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La pregunta que estuvo a punto de tirarme al suelo llegó en un momento inusitado. Yo acababa de concluir una charla en el Princeton Club de la ciudad de Nueva York en el año de 1986. Era una de esas ocasiones en las que los profesores dictan una conferencia a ex alumnos, con esperanza de aflojarlos para que hagan alguna donación a la universidad —y cuando la famosa red de amigos ya preparó las cosas para reunir a un público receptivo. Princeton no tuvo graduadas sino hasta ya bien avanzados los novecientos setenta, por lo que me sorprendió que una mujer me detuviera cuando yo iba de salida. Era alta, esbelta, muy bella, de intensos ojos azules y, según supe más adelante, de 89 años de edad. ¿Usted es hijo de Barney Darnton?, me preguntó.

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A mi padre lo mataron en 1942 siendo corresponsal del diario The New York Times en la guerra del Pacífico. Yo tenía tres años entonces y 11 meses mi hermano John. No tenemos memoria de él.
—Sí —tartamudeé—. Sí, lo soy. ¿Usted lo conoció?
—Muy bien. Solíamos ir juntos a beber en Greenwich Village en los veintes.
—¿Cómo era? —una pregunta tonta, pero a tal grado estaba estupefacto que la dije sin pensar, pues se dirigía al centro mismo de lo que más me interesaba saber: ¿quién fue la persona que me dio el primer empujón a la existencia? Tenía algunas fotografías suyas, su pasaporte y dos o tres cartas. Pero mi experiencia como historiador me hacía consciente de lo poco que había sobrevivido de su vida en forma de evidencias. Sé bastante más sobre muchos franceses del siglo XVIII que de mi padre.

Mi madre se refería a él en un lenguaje tan cargado de emoción que suscitaba el escepticismo. Era un hombre cálido, generoso, decía; gran reportero e idealista, murió por su país y por los principios de la democracia, sobre todo, la libertad de expresión. Mamá nunca se volvió a casar, o mejor dicho, siguió soltera, porque poco antes de morir en 1968 nos enteró a mi hermano y a mí que ellos nunca se casaron. Algo extraño tenía esta pareja.

Nos sentamos en un rincón del Princeton Club. La amiga de mi padre se identificó como Mildred Gilman Wohlforth, una ex reportera de policía del New York Evening Journal que se reventó durante los novecientos veinte y luego sentó cabeza con un egresado de Princeton. Él no había podido asistir a la conferencia, pero ella sí, y estaba llena de información sobre los lugares a los que iban a beber, quiénes eran sus amigos, cuáles eran sus opiniones políticas, los libros que leían. A la más urgente de mis preguntas sólo pudo responder que Barney (se llamaba Byron pero circulaba como Barney) era “bueno”: de voz suave, amable, amante de la diversión, un hombre guapo con un gran sentido del humor.

Al cabo de un rato hizo una pausa, sonrió, me dio una palmada en la rodilla y dijo: “No teníamos ninguna moral, sabe usted”. Enmudecí. Luego, con otra sonrisa, me dijo: “Pero nunca me acosté con el padre de usted”. Hizo una nueva pausa, sonrió, y me dio otra palmada en la rodilla: “Qué mal. De haber sido así le habría podido contar algo”.

Mildred me dio el nombre de otras 13 personas que conocieron a mi padre y aún vivían. Me puse en comunicación con todas ellas en los meses siguientes. En la mayoría de los casos sus recuerdos eran borrosos y no pude sacar nada más que el “bueno” como la descripción de mi padre. Visité a uno de los colegas reporteros de Barney, George Britt, 91, en un asilo. Lo sacaron en una silla de ruedas, peinado, con una corbata bien puesta y una sonrisa vacía en el rostro. Al mostrarle una fotografía de mi padre sus ojos se iluminaron por un instante y alzó un dedo en dirección de la imagen, luego regresó a su postura previa en la silla de ruedas, de su garganta salió un sonido incomprensible y desapareció detrás de su sonrisa.

En ese momento vi que casi todos los sobrevivientes eran mujeres. Los hombres habían ido cayendo, uno tras otro, víctimas de vidas y tragos muy serios. Las mujeres los sobrevivieron. Muchas se conocían entre sí y sugirieron otras pistas, mismas que traté de seguir. En pos de recuerdos, me vi correteando faldas y agarrándome de los filamentos de una red de amigas.

Una pista me llevó a otra Mildred, Mildred Blake, quien era Milly Riorden, esposa de Vincent (Speed) Riorden cuando la conoció mi padre. Los tres eran de Michigan, mi padre de un pueblo de granjeros llamado Adrian, en donde mi abuelo era el jefe del correo. Milly añadió algunas anécdotas a la información que yo tenía del obituario de Barney en el Times.

Barney nació el ocho de noviembre de 1897 en Adrian. Se enamoró del trabajo periodístico al empezar la preparatoria, cuando visitó a un tío, Charles Darnton, crítico de teatro en The Evening World en la ciudad de Nueva York. Al acabar la preparatoria trabajó en un banco local; luego se enroló en el ejército, cuando Estados Unidos entró a la guerra. De mayo a noviembre de 1918 vio acción fuerte en las trincheras: en las batallas de Oise, Aisne, Meuse-Argonne y el ataque a la línea Kriemhilde-Stellung.

Después de la guerra cursó un año en la Universidad de Michigan y la dejó por sumarse al equipo de The Port Huron Times-Herald, en donde conoció a los Riorden, colegas reporteros que comían en la misma pensión. Huron suministraba buen material para notas delictivas: taladores ebrios sueltos. Barney escribió lo suficiente para llamar la atención del Evening Sun de Baltimore, a cuyo equipo se sumó en 1922 y luego lo alcanzaron Milly y Speed. Embelesado por H. L. Mencken llegó a publicar algunos cuentos en The Smart Set; pero puso la mira en una carrera periodística y empezó a ascender conforme cambiaba de trabajo: primero el Evening Ledger de Filadelfia; luego en 1925 dio un gran salto a la mesa de correctores del Evening Post de la ciudad de Nueva York, que en esa época era un gran periódico con un equipo talentoso bajo la dirección del renombrado editor de la sección metropolitana, Pop Byers; el siguiente cambio en el escalafón fue en la Associated Press en la ciudad de Nueva York, donde fue editor del cable matutino, luego editor de la sección metropolitana; y finalmente en 1934 The New York Times, en donde fue un reportero estelar y trabajaba comisiones especiales para crear los reportes informativos en la WQXR y la sección de Noticias de la Semana en la edición dominical.

