Hagamos como hace Woody Allen en su más reciente película y viajemos a su época dorada, allá por 1979, cuando se estrenó la que no puede ser sino su obra maestra, Manhattan. Todo comienza con distintas vistas de la ciudad, filmadas en blanco y negro, y con la voz en off de un escritor superpuesta a la Rhapsody in Blue de George Gershwin, con las inconfundibles notas con las que un clarinete nos seduce. El escritor comienza, se detiene, desecha lo escrito, comienza de nuevo. Y cuando finalmente da con el tono y la escritura comienza a fluir, en la pantalla se ha hecho de noche y la música explota a la vez que el cielo se ilumina por fuegos artificiales. Sólo entonces comienza la película, una de las mejores que jamás se hayan filmado.
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