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El Caso de los Catorce, como la propia policía de París lo identificó a mediados del siglo XVIII, se incorporó a los estudios de Robert Darnton hace una docena de años. Tiene que ver con una serie de arrestos y condenas para dar con el autor de una oda contra Luis XV, de la cual sólo sobrevive su primer verso, “Monstre dont la noire furie”. A pesar de este fracaso, la investigación de los agentes integró un sedicioso elenco de 14 lectores, copistas y propagadores —jóvenes la mayoría— y recabó un puñado de poemas no menos salaces sobre el rey, Mme de Pompadour, su amante, y sus ministros. La primera vez, entonces, que Darnton tocó el caso fue junto a otros en “Una de las primeras sociedades informadas: Las novedades y los medios de comunicación en el París del siglo XVIII”, y sin embargo fue el que le añadió sonido a su versión para The American Historical Review (febrero 2000) en su primer ensayo con los recursos de la edición electrónica para los historiadores. El mismo caso, el mismo acento en la comunicación, e incluso la misma restauración musical a cargo de la artista de cabaret Hélène Delavault, ocupan hoy las páginas del título más reciente de Darnton, La poesía y la policía. Las redes de comunicación en el París del siglo XVIII, cuya traducción realicé para Cal y arena, que lo pondrá en circulación a fines de este año. Sin embargo, el énfasis de esta minuciosa y magistral pesquisa tiene que ver con sonidos y sentidos. Va de la investigación en las colecciones de cancioneros, hoy en archivos y bibliotecas, entonces en manos de aristócratas que atesoraban todo tipo de melodías, como la abuela de Georges Sand, y concluye en un “cabaret electrónico”, hoy suplemento sonoro que puede consultarse, disfrutarse, en la dirección electrónica siguiente:
www.hup.harvard.edu/features/darpoe <http://www.hup.harvard.edu/features/darpoe>
Un alto rigor en el uso de las fuentes respalda esta recuperación de la experiencia oral en la capital de los philosophes y la letra impresa. Y revela que, en efecto, París ya entonces era una fiesta.
—Antonio Saborit

En la primavera de 1749 el lugarteniente general de la policía en París recibió la orden de arrestar al autor de una oda que comenzaba “Monstre dont la noire furie” (“Monstruo cuya negra furia”). Ésta era la única pista del policía, aparte de que la oda llevaba el título “El destierro de M. de Maurepas”. El 24 de abril, Luis XV destituyó y desterró al conde de Maurepas, quien dominó el gobierno como ministro de la Marina y de la Casa del Rey. Era evidente que alguno de los aliados de Maurepas había ventilado su ira en un poema que atacaba al propio rey, pues el “monstruo” se refería a Luis XV. De ahí que se movilizara la policía. Calumniar al rey en un poema que circulaba descaradamente era un asunto de Estado, un tema de lesa majestad.

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Se dio aviso a las legiones de espías al servicio de la policía y a finales de junio uno de ellos dio con un rastro. Informó de su hallazgo en un pedazo de papel: dos frases, sin firma y sin fecha:

Monseigneur,
Sé de alguien que guardaba en el escritorio de su casa hace unos días los versos abominables contra el rey que le gustaban mucho. Le indicaré quién es si usted así lo desea.

Tras recibir 12 luises de oro (casi el salario anual de un trabajador no calificado), el espía apareció con una copia de la oda y el nombre de la persona que lo suministró: François Bonis, estudiante de medicina, quien residía en el Collège Louis-le-Grand, en donde supervisaba la educación de dos jóvenes caballeros de provincia. La noticia escaló velozmente la línea de mando: del espía, que permaneció en el anonimato, a Joseph d’Hémery, inspector del comercio del libro, a Nicolas René Berryer, lugarteniente general de la policía, a Marc Pierre de Voyer de Paulmy, conde d’Argenson, ministro de Guerra y del Departamento de París y el personaje más poderoso en el nuevo gobierno. D’Argenson reaccionó en el acto, no había tiempo que perder: Berryer debía arrestar lo más pronto posible a Bonis, más adelante se conseguiría una lettre de cachet;1 y la operación debía realizarse en el mayor secreto para que la policía pudiera dar con los cómplices.

