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La muerte del Jockey Club

El Demócrata, 31 de octubre de 1914

No tuvieron tiempo para hacer sus cucamonas y aquel albergue de ociosos fue clausurado por la Revolución triunfante

Por más de veinticinco años funcionó en esta ciudad un círculo titulado, primero, Club de Caza, de pesca, y, después, Jockey Club. Tenía la pretensión de ser lo más aristocrático, lo más chic, la encarnación más genuina del buen gusto y la última expresión de los refinamientos de la elegancia.

Lo cierto es que tales clubmen se hallaban tan complacidos y gloriosos de pertenecer al círculo de los azulejos, que por ello daban gracias a Dios constantemente y creían en el mejor de los mundos posibles. A fin de que los simples mortales no estuviesen en ignorancia lastimosa, respecto a si eran o no eran miembros del Jockey Club, en vez de jugar carambolas o boliches, o bacarat, o de conversar o leer en los magníficos salones del club, se pasaban el día y la prima noche sentados en el zaguán.
De este modo, no había transeúnte que no quedase enterado de quiénes eran los favorecidos de la suerte que habían llegado hasta alcanzar un sitio en tal casa.

Fuera de esta importante ocupación de sentarse a la puerta, tenían que doblar los bajos de sus pantalones, precisamente cuando estaba lloviendo en Londres, aunque aquí reinara un tiempo delicioso, para que constase que comulgaban con los refinados hábitos de la rubia Albión, de la cual se creían corresponsales por su elegancia y pretensiones.

En sus ratos perdidos los chicos del Jockey Club hacían algo de política: ofrecían convivialidades a don Porfirio, a Romero Rubio, a Limantour y a cualquier personaje de fuste, nacional o extranjero. De este modo se daban importancia y pescaban una que otra curul, si no es que un puestecillo mejor. De allí salieron don Guillermo Landa para gobernar el Distrito, don Pablo Escandón para el Estado Mayor Presidencial, y después para el gobierno de Morelos, y algunos otros para ministerios y legaciones.
Los altos personajes del gobierno, por su parte, se mostraban complacidísimos de alternar con los pretendidos aristócratas y hasta entraban con ellos en gran intimidad. A don Manuel Romero solían esconderle el sorbete, pegarle calaveras y jugarle otras bromas espiritualísimas, y a Menota lo trataban con la dulce familiaridad que los sirvientes, sin que se degradare en lo más mínimo.

Siguiendo esta vieja costumbre, que les diera resultados tan plausibles, de ejercer cierta seducción sobre los altos funcionarios, por medio de la lisonja y de la obsequiosidad, los socios del círculo de la calle de San Francisco quisieron también probar fortuna con el señor Madero cuando ocupó la presidencia. Pero este hombre puro, que era todo verdad y sencillez, no pudo soportar aquel medio de corrupción y falsía. Siendo, naturalmente, cortés y bondadoso, aceptó sólo algún agasajo y nada más. Y los aduladores por el timo de la aristocracia se quedaron desorientados y se convirtieron en deturpadores y enemigos del Presidente legítimo.

Encaramose Huerta a la silla presidencial, asesinando a quien la ocupaba por derecho y burlándose del bobo Félix Díaz, e inmediatamente los miembros del Jockey Club obsequiaron a ambos con lucidas comilonas. En una de ellas agotó el usurpador el diccionario de las baladronadas, brindando sobre aquel hermoso tema: “Habrá paz, cueste lo que cueste”. Y Félix Díaz subrayaba los periodos más elocuentes con admirables interrupciones. Y los niños finos de la casa se sintieron tan entusiasmados, que les pareció poco ofrecer al dipsómano su dinero y sus recursos todos, y llegar hasta ofrecer sus mismas personas, jurando que irían a la guerra para acabar con los carrancistas latrofacciosos.

Pero llegó un día en que los soldados revolucionarios alcanzaron tantas victorias sobre los federales y se acercaron tanto a la capital, que Huerta se olvidó de todas sus baladronadas y se fugó, diciendo a Carbajal: “Ahí queda eso”.

Ni tiempo tuvieron los clubistas aristócratas para hacer cucamonas al presidente interino, porque Obregón lo expulsó en breve, y Carranza llegó a Tlalnepantla. Entonces comenzaron a discutir sobre los medios de obsequiar al primer jefe triunfante y a sus gloriosos compañeros, de quienes esperaban se sentirían satisfechos con seguir las huellas de Romero Rubio y Mena y Limantour, como huéspedes del Jockey.

Pero no hubo tiempo para nada, porque la Revolución justa, serena, intransigente, clausuró aquel albergue de ociosos, y va a convertir en hospital la regia morada de los azulejos.

Selección: Héctor de Mauleón