Terminó el verano cinematográfico: el imperio de Hollywood se retira a contar los centenares de millones de pesos que se lleva de las salas de todo el mundo y a festejar un triunfo más de la máquina de mercadotecnia más eficaz jamás vista, envidia de los sistemas políticos y las industrias culturales en crisis (la editorial por delante). Terminó el verano en que el cine norteamericano, sin proponérselo (o no del todo, con él nada es seguro), cerró una interesante operación de doble juego entre la nostalgia y la novedad que involucró por primera vez en mucho tiempo a dos generaciones de espectadores, rompiendo así el dogma de que el verano es sólo para los niños y los adolescentes.
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