El inspector d’Hémery ejecutó sus órdenes con admirable profesionalismo, como él mismo lo señaló en un informe dirigido a Berryer. Tras colocar a sus agentes en lugares estratégicos y dejar un carruaje a la vuelta de la esquina, d’Hémery abordó a su hombre en la rue du Foin. El mariscal de Noailles lo quería ver, le dijo a Bonis, sobre un asunto de honor, en el cual estaba involucrado un capitán de caballería. Como el propio Bonis se sabía inocente de cualquier cosa que pudiera suscitar un duelo (Noailles resolvía tales asuntos), de buena gana siguió a d’Hémery hasta el carruaje para luego desaparecer en la Bastilla.

La transcripción del interrogatorio de Bonis siguió el formato de costumbre: preguntas y respuestas consignadas bajo la forma de un cuasidiálogo, cuya exactitud autentificaron Bonis y su interrogador, el inspector de la policía Agnan Philippe Miché de Rochebrune, estampando sus iniciales en cada página.

 

Interrogado en cuanto a si no es verdad que él compuso los versos en contra del rey y que los leyó a diversas personas.

Dijo que él no es ningún poeta y que él nunca compuso unos versos en contra de quien fuera, pero que hace unas tres semanas, estando en el Hôtel Dieu [hospital], donde alrededor de las cuatro de la tarde visitó al señor abate Gisson, director del Hôtel Dieu, vio llegar a un sacerdote más alto que el promedio de las personas, de unos treinta y cinco años en apariencia, el cual también iba a visitar al dicho abate Gisson; que la conversación giró en torno al contenido de las gacetas y este sacerdote, al decir que alguien había tenido la malicia de componer unos versos satíricos en contra del rey, sacó un poema contra Su Majestad, del cual el declarante realizó una copia en la habitación del mencionado señor Gisson, pero sin apuntar todos los versos del dicho poema, de los que se saltó una buena parte.

En síntesis, una reunión sospechosa: estudiantes y sacerdotes que discuten temas de actualidad y circulan ataques satíricos al rey. El interrogatorio siguió así:

Interrogado sobre el uso que les dio a los mencionados versos.
Dijo que los leyó en un salón del dicho Collège de Louis-le-Grand en presencia de algunas personas y que luego los quemó.
Al hacerle presente que él no decía la verdad y que no había copiado con tanta avidez los referidos versos para quemarlos enseguida.
Dijo haber juzgado que los referidos versos los habían escrito los jansenistas y que, al tenerlos ante sus ojos, quiso saber de qué eran capaces los jansenistas y cómo piensan, e incluso cuál es su estilo.

El inspector Rochebrune hizo caso omiso de esta endeble defensa con una disertación sobre la iniquidad de esparcir el “veneno”. Al haber conseguido una copia del poema de uno de los conocidos de Bonis, la policía supo que no lo había quemado. Pero la policía había prometido proteger la identidad de su informante y no tenía un particular interés en lo que sucedió con el poema luego de que llegara a las manos de Bonis. La misión de la policía era remontar el trayecto de difusión del poema con el fin de llegar hasta su fuente. Bonis no pudo identificar al sacerdote que le había facilitado su copia. Por lo tanto, instigado por la policía, Bonis le escribió una carta a su amigo en el Hôtel Dieu preguntándole nombre y dirección del sacerdote para así poder devolverle un libro que le había prestado. Más tardó en llegar la información que el sacerdote Jean Edouard, de la parroquia de St. Nicolas des Champs, en entrar a la Bastilla.

Durante su interrogatorio, Edouard dijo que el poema lo había obtenido de otro sacerdote, Inguimbert de Montagne, a quien se arrestó y dijo que lo obtuvo de un tercer sacerdote, Alexis Dujast, a quien se arrestó y dijo que lo obtuvo de un estudiante de derecho, Jacques Marie Hallaire, a quien se arrestó y dijo que lo obtuvo de un escribiente de una notaría, Denis Louis Jouret, a quien se arrestó y dijo que lo obtuvo de un estudiante de filosofía, Lucien François Du Chaufour, a quien se arrestó y dijo que lo obtuvo de un condiscípulo de nombre Varmont, a quien le avisaron a tiempo para esconderse aunque más adelante se entregó y dijo que el poema lo había obtenido de otro estudiante, Maubert de Freneuse, a quien nunca se encontró.

