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El viejo reloj de la sala, que Justina heredó a la muerte de los padres, tocó nueve campanadas gangosas, tras un trajín de maquinaria cansada. La casa, de tan silenciosa, parecía deshabitada. Justina usaba zapatos de suela de fieltro y pasaba de un cuarto a otro con la sutileza de un fantasma. Estaban tan hechas la una a la otra, ella y la casa, que, viéndolas, se comprendía inmediatamente por qué ambas eran así y no de otro modo. Justina sólo podía existir en aquella casa, y la casa, así, tan desnuda y silenciosa, no podría ser lo que era sin la presencia de Justina. De los muebles, del suelo, subían emanaciones de humedad. Había en el aire olor a moho. Las ventanas siempre cerradas producían esa atmósfera de túmulo y Justina era tan lenta y tardona que la limpieza de la casa nunca se realizaba completamente.

última

El sonido del reloj, que expulsaba el silencio, moría en vibraciones cada vez más tenues y distantes. Después de apagar todas las luces, Justina se sentó en una silla, cerca de una ventana que daba a la calle. Le gustaba estar allí, inmóvil, desocupada, las manos abandonadas en el regazo, los ojos abiertos hacia la oscuridad, a la espera ni ella sabía de qué. A sus pies se le enroscó el gato, su único compañero de veladas. Era un animal tranquilo, de ojos interrogadores y andar sinuoso, que parecía haber perdido la facultad de maullar. Aprendió el silencio con la dueña y, como ésta, a él se abandonaba.

El tiempo fluía lentamente. El tictac de los relojes empujaba el silencio, insistía en su afán de apartarlo, pero el silencio le oponía su masa espesa y pesada, donde todos los sonidos se ahogaban. Luchaban, sin desfallecimiento, uno y otro, el sonido contra la obstinación de la desesperanza y la certeza de la muerte, el silencio contra el desdén de la eternidad.

Después, otro ruido mayor se interpuso: personas que bajaban la escalera. Si fuera de día, Justina no dejaría de asomarse, más por no tener otra cosa que hacer que por curiosidad, pero la noche la dejaba siempre sin fuerzas, muy cansada, con una estúpida voluntad de llorar y de morir. Sin embargo, apostaría sin dudar a que eran Rosalía, el marido y la hija que iban a ver una película. Esto lo sabía por el modo de reír de María Claudia, que era una loca del cine.

Cine… ¿Cuánto tiempo hacía que no iba Justina al cine? Sí, la muerte de la hija… Pero, ya antes de eso, ¿cuánto tiempo hacía que no entraba en un cine? Matilde iba con el padre, pero ella se quedaba siempre en casa. ¿Por qué? Ni idea… No iba. No le gustaba andar por la calle con el marido. Ella era muy alta y muy delgada, y él era gordo y achaparrado. El día de la boda los niños de la calle se rieron al verla salir de la iglesia. Nunca olvidó aquellas risas, como no podía olvidar la foto, con los padrinos y los convidados colocados en las escaleras de la iglesia como los espectadores de a pie en el estadio de fútbol. Ella, estirada, con el ramo de flores colgando, los ojos negros deslucidos por la perplejidad; y él, ya gordo, embutido en el frac y con el sombrero alto prestado. Enterró esa fotografía en el fondo de una gaveta y nunca más la quiso ver.

