Un amigo de la familia contó la anécdota: un pariente aristócrata solía terminar las discusiones con una pregunta lanzada a su adversario como un dardo emponzoñado: “Y a todo esto, ¿tuviste piano en casa?”. Al responder el oponente que no, el aristócrata aquel remataba sumariamente: “se nota”. Seguro la anécdota se me quedó grabada no sólo por ser una faena retórica, sino por su impecable y sucinta lógica, sumatoria de “infancia es destino” y “se es lo que se tiene”. Y en esto rememoro al caminar aquí, por las calles de la ciudad de Austin, Texas, donde veo harta infancia creciendo al desamparo de no tener las mexicanas banquetas, lo que en genérico castellano se dice aceras. Es esta carencia de acera en los años formativos, este sidewalklessness texano, la marca indeleble de generaciones enteras. ¡Cómo se nota la falta de acera!
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