En el camino Barney casó con Ann Hark, otra reportera del Ledger de Filadelfia. Eran una pareja mal avenida, según Milly Riorden: ella era la conservadora hija de un pastor de los merovianos de Lancaster, Pennsylvania, y tenía seis años más que Barney; él era un mujeriego al que le gustaba la pachanga y quien suscribía el credo de los “muchachos de Mencken”: “Emborracharse la noche del sábado es una cuestión de principios” y “Danos hoy nuestro delito de cada día”. La luna de miel fue una tienda de campaña en los bosques del centro de Pennsylvania. El matrimonio duró apenas un año.

Los Riorden, asimismo, migraron a trabajos periodísticos en la ciudad de Nueva York. En 1926 rentaron un departamento de cuatro habitaciones en el 80 de la calle MacDougal e invitaron a Barney a mudarse con ellos. Antes él y otros dos reporteros habían ocupado un departamento minúsculo con una sola cama. Como trabajaban en turnos diferentes tenían la cama para sí durante ocho horas diarias. El arreglo de la calle MacDougal, en comparación, era un lujo. No fue un ménage à trois en el sentido sexual sino más bien un esfuerzo de amigos ante las rentas en Greenwich Village.

Aún así, Milly se refería a Barney como si algo relevante hubiera habido entre ellos. Extraía anécdotas de su memoria y las contaba con acotaciones precisas, como si fueran fotos en un álbum. Barney le había regalado un ejemplar de The Briary Bush de Floyd Dell, un radical que estaba de moda (aunque políticamente Barney era un liberal moderado, un demócrata simpatizante de Al Smith y Fiorello La Guardia pero no de Franklin Roosevelt, entonces gobernador de Nueva York). Barney cubría a veces los asuntos políticos en Albany y una vez entrevistó a Roosevelt en Hyde Park. El escenario le pareció muy grande, el gobernador demasiado oloroso a escudería, dijo Milly. Jimmy Walker se amoldaba mejor al gusto de Barney, a pesar de su rivalidad con La Guardia durante las elecciones para alcalde de 1929. Barney llevó a Milly a ver Show Boat una noche en la que Walker subastó una paca de algodón. Iban al teatro con frecuencia, no les gustaban las obras en un acto de Eugene O’Neill en el Provincetown Playhouse.

En un intento no muy exitoso de enseñarle a jugar cartas a Milly, Barney la regañó una vez diciéndole: “¿Qué no sabes que hay tantos en las calles de Londres porque sus padres no salieron buenos con las cartas?”. Todo el tiempo soltaba comentarios sardónicos. La puntada más conocida es una que se atribuye erróneamente a W. C. Fields, “Al hombre que odie a los perros y a los niños no se le puede llamar malo”. Barney también acuñó “Hogar es donde uno se cuelga”, según Milly, aunque para algunos es de Dorothy Parker.

El grupo de ellos simpatizaba con un estilo seco. Pocas sílabas y menos adjetivos en la escritura —“Gato mató rata”, fue el ejemplo que citó Milly— y ninguna de las galas victorianas con las que amueblaron sus vidas. Barney y Speed no toleraban la expresión de la emoción, decía Milly. Aún así Barney era bueno y amable; y a pesar de sus aventuras amorosas lo que anhelaba era una tranquila vida doméstica. Mucho después, cuando vivió con mi madre y ella quedó embarazada, alguien le preguntó a mamá si prefería niño o niña. Barney le palmeó la rodilla y dijo: “Ten lo que tú quieras”.

Barney y los Riorden se fueron dejando de ver después de 1929, al mudarse al 41 de la calle Morton y él se cambió a trabajos mejor pagados en la AP y The Times. Speed se quedó como reportero en los tribunales, sin ir a ningún lado y bebiendo de más. Echando trago en la taberna de la calle Minetta, Milly le confió alguna vez a Barney que la vida con Speed se había vuelto imposible. Barney respondió con compasión y hasta de manera provocativa, “Si terminan, me avisas”. Pero en la versión de Milly, ella no entendió o no se atrevió a actuar. Más adelante, en 1935, ella le contó que se estaba divorciando y que se casaba con Bill Blake. En lugar de felicitarla, Barney respondió molesto y herido y de buenas a primeras se largó de lugar.

En ese tiempo se desmoronaba la vida de Barney. El matrimonio con su segunda esposa, Eleanor (Pollie) Pollock, estaba deshecho: demasiadas infidelidades de parte de ambos. “A Barney le gustaban las mujeres, en serio, pero eso tenía su lado oscuro”, me dijo Milly. Muchas veces Barney terminaba abruptamente los romances, con una sensación de disgusto. Lo que en realidad quería, pensaba Milly, era una vida serena con una familia —y tal parece que eso lo halló unos años después con mi madre, al tiempo que la misma Milly se amoldaba felizmente al matrimonio con Bill Blake. Pero las cosas podían haber tomado otro rumbo en 1935. Aunque Milly no lo dijo, al irme sentí que ella y Barney en verdad se habían amado y que la escena en la taberna de la calle Minetta había sido uno de esos momentos en los que unas vidas deshechas se podrían haber reacomodado en un patrón diferente. Pero eso no sucedió. Milly daba la impresión de remontarse a su distante no-matrimonio con mi padre y que me trataba de decir, sin decirlo, que ella podría haber ocupado el lugar de mi madre, o que las cosas no necesitaban haberse dado como se dieron. Me preguntaba mientras me alejaba de Milly, entonces de 90 años, frágil y viuda, si el pasado, que visto en retrospectiva parece tan firme y rígido, no es en realidad una mescolanza de contingencias, de caminos que se cruzan o no se toman o que se cierran por cortes inesperados, como la esquirla que mató a mi padre. ¿Me estoy poniendo sentimental, amores perros en la bohemia? ¿Yo le habría parecido a Barney alguien inadecuadamente crudo o acaso brutalmente inepto? A fin de cuentas no soy más que un profesor universitario y él recibió la mayor parte de su educación en las trincheras. Cuando pienso en mi padre muchas veces recuerdo esta línea de Melville: “Un barco ballenero fue mi Harvard y mi Yale”.

