Aventura. “La costumbre de pedir aventones —o de darlos— que ahora me parece incomprensible, fue en una época de mi juventud entre vicio y deporte. En los dos años que nos dedicamos a esta práctica, varios amigos y yo sumábamos los kilómetros que recorríamos de aventón y después comparábamos los totales. El mío llegó a más de diez mil kilómetros. […] No lo hacíamos por economía: era una época en la que los pasajes de camión eran francamente ridículos y el servicio frecuente y bastante bueno. […] Yo creo que más bien lo que nos atraía del aventón es que era una costumbre ‘diferente’, poco respetable, escandalizaba a nuestras familias, y contenía por fuera un elemento de azar que en el romanticismo de los dieciocho años le parecía a uno que era la aventura”: Jorge Ibargüengoitia (“Aventones. Extraños en la carretera”, en Ideas en venta, Joaquín Mortiz, 1997).

Beisbol. Entre naipes, cigarros, sotol, palabrotas y canciones de despecho pasan las tardes diez algodoneros de la Comarca Lagunera. Sin esperarlo, su vida da un vuelco con el descubrimiento del beisbol: “Despacito, muy despacito, Praxedis Limón desenredó un trapo que le servía para guardar sus cosas. Se hizo un silencio y todos veían las manos de su amigo La Campamocha, quien abrió aquel bulto como si se tratase de un tesoro escondido por Pancho Villa. […] Lo primero que salió fue un guante, luego el otro; eran un par de manotas pachonas que se ponían en la zurda. Luego salió la pelota, una bolija blanca que cabía en la mano y que estaba cosida con hilo rojo. […]”: Juegos de amor y malquerencia (Joaquín Mortiz, 2003) es la novela que escribió Javier Muñoz Vargas a partir de un manuscrito y una foto que encontró en el archivo histórico de Torreón.

Cincuenta. “Te quedas solo con los perfumes cuando el tercer fósforo se apaga. Subes con pasos lentos al vestíbulo, vuelves a pegar el oído a la puerta de la señora Consuelo, sigues, sobre las puntas de los pies, a la de Aura: la empujas, sin dar aviso, y entras a esa recámara desnuda, donde un círculo de luz ilumina la cama, el gran crucifijo mexicano, la mujer que avanzará hacia ti cuando la puerta se cierre. […]”. Se cumplen 50 años de la publicación de Aura de Carlos Fuentes en Ediciones Era. Para celebrarlos, esta casa editorial puso a circular una edición ilustrada con 10 estampas de Vicente Rojo.

Dickens (1812-1870). El escritor inglés escribió a los 24 años Papeles póstumos del Club Pickwick. En 1981, para la edición de Círculo de Lectores, Cortázar escribió una carta apócrifa a su personaje principal, Samuel Picwick: “[…] usted entró en la gran sala de clase de mi vida tropezándose contra una pared, equivocándose de puerta, tomando gato por liebre y ocasionando las peores confusiones para usted mismo, diversas señoras, y la gran mayoría de sus amigos y admiradores. Sin esperar más salí en su seguimiento y no he cesado de hacerlo desde entonces, porque usted, para quien la poesía no parece existir, me la mostró con su conducta; usted, la seriedad personificada, me introdujo para siempre en el mundo del humor; usted que nada tiene de soñador puesto que es una mente científica capaz de descubrir misteriosas piedras con jeroglíficos y otros enigmas científicos, me mostró el camino de la luna y el encanto de ir de un lado a otro sin la menor finalidad razonable”.

Estupidez. “La estupidez simple es muchas veces verdaderamente artística. En vez de responder a una palabra-estímulo con otra palabra, como hace un tiempo estaba muy difundido en determinados experimentos, responde con frases completas y, dígase lo que se diga, dichas frases ¡tienen algo no muy diferente de la poesía! Repito aquí algunas respuestas, colocando delante la palabra-estímulo: Encender: el hornero enciende la leña. Invierno: está compuesto de nieve. Padre: una vez me tiró rodando por la escalera. Bodas: sirven para dormir. Jardín: en jardín siempre hace buen tiempo. Religión: cuando se va a misa. ¿Quién era Guillermo Tell?: lo representaron en el bosque; había también mujeres y niños disfrazados. ¿Quién era San Pedro?: cantó tres veces”: Robert Musil, Sobre la estupidez (traducción de Aloisio Rendi), Tusquets, 1974.

