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Barcelona, conferencia. El filósofo catalán, recién llegado de Nueva York —donde es profesor de asuntos afines a la cosa hispánica—, sostiene ante el público catalán que el sujeto(a) latinoamericano(a) existe. Alega que ahí, en Latinoamérica, sus ensimismamientos han hallado la globalidad no globalizada, la esperanza de un mundo no como Nueva York, no como Barcelona, vamos: la utopía. Yo también ahí, en la conversa del sesudo profesor, sentí la utopía tan a la mano; quiero decir, la quimera esa, la del gesto sabio, la de la oceánica clarividencia del profesor… y una su pulcritud política y una su fama y un su Nueva York. Si para esto sirve Latinoamérica, póngame dos para llevar. Que Dios nos la conserve: sea siempre “Latinoamérica” la posibilidad de redención para cada nuevo viajero, si no ¿qué sería? La utopía existe, está allá, asienta el profesor. Y también viva está en mí la que él nutrió. Ya por despedirse, el profesor alaba del Brasil la antropofagia. Yo también… bon profit, molt honorable profesor: que con su pan se coma cada quien su cada cual.

escenas

Barcelona, playa. Lo real es el propósito. No es que el biquini cubra mucho en estas playas de Barcelona. No sirve para eso. Sirve para dejar constancia de que esa mujer posee la soberana intención de medio ocultar una sola y diminuta parte de sí misma. Y la parte resulta más parte. Uno asume la intención como realidad: no está desnuda. De igual forma, noto por la calle mujeres con los hombros al aire, con blusas sin mangas, pero debajo portan sostenes con tirantes de plástico transparente. Cualquiera puede ver los tirantes, aunque el plástico transparente decreta la intención: no existe el sostén, como si no existiera, no lo ves, ya está. La intención es más realidad que el hecho de que cualquiera puede notar los plásticos adheridos a la carnes. ¿Cómo pactan estas realidades? ¿Cómo es que no me entero?

Londres. Conferencia. En la mesa de ponentes, el profesor británico se sabe perfectamente apersonado, una estampa de sí mismo. Chaqueta de lana con parches en los codos, pantalón de color neutro, corbata de moño —“de pajarita”—, y lentes con armazón de pasta gruesa y tosca, sello inequívoco de que alguna vez existió el Estado de bienestar en el Reino Unido. Sabe porque sabe. Al lado, de guarache, morral de cuero y calzón de manta, el antropólogo estadunidense de fama mundial termina su perorata sobre the hibridity de los indígenas guatemaltecos. Viste naitive. Su saber es su vestir. Al otro extremo de la mesa, el intelectual mexicano, estrella de todos los foros, viste camisa, chaqueta y zapatos italianos, pantalón inglés y seda francesa en el gaznate. Como te ven te tratan, eso sabe. De los tres, este último es el más genuino. Es el catrín. De éstos, muy pocos. Shhhhhh, que va a comenzar a hablar: “we Mexicans, the sons of Malinche…”. ¡El catrín!… ¡Lotería!

Río de Janeiro. “La jungla del asfalto” es, según cómo y dónde, la consabida frase hecha o eso: la jungla que vive en el asfalto. A mediodía la calle ardiente derrite los neumáticos de los autobuses estridentes. La multitud cruza y se pierde entre puestos y aceras repletas de porteros y bicicletas que acarrean pan, medicinas, carnes, cocos, dulces… Mujeres y hombres urbanos se seducen con miradas y contoneos atestiguados por edificios y balcones que escupen el agua de los aires acondicionados. Huele a mar, a río, a mierda, a ciudad. San Sebastián de Río de Janeiro es ciudad como cualquiera, hedionda y bella. Pero así, de repente, “de repente da calma fez-se o vento, de repente, não mais que de repente”: la jungla es lo que vive en el asfalto. Penetro en un parque urbano: perros, niños y niñeras; salto un prado y camino hacia atrás de los arbustos. Encuentro una senda, la sigo. Horas paso sobre la senda, inicio un ascenso pronunciado, al lado de cascadas y arroyos. Estoy en Río, pero no estoy. Soy la selva, el mato de macacos, lianas, oscuridad y miedo de perderse. Sigo subiendo y olvido la urbe. Nunca existió. Hace siglos fue vencida y comida por la selva. La civilización carioca yace bajo mis pies. Súbitamente empieza a clarear. He subido mucho y acaso estoy a punto de llegar al descampado de la cima. Bajo mis pies aparece un riel, viejo y abandonado. Digo mis oraciones por la civilización perdida y antes de decir amén, estoy pisando los rieles de un moderno tranvía y ya no hay más que una selva, la que he dejado atrás de mí. Arriba, muy arriba todavía, “o Corcovado, o Redentor…”. Subo. Abajo, muy abajo, en diminuto, entre la inmensa urbe, veo la entrada al parque urbano donde perdí la ciudad y gané la selva. Desde el Corcovado la bahía de Guanabara es el infierno urbano que perdí y gané en unas horas. ¡Qué saudade de la civilización comida por la jungla! Bajo a pie por calles y edificios. A Río vuelvo a través de Río, desde que “a samba é samba é asi…”: el mato está adentro, de uno, de sí.

Austin, tardes. Nada quedó de mis tardes bajo un roble de ramas abrazantes, en el claro verde de mi ciudad texana, entre oficinas, bibliotecas, fuentes y un estadio de football, más faltaba, que es Texas. Las tardes las gasté en fumar el humo que me ahondaba en la lectura que bajo ese roble fueron mías. Me fui de ahí y nunca he vuelto a sentir aquel alivio urbano. Las tardes de roble siempre fueron mientras tantos, actos disconformes entre los días largos de trabajo, de omisión de uno mismo. Recuerdo la última tarde porque la última vez es siempre la primera en que todo deviene lo que es y será porque ya fue. No hay presente ni futuro que me reencuentre con aquellas tardes y su roble, con los libros, con la nostalgia por la brisa fresca disipando el humo que, curioso, incitaba y aturdía mi simple y urbana alegría.

Mauricio Tenorio Trillo. Historiador. Miembro del Departamento de Historia de la Universidad de Chicago y de la División de Historia del CIDE.