Siempre he tenido debilidad por los documentos fundamentales. Poder revisar a detalle las páginas de una copia original de nuestra Constitución, por ejemplo, es de las pocas cosas que hacen, para mí, que el tiempo pase desapercibido: contemplar su cubierta de piel con el águila resaltada en oro; acariciar sus páginas en papel rústico con el texto de la Constitución escrito con una caligrafía preciosa —como ya nadie la hace ahora—; y estudiar las firmas de los diputados constituyentes, me recuerda que, aún en 1917, México seguía estancado en el siglo XIX.
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