altamirano, en numerosas ocasiones, escribe sobre la gran dificultad de sostener económicamente esta actividad cultural en el México de su tiempo, también es cierto que el Nacional, el Principal, el Arbeu y otros foros lograron mantenerse como empresas rentables durante estos años en que una puesta en escena lograba unas cinco funciones abarrotadas antes de que se hiciera el vacío definitivo en las salas. En su “Humorada dominical” del 9 de junio de 1872, Gostkowski otorgó sanción definitiva al adagio que reza “nadie es profeta en su tierra”, en el caso de la sociedad mexicana. Afirmó que los mexicanos que fueron sus coetáneos, eran incapaces de reconocer un talento egregio en una persona común y corriente que podía compartir el pan con ellos en algún fonducho de todos los días o ser saludado en el paseo dominical. Asimismo, señaló que —compitiendo en igualdad de méritos— se aplaudían estruendosamente obras cuya única ventaja se hallaba en haber cruzado el Atlántico, anticipando de este modo el mal hábito nacional que hoy llamamos “malinchismo”. Dieciséis años más tarde, otro penetrante observador de nuestro carácter nacional, pero esta vez mexicano, Amado Nervo, publicaba bajo el seudónimo de Rip-Rip, en el periódico El Mundo, su artículo “Odios artísticos”, en el que hacía alusión a la reciente obra de un pintor, cuadro en el que se representaba la personalidad nacional mediante una turba de patanes que impedían que uno de sus compinches ascendiese a la cucaña para apoderarse de las baratijas que de ésta pendían, logrando así que —de no ser ellos los poseedores de tales bagatelas— tampoco lo fuese aquel que había logrado elevarse levemente por encima de su mediocridad.

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7 de julio de 1872, once días antes de la muerte del Benemérito, México padecía el cáncer del crimen organizado. Gostkowski comenta en su “Humorada dominical” que nadie podía considerarse a salvo del delito de plagio (hoy diríamos “privación ilegal de la libertad en su modalidad de secuestro”). Una banda de delincuentes exigía cien mil pesos por la entrega de un ciudadano de la más encumbrada sociedad, y otros criminales —en aquellos días— pedían doce reales por la devolución de la hija de una mujer humilde del pueblo. Gostkowski señalaba por igual, como escenas del crimen, las puertas de la ciudad en la zona de Santa Fe o la entrada del Teatro Principal, en pleno centro, a las diez de la noche. Estos criminales ya no respetaban ni la accesoria del pobre ni el palacete del rico. Tal como Altamirano lo había manifestado desde su púlpito mesiánico en la novela Clemencia, de 1867, el culto al becerro de oro y la desenfrenada aspiración a los goces sensuales, el hedonismo a ultranza, corroían a la sociedad mexicana. ¿Debilidad genética y cíclica por el placer mal habido? ¿Resultados lógicos de épocas de caos espiritual, político y social? ¿Pereza y malicia crónicas? ¿Descomposición social inherente a las sociedades donde priva la inequidad social y el subdesarrollo? Lo ignoramos, mas todo esto no nos parece lejano. Hoy se prohíben los narcocorridos en el estado de Sinaloa; ciento cuarenta años atrás nuestro barón miraba las cabezas inclinarse con veneración ante el bribón que había sabido medrar. Gostkowski afirmaba que mientras no se atribuyese al trabajo y a la honradez su justo valor, mientras la ociosidad dorada se cimentase en la especulación sobre el vicio y la miseria —como lo señaló en su momento Émile Zola refiriéndose a la corte de Napoleón III— resultaba inexorable ver aumentarse la estadística del crimen. Y si deseáramos contar las lágrimas negras en el rostro de un primigenio “mara salvatrucha” quizá debiésemos acudir a la crónica que el varsoviano publicó una semana más tarde. En ésta escribía sobre un criminal de dieciocho años, plagiario de un prominente ciudadano, capturado y sentenciado en la ciudad de México, cuyo brazo lucía un tatuaje —arte cutáneo ya utilizado desde entonces por los presidiarios y los marineros— con la leyenda “mala estrella”. Muy a las claras, Gosdawa se oponía a la idea de Pierre Joseph Proudhon (pensador social francés muy en boga en la época), quien sostenía que “el crimen se encontraba en la ley”, en un orden social injusto que imponía a los desheredados un esfuerzo muy superior al de otros más afortunados para ganar el sustento. Gostkowski asignaba la misma capacidad de afrontar una vida honrada tanto al nacido proletario como al patricio. La plazuela de San Lucas, muy cerca de lo que hoy es la estación del Metro Pino Suárez, fue el escenario de numerosísimas ejecuciones por fusilamiento durante la era juarista, antes de que a uno de los patios de la cárcel porfiriana de Belén acudiese con frecuencia un contingente no desdeñable de personas de ambos sexos y distintas clases sociales a presenciar el espectáculo morboso de la vindicta pública. Más que sed de justicia, el barón percibía en esas ocasiones sociales una curiosidad maligna; las ejecuciones constituían una great attraction, ni más ni menos que un estreno de la compañía de ópera itinerante por la ciudad. ¿Puntos de contacto con algunas prácticas de los mass media actuales en nuestro país? Si hacen falta más de éstos, se mencionará el debate sobre la pena de muerte y la corrupción del sistema penal mexicano, que ya se había entablado en aquella época, un asalto a mano armada contra el carro del gobernador del Distrito y las amenazas de muerte o plagio remitidas a varios hogares capitalinos la misma jornada de una triple ejecución en la lúgubremente célebre plazuela de San Lucas.

