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El lugar más nefasto del Instiputo no es el Salón de Actos, ni la oficina del Bóxer, ni esos tubos idiotas donde los bravucones juegan espiro, sino los lavaderos de esta vecindad: el jodido salón de profesores. Ahí es donde se encuentran y echan pestes de los que menos quieren. Desde que el Bóxer me puso de moda, soy una estrella en el salón de profesores. De pronto, cuando alguna casualidad nos deja solos, se me acerca Miranda (mi titular del año pasado, que hoy cada dos semanas me truena en Biología) para contarme que hablan mal de mí hasta los que nunca me han dado clase. ¿Ves por qué yo te traje tan cortito?, me susurra al final, como si él fuera un cura y yo un alma perdida. Después se va meneando la cabeza, no nada más por mí, que no tengo remedio, sino porque la otra mitad de la culpa se la endilga en silencio a Melaordeñas. Hace un año, cuando empecé a querer descarrilarme, el profesor Miranda me pidió que escribiera y firmara un compromiso de buena conducta, antes de perdonarme la última chingadera. Nunca dijo que fuera mi amigo, ni me pasó a contar chistes al frente, ni me llevó a un campamento de mierda para luego ponerme en las garras del Bóxer. El profesor Miranda jamás le dejó al Bóxer nada que no pudiera arreglar él, y ahora se entera de mi senda del mal gracias a la bocota de Melaordeñas, que habla un inglés más pinche que el mío y viene y se da el gusto de reprobarme.

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¡Eres mi vergüenza!, me recrimina Alicia en voz bajita, mientras me da un pellizco en el brazo derecho y clava sus ojazos adentro de mi cráneo. Para mi mala suerte, las citas con el Bóxer y Melaordeñas se alargaron hasta la hora del recreo, así que de una vez Alicia se ha lanzado a cazar profesores por el patio, y ahora escucha las quejas del de Educación Física. Un cabrón mentiroso que le habla de memoria porque él no ha visto nada de lo que está contando: para eso está el salón de profesores. Apático. Abúlico.
Rebelde. Chistosito. Tramposo. Respondón. Indisciplinado. Ingrato. Indigno. ¿Cómo sabe todo eso el pendejete que una hora por semana nos pide que corramos y hagamos lagartijas y sentadillas? A Alicia no le importa, ella lo escucha igual y le pide disculpas como si fueran suyos los pecados. ¿Qué esperan que prometa, con una chingada? Mejor dile a tu madre que no siga tirando en saco roto el dinero que gasta en tu educación y te consiga chamba recogiendo basura, remata el mamarracho y a Alicia se le cae la cara de vergüenza. O por lo menos eso es lo que le dice al Campeón Nacional de Sentadillas. ¿Ya oíste al profesor, Xavier (pellizco)? ¿Cómo no voy a oírlo, se me ocurre, si ya estoy que lo mando a hacer cien lagartijas encima de la puta que lo parió? ¿Y cómo es que mi madre es la fiscal y no mi defensora? ¿Por qué si me defiendo dice que soy un cínico, y si el cabrón le miente me echa en cara que soy un mentiroso? ¿Tan malo soy que tienen que juntarse todos en mi contra?

¡Órale, basurero, a trabajar!, se burlan Cagarcía y el Jacomeco, mientras me echan basura a mi lugar, según ellos para que me vaya entrenando. Hace un rato, cuando les conté el chisme, estaba afligidísimo. Apostaría a que Alicia me va a cobrar bien caro el detallito ese de la basura. Es orgullosa, odia pedir disculpas y más aún en mi nombre. En vez de despedirse me dijo vas a ver cómo te va a ir, me tienes ardiendo el alma, te me vas despidiendo de esa moto. Según el Jacomeco eso lo dicen todas, ya luego se les va bajando el corajazo. Yo, por ejemplo, me he puesto tan de buenas que me da risa que me digan basurero, y hasta coopero con un par de ocurrencias. Por más que Alicia quiera despellejarme, ya no me queda mucho pellejo disponible. Además, faltan unos cuantos días para que nos entreguen de nuevo el boletín y no creo reprobar menos de tres materias. O sea que al final van a ser como seis, y eso con mucha suerte porque hasta ahora sigo sin hacer las tareas. Es como si me hubiera pegado un maxivirus y estuviera esperando a curarme solo. Como si no supiéramos que a estas alturas la única medicina eficaz es la que está guardada en el garage.