Cada arresto generó su propio expediente, lleno de información sobre la forma en la que el comentario político —en este caso un poema satírico acompañado de amplias discusiones y materiales de lectura colaterales— fluía por los circuitos de comunicación. A primera vista, la transmisión parece lineal y el entorno harto homogéneo. El poema pasó a lo largo de una línea de estudiantes, empleados y sacerdotes, casi todos amigos y todos ellos jóvenes, entre los dieciséis (Maubert de Freneuse) y los treinta y uno (Bonis). El propio poema despedía una fragancia peculiar, al menos para d’Argenson, quien lo devolvió a Berryer con una nota en la que lo describía como una “pieza infame que me parece, lo mismo que a usted, desprender el aroma de la pedantería y el Barrio Latino”.

Sólo que conforme se ampliaba la investigación el panorama se volvió más complicado. “Monstre dont la noire furie” se cruzó en el camino de otros cinco poemas, todos ellos sediciosos (por lo menos a los ojos de la policía) y cada cual con su propio patrón de difusión. Estaban transcritos en pedazos de papel, se intercambiaban por otros papeles semejantes, se dictaban a más copistas, se memorizaban, declamaban, imprimían en folletos clandestinos, en algunos casos se les adaptaba a melodías populares y se cantaban.
Además del grupo inicial de sospechosos remitidos a la Bastilla, se encarceló a otros siete; y éstos implicaron a cinco más, que escaparon. Al final, la policía encerró en la Bastilla a catorce proveedores de poesía —de ahí el nombre de la operación en los expedientes, “L’Affaire des Quatorze” (El Caso de los Catorce)—, pero nunca dio con el autor del poema original, “Monstre dont la noire furie”. De hecho, acaso no tuvo un autor, pues la gente añadía y quitaba estrofas y modificaba el fraseo a su gusto. Fue un caso de creación colectiva; y el primer poema se traslapó y cruzó con tantos poemas más que, tomados en conjunto, crearon un campo de impulsos poéticos, proyectándose de un punto de transmisión al otro y colmando la atmósfera con lo que la policía llamaba “mauvais propos” o “mauvais discours” [arenga aviesa], una rimada cacofonía de sedición.

La caja en los archivos —la cual contiene un revoltijo de interrogatorios, informes de espionaje y notas bajo la etiqueta “El Caso de los Catorce”— puede tomarse como una colección de pistas para un misterio al que llamaremos “opinión pública”. Es imposible dudar que semejante fenómeno existiera hace doscientos cincuenta años. Tras cobrar impulso por décadas, la opinión pública fue la que asestó el golpe decisivo cuando el Antiguo Régimen se derrumbó en 1788. Pero ¿qué era exactamente y cómo afectó los acontecimientos? Aunque contamos con varios estudios sobre el concepto de opinión pública como tema en el pensamiento filosófico, tenemos poca información sobre la forma en la que operaba realmente.

¿Cómo la tendríamos que concebir? ¿Como una serie de protestas que como olas azotaron la estructura de poder crisis tras crisis, desde las guerras de religión del siglo XVI hasta los conflictos parlamentarios de la década de los setecientos ochenta? ¿O como un clima de opinión, el cual iba y venía dependiendo de los caprichos de los determinantes sociales y políticos? ¿Como un discurso o como un montón de discursos encontrados, desarrollados por diferentes grupos sociales desde distintas bases institucionales? ¿O como un conjunto de actitudes, sepultadas bajo la superficie de los acontecimientos aunque potencialmente accesibles para los historiadores por medio de investigación estadística? Se puede definir a la opinión pública de muchas maneras y someterla a examen desde muchos puntos de vista, pero apenas se pretende fijarla, se vuelve borrosa y desaparece, como el gato de Cheshire.

En lugar de tratar de encerrarla en una definición, me gustaría ir detrás de ella por las calles de París —o mejor, pues la cosa misma elude nuestro alcance, seguirle la pista a un mensaje a lo largo de los medios de comunicación de la época.

Las referencias cruzadas en los expedientes sugieren algo así como un submundo clerical, pero nada que se parezca a una conspiración política. Es evidente que a los jóvenes sacerdotes que estudiaban para obtener grados más altos les gustaba impresionarse entre sí con la literatura clandestina que portaban debajo de sus sotanas. Debido a que en 1749 explotaban a su alrededor las controversias jansenistas, se les podía haber acusado de sospechosos de jansenismo (el jansenismo era una variedad muy severa de la piedad y la teología agustinas, condenada por herética en 1713 por medio de la bula papal Unigenitus). Sólo que ninguno de los poemas manifestaba simpatía alguna por la causa jansenista, y Bonis en particular intentó tramitar su salida de la Bastilla por medio de la denuncia de jansenistas. Más aún, en ocasiones los curas sonaban mucho más galantes que piadosos, y mucho más preocupados por la literatura que por la teología.