Barney alguna vez deambuló por las banquetas que estaban del otro lado del muro de Yale. Según una carta que recibí de Dorothy MacKaye, la viuda del mejor amigo de Barney, Milton (Mac) MacKaye, él y Mac anduvieron en New Haven un día en el que los exclusivos clubes de Yale “reclutaban” a nuevos miembros. “Mac y Barney recorrieron la atestada banqueta del Evening Post, interpelaban a las chicas más bellas y les musitaban: ‘Vente a mi cuarto’. Nadie llamó a la policía. Ellos se morían de la risa y ellas también. No sé decir si juntaron algunos teléfonos”.

Mac murió en 1979, antes de que yo iniciara mi gira de entrevistas, pero tuve la oportunidad de conversar con Dorothy. Di con ella en un asilo de Washington, D.C., en 1986: una dulce aunque esquelética anciana que pasaba por las últimas facetas de la decrepitud. Cuando la sacaron en silla de ruedas, parecía dormitar, pero se iluminó tan pronto oyó mi nombre. Me conoció de niño, cuando mamá y los MacKaye se seguían viendo. En breve, Dorothy se remontó por su cuenta a los novecientos veinte y treinta, cuando Mac y Barney eran inseparables, “como Castor y Pollux”. Por momentos una nube se posaba sobre su rostro y volvía a una semiconsciencia. Pero luego revivía su memoria, brillaba el sol y contaba cosas, como cuando Barney la visitó en el hospital luego de dar a luz a su hijo Bill. Entró a la habitación con un “ramo”: un cornejo de más de un metro de alto pues sabía que ese árbol era su predilecto.

Mac era cuatro años más chico que Barney, muy chico para luchar en la Primera Guerra Mundial. A diferencia de Barney, se graduó, en el Simpson College de Iowa, pero en otros sentidos eran similares: dos nativos del medio oeste que renegaron de su formación religiosa (el padre de Mac era un sacerdote metodista itinerante; Barney fue criado como católico por su severa madre irlandesa), metidos a trabajar en la prensa (Mac empezó en el Star de la ciudad de Kansas y se cambió al Post de Nueva York, donde conoció a Barney en 1925) y con un especial inclín por el trago y las mujeres. Tenían aspiraciones literarias, pero odiaban los nombres literarios que les pusieron, así que Milton y Byron se volvieron Mac y Barney.

En casa hacían ginebra en la tina del baño —alcohol destilado más enebro, a veces con jugo de naranja— y se iban a beber a sus antros predilectos y —cuando se levantó la Prohibición en 1933— a los bares: Squarcialupi, Jack Delaney’s, Barney Galant, Lee Chumley’s. Casi todo el mundo dormía fuera, sobre todo Mac y Barney, a quienes se les conocía como chasers en el Post. “Nunca me prometió fidelidad, y nunca la esperé”, me dijo Dorothy de Mac. Les encantaban las fiestas, en donde muchas veces hacían “el juego”, una especie de charada, y se emborrachaban a la vez que bromeaban y se ponían a hacer crucigramas. Muchos de su banda, sobre todo los reporteros jóvenes que trabajaban en The Post, a veces escribían por su cuenta para revistas como The Saturday Evening Post y The New Yorker. Algunos escribían cuentos y hasta pergeñaron guiones para Hollywood. No reconocí la mayor parte de los nombres que Dorothy me daba; pero cuando luego los busqué, vi que estaban algunos de los tipos más conocidos de Greenwich Village de los novecientos veinte y treinta: Cedric Worth, William Soskin, Courtenay Terret, Malcolm Logan, Georges Sessions Perry, Lucius Beebe, Gene Fowler, Nunnally Johnson, St. Clair McKelway, Stanley Walker, Joel Sayre. A veces Barney y los MacKaye se juntaban con escritores cuyos nombres han sobrevivido: James Thurber, Edna St. Vincent Millay, Sinclair Lewis. Bromeaban citando entre ellos la exagerada aliteración de Millay: “Seguiré siendo el amargo arándano de tu alcohol”.

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Sólo di con un ejemplo de los empeños de mi padre por escribir narrativa. Mamá me contó que Mencken lo animó a probarse en el cuento, por lo que solicité todas las entregas de The Smart Set de la biblioteca Firestone en la Universidad de Princeton. Formaban una pila enorme que me trajeron en un carrito. Las revisé, una por una, y a medio camino di con “Harold C. Mills” por Byron Darnton. Apareció en la entrega del 22 de octubre de 1922 junto a escritos de Dashiell Hammett, H. L. Mencken y George Jean Nathan. Es un escrito breve, de sólo cuatro páginas de extensión, sobre la vida encerrada de un empleado de banco en un pequeño pueblo de Michigan. La trama se puede reducir a un párrafo:
Al cabo de veinte años de cambiar cheques, Harold C. Mills entiende que nunca llegará a ninguna parte, ni siquiera al Club de la Ciudad, en donde se reúne la elite local bajo el liderazgo del presidente del banco. La cruz que lleva a cuestas es su esposa Myrtle. Ella lo ningunea, lo presiona, le da órdenes en un permanente esfuerzo por ascender en la escala social. Cuando al fin llega una invitación a cenar del presidente del banco, ella le dice que imite la manera en la que la familia del presidente usa los cubiertos en la mesa. Todo va bien en la mesa, tan bien que el presidente hace la pregunta que Myrtle ha esperado oír por años: ¿No querría Harold sumarse al Club de la Ciudad? Viene entonces el momento de rebelión de Harold. Para horror de Myrtle, Harold se mete a la boca un trozo de puré de papa y dice “Lo pensaré” con la deliberada intención de descalificarse a sí mismo.