El 18 de julio de 1872 el impasible Juárez exhaló su último suspiro en una habitación del Palacio Nacional. Gostkowski, siempre temeroso de infringir el artículo 33 de la Constitución Política de 1857, que a su vez se preservó en el mismo sentido jurídico, presuponiendo la expulsión discrecional de los extranjeros perniciosos, en la Constitución de 1917, tocó con extrema delicadeza los asuntos políticos mexicanos. Mas no por ello dejó de señalar el hecho luctuoso de la muerte del Benemérito. Nuestro cronista apuntó el 28 de julio de 1872 que don Benito había emprendido las reformas más radicales y los actos más enérgicos de los que había sido testigo el continente americano durante el siglo XIX. Atribuyó a Juárez los valores viriles romanos de fuerza, valor y virtud y señaló que unos meses atrás había escuchado de labios del ministro de Negocios Extranjeros de Francia, Monsieur Remusat, decir que era posible dejar de amar al prócer de San Pablo Guelatao, mas nunca cesar de admirarlo. Aseveró que siempre en Europa había escuchado hablar del líder liberal mexicano con sumo respeto y que éste había establecido en México los principios de democracia, libertad de conciencia e independencia nacional. Expuso con retórica sublime la tenaz hazaña histórica de la presidencia itinerante, junto con una alabanza a los “Inmaculados” de Paso del Norte, quienes supieron mantenerse de pie mientras la patria en su derredor se resquebrajaba. Para Gostkowski, Juárez había sido el gran cimentador de la concordia nacional y el enérgico brazo ejecutor del Estado de derecho; mientras que Sebastián Lerdo de Tejada, el más probable sucesor al poder en esos días, había sido el autor intelectual del proyecto jurídico de la nación. Llama en gran medida la atención en esta crónica el hecho de que —convocando a los mexicanos a la reconciliación, a la paz y al progreso— señaló el caso alarmante de que más de dos tercios de la población de la República eran víctimas de la miseria y la ignorancia. Un siglo y medio más tarde las cifras no proyectan una considerable diferencia ni resultan demasiado alentadoras. Las prioridades en la agenda nacional aún presentan una gran similitud con las de entonces.

El tono irónico de nuestro cronista fue ostensible en numerosos textos de su autoría. Afirmaba socarronamente que en punto a originalidad su época era verdaderamente deliciosa. En una ocasión un médico norteamericano de apellido Frimont fue contratado por la jefatura de policía de la ciudad de México para curar a cinco agentes en su ebriedad consuetudinaria, utilizando para ello un remedio al que dio el nombre de Mexican specific. Gostkowski no consideró el título de este tratamiento muy lisonjero para nuestro país, y comentó que si se hubiese tratado de la cura del mismo mal en algunos diputados pensionistas o en trabajadores encargados de regar los paseos, lo hubiese considerado más comprensible. Pero siendo el cuerpo de policía el más obligado a comportarse con moralidad y temperancia, aquel hecho había constituido un duro golpe a sus convicciones.