Los jóvenes abates intercambiaban poemas con sus amigos en otras facultades, en especial derecho, y con los estudiantes que terminaban su philosophie (el último año de secundaria). Su red se extendía por los colegios más importantes en la Universidad de París, que incluía Louis-le-Grand, Du Plessis, Navarre, Harcourt y Bayeux, pero no el extremadamente jansenista Collège de Beauvais, y más allá del “Barrio Latino” (“le pays latin”, el país latino, en la sarcástica expresión de d’Argenson). El interrogatorio de Guyard muestra que su amplio acervo de poemas lo formó a partir de fuentes clericales y que más adelante los difundió en la sociedad secular, no sólo a Hallaire, sino también a un abogado, a un canciller en la corte presidial de La Flèche y a la esposa de un tabernero parisino. La transmisión se realizaba por medio de la memorización, notas escritas y declamaciones en lugares clave de la red de amigos.

Conforme la investigación avanzaba rumbo al origen en el modelo de difusión la policía se iba alejando de la Iglesia. Dio con un miembro del Grand Conseil (Langlois de Guérard), con un escribiente de notario en el Grand Conseil (Jouret), con el secretario de un juez (Ladoury) y con otro secretario de juzgado (Tranchet). La policía dio también con otro grupo de estudiantes cuya figura central parecía ser un joven de apellido Varmont, quien concluía su año de filosofía en el Collège d’Harcourt. Varmont había reunido una importante colección de poemas sediciosos, incluido el poema “Monstre dont la noire furie”, el cual memorizó y dictó en clase a Du Chaufour, condiscípulo en filosofía, quien lo transmitió en el circuito que al final llevaba hasta Bonis. Del arresto de Du Chaufour se enteró Varmont por Jean Gabriel Tranchet, el secretario de un juzgado que asimismo era espía de la policía y por tanto contaba con información privilegiada. Sólo que Tranchet no logró borrar sus propias huellas, de modo que él también terminó en la Bastilla, en tanto que Varmont permaneció escondido. Al cabo de una semana de vivir en la clandestinidad, Varmont se entregó y salió libre tras rendir su declaración sobre sus propias fuentes de abastecimiento. Entre ellas estaba un conjunto de empleados y estudiantes, dos de los cuales sufrieron arresto pero no lograron ofrecer más pistas. En este punto concluye la documentación y es probable que la policía se rindiera, pues el rastro del poema “Monstre dont la noire furie” se había vuelto tan frágil que se perdía entre otros poemas, canciones, epigramas, rumores, bromas y bons mots agolpándose en las redes de comunicación de la ciudad.

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Luego de observar a la policía perseguir a la poesía en tantas direcciones, queda la impresión de que su pesquisa se extravió en una serie de arrestos que podrían haber continuado indefinidamente sin llegar a un autor final. A donde la policía volteara aparecía alguien que cantaba o declamaba versos pícaros sobre la corte. La picardía se esparció entre los jóvenes intelectuales del clero y parece haber sido particularmente abundante en los bastiones de la ortodoxia, como los colegios y los bufetes de abogados, donde los jóvenes burgueses completaban su educación y su noviciado profesional. ¿Había detectado la policía la cepa de cierta podredumbre ideológica en el núcleo mismo del Antiguo Régimen? Tal vez sí, ¿pero había que considerarla en serio como sedición? Los expedientes sugieren un entorno de abates mundanos, escribientes y secretarios de notarías y de juzgados y estudiantes que jugaban a ser beaux-esprits2 y se divertían intercambiando chismes políticos en verso. Era un juego peligroso, más de lo que ellos mismos alcanzaban a ver, pero no representaba una amenaza para el Estado francés. ¿Por qué reaccionó con tal fuerza la policía?

El único de los catorce detenidos que dio alguna señal de insubordinación en serio fue Pierre Sigorgne, un profesor de filosofía en el Collège du Plessis de treintaiún años de edad. Él no se comportó como los demás. A diferencia de ellos, lo negó todo. Al momento de rendir su declaración le dijo en tono desafiante a la policía que él no había compuesto los poemas; que él nunca tuvo copias de ellos; que él no los había recitado en voz alta, y que no firmaría la transcripción de su interrogatorio, toda vez que él lo consideraba ilegal.