Por las tardes, encerrado en mi casa, y en las mañanas en el Instiputo no hago más que pasarme la película del primer día encima de esa moto. Y cuando me va mal, ya sea porque Alicia me regaña o el Bóxer me castiga o le sumo enemigos a mi lista, me consuelo pensando que estamos en los últimos momentos de una época que ya pasó de moda: cuando en el Club yo no era más que un moco que iba y venía como un fantasma idiotamente enamorado sobre su bicicleta de panadero. Y hoy soy el basurero, pero eso no lo saben en el Club. Ni todavía han visto el casco rojo y blanco de corredor de coches que en un descuido irá y vendrá volando por San Buenaventura.
—Coronel Bóxer, hay malas noticias: el enemigo se nos escapó.
—¿Cómo es posible, cabo Melaordeñas?
—Lo siento, coronel, pero es un enemigo veloz y escurridizo que huye a ciento veinte kilómetros por hora.

Cuando por fin vuelvo de mi película, me he olvidado de temas secundarios como el próximo examen y las nuevas tareas. Por algo estoy cursando la secundaria: como que siempre hay cosas más urgentes. El amor, por ejemplo. Hasta ahora, los momentos que más se le han parecido los pasé al fin del curso pasado. Temporada de exámenes, dos semanas dichosas en el Instiputo. O mejor, al salir del Instiputo. Es verdad que ya desde la mañana se levanta uno con el corazón saltando porque le espera un día maravilloso, pero eso no comienza a suceder hasta el fin del examen, por ahí de las nueve de la mañana, cuando ya no hay más clases y uno puede largarse a estudiar en su casa, y en vez de eso la mayoría vamos a dar a Plaza Universidad, que está a sólo una cuadra del Instiputo y en los días de exámenes se llena de uniformes conocidos. Asunción, Miguel Ángel, Montaignac, Escuela Mexicana-Americana: los vestiditos son inconfundibles y ellas son cientos, quién sabrá si no miles, recorriendo pasillos, tiendas y escaleras, sonriendo y secreteándose, inundando las mesas del Vips entre meseras que pagan sus pecados sirviendo nada más que café americano por propinas de a peso, y eso muy pocas veces porque la mayoría con trabajos se puede pagar un café.

Fue en una de esas mesas que vimos a Chacal. El Jacomeco dice que él la vio primero, pero ni él ni yo le quitamos los ojos de encima desde que entramos hasta que nos sentamos, hora y media después de habernos anotado en la lista de espera. Es un lujo tener mesa en el Vips de Plaza Universidad a las once de la mañana, en tiempo de exámenes. Ves a los uniformes ir y venir adentro y afuera, mientras tus compañeros de salón andan por los pasillos sin quién les haga caso. No digo que a nosotros nos pelaran, pero aquella mañana Chacal sí que me vio, y el Jacomeco jura que a él también. No sabíamos su nombre, después la bautizamos gracias a una historieta de Fantomas que el Jacomeco traía en su portafolios, donde se usaba un nombre clave así. Operación Chacal, la llamaríamos, pero en aquel momento, once quince en el Vips, no sabíamos ni eso. Discutíamos sobre la mejor manera de acercarnos a ella, cuando la vimos ir con sus amigas camino a la salida. Vámonos, resolvió raudamente el Jacomeco. No hemos pedido nada todavía, se quejó Cagarcía. Mejor, así nos sale todo gratis, le sonreí, ya también levantándome. Si dejamos la mesa por seguirlas van a pensar que somos unos pendejos, rezongó inútilmente Cagarcía mientras el Jacomeco daba un paso adelante, giraba la cabeza y disparaba: No mames, Cagarcía, es al revés, ¿a poco crees que están aquí por el café? A huevo, me le uní, y nosotros también vinimos a ligar, no a tomar juntos un puticafé. Ándale ya, lo apuró el Jacomeco, no seas puto y levántate. Para cuando salimos, ya se habían esfumado. ¿Y la mesa? Bien, gracias, imbéciles, iba refunfuñando Cagarcía mientras el Jacomeco y yo peinábamos pasillo por pasillo, los cuellos estirados y los cráneos girando como periscopios.

