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Un amigo de la familia contó la anécdota: un pariente aristócrata solía terminar las discusiones con una pregunta lanzada a su adversario como un dardo emponzoñado: “Y a todo esto, ¿tuviste piano en casa?”. Al responder el oponente que no, el aristócrata aquel remataba sumariamente: “se nota”. Seguro la anécdota se me quedó grabada no sólo por ser una faena retórica, sino por su impecable y sucinta lógica, sumatoria de “infancia es destino” y “se es lo que se tiene”. Y en esto rememoro al caminar aquí, por las calles de la ciudad de Austin, Texas, donde veo harta infancia creciendo al desamparo de no tener las mexicanas banquetas, lo que en genérico castellano se dice aceras. Es esta carencia de acera en los años formativos, este sidewalklessness texano, la marca indeleble de generaciones enteras. ¡Cómo se nota la falta de acera!

aceras

Vamos a ver: que las ciudades texanas no tengan aceras es ya un problema, pero que los niños texanos crezcan sin aceras es un despropósito total para esta sociedad que levanta su cultura política, como pocas, sobre tres pilares: movilidad social, religión y una terapia colectiva de abuse-recovery. La acera, quiero creer, sería un componente indispensable para la Texas profunda que se asume trasunto de una mítica comunidad valiente, solidaria y hermosa. Porque la acera civiliza, va bien para el chamorro, para el muslo, la nalga y la autoestima. Es, además, escuela de galanteo, de civismo, de historia… No sorprenda que hace cien años los manuales de urbanidad incluyeran una sección sobre cómo caminar, ceder, entrar y entender la acera. Los niños que crecen en las aceras, como en las novelas de Malamud, de Roth, de Bellow, desarrollan otra sesera para pensar la vida. We’re Texas and you ain’t shit, dicen por aquí. Pero sin aceras, ¿qué tanto es ser Texas?

Regreso a mis aceras de infancia: en La Piedad, la de Cabadas, la acera era para poner sillas por la tarde-noche y darle duro al güiri güiri entre los transeúntes que a ratos le entraban a las conversas. Mi abuela Leonor caminaba las aceras de La Piedad a toda prisa, con la mirada al suelo, sólo levantaba el rostro a la voz de “¿ondi va Leoncito?”. Desde que amanecía todo, la ducha, el arreglo de las jaulas de los pájaros, el desayuno, el acicalarse, era preparación para salir a la acera, rumbo misa, rumbo calle, rumbo amigas, rumbo no importa. Mi abuelo, cuando de visita en Cinco de Mayo en la ciudad de México caminaba la acera de la década de 1980 como quien regresa a hablar un idioma que aprendió en la juventud pero que ha dejado de practicar por muchos años: vestimenta impecable, calzado lustroso, mirada fija al frente, una mano en el bolsillo, levemente alzado el fino casimir del saco, la otra mano siguiendo el ritmo de la caminata, lista a tocar, de ser necesario, la ala del Panamá. Ahí iba mi abuelo con la cadencia y la prosodia de la ciudad que conocía, la de 1920. “A rua”, decía João do Rio en 1902, “es la transformadora de las lenguas”. También es la que las conserva vivas, aunque hayan muerto, y así el abuelo y sus aceras, larga conversa en lengua muerta.

Hoy en la ciudad de México ya queda poca acera, están desconectadas, quedan arrecifes de calles y aceras en un océano de asfalto hecho para autos. La acera fue la conquista sobre el lodo y la naturaleza. Había que triunfar sobre la madre tierra. En la actual ciudad de México uno no se abre paso a través de aceras, sino como pueda, entre la maleza del caos industrial y urbano. La acera parece el rito de pasaje de la civilización anterior, la que duerme bajo la ciudad que pisamos.

Regreso a Texas. Aquí las ciudades no son inmensas, son extendidísimas y muy ordenadas, muy nuevas, pero se planifican sin aceras. Las aceras de los downtowns, en Houston o en Austin, están hechas cual pasillos para que burócratas y gente de negocios caminen al lunch o a otra oficina, pero siempre de nueve a cinco. Después de las cinco, las aceras, como las oficinas, están obscuras y vacías. Nadie camina para verse o ser visto, para “dar la vuelta”, nadie coloca cuatro latas de Budweiser y ¡futbolín vénganos tu reino! No es que quien crece sin acera carezca de civilidad —aunque ya es mucho carecer—, pero ¡cómo se nota quien no ha tenido sus buenas horas de acera! El sidewalklessness se lleva en la frente, es la marca de muchedumbres que tienden a no ver ni rever sus pasos porque no conocen la forma esencial de esta metáfora: “dar pasos”. Son, creo, seres que ignoran la forma sublime de los extremos “ensimismamiento” y “engentarse”.

Ahora bien, no hay que idealizar a la acera, es también la madre de todos los vicios; inclusive el de la nostalgia. También el de la vagancia. En Texas hay muchos vicios, pero no éstos; la nostalgia es muy mítica —por un caballo y una pistola— y la vagancia es un Shopping Mall que confunde vagar con comprar. Caminar aceras es un género poco conocido en Texas y los que lo practicamos podríamos enseñarlo a través de caminatas en imitación de…: “Acera en imitación de Pessoa”, “Andanza a la Pablo Palacios”, “Orgiacera a la Salvador Novo”, “Banquetazo a la Monsiváis”… o “introspección de acera a la L. Mariani”:

Finalmente come un platano urbano
cresciuto a furia di pisciar dei cani
utile e triste.

[Finalmente como un plátano urbano
crecido a la furia del orinar de perros
útil y triste.]

En fin, acera es destino.


Mauricio Tenorio Trillo.
Historiador. Miembro del Departamento de Historia de la Universidad de Chicago y de la División de Historia del CIDE.