En un principio la bravura de Sigorgne convenció a la policía de que al fin había dado con su poeta. Ninguno de los otros sospechosos había dudado en revelar sus fuentes, en parte gracias a una técnica que se empleó en los interrogatorios: la policía les advirtió a los detenidos que quien no pudiera decir dónde recibió el poema sería sospechoso de haberlo escrito y se le castigaría debidamente. Guyard y Baussancourt ya habían declarado que Sigorgne les dictó de memoria dos de los poemas en distintas ocasiones. Uno, el poema “Quel est le triste sort des malheureux Français” (“Qué triste fortuna aguarda a los desgraciados franceses”), tenía ochenta versos; el otro, el poema “Sans crime on peut trahir sa foi” (“Sin delinquir se puede traicionar la fe”), tenía diez versos. Aunque la memorización era un arte sumamente desarrollado en el siglo XVIII y lo practicaban algunos de los otros prisioneros (Du Terraux, por ejemplo, le recitó un poema a Varmont, quien lo memorizó al oírlo), semejante ejercicio de memoria se podía tomar como evidencia de la autoría.

Nada, sin embargo, indicaba que Sigorgne tuviera el mínimo conocimiento del poema principal que rastreaba la policía, “Monstre dont la noire furie”. Sigorgne tan sólo ocupaba un punto en el que convergían líneas de un modelo de difusión, y la policía lo atrapó sin querer mientras seguía las pistas de un punto a otro. Aunque Sigorgne no era a quien buscaba la policía, el suyo fue un arresto importante. La policía lo describió en sus informes como un personaje sospechoso, como un “hombre de ingenio” (homme d’esprit), conocido por sus avanzadas opiniones sobre la física. De hecho, Sigorgne fue el primer profesor en enseñar el newtonismo en Francia, y sus Institutions newtoniennes, publicadas dos años antes, aún ocupan un lugar en la historia de la física. Un profesor de su categoría no tenía por qué andar dictando poemas sediciosos a sus alumnos. Y sin embargo, ¿por qué, a diferencia de todos los demás, Sigorgne se rehusó a hablar de una manera tan desafiante? Él no había escrito los poemas y sabía que su encierro se prolongaría y que sería más severo si se negaba a colaborar con la policía.

Sigorgne, de hecho, parece que sufrió muchísimo. A tal grado se deterioró su salud al cabo de cuatro meses en una celda que él mismo creía que lo habían envenenado. Según las cartas de su hermano al lugarteniente general, toda la familia de Sigorgne —cinco niños y dos añosos padres— perdería su principal sustento a menos que se le permitiera retomar su trabajo. El 23 de noviembre lo liberaron pero desterrándolo a Lorena, donde pasó el resto de su vida. La lettre de cachet que lo envió a la Bastilla el 16 de julio fue un golpe fatal para su carrera universitaria, pero él no se quebró jamás. ¿Por qué?

Medio siglo después, André Morellet, uno de los jóvenes abates filosóficos que rondaban en torno de Sigorgne, aún recordaba claramente el episodio e incluso uno de los poemas que se relacionaban con él. El poema lo había escrito un amigo de Sigorgne, un tal abate Bon, reveló Morellet en sus memorias. Sigorgne se había negado a hablar para salvar a Bon y tal vez también a algunos de los estudiantes en el último tramo de sus dictées. Uno de ellos era el gran amigo y condiscípulo de Morellet, Anne Robert Jacques Turgot, quien por entonces se preparaba para una carrera en la iglesia. Turgot había caído bajo el hechizo del elocuente newtonismo de Sigorgne en el Collège du Plessis y también se había hecho amigo de Bon; así que él también habría pasado un tiempo en la Bastilla si hubiera hablado Sigorgne. Poco después del Caso de los Catorce, Turgot decidió seguir una carrera administrativa; y veinticinco años después, al llegar a ser director general de Finanzas de Luis XVI, intervino para que Sigorgne se hiciera abate.

