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Terminó el verano cinematográfico: el imperio de Hollywood se retira a contar los centenares de millones de pesos que se lleva de las salas de todo el mundo y a festejar un triunfo más de la máquina de mercadotecnia más eficaz jamás vista, envidia de los sistemas políticos y las industrias culturales en crisis (la editorial por delante). Terminó el verano en que el cine norteamericano, sin proponérselo (o no del todo, con él nada es seguro), cerró una interesante operación de doble juego entre la nostalgia y la novedad que involucró por primera vez en mucho tiempo a dos generaciones de espectadores, rompiendo así el dogma de que el verano es sólo para los niños y los adolescentes.

La cabeza visible fue, por supuesto, Harry Potter y las reliquias de la muerte 2, el estreno más esperado no sólo del año, sino de una década; cerraba el ciclo abierto en 2001 con Harry Potter y la Piedra Filosofal y marcaba, para una generación que pasó de la infancia a la primera edad adulta, una experiencia de profundidad inmensa; los había enviado a la lectura de libros completos y cada vez más voluminosos y a un culto que vencía al que sus padres tenían por Star Wars, cuyas raíces literarias son menos evidentes y están más retorcidas. De hecho, apareció dos años después de que George Lucas cometiera la insensatez de estirar la liga de su saga galáctica con una nueva trilogía confusa, estridente e innecesaria. El cine iba por otro lado y la generación Harry Potter estuvo bien apapachada; fue también la década de El señor de los anillos (2001-2004) y de Toy Story (2005-2010). Las tres franquicias tuvieron en común involucrar a las generaciones de padres e hijos, a las cuales apelaba del mismo modo (los fans de Star Wars descubrieron los libros de Tolkien en los ochenta) y fueron los puentes entre la generación video y PC y la Blackberry, redes sociales. Un remate cuyo cálculo mercantil o su oportunidad generacional pueden deberse a la casualidad: el relanzamiento a mediados de agosto de El rey león en salas (con el agiornamiento de la 3-D), antes de su salida en DVD y Blue ray.

Eso fue la puntilla: mucho más que las demasiado festivas La sirenita y Aladín, este Hamlet en el Serengueti, como la bautizaron en el New Yorker, caló en una generación de niños que, con la muerte de Mufasa y la traición de Skar, enfrentaron por primera vez el Mal y sus consecuencias, que incluían la orfandad y el exilio de Simba y que la reina madre pasara al serrallo del traidor. No por nada, la película se usa en todo tipo de cursos, desde selección de personal hasta de terapia grupal; plantea en hora y media temas mayores como la muerte, la soledad, la traición, crecer, asumir responsabilidades, hacer valer una estirpe, en un catálogo existencial que a otras generaciones se les dio en varias obras. El rey león es una pieza aparte en la filmografía del nuevo Disney y así se le ha vivido en el recuerdo; su reestreno fue un ajuste de cuentas con el dolor, más que con la nostalgia, y es posible que ése sea el futuro de, cuando menos, Toy Story y Harry Potter.

El cine sigue siendo, aun en los tiempos del YouTube, la gran máquina generadora de imágenes y emociones universales; nada nuevo, lo descubrió Griffith con sus finales apoteósicos donde los héroes tardaban en llegar a rescatar a la muchacha y lo capitalizó Chaplin mucho antes de que el medio tuviera sonido. Pero el monopolio parece haber vuelto a Hollywood después de dar la vuelta por el neorrealismo italiano y el swingin’ London sesentero. Sus cineastas, más cosmopolitas que los pioneros, ya no se dejan arrebatar el mercado de las conciencias. El notable libro de Frédéric Martel, Cultura Mainstream (Taurus, 2011), en su recorrido por, literalmente, el mundo de las industrias de cultura de masas (va de Televisa a Al Jazira pasando por Sony, MTV, Pixar y Oprah), describe la compleja estructura de intereses contradictorios (creatividad versus cálculo mercantil, innovación contra públicos conservadores, un ejército de trabajadores contra visiones personales) que, sin embargo, mantienen en movimiento a esa máquina pesada y eficaz. Con todo, el cierre del ciclo Harry Potter debe tener aterrados a sus capitanes, porque también es cierto que la década Potter vio explotar la euforia por las franquicias y las series, que no llegaron muy lejos (Las crónicas de Narnia, La brújula dorada) o llevaban en su seno la parodia (Crepúsculo); para colmo, Dan Brown parece ser un escritor demasiado lento, pese a los resultados.

Concedamos que no se programó el ejercicio de nostalgia que empezó en diciembre pasado con Toy Story 3 y remató en El rey león, hace unas semanas; su fuerza emocional y económica abona más drama a la pregunta: ¿hay vida después de Harry Potter? Hollywood responde con una crisis de creatividad suicida, escarbando en las enciclopedias del cómic para exprimir hasta el último héroe (ya se fue a Europa para importar a Los Pitufos y a Tin Tin; ¿alguna vez llegará a Chanoc y a Tawa?), invirtiendo en experimentos que buscan distraer al espectador del vacío narrativo que tiene enfrente (a las salas de 4-D, con butacas en movimiento, neblina y chorros de agua, las sucederán las 6-D, donde las butacas cambian de temperatura según lo que pasa en la pantalla). En el fondo, Hollywood sabe que esa costosa infraestructura, esos pesados engranajes que mueven su maquinaria, sólo sirven para hacer, semana a semana, entretenimiento de feria. Ésa es su propia nostalgia.

Gustavo García.
Investigador y crítico de cine. Es académico de la UAM-Xochimilco y autor de Al son de la marimba. Chiapas en el cine.