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La encontramos en Sears. ¿Ya vieron a su vieja, perdedores?, anunció Cagarcía torciéndose de risa porque ellas y nosotros íbamos en las mismas escaleras eléctricas, sólo que en direcciones opuestas. Sin pensárnoslo más, el Jacomeco y yo nos soltamos corriendo escaleras abajo, y de vuelta hacia arriba en la misma carrera. Ya los vieron, babosos, chilló atrás Cagarcía, todavía sin acabar de entender la decisión que el Jacomeco y yo tomamos, nada más la volvimos a encontrar. Ir detrás de ella, punto. Primero muy atrás, a veinte o treinta metros. Necesitábamos esa distancia ya no para evitar que nos descubriera, lo cual había pasado desde el Vips, sino para planear el operativo. Chacal podía no ser el nombre más bonito pero sí el más seguro. ¿Cómo iba a imaginarse la dueña de esa linda melena castaña que en los próximos meses, tal vez años, dos perfectos extraños la llamarían Chacal?

Una vez bautizado el operativo, y con él la persona, el Jacomeco y yo procedimos a acortar las distancias, tanto que nada más de atravesar el Sanborns quedamos atrasito, como sus guardaespaldas. ¿Quién iba a hablarle, el Jacomeco o yo? Imposible ponernos de acuerdo en ese tema, entre otras cosas porque ninguno se atrevía. Decidimos seguirlas por las calles igual que por las tiendas. Eran tres, muy bonitas y de uniforme verde, pero a nosotros nos gustaba Chacal. Un par de horas más tarde, ya cerca de las dos, terminó la persecución en la calle de Adolfo Prieto, frente a una casa verde como su uniforme. La guarida de Chacal, dedujimos, y desde ese momento fue como si los dos ya tuviéramos novia. ¿Dónde se había quedado Cagarcía? Tenía que estar mentándonos la madre. Y peor se iba a poner cuando supiera el plan del día siguiente.

No habían dado las nueve de la mañana cuando ya iba con el Jacomeco por la banqueta de Universidad, camino de la Escuela Mexicana-Americana. La idea de pasarnos toda la mañana buscándola entre tiendas, mesas y pasillos nos parecía de pesadilla vil, peor todavía si la comparábamos con la gloria de haberla seguido hasta su casa, los dos muertos de pánico pero igual bien sonrientes, para que en vez de putos pensaran ellas que éramos cínicos. Descarados. ¿Simpáticos, quizás? Los uniformes verdes empezaron a salir por ahí de las nueve y veinticinco; no habían dado las diez y el Jacomeco me pegó en el brazo, después en las costillas, sin mirarme siquiera. Mira, idiota… Chacal. No mames, ¿dónde? Allá atrás, a un ladito del arbolote. Ya la vi, trae una diadema. A huevo, güey, si se la puse yo en la mañanita, después que nos bañamos. ¿No de casualidad es la misma diadema que le puse en la noche a tu mamá, cabrón? Cállate, que ya vienen, no digas groserías.

