A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Hagamos como hace Woody Allen en su más reciente película y viajemos a su época dorada, allá por 1979, cuando se estrenó la que no puede ser sino su obra maestra, Manhattan. Todo comienza con distintas vistas de la ciudad, filmadas en blanco y negro, y con la voz en off de un escritor superpuesta a la Rhapsody in Blue de George Gershwin, con las inconfundibles notas con las que un clarinete nos seduce. El escritor comienza, se detiene, desecha lo escrito, comienza de nuevo. Y cuando finalmente da con el tono y la escritura comienza a fluir, en la pantalla se ha hecho de noche y la música explota a la vez que el cielo se ilumina por fuegos artificiales. Sólo entonces comienza la película, una de las mejores que jamás se hayan filmado.

En Manhattan el escritor de gags televisivos Isaac (Woody Allen) renuncia a su trabajo y a su estilo de vida y se dedica a escribir su gran novela americana. En el trance deja a su novia de 17 años, la hermosa e inteligente Tracy (Mariel Hemingway), por la neurótica y brillante Mary (Diane Keaton), además de que debe lidiar con su ex esposa-devenida-lesbiana y madre de su hijo, Jill (Meryl Streep), autora de un libro de memorias en el que Isaac sale muy mal parado. El coctel de situaciones es fastuoso y Allen lo domeña con gracia bajo presión, para desembocar en una escena climática sin parangón, en la que Isaac recorre a pie y a paso veloz las calles de Manhattan para alcanzar a Tracy, quien está a punto de irse a vivir a Londres.

Pero regresemos al presente de Medianoche en París (2010), al inicio a colores asepiados de la película que nos muestra una ciudad, por así decirlo, más íntima y menos solar que Manhattan, más bella y maquillada por la pátina de la historia, menos gris y de concreto imperativo. Es en París donde vacacionan el escritor Gil y su prometida Inez, mal acompañados por los futuros suegros del novio.

siempre

A Gil le gusta caminar bajo la lluvia; a Inez, no. Gil quisiera ser un escritor de literatura, un novelista hecho y derecho; Inez quisiera que se dejara de romanticismo y siguiera escribiendo exitosos guiones para películas intrascendentes de Hollywood, todo para mantener una vida de alto nivel en Los Ángeles y, ya casados, mudarse a Malibú, en donde viven los que son alguien en la ciudad empresarial del cine. Gil, además, es un nostálgico y un enamorado de los años veinte parisinos, su época de oro; Inez es, sin más, una mujer pragmática, materialista y enclavada en el presente. Gil quisiera vivir en París; Inez, si por ella fuera, estaría mejor si la soltaran de compras en Rodeo Drive, de vuelta en la seguridad de su hogar angelino. Gil es la versión de Woody Allen que nos ofrece un Owen Wilson sin tacha; Inez es una Rachel McAdams curvilínea y de pantalones de mezclilla siempre untadísimos que intenta emular a la tonta Scarlett Johansson de Vicky Cristina Barcelona (2008).

Después de una cata de vinos, Gil quiere caminar y respirar la París nocturna, mientras que Inez quiere irse a bailar con el pedante y seudointelectual Paul y su esposa Carol. La pareja se separa, entonces, y comienza, ahora sí, la verdadera aventura del escritor: perdido, se sienta en una escalinata y escucha unas campanas que anuncian la medianoche. Un instante después, un viejo Peugeot de los años veinte se estaciona frente a él, las puertas del coche se abren y los que en su interior viajan invitan a Gil a acompañarlos a una peculiar fiesta en la que un individuo idéntico a Cole Porter toca el piano y canta una canción, sí, de Cole Porter. Allí están, también, Scott y Zelda, pareja idéntica a la que formaban el escritor F. Scott Fitzgerald y la parrandera y narradora frustrada Zelda. Gil se talla los ojos y, entonces, comprende: ha viajado en el tiempo y, sí, sus nuevos amigos son los Fitzgerald, quienes lo llevan a un bistrot en el que conoce a Ernest Hemingway, quien a su vez lo llevará a conocer a Gertrude Stein, misma que leerá la novela que Gil pergeña y corrige en su vacación.

Permiso para plantear una pregunta: ¿por qué es Medianoche en París la película más taquillera de Woody Allen? Si bien su premisa es atractiva —todo tiempo pasado siempre fue mejor: hay que vivir en el presente, sin embargo, y crear (pintar, escribir, lo que sea) en la torre de marfil desde la que la tradición nos deslumbra a la vez que nos ilumina y, así, vencer el poder cancerígeno de la nostalgia—, se trata de una obra que incurre una y otra vez en los lugares comunes de lo que bien podríamos llamar “superación artística”, una retahíla de clichés que los escritores, pintores y demás fauna de la “moveable feast” y la “generación perdida” que fue la París de los veinte le espetan a Gil, viajero del tiempo que sufre una revelación que, desde su aparición en la pantalla, es evidente para el espectador (quien no la haya visto, puede no leer las líneas con las que cierra esté párrafo): Inez no es para él y, como desea, se mudará a París a escribir —y caminar bajo la lluvia— durante una temporada.

siempre2

A Woody Allen, ya se sabe, uno lo detesta o lo adora de manera radical: no hay términos medios en nuestra relación con el corpus de su cinematografía, construida al ritmo de una película por año desde los lejanos años setenta. Pero algo pasa con Medianoche en París, película en la que nuestro cineasta parece haber llevado al límite la caricatura de la caricatura de sus obras previas: poco queda de su originalidad y de su gran sentido del humor, y todo parece indicar que se ha convertido en uno de esos “americanos” de los que tanto se burla, para los que parece haber concebido esta última entrega falta de lustre y gracia, repleta de chascarrillos artificialmente edulcorados.

Respondamos, pues y para cerrar, a la pregunta planteada al inicio del párrafo anterior: Medianoche en París es un éxito de taquilla porque es la película de Woody Allen más vacía de Woody Allen, una obra plana y accesible y zonza como las que nos imaginamos que escribe el propio Gil, personaje-náufrago que, pese a la genial emulación que hace de su creador, se hunde y se pierde en el fondo de un gran océano de intrascendencia.

David Miklos. Escritor. Su más reciente libro es La vida triestina.