“Harold C. Mills” es un cuento bien escrito, parco en su fraseo, sardónico en su visión de la guerra de los sexos en el medio convencional de Estados Unidos. Acaso se derivara de la propia experiencia de Barney cuando al terminar la preparatoria fue un empleado menor en el banco de Adrian, Michigan —y también de Main Street de Sinclair Lewis, publicada dos años antes. Tal vez Barney eligió sabiamente al optar por seguir siendo periodista.

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decidió otra cosa. En 1932 se lanzó a ser escritor independiente de tiempo completo, hizo algunos papeles en Hollywood, publicó media docena de libros, entre ellos The Tin Box Parade sobre la Investigación Seabury de 1930, la cual expuso las prácticas corruptas en las cortes de primera instancia de la ciudad de Nueva York. La misma Dorothy escribió muchísimo, aunque no tenía pretensiones literarias y se quedó en las historias de crímenes. Todos los escritores de su grupo metieron a los amigos en sus libros, me contó ella. Barney salió en uno de Dorothy, The Seventeenth Letter. Lo leí más adelante, pero de él supe pocas cosas, toda vez que aparece brevemente al principio y luego desaparece, víctima de un crimen que resuelve una pareja ingeniosa, a todas luces Mac y Dorothy.

Pero dos de los libros de los amigos de Barney pusieron al descubierto mucho de su mundo, aunque él no sale en ellos: Ex-Wife de Ursula Parrott y Ex-Husband, anónimo, aunque es probable que fuera del “ex” de Ursula, Lindesay Parrott. Los libros estaban juntos en una repisa de Chumley’s; y aunque son ficción, cuentan parte de la historia detrás del segundo matrimonio de Barney. La reconstruí, lo mejor que pude, a partir de las observaciones de Dorothy y de otros en su red.

Lindesay Parrott pertenecía al grupo de intensos, alcoholizados y talentosos reporteros en el antiguo Evening Post de la ciudad de Nueva York, en donde se hizo amigo de Barney. Tras labrar una enorme reputación por su cobertura del secuestro Lindbergh para The Post, transitó al Morning World, al International News Service y en 1937 al New York Times —una trayectoria paralela a la de Barney. En el camino se casó y se divorció de Ursula.               

El divorcio en los novecientos veinte seguía siendo en cierto modo inusual y estremecedor. Ursula le sacó el mayor provecho al valor de su estremecimiento contando su experiencia, bajo el muy tenue disfraz de la ficción, y Lindesay completó los estremecimientos al responder en un libro propio. No estoy seguro de que él sea el autor de Ex-Husband, pero a él se lo atribuía Mildred Wohlforth y lo tasó más alto que a Ursula, a quien desdeñó como “una verdadera cualquiera”, en el tema de lavar ropa sucia fuera de casa.

Ex-Wife a mí me pareció una novela impresionante. Es ágil y ofrece una imagen convincente de una multitud inquieta en la época del jazz (en un capítulo intercala relatos sobre sus vidas amorosas con anotaciones musicales sobre Rapsodia en azul). Aunque tiene un final tramposo y no convencional deja al lector con una incómoda simpatía hacia su personaje central, la narradora, quien a todas luces es la misma Ursula Parrott. Casada a los 19, divorciada a los 24, entra y sale de romances sin proponérselo realmente y sin aferrarse a nada sólido en términos de principios o de una idea de rumbo. Viste a la moda, bebe constantemente y relata sus aventuras de una manera directa sin sentimentalismos, lo que acaso fue muy atractivo para los lectores en los novecientos veinte y treinta. El libro tuvo nueve ediciones cuando salió en 1929. En su momento llegó a vender más de 100 mil ejemplares y lo hicieron película. Ursula Parrott recorrió el camino del succès de scandale el resto de su vida, una sucesión de libros, películas y maridos. Hizo y dilapidó varias fortunas y murió en la miseria en 1957 como una alcohólica irremediable.

Los personajes del libro pertenecen al mundo de los periodistas y las mujeres (a las que llama por lo general “niñas”) del ramo de la publicidad. Ursula lo dedicó a Hugh O’Connor, reportero del New York Times al mismo tiempo que Lindesay Parrott y Barney. Cierto veterano del Times, Murray Schumach, me contó que O’Connor es el reportero-amante descrito tiernamente como Noel en Ex-Wife. Otro sobreviviente del Times de los novecientos treinta, un escritor de deportes de nombre Lester Bromberg, me contó que Lindesay muchas veces llegaba borracho por las noches a la redacción de la sección metropolitana, “fanfarroneando, bromeando con los correctores de estilo y volviéndoles a contar su pleito más reciente con Ursula”. Ex-Husband fue la última versión, en el caso de que él sea el autor. Tiene la misma escena inicial que Ex-Wife y recorre el mismo camino, desde el punto de vista del marido. También fue un éxito: 10 reimpresiones en los primeros cuatro meses tras su publicación en noviembre de 1929. Pero se lee como secuela de Ex-Wife aunque sin sangre, o hasta como parodia, más que como un testimonio de su tiempo.