Durante sus años de estudiantes, Turgot y Morellet tuvieron otro amigo común, seis años mayor y mucho más ambicioso en su actividad filosófica que Sigorgne: Denis Diderot.
Ellos colaboraron con artículos para la Encyclopédie de Diderot, cuyo lanzamiento ocurrió al mismo tiempo que se desarrollaba el Caso de los Catorce. De hecho, el lanzamiento se aplazó porque también Diderot desapareció en prisión, el Château de Vincennes, el 24 de julio de 1749, ocho días después de que Sigorgne ingresara a la Bastilla. Diderot no había escrito ningún poema irreverente sobre el rey, pero sí había sacado un tratado herético, Lettre sur les aveugles (Carta sobre los ciegos), mismo que se cruzó con el poema en el sistema de distribución. Sigorgne le había dictado a Guyard el poema “Sans crime on peut trahir sa foi”, y Guyard lo había enviado a Hallaire “en un libro titulado Lettre sur les aveugles”. Luego de que un importante experto en Newton lo declamara ante unos estudiantes de filosofía, el poema había circulado dentro de un tratado impío que escribiera el líder de los enciclopedistas. Morellet, Turgot, Sigorgne, Diderot, la Encyclopédie, la Lettre sur les aveugles, la ley de relación exponencial inversa al cuadrado y la vida sexual de Luis XVI se daban de empujones de un modo promiscuo en los canales de comunicación del París del siglo XVIII.

¿De aquí se sigue que el lugar estaba mechado, minado y listo para estallar? Desde luego que no. En ninguna parte de los expedientes se puede percibir el aroma de una revolución incipiente. Un tufo a Ilustración, sí; una sospecha de desafecto ideológico, definitivamente; pero nada parecido a una amenaza al Estado. La policía arrestaba con frecuencia a los parisinos que insultaban abiertamente al rey. Pero en este caso la policía lanzó un operativo por todos los colegios y cafés de París; y cuando le echaron el guante toda una variedad de pequeños abates y tinterillos de juzgado los aplastaron con toda la fuerza de la autoridad absoluta del rey. ¿Por qué? Es el momento de plantear la pregunta que Erving Goffman colocaba como punto de partida de toda investigación en ciencias humanas: ¿Qué está pasando?

La operación parece especialmente desconcertante si se considera su naturaleza. La iniciativa vino del hombre más poderoso en el gobierno francés, el conde d’Argenson, y la policía llevó a cabo su encomienda con gran cuidado y secreto. Tras muy elaborados preparativos, la policía detuvo sospechoso tras sospechoso; y sus víctimas desaparecían en la Bastilla sin que se les permitiera ningún asomo al mundo exterior. Pasaron días antes de que amigos y familiares supieran qué había sucedido con ellos. El director del Collège de Navarre, donde estudiaban dos de los sospechosos, le escribió cartas desesperadas al lugarteniente general preguntándole si los habían ahogado. Eran estudiantes ejemplares, incapaces de realizar un crimen, insistió: “Si usted tiene información de la suerte de ellos, en nombre de Dios, no se niegue a decirme si aún viven; pues en la incertidumbre en que me encuentro, mi situación es peor que la de ellos. Familiares de respeto y amigos me preguntan a toda hora qué les sucedió”.

Se requería una cierta cantidad de cautela para que la policía siguiera las pistas sin alertar al autor del poema. Como con Bonis, la policía empleó diversas artimañas para hacer subir en un carruaje a los sospechosos y llevarlos a la Bastilla. Por lo general le presentaba al sospechoso un paquete y le decía que el donante, que aguardaba en un carruaje, quería discutir alguna proposición. Ninguna de las víctimas de la policía fue capaz de resistir el jalón de la curiosidad. Todos desaparecieron de las calles de París sin dejar huella. La policía se ufanó de su profesionalismo en los informes remitidos a d’Argenson, y él respondió con felicitaciones. Tras el primer arresto, le ordenó a Berryer que duplicara sus esfuerzos, de manera que las autoridades pudieran “arribar de ser posible al origen de semejante infamia”. Tras el segundo arresto, volvió a urgir al lugarteniente general: “No debemos, Monsieur, dejar que se nos vaya la hebra, ahora que la hemos cogido. Al contrario, debemos seguirla para llegar al origen, hasta donde sea posible”. Cinco arrestos después, d’Argenson sonaba exultante:

Aquí tenemos, Monsieur, un caso investigado con toda la atención y la inteligencia posibles; y como ya hemos llegado muy lejos, debemos seguir hasta el final… Anoche rendí cuentas al rey de mi trabajo, no habiendo hablado de esto con él desde la detención del primero del grupo, quien es tutor con los jesuitas. A mí me pareció que el rey quedó muy complacido con la forma en la que todo esto se ha llevado a cabo y que quiere que sigamos hasta el final. Hoy en la mañana le mostraré la carta que usted escribió ayer y así seguiré haciendo con todo lo que usted me remita sobre este tema.

