La pregunta que estuvo a punto de tirarme al suelo llegó en un momento inusitado. Yo acababa de concluir una charla en el Princeton Club de la ciudad de Nueva York en el año de 1986. Era una de esas ocasiones en las que los profesores dictan una conferencia a ex alumnos, con esperanza de aflojarlos para que hagan alguna donación a la universidad —y cuando la famosa red de amigos ya preparó las cosas para reunir a un público receptivo. Princeton no tuvo graduadas sino hasta ya bien avanzados los novecientos setenta, por lo que me sorprendió que una mujer me detuviera cuando yo iba de salida. Era alta, esbelta, muy bella, de intensos ojos azules y, según supe más adelante, de 89 años de edad. ¿Usted es hijo de Barney Darnton?, me preguntó.
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