Gajes del oficio. Umberto Eco impartió un ciclo de conferencias en Estados Unidos (ahora reunidas en el libro Confesiones de un joven novelista, traducción de Guillem Sans Mora, Lumen, 2011) y en una de ellas contó esta anécdota: “Dicen que el poeta francés Lamartine describía a menudo las circunstancias en las que escribió uno de sus mejores poemas: aseguró que le había llegado completamente compuesto en una súbita iluminacion, una noche que paseaba por el bosque. Después de su muerte, encontraron en su estudio un impresionante número de versiones de ese poema, que había estado escribiendo y reescribiendo a lo largo de los años”.

Hospital. Páginas de Espuma puso a circular recientemente Hacerse el muerto del escritor argentino Andrés Neuman. Un libro de textos breves y contundentes como “Madre atrás” donde el personaje describe sus emociones al visitar a su madre enferma. “Entré en el hospital muerto de odio y con ganas de dar gracias. Qué frágil es la furia. […] Entré pensando en no pensar. Sabía que el presente de mi madre, mi futuro, dependía de un lanzamiento de moneda. Y que esa moneda no estaba en mis manos, quizá tampoco en las de nadie, ni siquiera en las del médico. Siempre he opinado que la ausencia de dios nos libera de un peso insoportable. Pero más de una vez, al entrar o salir de un hospital, he echado en falta la clemencia divina. Llenos de asientos, pasillos, jerarquías y ceremonias de espera, silenciosos en sus plantas superiores, los hospitales son lo más parecido a una catedral que podemos pisar los descreídos”.

Intimidad. Una de las novedades de Sexto Piso es Joseph Conrad y su mundo, escrito por Jessie Conrad, esposa del escritor. Es un libro que atrapa en cualquiera de sus páginas porque revela el extraño humor de Conrad, sus padecimientos, sus obesiones y su vida en familia. “Cuando me encontraba al padre y al hijo haciendo nudos, en el jardín o en el cuarto del niño, me alejaba de puntillas dejándolos solos. Pero la provisión de paciencia de Joseph Conrad era tan escasa que aquellas ocasiones siempre acababan en un estallido de furia completamente desproporcionado con la situación. Una mañana que se había producido una escena semejante a primera hora oí a mi hijo regañar al mozo de cuadra por algo que el otro había o no había hecho.
—Se lo voy a decir a mi parde.
—¿Y qué me importa tu parde?
Borys, que iba vestido de niño mayor con su traje de algodón blanco, replicó: —Para que te enteres, mi parde es un señor muy enfadado”.

Joyas. Si te distraes al consultar el Diccionario de la Real Academia Española puedes acabar descubriendo joyas de definiciones como estas: Porra. Fruta de sartén semejante al churro, pero más gruesa; Haragán. Utensilio para fregar el suelo que consta de un plano horizontal con una goma y un palo vertical con el que se maneja. Culo. “Conjunto” de las dos nalgas.

Locura.
“La viuda del general Miguel Miramón, doña Concha Lombardo, solía decir que el corazón de su esposo era inmensamente bondadoso y se le hizo apropiado extraerlo de su cadáver luego de que fuera ejecutado el 19 de junio de 1867, junto a Maximiliano y al general Tomás Mejía. Durante días, la señora Lombardo presumía que el corazón de su marido la había amado hasta la locura. Solía ponerlo junto a la veladora para iluminarlo. La oportuna intervención de un sacerdote, quien le dijo que aquel corazón ya pertenecía a Dios y no podía continuar llevándolo a todos lados, finalizó con semejante excentricidad y el corazón fue inhumado”. Esto cuenta Alejandro Rosas en su Anecdotario insólito de la historia mexicana, Conaculta/Trilce, 2008.