La verdadera secuela —pero sólo bajo la forma en la que en mi mente acomodé la evidencia escrita— fue el libro de mi madre, Ain’t Love Gland? A Physiological Guide to Mating, publicado bajo seudónimo, Kate Townsend, en 1936. Si bien no es novela, ofrece la misma desengañada visión de las relaciones entre hombres y mujeres —o bien, otra vez, entre “niños” y “niñas”, en el habla de los novecientos treinta. Una introducción joco-seria, seudo-científica, “Eficienta tu vida amorosa”, explica que al temperamento lo determinan los jugos que secretan nuestras glándulas. El libro, por tanto, da consejos sobre cómo seducir o resistirse a la seducción detectando los tipos por sus glándulas, y describe a cada tipo —pospituitario, adrenalino, hipotiroideo y demás— en una serie de capítulos que se leen como un comentario continuo sobre el juego del emparejamiento. No te hagas ilusiones, advierte. Sabe lo que quieres y consíguelo, manipulando a tu presa por medio del conocimiento del determinismo glandular.

El asedio y la seducción se dan en un mundo de adultos jóvenes sin ataduras, casi como en Ex-Wife. Dilapidan en champaña y orquídeas, manejan convertibles por alardear en los grandes salones de baile de los hoteles y carecen de ilusiones. De ahí el tipo pospituitario excesivo:

He aquí a la damita que no se puede sacar el sexo de la cabeza. Todo por la excitación excesiva, ya sea continua o esporádicamente, de la glándula pospituitaria, en su personalidad que se centra en la pospituitaria. La pequeña meliflua que esperaba una proposición a la luz de la luna se transforma en una chica que el amor lo acostumbra tomar en alto voltaje… y no está en el mercado para alguna proposición que la ate demasiado.

En ese momento mi madre tenía 29 años y ya había seducido a Barney a espaldas de su esposo. ¿Podría haber sido Barney el modelo para el tipo tiroideo dominante? “Tiene amplia frente combada, abajo de la cual arden unos cálidos ojos extraordinarios. Su rostro es ovalado. Su nariz es aguileña y delicada”. Igual a Barney. Más aún, “es muy susceptible a las mujeres, pero es tan requerido que podría ser muy difícil de atrapar… de manera permanente. Va a triunfar, a los ojos del mundo, y será el tipo de marido que envidiarán otras mujeres… aunque a él le gusta viajar e ir a fiestas en grupo… por lo que más valdría que te probaras con él”. Mamá lo intentó y tres años después nací yo.

Pero tal vez debiera tener cuidado con la evidencia en los libros. Yo dependía de las entrevistas para reconstruir las líneas cruzadas y encimadas en las vidas de los amigos de Barney, concentrándome en el personaje más evasivo de ellos, Lindesay Parrott. Tras su muy público divorcio, Lindesay no dejó de corretear mujeres. A la que atrapó y retuvo el tiempo suficiente para figurar como item (una expresión de ese tiempo que acuñó Walter Winchell para referirse a las amantes no casadas) fue otra ex esposa, Eleanor Pollock, conocida como Pollie, quien entonces trabajaba en Mathias Advertising Agency. En este punto mi madre ingresó al relato. Ella había abandonado la Universidad de Penn-sylvania para casarse, escapar de su convencional familia de clase media en Filadelfia, y echar a andar una vida con más glamour en la ciudad de Nueva York. Su esposo, Clarkson Hill, consiguió trabajo en un banco y ella era redactora en la Mathias Agency, en donde Pollie se volvió su mejor amiga. Se decía que se parecían tanto entre ellas que podían haber sido hermanas. Hasta tenían el mismo primer nombre, Eleanor, el cual reemplazaron con apodos semejantes: Tootie en el caso de mi madre. Pollie y Tootie, como Mac y Barney.

Barney, buen amigo de Lindesay, entró en escena en algún momento de 1928. A Lindesay lo habían nombrado para la oficina en Moscú de la INS. Barney acompañó a Pollie a despedirlo en la fiesta previa al embarque. Tras darle un beso de despedida a Pollie, Lindesay le dijo a Barney, “cuídamela muy bien hasta que yo regrese”. Él volvió un año después. Barney y Pollie estuvieron en el muelle para darle la bienvenida, y la bienvenida fue esta: “Nos casamos”.

El matrimonio no se dio sino hasta 1932, aunque Barney y Pollie habían sido item desde 1929. Duraron hasta 1939, cuando mi madre lo deshizo. Clarkson Hill, según lo describiera ella después, era bueno pero soso, y Barney era fascinante: guapo, ingenioso, cosmopolita y, supongo, un tiroideo pesado. El romance empezó cuando los cuatro —Barney y Pollie, Clarkson y Tootie— rentaron una casa de verano en la costa de Westport, Connecticut. Duró años en los que terminaban y volvían, hasta que mi madre quedó embarazada de mí. Barney exigió entonces el divorcio. Pollie accedió y él montó casa en Westport con mi madre, quien me trajo al mundo en mayo de 1939 y a mi hermano en noviembre de 1941.

Estos detalles los supe por mi madre, no por la Dorothy del asilo. Cuando la vi, Dorothy habló principalmente de Barney y Mac, su amistad y sus temperamentos. Barney era tranquilo y nunca se enojaba, mientras que Mac era más bien de mecha corta: “A él le gustaba acabar con la fiesta”. En una de sus estridentes fiestas con ginebra hecha en casa durante los novecientos veinte, Dorothy fue por algo a la cocina. Al abrir la puerta vio a Mac besando con pasión a una amiga. Cerró la puerta y se dijo, según me contó, eligiendo con cuidado sus palabras: “Yo no tenía por qué abrir esa puerta. Si hubiera permanecido cerrada yo no hubiera visto nada. No permitiré que esa puerta fije el curso de mi vida. No la abrí. Eso no sucedió”. Pero sí sucedió. Me pareció que podía ver a través de su delgado cuerpo la herida interna, aún sin sanar, de medio siglo atrás.