El diálogo del reloj y del silencio fue interrumpido otra vez. De la calle llegó el rodar sordo de unas ruedas de goma sobre el pavimento irregular. El automóvil se detuvo. Hubo una confusión de ruidos en la noche: el muelle del freno de mano, el sonido característico de la puerta al abrirse, el golpe seco al cerrar, un tintinear de llaves. Justina no necesitó levantarse para saber quién llegaba. Doña Lidia recibía una visita, su visita, el hombre que venía a verla tres veces por semana. Sobre las dos de la madrugada, el visitante saldría. Nunca pasaba allí la noche. Era metódico, puntual, correcto. A Justina no le gustaba la vecina de al lado. Le tenía rabia porque era bonita y, sobre todo, porque era una de esas mujeres mantenidas y, además, porque disponía de una casa bien puesta, de dinero para pagarle a una empleada y pedir las comidas a un restaurante, y podía salir a la calle cargada de joyas y emanando perfumes. Pero le estaba agradecida porque le proporcionó el pretexto para romper con el marido definitivamente. Gracias a Lidia, pudo unir a sus mil razones la razón mayor.

Con un esfuerzo lento y penoso, como si el cuerpo se negara al movimiento, se levantó y encendió la luz. El comedor, donde se encontraba, era grande, y la lámpara que lo iluminaba tan débil que de la oscuridad apartada quedaron penumbras por las esquinas. Las paredes desnudas, las sillas de espaldar vertical duras e inapetentes, la mesa sin brillo y sin flores, los muebles carentes de lustre y casi desguarnecidos, y Justina sola, en medio de este frío, muy alta y delgada, el vestido negro, y los ojos negros, profundos y callados.

El reloj desanduvo dos ruedas y dio una campanada tímida. Nueve y cuarto. Justina bostezó lentamente. Después apagó la luz y entró en el dormitorio. Sobre la cómoda, el retrato de la hija abría una sonrisa alegre, la única claridad viva de aquel cuarto sombrío y húmedo. Con un suspiro resignado, Justina se acostó.

Dormía siempre mal. Se pasaba la noche barajando sueños, sueños confusos que la despertaban exhausta y perpleja. A pesar del esfuerzo de memoria que hacía, le resultaba imposible reconstruirlos. Lo único que no podía olvidar, más como un presentimiento o tal vez el recuerdo de un presentimiento que como una certeza, era la obsesiva presencia de alguien detrás de una puerta que ni todas las fuerzas del mundo podrían abrir. Antes de dormirse le retumbaban en el cerebro el recuerdo del rostro de Matilde, las inflexiones de su voz, los gestos, las carcajadas e, incluso, su cara muerta, como si todo esto pudiera, en el sueño, derribar aquella puerta siempre sellada. Inútil. Nada más cerrar los párpados Matilde se escondía, tan escondidamente se escondía que Justina sólo la encontraba, sin misterio, al despertar al día siguiente. Pero encontrarla sin misterio era perderla. Verla como en vida era ignorarla.

Los párpados bajaron despacio con el peso de las sombras y del silencio. Poco a poco, el silencio y las sombras pasaron al cerebro de Justina. Iba ya a comenzar el lento guirigay de los sueños, a repetirse la angustiosa presencia extraña y la puerta cerrada que guardaba el misterio. De repente, muy a lo lejos, sonaron gemidos sordos y desesperados. La noche tembló de misterio. Los ojos ya nublados de Justina se abrieron a la oscuridad. Rodando por montañas y planicies, despertando ecos en las grutas sombrías y en las cavidades de los árboles antiguos, lanzando en la noche mil resonancias trágicas, los gemidos se aproximaban y su gemir ya era llorar y cada lamento una lágrima que caía como un puño cerrado, con la fuerza de un puño cerrado.

Los ojos perdidos de Justina lucharon contra la angustia de los sonidos que le llenaban los oídos. Sentía que estaba siendo arrastrada hasta un abismo negro y hondo, y luchaba para no hundirse. En la caída, le apareció la sonrisa clara de Matilde. Se agarró a ella con desesperación y se sumergió en el sueño.

Atravesando las paredes y subiendo hasta las estrellas se quedó la música, el movimiento lento de la Heroica, clamando el dolor, clamando la injusticia de la muerte del hombre.

José Saramago. Escritor. Entre sus libros: El viaje del elefante, El Evangelio según Jesucristo, Ensayo sobre la ceguera y Caín.