Faltaban dieciséis años para que yo naciera. En un pueblito campesino de Alsacia, mi tío abuelo, Franz Meyer, de la orden terciaria franciscana, dirigía sus oraciones para México. El cura había leído en misa: “El Soberano Pontífice invita a todos los fieles a unir sus oraciones a las suyas. Su Santidad desea que esas oraciones sean ofrecidas el primero de agosto, en la fiesta de San Pedro Ad Vincula”. Eso me lo contaron sus hermanas, cuando en agosto de 1965, en vísperas de mi salida hacia este país, me fui a despedir de ellas y exclamaron en alsaciano: “¡Mexico! ¡President Kalles! ¡Padre Pro!”.
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