Hacían fiestas maravillosas, pero entre ellos se propinaban tremendos sufrimientos. En 1953 Dorothy empezó a escribir una columna, “¿Es posible salvar este matrimonio?” para The Ladies Home Journal. Para escribir su columna se basó en entrevistas con parejas que trataban de entender sus propios problemas con consejeros matrimoniales y que estaban dispuestas a hablar, siempre y cuando se respetara el anonimato. La columna tuvo mucho éxito. Siguió por 30 años. Luego de terminarla, Dorothy escribió un ensayo retrospectivo en el que señaló la principal causa del quiebre de los matrimonios: la falta de comunicación, “el mayor y único riesgo de todos los tiempos”.

Durante sus años como reportera, Mildred Wohlforth escribió docenas de historias sobre crímenes de pasión y matrimonios rotos, las cuales reunió en un libro titulado Sob Sister. Me pregunto qué tanto se comunicaba con su esposo. Él estaba presente en una de mis entrevistas con ella. En cierto momento en el que ella describía a Mac y a Barney, él salió de la habitación para llamar por teléfono, y ella me susurró: “Yo tuve una aventura con Mac”. Conversar con gente muy mayor es una experiencia extraordinaria. No andan por las ramas. Van al grano.

Pero otra de la “red de amigas” fue mucho más circunspecta. Edith Haggard, conocida como Eddie (se pronuncia I-di), también conoció a Barney. Lo conoció junto con Mac en 1929, bebió con ellos en Chumley’s, pero vivía en el norte de la ciudad y aunque ella misma era un “ex” no se metió en los asuntos de Greenwich Village, cuyo padre llamaba “colonia de leprosos”. Sin embargo, lo conocía desde dentro pues representaba a muchos de los escritores como su agente literaria. Cuando llegué a su nombre en mi lista, le hablé por teléfono y pregunté si la podía ir a ver. Respondió con una invitación a beber en su departamento. Ofreció que invitaría a otra mujer que había conocido a Barney, Edith Evans Asbury, y también a mi hermano. Cuando John y yo llegamos al elegante departamento de Eddie en el 205 de la Calle 63 Oriente las dos ancianas nos dieron champaña y hors d’oeuvres. La charla vagó alrededor de historias de escritores y balnearios, sin llegar a ningún lugar en particular; y cada tanto Edith le decía a Eddie, “Llama a Pollie. Llama a Pollie”. En determinado momento se rindió Eddie. Fue al teléfono, marcó un número de larga distancia y dijo en el auricular: “Pollie, el hijo de Barney Darnton está aquí y quiere hablar contigo”. Puso el auricular en mi mano y me vi hablando con la segunda esposa de mi padre.

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Se siente raro hablar con una mujer que estuvo casada con el hombre que fue tu padre y a quien no conociste. Del otro lado Pollie parecía estar preparada para la conversación. Tenía entonces 86 años y vivía en Arlington, Virginia. Sólo pude decir que en breve daría una conferencia en Washington. ¿Podría invitarla a comer?

Al llegar al Jockey Club dos semanas después ella ya estaba sentada. Me comió con la vista. No me atreví a mirarla, pero de un vistazo me di cuenta que se parecía mucho a mi madre. “Sé todo sobre ti”, me dijo. “He seguido tu carrera por medio del Princeton Alumni Weekly y la de John en la sección Time’s Talk”. Había vuelto con Lindesay Parrott, quien estaba suscrito a ambas publicaciones, puesto que él era egresado tanto de Princeton como de The New York Times. Él se jubiló del Times al cabo de una larga carrera como corresponsal, primero en el Pacífico, en donde sucedió a mi padre en la cobertura de la guerra, luego como jefe de la oficina en Tokio y por último como jefe de la oficina en la ONU. Para mayo de 1986, cuando conocí a Pollie, estaba delicado de salud (murió al año siguiente) y no quería hablar.

Sin embargo, Pollie estaba dispuesta a discutir el pasado, en sus propios términos. “Pregunta lo que quieras”, dijo. “Si no quiero contestar, no lo haré. Mejor para ti que no sepas ciertas cosas. La necesidad de saber tiene que tener un límite, le dije a Dorothy”.

Se me trabó la lengua. Aunque en mi fugaz carrera como reportero entrevisté a mucha gente, no se me ocurrió algo mejor que la primera pregunta ineludible sobre Barney: ¿Cómo era?
—Guapo —dijo ella—. Muy guapo. Ocurrente, inteligente, pero no muy profundo, no era una persona reflexiva. Nunca hablaba de temas filosóficos ni sobre Grandes Temas.
Muy leído, interesado en las letras. Al mudarnos a nuestro departamento en la Quinta Avenida, a cada rato nos topábamos con escritores. Edna Milley, Thurber. Jugábamos póker con Thurber.
—¿Diría que eran bohemios? —pregunté.
—Desde luego, pero en el fondo Barney era convencional. Amaba a las mujeres, todo el tiempo andaba detrás de ellas, pero quería que se quedaran en su sitio, el hogar. Hoy lo llamarías cerdo chovinista. Pero entonces el mundo era otra cosa. Éramos amorales. Todos esos cambios de parejas lastimaban, pero queríamos pasarla bien, lo más que se pudiera, y al diablo con los remilgos. Beber era importante, sobre todo cuando la Prohibición lo volvió ilegal.

Cito a Pollie como si hubiera conservado sus palabras en una grabadora. De hecho, podría estar tergiversándolas. No me atreví a tomar notas, pero tan pronto la dejé para coger el tren hacia Princeton anoté todo de lo que me acordaba, y tengo visto que se puede recordar mucho cuando se escribe la mayor cantidad posible de notas inmediatamente después de una entrevista.

Cualquiera que fuera el exacto fraseo de sus palabras, estoy seguro de que Pollie insistió en un término: la “impaciencia” de Barney. No podía ser feliz, me dijo. Nunca estaba satisfecho. “Toma a un chico católico salido del medio oeste, arrójalo a la guerra, nunca será el mismo”. En las trincheras llevaba una imagen de san Cristóbal, me dijo, y la tiró después del armisticio. (Un error, siempre me lo he dicho medio en serio: cayó en la Segunda Guerra Mundial, muerto por el “fuego amigo” en la Batalla de Buna.) Cuando Barney aceptó la misión del Times para cubrir a Mac-Arthur en el Pacífico, Mac le habló por teléfono a Pollie para darle la noticia. “Nada más me reí”, me dijo Pollie al contarme la conversación entre ellos. “‘Eso es tan él’, le dije a Mac. ‘Tiene a Tootie. Tiene a los niños. Tiene una casa en el campo. Ahora sale corriendo para Australia’. Mac me colgó”.