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En otras crónicas Gostkowski expresó sus opiniones sobre la juventud mexicana en las columnas de El Domingo, las cuales le granjearon enemistades con otros exponentes de la prensa nacional de la época, quienes reaccionaron con indignación ante las críticas del polaco, atendiendo a su posición como extranjero y huésped en nuestro país. En uno de estos artículos el varsoviano se refería irónicamente a los jóvenes mexicanos como “esperanza de la patria” y los dividía en dos categorías: los pendencieros y los dandys. A los primeros los consideraba carentes de inteligencia y peligrosos, y añadía que por causa de seguridad pública se decretase que anduvieran éstos “con bozal a partir de las cinco de la tarde”. Lo único que distinguía a los dandys de aquéllos era su inocuidad y sus vehementes deseos de que su corbata casara bien con su chaleco y que la mujer de sus ambiciones los considerase hombres elegantes e irresistibles. Concluía con el irónico comentario: “Hermosos días le prometen a su patria todos esos jóvenes”. A las reacciones xenofóbicas de la prensa nacional sucedió la elocuente temperancia de José Martí, quien entabló la defensa de Gosdawa aduciendo que era un auténtico amor por su segunda patria el que lo movía a las implacables críticas; puesto que de constituirse el cronista franco-polaco tan sólo en un parásito malicioso de la nación mexicana, hubiese desplegado un discurso hipócrita en el que sólo hubiera visto las maravillas vernáculas del país, aunque hubiese tenido frente a sí la más evidente descomposición social. Veinte años más tarde las columnas de El Nacional publicaban un artículo titulado “Garçon fin de siècle”, de la autoría de uno de los tardíos epígonos del nacionalismo liberal altamiraniano, un neófito paladín popular en plena transición de nuestras letras hacia la sensibilidad decadentista; se trataba de Ángel de Campo, Micrós, quien retomaba y ampliaba —quizá sin proponérselo— las ideas del barón. Mas en esta ocasión, tal vez debido a que se trataba de un nacional, no hubo reacciones adversas por parte del resto de la prensa; o pudiera ser que algunos considerasen oportuno señalar la pasividad un tanto viciosa con que la juventud porfiriana dirigía sus pasos hacia las curules y la iniciativa privada con la misma intención con que los dirigían hacia los escaparates y los bar-rooms de Plateros y San Francisco. Con toda seguridad, tanto en las palabras de Gostkowski como en las de Micrós, nos encontraremos a los que podríamos llamar proto-juniors, los fabricados en serie, y por tanto inagotables, playboys del subdesarrollo mexicano. No obstante el valor cívico y las intenciones honestas de nuestro cronista, ante los embates de la hostilidad de la prensa, hubo de atenuar en crónicas posteriores sus comentarios, aclarando que la generación que comenzaba su periodo viril parecía “en su mayor parte” herida de esterilidad, ya que carecía de una savia vivificante: la fe sin la cual no puede fundarse nada estable. Condenaba el barón el último tercio del siglo XIX como una época nihilista, escéptica por excelencia, en la que el pensamiento y las utopías se arrastraban —heridas sus alas— por el inmenso páramo del desencanto.