Medicina. En las páginas del libro Ciudades (FCE, 2011) el filósofo Ramón Xirau dejó sus “impresiones, comentarios, breves reflexiones, imágenes surgidas de las ciudades de Italia”, y también incluyó un divertido “Reglamento para una sociedad de placer”, elaborado por Maquiavelo. El artículo 20 establece: “Ninguna mujer de la sociedad deberá tener suegra; y si alguna de ellas la tuviera todavía deberá librarse de ella en un plazo de seis meses por medio de una purga asiática o algún otro remedio semejante. La misma medicina podrá aplicarse a los maridos que no cumplan con su deber”.

Nieve. Un niño de 12 años confundido por el abandono del padre, el orgullo de la madre, y la nieve que lo cubre todo son los temas de la novela La raya, de Kim Joo-Young, un reconocido narrador coreano. “La larga espera de mi madre era hermosa por su tristeza. Abarcaba todo: frustración y sacrificio, aburrimiento y esperanza, alegría emocionante, oscura desilusión asfixiante y melancolía. Era el amor y el odio turbador. Quizás esperaba la nieve más que yo, porque deseaba llegar a algún lugar mediante el ejercicio de blanquear ese bulto amoroso, mezcla de desilusión e incoherencia”. (Traducción de Hyesun Ko de Carranza y Francisco J. Carranza, Ediciones del Ermitaño, Minimalia, 2009.)

Orden. “Mirar los estantes de Marías es hojear un manual, casi ilustrado, de literatura, un mapa. Los autores, colocados por orden cronológico, están al lado de sus contemporáneos, mezclados poetas y ensayistas, filósofos y narradores, como en la vida misma: Locke antes que Fielding y Quincey junto a Byron. […] A partir de ahí, la biblioteca se extiende por el resto de las habitaciones, con idéntica estructura. Literatura francesa, alemana, italiana: Simenon, Diderot, Proust, Apollinaire, Larbaud, Mann, Kafka, Benjamin, Leopardi, mucho Calvino, y mucho Zeri, Federico, el polémico crítico e historiador de arte italiano en el que basó lejanamente uno de los personajes de Corazón tan blanco”: Jesús Marchamalo, Donde se guardan los libros. Bibliotecas de escritores (Siruela/Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2011), reproducido en el blog de Javier Marías.

Portugal.
“Portugal es un sitio bastante raro; tanto, que cuando la Coca-Cola quiso penetrar en el país y organizó un concurso para elegir un eslogan publicitario, fue Fernando Pessoa, que entonces era un escritor casi secreto, quien presentó el siguiente: Primero estranha-se, depois entranha-se. La Coca-Cola no entró en el país hasta los años setenta, porque lo impidió Salazar; Pessoa, que fue un hombre raro y valiente no ganó el concurso, pero ahora todo el mundo sabe que es el poeta del siglo […]. Por lo demás, es indudable que, como la Coca-Cola, Portugal es un país que primero extraña y después se entraña”. Esta anécdota poco conocida la cuenta Javier Cercas en sus Relatos reales (Acantilado, 2000).

Reversa. En su libro Todo lo que sé sobre novela negra (trad. María Alonso, Ediciones B, 2011), la escritora inglesa P.D. James cuenta: “A mí me gusta llevar a cabo mi propia investigación, como a la mayoría de novelistas de misterio, y estoy muy agradecida por la ayuda que he recibido a lo largo de los años de la policía metropolitana y los científicos del laboratorio Lambeth. Pero he cometido errores. Normalmente no surgen de las cuestiones que desconozco, sino de aquellas que tonta y equivocadamente creo que sé. En una de mis primeras novelas describí a un motociclista ‘avanzando ruidosamente marcha atrás por un carril’. Ese error me costó caro pues a lo largo de los años fue motivo de abundante correspondencia […]. La salvación llegó en forma de mensaje en una postal que simplemente decía: ‘Esa moto existe si es una Harley Davidson’ ”.

Sentencia. “Conócete a ti mismo; conviértete en egoísta y en enfermo”: Adolfo Bioy Casares.