Le pregunté si era cierto, según me había enterado por otros, que Barney nunca hablaba sobre su experiencia en la Primera Guerra Mundial. Casi nunca, contestó, pero por momentos asomaban sus sentimientos. En 1929 la llevó a ver Journey’s End, una obra de Robert Cedric Sheriff que tenía algunas escenas fuertes sobre la guerra, y Barney no pudo dejar de llorar. Mamá me había contado que durante una batalla la compañía de Barney llegó hasta un río cerca del frente y que, muertos de sed, se arrojaron sobre el río a beber. Luego avanzaron río arriba por un recodo y se toparon con los cuerpos putrefactos de varios caballos a mitad de la corriente, una imagen espantosa, lo que los hizo vomitar a todos. Milly Blake me contó que Barney narró un incidente de sus siete meses en las trincheras. De casualidad pudo ver nítidamente a un soldado alemán sentado tranquilamente en una trinchera del otro lado de la tierra de nadie. Barney no le disparó. “Decidí declarar un armisticio personal”, le explicó a Milly, aunque ella se quedó con la impresión de que mató a muchos hombres del otro lado.

Pollie no soltó una sola de esas historias de guerra. Pero tenía mucho que decir sobre mi madre. Sentí que trataba de censurar las observaciones de mi madre en un esfuerzo por ser justa o de no difamar a los muertos, pues Mamá había muerto 18 años atrás. Pollie debió odiar a Tootie tanto como Lindesay odiaba a Barney. Pero trató de no mostrarlo. Lo más que pude ver, al menos al principio, fue el sorprendente parecido con mi madre. Ambas eran bajas, llenas de energía y de vida. Fumaban y bebían mucho, aunque en el tema de la bebida mi madre habría superado a Pollie y a cualquiera, salvo quizás a Ursula Parrott. Pollie hablaba rápido con gestos veloces y montones de joyas de fantasía en el aire. Aunque su acento no carecía de propiedad y porte, hablaba fuerte, igual que mamá. Usaba expresiones como “Por Dios” y “Él era una mierda”. Sostenía haber sido la primera mujer que dijo “mierda” en los novecientos veinte.

Admiré el esfuerzo de Pollie por no acabarse a mi madre. Y me sentí extrañamente reservado. En lugar de tomar hacia un territorio sensato, pregunté sobre el medio de todos ellos. Pollie vivió 10 años con Barney, de 1929 a 1939. A lo largo de la mayor parte de ese periodo habitaron un departamento en el 43 de la Quinta Avenida, luego se mudaron al 23 de la Calle 10 Poniente y luego al 52 de la Calle 12 Poniente. Pasaban mucho tiempo en antros, sobre todo en Chumley’s y en Squarcialuci, aunque Lindesay Parrott alguna vez viviera en el piso de arriba. Hacían grandes cantidades de ginebra casera y a veces compraban el trago a Henry Rosanno, uno de los pocos contrabandistas de alcohol que servía a domicilio. Otro lugar predilecto era Jack Delaney’s, en la Calle Charles. Cuando no había mucha clientela, Jack y el empleado del bar cantaban canciones irlandesas. Y cuando Jack pensaba que venía una redada, les advertía con una señal: “Lárguense. Johny Torreo anda en el pueblo”. El Steam Club era el antro predilecto de las reporteros del Post, pero no admitía mujeres. Dorothy Ducas, una amiga de Barney del Post, ahí rompió la barrera del género pero a condición de usar ropa de hombre.
Pancino’s era un bebedero más peligroso. Estaba en el cuarto del fondo de una tienda de ultramarinos y lo regenteaba un tipo velludo que deambulaba en camiseta y servía whiskey en tazas de café. A veces iban a Harlem: Cotton Club, Savoy Ballroom, pero nunca más allá de la Calle 116, una especie de barrera cultural. La noche que acabó la Prohibición, lo celebraron en el Saint Regis en compañía de los MacKaye. Fue un gran momento. Los hombres vistieron esmoquin y sombrero de copa. Barney vestía con mucho cuidado. Una vez compró una camisa en 7.50 dólares, una fortuna en esos días. A Barney le gustaba el jazz. Oyeron a Libby Holman cantar “Body and Soul” y “Can’t We Be Friends?”.
—Era nueva, éramos jóvenes y las cosas estaban pasando —explicó Pollie—. No puedo agitar una vara mágica y mostrarte a Ruby Keeler bailar tap con el himno nacional en el Texas Gunian’s ni a Texas saludando a todos con un “Hola, imbéciles”.

También leían mucho. The Sun Also Rises fue un libro decisivo para el grupo. El libro “revolucionó” la manera de escribir de todos, dijo Pollie. Barney devoraba todo lo de Hemingway, y leía mucho a Fitzgerald, Eliot y Sinclair Lewis, uno de los autores de Eddie Haggard. Las referencias de Pollie confirmaban algunas de las inferencias provenientes de los pocos ejemplares que heredé de mi padre, incluida una edición de 1922 de The Waste Land con un “Byron Darnton” escrito en la primera página. Pero por ningún lado encontré apuntes en los márgenes o subrayados, una experiencia frustrante para alguien como yo que se interesa en el estudio de la historia de la lectura. Pollie no me pudo decir cómo leía Barney, aunque enfatizó que la lectura les sirvió a ellos para deshacerse de todo lo victoriano. Querían nuevas ideas, una nueva moral, o ninguna contención moral.

