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“Ese cabrón voló”, dijo mi padre. Desde que escuché la expresión sé lo que significa 8.90. Siempre. Es para mí una cifra perfecta. 8.90 no es un dato, sino una manera de comprender. Robert Beamon rompió el récord olímpico de salto de longitud por 78 centímetros y el récord mundial por 55. Caía la tarde del 18 de octubre de 1968 en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria. El salto fue tan descomunal que los aparatos ópticos dispuestos para una medición rápida y certera quedaron fuera de escala. Las películas muestran a los jueces de la Federación Internacional de Atletismo perplejos, de pie o en cuclillas, y midiendo con una cinta común y corriente las huellas de la hazaña (lo común era que un récord mundial se rompiese por unos cinco centímetros cada vez).

8.90

El salto de Beamon ha sido calificado por algunos historiadores y periodistas como el mejor desempeño atlético del siglo XX. No sé si es verdad y no importa: de vez en cuando son imprescindibles las definiciones fuertes, sin concesiones a la duda. Para mí es cierto porque la estética del salto, la conmoción silenciosa que rodeaba las mediciones de los oficiales, la indiferencia primera de Beamon (que nada sabía del sistema métrico decimal), y luego aquella celebración suya, cuando cayó de rodillas y apoyó la frente en el tartán, son las imágenes del héroe, es decir, de una fantástica explosión de humanidad.

Yo no sospecho del héroe. Al contrario, es un artilugio metodológico de lo más eficaz. De mis cavilaciones concluyo que el héroe (o más bien, el acto que constituye al héroe) es condición humana en estado puro. Ha sido un proceso de sedimentación. Un día caí en la cuenta de las inmensas consecuencias que la inversión hecha por Baudelaire tiene para la historia del mundo contemporáneo: el héroe moderno es la persona común, que hace de lo cotidiano su asalto a Troya y del producto de su trabajo y de su salario la sublimación de su deseo por Helena. Luego entendí el impulso complementario de Joseph Conrad, quien ha ido más allá con toda esa galería de creaturas literarias pasmosamente comunes y aburridas que, enfrentadas de súbito a lo inesperado, al cosmos y su capricho, actúan como tocados éticamente por el dios más justo imaginable (el capitán MacWhirr en Tifón, mi preferido). Finalmente, porque el héroe nuestro, el del los últimos cien o doscientos años, es un semidiós a la manera griega, un bendecido, un superdotado en algo (el pensamiento, el desempeño físico, la creatividad, la política) pero, de otra suerte, es humano, demasiado humano, y peca y nos decepciona y nos harta. (De todos modos, el héroe moderno es un atajo entre nosotros y el mundo clásico; nos evita pasar por la galería interminable de los santos cristianos, esos antihéroes, esos burócratas de la fama.)

Beamon estuvo en los límites. Su última pisada fue legal, pero al parecer a milímetros de la franja prohibida. El viento estuvo a su favor (dos metros por segundo), pero apenas: poco más y la marca no se hubiese homologado. Además, sería decisiva la altura de la ciudad sobre el nivel del mar, lo que en México 68 benefició a los velocistas y saltadores (no tanto a los fondistas). Aquella tarde amenazaba lluvia y se generó una atmósfera mínima, fresca, que permitió que el salto fuera, como si dijéramos, sin resistencias ni sol, en un crepúsculo nublado, óptimo, perfecto. Después de su turno llovió, lo que hizo imposible que nadie realmente compitiera; el medallista de plata alcanzó sólo ocho metros 19 centímetros.

Me imagino ocupando en el estadio un lugar perfecto para apreciar la hazaña de aquel muchacho nacido en un gueto de Queens, Nueva York, en 1946 y a quien su padre, dicen, odiaba. Imagino además un constructo inhumano, obsceno: yo soy el que seré, sé lo que sabré. Entonces entendería, comprendería. De entrada se trata de aprehender lo más inmediato, la fisonomía de ese público que me acompaña, el ambiente del estadio, las condiciones del clima que por lo visto han sido estratégicas, los olores y la luz de la tarde. De hecho, éstos son los temas que con frecuencia se nos escapan. Y, sin embargo, todos ellos definen el tono de un momento, esa historia hecha de sensaciones.

Una Olimpiada es la reunión laica y de masas de mayor carga política y simbólica del mundo contemporáneo. Pierre de Coubertin pensaba que la competencia deportiva, con su debida parafernalia, debería convertirse en un elemento de apoyo para un republicanismo incluyente, que hoy llamaríamos multicultural y democrático. Entiendo el punto. Los juegos están concebidos para convocar a hombres y mujeres y transfigurar a algunos en héroes: Beamon. Es así, y no hay nada más pagano ni nada más plebeyo a la vista. Que los negociantes y los nobles rondan los territorios de los juegos para nutrirse, es obvio; pero importa menos tal fenómeno que esa capacidad que tienen las Olimpiadas para reinventar la idea de gloria y honor sin atarla a la sangre, al dinero, al poder o a Dios. Gloria y honor que se alcanzan, además, sin el requisito del asesinato o de la violencia sin código.

Yo, en el estadio. Sé lo que sé, omnisciente como se acostumbra en estos casos. Y ellos, los demás, ¿qué saben y qué recuerdan?, ¿hasta dónde se remonta su memoria y de qué se nutre el alarido, la emoción y hasta su indiferencia? El estadio deja de ser un archivo para convertirse en un laboratorio. A menos que seamos yoguis, con un poder de concentración extraordinario, casi todos divagamos por momentos, sobre todo porque las competencias de pista y campo tienen sus tiempos muertos, paréntesis obligados por la naturaleza de esas disciplinas. ¿En qué piensa el respetable cuando pasea la vista desde las pizarras electrónicas hasta la pista de tartán, desde el área del salto largo hasta el pasto en el centro del gran óvalo olímpico? ¿Qué descubre la multitud cuando se mira a sí misma, justo del otro lado del estadio? ¿Qué puedo pedir, como demiurgo fantoche, de la memoria del público, de esa ciudadanía que ha sufrido la emasculación y ha visto la sangre?

“Ese cabrón voló”, dijo el padre al hijo de ocho años. ¿Mistificación? No, al contrario, bendita exageración que repone en su justa magnitud la hazaña del hombre: Beamon en el estadio aquella tarde de octubre. Si ya entendimos que ese hombre pobre, negro, esforzado, voló a la gloria en medio de una celebración pagana, habremos entendido algo significativo de 1968. Falta entender al público, a ese público mexicano de 1968. Yo, y sólo yo, miré el salto, oí la celebración, calculé la distancia y la gloria. Luego miré a todos, justo cuando todos me miraban. Comulgamos, nos reconocimos instantáneamente en las preguntas que no hemos hecho y cuya respuesta se nos escapa: ¿cómo somos héroes?, ¿cuál es nuestra gloria?

Ariel Rodríguez Kuri. Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México 1911-1922 y La experiencia olvidada. El ayuntamiento de México: política y gobierno, 1876-1912.