¿2012 y funestas predicciones de los mayas? Nuevos vasos comunicantes entre las épocas. Algún charlatán disfrazado de sabio, como sucede con tanta frecuencia, anunció —para alarma de la siempre supersticiosa heredera de Tenochtitlán— el indefectible fin del mundo para el 2 de diciembre de 1872. Hecho ante el cual Gostkowski manifestó que le parecía deleznable conturbar a las almas cándidas y que el fin del mundo había dado en renovarse periódicamente desde la Edad Media, desde el 1 de enero del año 1000 de la era cristiana, imprecisiones más imprecisiones menos del Calendario Gregoriano, y al no presentarse nunca el proyectado cataclismo, los incautos se habían sentido tan aliviados que no habían pensado jamás en reclamar a la Iglesia sus donativos por las indulgencias desperdiciadas. Numerosos y sorprendentes, en atención a lo poco que acontecía en nuestra capital, fueron los temas tratados con extraordinario gracejo por el barón, quien siempre logró —por procedimientos cuasinigrománticos— ahuyentar el tedio de una ciudad poscolonial y mantener el interés, el dinamismo, el esprit del que carecía nuestro “París pequeño”, aun durante la belle époque porfiriana.

Un cronista del heroísmo romántico
El barón de Gostkowski fue un autor formado en la tradición literaria romántica, que se encontraba ya muy difundida y generalizada en la Europa en que vivió sus primeros años y su juventud. Por otra parte, a causa de la ascendencia francesa que también poseía, se encontraban muy arraigados en él los principios e ideales de la Ilustración y la Gran Revolución de 1789. De igual forma, sin dejar de manifestar su fe católica, creía en los paradigmas del liberalismo político y económico. De tal suerte que fueron las ideas que profesaba las que lo llevaron a participar en la lucha independentista de su patria eslava. A su llegada a México pronto se adhirió a la causa de los liberales. La heterogénea combinación de su bagaje cultural y existencial lo llevó a manifestar cierta tendencia dicotómica en su discurso cronístico: la de la retórica desaliñada y entusiasta del Romanticismo entremezclada con la fría racionalidad de la Ilustración. La forma en que disertó sobre los temas relevantes del México de su época pone de manifiesto una evidente imprecisión ideológica que considero muy significativa y característica de un hombre y un horizonte en transición del tiempo del heroísmo romántico a la era del orden y el progreso y que concluyó con la angustiosa incertidumbre crepuscular del fin de siècle.

Las crónicas que Gustavo de Gosdawa, barón de Gostkowski, llevó a cabo de 1870 a 1873 se nutren tanto de los elementos de cultura romántica e ilustrada aprehendidos en su contexto europeo como de su experiencia vital en una época crucial para el curso de la historia de México. La influencia del discurso historiográfico y del fenómeno mediático del periodismo de la época resulta insoslayable en su apreciación y análisis. Las ideas e influencias que pergeñan sus crónicas se localizan principalmente en su formación humanística europea, en sus circunstancias particulares como extranjero en un contexto histórico mexicano particular y en la necesidad de complacer a un público lector que responde a esta coordenada cronotópica. El fenómeno de la recepción del lector de la época puede ser observado al tamiz de un proceso de feed-back, de un fenómeno de retroalimentación similar a las preguntas que se formulan actualmente en los estudios sobre medios masivos de comunicación: ¿Los lectores determinaban los contenidos de las crónicas o este material definía los gustos de aquéllos? ¿Es posible o útil aproximarse a una cuantificación de ambos procesos? La lectura de la obra de Gostkowski permite afirmar que existía un estrecho vínculo entre crónica literaria y la sociedad compuesta por sus lectores, quizá similar —no en el aspecto cuantitativo— al que existe hoy entre los mass media y sus receptores.

Es notoria la presencia dominante del discurso del “orden y progreso” y de la nación del futuro como espacio de promisión en las crónicas, representando aquélla el resultado lógico de una etapa histórica inmediatamente posterior al caos del conflicto bélico. México es el mismo y uno nuevo y distinto a la vez. Nuestro rostro de nación imberbe —anhelante del reconocimiento del orbe occidental— ha transitado quizá de la infancia a la primera juventud y ha alcanzado, ciento cuarenta años después, una conciencia más cabal de aquello que le aqueja y le impide crecer hasta donde su grandeza latente, embrionaria, se lo exige.

Francisco Mercado Noyola.
Maestro en letras mexicanas. Ha participado en diversos proyectos académicos relativos a la literatura mexicana del siglo XIX en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Actualmente es coordinador de becarios en el proyecto Generación de infraestructura para la elaboración de una historia intelectual de la literatura mexicana (1850-1888).