La charla de Pollie empezaba a sonar como la visión más convencional de la época del Jazz. ¿Eran de confiar los libros más comunes sobre el tema?, le pregunté. Algunos, me dijo. Frederick Allen lo hizo bien en Only Yesterday: An Informal History of the Nineties Twenties. Yo tenía que leer The Vicious Circle: The Story of the Algonquin Round Table de Margaret Case Harriman y Boojum de Charles Wertenbaker y Racket Rax de Joel Sayre, escritor tremendamente talentoso y buen amigo de ellos, deshecho por el alcohol. También tenía que leer Beau James de Gene Fowler, otro amigo, y Finnely Wren de Philip Wylie, el escritor más brillante de ese grupo.
—¿Quiere decir que los libros de texto están en lo cierto? —pregunté—. ¿Básicamente fue bohemia?

Eso nos llevó de regreso al tema del sexo, que en lo más mínimo le incomodaba a Pollie. “Tengo 86 años”, dijo. “Estoy muy vieja para contraer el SIDA e incluso Alzheimer”. Me acordé que en una rara ocasión en la que salió el nombre de Pollie, mi madre dijo que ella se acostaba con muchos y que incluso levantaba tipos en los bares. Por un momento Pollie se quiso acabar a mamá. “¿Alguna vez has pensado que tu madre era una ninfómana?”, preguntó. Pero de inmediato recobró el equilibrio. Como lo dijo más adelante en carta, todo esto pasó hace medio siglo: “Me dio gusto conocerte, aunque no estaba segura de que así sería. Pero como dice en El Judío de Malta, eso fue en otro país, y además la muchacha está muerta”.

Entonces cambió al tema del sexo y Barney. Me contó de un viaje que Barney hizo con Mac a Nassau en las Bahamas. Fue una especie de despedida de solteros para dos, o la última aventura de los dos chasers antes de que ella y Barney se casaran. De regreso a casa los dos abordaron a una atractiva joven. Barney ganó. Entre tanto, en Nueva York, Dorothy le sugirió a Pollie tomar una lancha y salir a saludar al barco antes de llegar al puerto. Pollie se negó. “No quería sorprender a Barney. A saber lo que habría pasado a bordo. Y yo estaba bien. Además, eso fue cuatro días antes de la boda”.

Una escena similar ocurrió la víspera de la supuesta boda de Barney con Tootie. Clarkson Hill le habló por teléfono a Pollie, como ex esposa de Barney, para decirle que la boda era inminente; y en ese mismo momento, lo supo Pollie por otra fuente, Barney estaba en la cama con una mujer con la que tenía un romance Clarkson.

Las historias no me horrorizaron. No me molestó lo que mis padres habían hecho 50 años atrás y no sentí la urgencia de juzgarlos. Pero una pregunta me seguía mortificando: ¿Por qué nunca se casaron? Cuando se la planteé a Pollie rechazó la idea.
—Claro que se casaron —dijo—. Eso quería Barney. Él era básicamente un burgués y nada deseaba más que una esposa e hijos y casa en el campo. Yo me apuré con el divorcio para que pudiera haber boda a tiempo. A fin de cuentas, Tootie estaba embarazada de ti.
—¿Por qué mamá nos dijo a John y a mí que ellos nunca se casaron? —pregunté.
—No lo sé —respondió Pollie—. Pero eso va con Tootie.

En este asunto de aquí no pasamos y nunca obtuve una respuesta a mi pregunta. Tal vez Barney quiso eludir el peligro de aumentar la suma de ex esposas y ex esposos. Tal vez Tootie se contentaba con el amor como una fiebre glandular y estaba hecha a la idea de vivir con un tiroideo “muy difícil atrapar… de manera permanente”. Pero siempre que hablaba de mi padre describía lo que para mí sonaba a amor. Sin sentimentalismos pero muy sentido, el tipo de cosa con la que él podía bromear sinceramente en el habla tosca de los novecientos veinte: “Por las estrellas de Orión, ¿serás mía?”, le escribió a Tootie en una de sus cartas de amor. Cada vez que veo Orión, pienso en el amor de ellos.

Pero cuando me puse a hacer cuentas me di cuenta de que Pollie había vivido con Barney mucho más tiempo que Tootie: 10 años contra los tres de Tootie. Los de Pollie fueron los años en los que él se hizo, se cambió a The New York Times y ocupó la primera fila en la oficina de la sección metropolitana junto a otros grandes reporteros, Ray Daniell y Mike Berger. Pollie bebió, se acostó y se peleó con él cuando él vivía su mejor momento. Ella lo supo medir. Yo no pude, aunque traté una vez. Subí al ático y me puse su chamarra de corresponsal del ejército. Para mi sorpresa, me quedaba muy chica.

Barney dominaba mi no memoria, pero eso fue obra de mi madre. Ella siempre hablaba de su devoción por la democracia y la integridad de su oficio. Por eso fue al Pacífico en 1942, decía. Nunca mencionó la “impaciencia”.

¿Por qué se fue Barney y se hizo matar, dejando una viuda que no lograría enfrentar la vida tras su muerte? ¿Fue su amor una ilusión? ¿Habría durado? A todo esto, ¿quién fue Barney Darnton? Al llegar al último hilo de la famosa red de amigas, aún no lo sabía. Nunca lo sabré.

Ya todas murieron. Milly Wohlforth murió en 1994, a la edad de 97. Milly Blake murió en 1990, de 93. Dorothy MacKaye murió en 1992, a los 88. Eddie Haggard murió en 1995 de 92. Pollie murió en 1991, a los 91. Lo poco de lo que me enteré tiene que ver menos con Barney que con las viejas amigas, sus agallas, su tenacidad, su manera de aferrarse a la memoria y la manera en la que la memoria las sostiene.

Robert Darnton. Profesor Carl H. Pforzheimer y director de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. Entre sus libros: El beso de Lamourette: Reflexiones sobre historia cultural, Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen y La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa.
Traducción de Antonio Saborit