Aventura. “La costumbre de pedir aventones —o de darlos— que ahora me parece incomprensible, fue en una época de mi juventud entre vicio y deporte. En los dos años que nos dedicamos a esta práctica, varios amigos y yo sumábamos los kilómetros que recorríamos de aventón y después comparábamos los totales. El mío llegó a más de diez mil kilómetros. […] No lo hacíamos por economía: era una época en la que los pasajes de camión eran francamente ridículos y el servicio frecuente y bastante bueno. […] Yo creo que más bien lo que nos atraía del aventón es que era una costumbre ‘diferente’, poco respetable, escandalizaba a nuestras familias, y contenía por fuera un elemento de azar que en el romanticismo de los dieciocho años le parecía a uno que era la aventura”: Jorge Ibargüengoitia (“Aventones. Extraños en la carretera”, en Ideas en venta, Joaquín Mortiz, 1997).
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