Luis XV, complacido con los primeros arrestos, firmó un nuevo paquete de lettres de cachet para que las empleara la policía. D’Argenson informaba regularmente al rey sobre los avances de la investigación. Le leía los informes de Berryer, le ordenó a Berryer que se presentara en Versalles para una conferencia urgente antes del real lever (el ceremonial con el que daban inicio las actividades diarias del rey) el 20 de julio, y envió por una copia especial del poema para estar armado con la evidencia en sus sesiones privadas con el rey.
Tanto interés en un nivel tan alto era más que suficiente para impulsar todo el aparato represivo del Estado. Pero de nuevo, ¿por qué semejante interés?

Esta pregunta no se puede responder con la documentación disponible en los archivos de la Bastilla. Pensarla es confrontar los límites de la red de comunicación antes bocetada. Las rutas de los intercambios entre los estudiantes y abates si son precisas carecen de dos elementos cruciales: el contacto con la elite ubicada por encima de la burguesía profesional y el contacto con el pueblo llano por abajo. Esos dos rasgos se muestran claramente en un testimonio contemporáneo a propósito de la forma en que los poemas políticos se movían en la sociedad:

 

Un cortesano ruin se encarga de poner [“estas infamias”] en dísticos rimados y por medio de humildes sirvientes los planta en los mercados y en los puestos callejeros. De los mercados pasan al artesano quien, a su vez, los devuelve a los nobles que los han forjado, los cuales, sin perder el tiempo, se van al Oeil-de-Boeuf [cierto punto de encuentro en Versalles] y los cuchichean entre ellos en un tono de hipocresía consumada: “¿Los habéis leído? Aquí están. Circulan entre el pueblo de París”.

Esta descripción, tendenciosa como es, muestra cómo la corte podía introducir —y también sacar— mensajes en el circuito de la comunicación. Que funcionaba en ambos sentidos, codificando y decodificando, lo confirma un apunte en el diario del marqués d’Argenson, hermano del ministro. El 27 de febrero de 1749 anotó que algunos cortesanos le habían reprochado a Berryer, el lugarteniente general de la policía, que no diera con el origen de los poemas que vilipendiaban al rey. ¿Qué le pasaba?, preguntaban ellos. ¿No conocía París tan bien como sus predecesores? “Conozco París tan bien como lo puede conocer cualquiera”, se dice que contestó. “Pero no conozco Versalles”. Otra indicación de que el poema se originó en la corte vino del diario de Charles Collé, poeta y dramaturgo de la Opéra Comique. Él comentó sobre muchos de los poemas que atacaban al rey y a Mme de Pompadour en 1749. A su experta mirada, sólo uno de ellos pasaba como obra de “un autor profesional”. Los otros provenían de la corte, lo supo por su pésima versificación.

Me dieron las coplas que circulan sobre Mme de Pompadour; de las seis, sólo hay una pasable. Más aún, es claro por su negligencia y por su malignidad que los hicieron personas de la corte; la mano del artista no se nota y, más aún, habría que residir en la corte para saber algunos de los detalles particulares que aparecen en estas coplas.

En síntesis, buena parte de la poesía que circulaba en París se había originado en Versalles. Su noble origen puede explicar el que d’Argenson exhortara a la policía a seguir todos los indicios “llegue a donde llegue”, y también puede explicar el que la policía abandonara la pesquisa, una vez que se atoró en los estudiantes y en los humildes abates. Pero los cortesanos se entretenían con frecuencia con versos dolosos. Así lo hacían desde el siglo XV, cuando el ingenio y la intriga florecieron en la Italia renacentista. ¿Por qué este caso motivó reacción tan inusual? ¿Por qué d’Argenson lo trató como un asunto de la mayor importancia, un caso que requería de conversaciones urgentes y secretas con el mismo rey? ¿Y por qué importaba que los cortesanos, que en primer lugar quizá fueran los hacedores del poema, pudieran afirmar que el pueblo llano lo recitaba en París?

