En Los once de la tribu, Juan Villoro comentó que si José Agustín hubiera cobrado las regalías de todos los libros que leímos gracias a él, estaría forrado de billetes y nadando en la alberca de Elvis Presley. No sólo estoy de acuerdo con Villoro. Agregaría que si muchos incluyéramos en los libros propios un sincero agradecimiento del porqué o por quién comenzamos a escribir, José Agustín sería el mismísimo Elvis Presley.

Iván

En mi quinto cumpleaños Ana y Francisco me obsequiaron un ejemplar ilustrado de los Cuatro cuentos de Perrault. Ése fue, formalmente, el primer volumen de mi biblioteca (todavía lo tengo, no tan maltratado a pesar de las batallas y mudanzas que ha padecido) a la que fueron llegando Dickens, Twain, Stevenson y muchos más, pero debo reconocer que el placer de la lectura y la inquietud por escribir se hicieron ruidosamente manifiestas en sexto de primaria con De perfil: el desparpajado periplo de un adolescente clasemediero, rebelde y confundido, que cautiva por la energía de su lenguaje, su mirada socarrona, sus delirantes aventuras. De perfil me contagió el anhelo de contar historias. Sus bacilos, como un germen apocalíptico e incurable, invadieron mi sistema y se declararon un padecimiento terminal a mediados de los ochenta, cuando escribí La mitad de la luna, mi primera novela rigurosamente inédita ya que, por fortuna, Francisco fue implacable: “Hijo, tu libro es un patético remedo de José Agustín”.

¿Qué podía argumentar en su favor un chavo de 16 años que sólo por haber redactado un mamotreto de 150 páginas, ya se creía heredero de Salinger, Capote, Kerouac o William Faulkner pues, si bien, mis lecturas se ampliaron a través de los libreros de mi padre, esas estanterías con las que Ana batallaba para sacudir el polvo y conservar los forros impecables, en mi estilo palpitaba la vibra de La tumba y De perfil?

Música, personajes, aventuras. Tras el desaliento de La mitad de la luna, mi perspectiva literaria se transformó en una especie de cine proyectado en la hoja en blanco. Escuchaba a Joy Division, The Cure, Depeche Mode, The Pixies, Siouxsie and the Banshees. Alternaba a Burroughs, Mailer y Maugham con Carlos Fuentes, García Ponce y Revueltas, sin perder de vista a Balzac, Milan Kundera o Michel Tournier.

Durante la prepa y la facultad viví un periodo de cuentos malos, extrañamente parecidos a mis amores y desgracias. Ocupaba buena parte de mis noches en garrapatear relatos y poemas, armado únicamente con el Sony Walkman del que brotaba un frenético soundtrack para esas voces y criaturas acorraladas por dilemas pasionales, tribulaciones surrealistas, pesadillas mortuorias. El desafío de otra novela semejaba saltar una cerca y cruzar un enorme patio custodiado por un mastín de mandíbulas babeantes, pero al fin superé el trance y acabé Tu imagen en el viento, que sí se publicó y no conservaba ningún trazo (visible al menos) del contagio de la Onda.

En aquel entonces mi trabajo como periodista cultural se mezclaba con el de locutor de radio. Junto con Jairo Calixto Albarrán, conducía un programilla nocturno llamado Pepe el Toro es inocente en la estación Rock101, capitaneada por Jordi Soler. Sin embargo, el título nobiliario de Escritor era algo que se me escapaba. Llamarse a sí mismo de esa manera no sólo era chocante, tampoco servía de nada. A las chicas les gustaba más oírme que leer mis artículos de Excélsior, la crítica fue en mayor medida indiferente, pocos se tomaron la molestia de explorar mi ópera prima.

Música, personajes, aventuras. De mis vueltas recurrentes a los discos, emergió una idea: Morrissey cantaba con The Smiths “There is a Light That Never Goes Out”, una rola melancólica sobre lo sublime de morir al lado de quien amas, transfigurada en el choque aparatoso en una carretera oscura. Los Smiths me inspiraron Luz estéril. El estribillo, las guitarras y las percusiones invocaron a un puñado de criaturas que poblaron mi desvelo y, por vez primera, experimenté una imbatible obsesión por alcanzar el punto final.

Con Luz estéril se gestó, también, lo que hoy es mi liturgia narrativa. Un vaso de whisky, un cigarrillo y una playlist disponible para el viaje pues, con frecuencia, a mi mente llegan decenas de canciones cuando escribo. Cada personaje tiene sus manías auditivas, el ensamble incluye un Billboard personal, como si fuera el ultrasonido de sus entrañas o sus temperamentos. Al fin y al cabo, todos conservamos en la piel o en la memoria una banda sonora para cierta etapa de nuestras vidas.

Nunca he asistido a talleres literarios. Realmente no sé si sirven de algo. Tampoco suelo torturar a nadie con los embriones de novelas, ni pido opiniones sobre el libro terminado. Mis únicos interlocutores son los editores, con ellos discuto lo que se queda o lo que se va, la palabra que se altera, el párrafo que ha de transformarse, exactamente como subir a un tren y cerrar los ojos porque al abrirlos sabremos que el destino ha comenzado.

Iván Ríos Gascón. Escritor. Acaba de publicar Broadway Express