Tierra. La fuerza poética de Carmen Boullosa se deja sentir en La patria insomne, un lamento amoroso y severo a la vez, que nos recuerda que en nuestro país algo se perdió para siempre. “Ya no le echen tierra”: “Patria no: Tierra mía./ Hermana que sólo en ti cumplió mi cuna./ Sangre de mi sangre, padre de mi padre,/ madre de mi madre y de mis abuelas,/ amiga mía y enemiga,/ el escorpión y su nido de que habló Paz.// Tierra no eres, sino agua:/ el río Pánuco con sus cascadas,/ el río Grijalva hediendo al pie de las tres lomas/ de Villahermosa,/ el río Coatzacoalcos, maquillado con aceites y/ adornado con barriles de petróleo,/ cientos de lagunas de colores, navegadas por bolsas de plástico/ azules, coloradas, amarillas,/ cuando no burbujas de gases y toneladas de basura,/ la calma y pura Chicankanab/ y los riachuelos, arroyos, lagos, también ríos y lagunas que se han secado,/ por igual, sobre todos camino, como un Cristo:/ mi Patria es de agua”.

Últimas. “En 1950 la revista Time informó sobre las últimas horas de Shaw: ‘Hermana’, dijo el anciano a la enfermera Gwendoline Howell, ‘está usted intentando mantenerme con vida como una curiosidad, pero estoy acabado, fulminado, voy a morir’. Antes del amanecer, George Bernard Shaw se deslizaba hacia su inconsciencia final. Cerca de 24 horas después el filósofo, dramaturgo, “Obispo de Todas Partes” de 94 años, había muerto”. El libro Inmortal Last Words de Terry Breverton (Quercus Publishing, 2010) cuenta también esto: “Se dice que Shaw compuso su propio epitafio: ‘Sabía que si me quedaba el tiempo suficiente, algo como esto sucedería’ ”.

Velázquez. “Durante treinta y un años he llevado en mi mente, como una especie de rico diagrama, el Prado tal como lo vi y Dios sabe si mis lectores lo volverán a ver de nuevo. En la galería larga, al cabo de un tiempo se giraba a la izquierda. A la izquierda, en el gran salón, ‘Las hilanderas’ con sus rayos de luz y sus sombras; en una sala aparte, más pequeña, ‘Las Meninas’, las jóvenes infantas o damas de la corte, el espejo con un vislumbre de Velázquez al lado de la puerta del fondo pintando el cuadro. En la pared de enfrente del gran lienzo, sólo, su autorretrato. En el gran salón Don Juan de Austria, los enanos, en lo alto, al fondo, frente a la puerta, la Virgen entronizada, de tan diferente factura, digamos pensada para iluminar una iglesia y no un palacio. […] En la pared de la derecha, Baltasar Carlos, Felipe de pie con su escopeta de caza, Felipe a caballo, la pata de caballo que fue primero pintada en una postura diferente. De nuevo, cerca de la puerta, Mercurio y Argos y debajo, ‘Los borrachos’: Ezra Pound, Guía de la Kultura (traducción de Luis Núñez Díaz), Capitán Swing Libros, 2010.

Zapotlán. “En las fiestas de Zapotlán, tras una corrida de toros con un cartel digno de la ocasión, Juan se encontró con el rayo que lo partió para siempre. De pronto vio a Sara Sánchez. Sin más, siguió a esta mujer de ojos profundos que marcó su temple y sus nervios con esa estampa que se cansaría de describir en papeles posteriores. Sara recordaba a un improvisado que saltó a su ruedo particular y que comenzó a decirle cosas, palabras. Pero se siguió de frente”. Así evoca el nieto de Juan José Arreola el día en que se conocieron sus abuelos. Con las cartas que Juan José le enviaba a su abuela y los propios recuerdos de Sara y sus hijas Claudia y Fuensanta, Alonso Arreola armó un libro de amor y memoria: Sara más amarás (Joaquín Mortiz, 2011).

Delia Juárez G. Editora y traductora. Su libro más reciente es Gajes del oficio. La pasión de escribir.