En total nos pasamos dos semanas siguiéndola, sin decirle siquiera hola o adiós. Luego, en las vacaciones, estuve un par de veces de visita en la casa del Jacomeco, que también tiene bici de panadero, y en ella nos lanzamos a investigar la misteriosa vida de la familia Chacal. Fue su cartero quien nos dio el apellido, que no era muy común, así que en dos minutos encontramos los datos en el directorio. Dos llamadas más tarde (la primera colgamos, apenas contestaron) ya sabíamos su nombre, luego de preguntar por “la señorita”. Pero igual nada de eso fue suficiente para al fin dirigirle la palabra. Tampoco funcionó la estrategia suicida de chocar en la bici los dos, enfrente de ella: una jalada idiota del Jacomeco que bien sabía yo que no iba a funcionar. ¿Quién te sientes, pendejo, Jesucristo?, le reclamé tirado en el pavimento, limpiándome la sangre de la boca luego de que Chacal nos observó con esa compasión indiferente que una vez le había visto a Mariluchi, para acabar de ponerme en la madre.

Ahora que acaba el año y tengo catorce años, de pronto se me acerca el Jacomeco y susurra Chacal a un lado de mi oído, como ya recordándome que de aquí a unas semanas será tiempo de exámenes semestrales y volveremos a ir detrás de ella. Esta vez sí que va a ser diferente, se pitorrea de mí Cagarcía, deja nomás que sepa que te hiciste campeón de materias tronadas y licenciado en recoger basura. ¿Qué, vas a ir de chismoso?, lo amenazo. Yo no, da un paso atrás, sonríe, alza las manos, pero hay como quinientos güeyes que le podrían contar. ¿Ya ves, por ser Campeón?, me palmea la espalda el Jacomeco, ¡la afición se le entrega, señoras y señores! ¿Ya le viste los ojos de drogadicto?, se agacha Cagarcía y me señala, pero tampoco a él me digno responderle porque igual me entretengo imaginando el día que me aparezca frente a la Mexicana-Americana, me quite el casco, me recargue en la moto y vea venir a Vicky, que es como el Jacomeco y yo supimos que se llama la bonita que vive en Adolfo Prieto. Finalmente, quién quiere ser campeón de lo que sea. Lo que a mí se me antoja es ser el chico malo de la moto roja, y para eso ya tengo lo más difícil. En mis ensueños, traigo un pantalón negro y una chamarra de cuero, con su correspondiente calavera detrás. La clase de fulano con el que nunca viajaría Mariluchi, pero las otras sí. Y las otras son tantas en mi cabeza que me paso mañana, tarde y noche flotando dentro de una gran burbuja donde me veo cruzando la Calle Trece, luego la Diecisiete, la Veintidós, la Veintiséis, preguntándome cuál de todas las guapas va a pedirme primero que le dé una vuelta. ¿Cómo te llamas?, la intimidaré, y un instante más tarde la tendré entre mis brazos.
¿Dónde vives? ¿En qué colegio vas? ¿Cuántos hermanos tienes? ¿Qué música te gusta? Hace más de dos años que sueño con hacerle esas preguntas a una desconocida, pero no en una boda ni un bautizo, con los papás encima y vestidos de niños pendejitos, sino en algún lugar de San Buenaventura, donde soy el terror de galancitos ñoños y ñoras argüenderas. ¿Cómo le va, Campeón?, se arrima a interrogarme el Jacomeco mientras me acerca un lápiz en lugar de micrófono. ¡Ya se quedó pendejo, amigos radioescuchas!, se le suma de un grito Cagarcía. ¿Qué dicen?, les sonrío, bostezando con esa descarada placidez de la que Melaordeñas tanto le chismeó a Alicia. Nadie diría, me divierto pensando, que tamaño huevón viene de andar en moto con una princesa.

Xavier Velasco.
Escritor. Autor de Puedo explicarlo todo, Este que ves y Diablo guardián, entre otros libros. Este texto es un fragmento de la novela La edad de la punzada, que comenzará a circular en marzo.