A principios del siglo XV los libros eran escasos e invaluables. Le conferían prestigio al monasterio que los tuviera, y los monjes no los perdían de vista, sobre todo si habían tenido una experiencia previa con los italianos humanistas de dedos ligeros. Los monasterios incluso trataban de asegurar la posesión de sus libros cargando de maldiciones sus preciosos manuscritos. “Para aquel que robe o tome en préstamo y no regrese este libro a su propietario”, decía una de las maldiciones, “que la mano se le vuelva una serpiente y lo desgarre. Que lo ataque una parálisis y todos sus miembros sean malditos. Que languidezca de dolor y llore a gritos pidiendo misericordia, y que no cese su agonía hasta desintegrarlo. Que los gusanos devoradores de libros le corroan las entrañas, y cuando al fin vaya a su castigo final, que las llamas del Infierno lo consuman para siempre”.

Fuente: Stephen Greenblatt, The Swerve. How the Renaissance Began, Random House eBooks, 2012.