Para buscar el origen de los poemas más allá de los Catorce hay que ingresar al mundo rococó de la política en Versalles. Ésta tiene la calidad de una ópera cómica, que repugna a algunos historiadores serios. Pero los contemporáneos mejor informados veían grandes beneficios en las intrigas de pasillo y sabían que una victoria en la recámara era capaz de provocar un cambio mayor en el equilibrio del poder. Uno de esos cambios, según todos los diarios y memorias de ese tiempo, ocurrió el 24 de abril de 1749, cuando Luis XV despidió y desterró al conde de Maurepas

Al cabo de treinta y seis años de servicio en el gobierno, mucho más que cualquier otro ministro, Maurepas parecía estar soldado al corazón mismo del sistema de poder. Era paradigma del estilo político del cortesano: Maurepas tenía un ingenio despierto, un conocimiento preciso de quién protegía a quién, habilidad para leer el estado de ánimo de su amo real, capacidad de trabajo disfrazada tras un aire de alegría, un ojo experto para las intrigas hostiles y una perspectiva perfecta para detectar el bon ton.3 Uno de los trucos de la permanencia en el poder de Maurepas fue la poesía. Coleccionaba canciones y poemas, en especial versos escabrosos sobre la vida de la corte y los acontecimientos de actualidad, los que solía obsequiar al rey, añadiendo chismes que sacaba de los informes que enviaba regularmente el lugarteniente general de la policía, quien obtenía el material de las patrullas de espías. En el destierro, Maurepas ordenó su colección; y tras sobrevivir en perfecto estado, se puede consultar como “Chansonnier Maurepas” en la Bibliothèque Nationale de France: cuarenta y dos volúmenes de poemas salaces sobre la vida de la corte durante los reinados de Luis XIV y Luis XV, complementados por algunas piezas exóticas provenientes de la Edad Media. Pero la pasión de Maurepas por la poesía fue asimismo su desgracia.

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Los relatos contemporáneos de su caída la atribuyen a la misma causa: no a disputas políticas, ni a un conflicto ideológico, ni a asuntos de cualquier tipo, sino más bien a poemas y canciones. Maurepas se las tenía que ver con problemas políticos, claro —menos en el ámbito de la política (como ministro de Marina hizo un trabajo regular con mantener a flote la armada y como ministro de la Casa del Rey y del Departamento de París tuvo contento al rey) que en el juego de las personalidades—. Mantenía buenas relaciones con la reina y su facción en la corte, incluido el delfín, mas no así con las amantes del rey, sobre todo Mme de Châteauroux, a quien él envenenó según se decía, y su sucesora, Mme de Pompadour. Pompadour se puso del lado del rival de Maurepas en el gobierno, el conde d’Argenson, ministro de Guerra (no confundir con su hermano, el marqués d’Argenson, quien lo veía con envidia desde el margen del poder tras ser despedido como ministro del Exterior en 1747). Conforme ascendía la estrella de Pompadour, Maurepas trató de empañarla por medio de canciones, mismas que él distribuía, encargaba o componía. Eran las acostumbradas: juegos de palabras sobre su apellido de soltera, Poisson,4 fuente de posibilidades sin fin para burlarse de su origen burgués; observaciones desagradables sobre el color de su piel y sobre su pecho plano; y protestas sobre las sumas extravagantes que se gastaban en su entretenimiento. Pero hacia marzo de 1749 estas canciones circulaban con tal profusión que los involucrados comenzaron a olerse un complot. Maurepas parecía tratar de debilitar el control de Pompadour sobre el rey mostrando que a ella se la menospreciaba públicamente y que el desdén de la gente alcanzaba ya el trono. Ante la evidencia suficiente, en verso, de su degradación entre sus súbditos, Luis tal vez la cambiaría por una nueva amante —o aún mejor, por una anterior: Mme de Mailly, convenientemente aristócrata y en deuda con Maurepas—. Era una jugada peligrosa y salió mal. Pompadour convenció al rey de que corriera a Maurepas y el rey le ordenó a d’Argenson entregar la carta que lo envió al exilio.

En las versiones contemporáneas de este hecho destacan dos incidentes. En uno, Maurepas cometió un faux pas5 fatal tras una cena privada con el rey, Pompadour y su prima, Mme d’Estrades. Se trataba de algo íntimo en los petits appartements de Versalles, el tipo de asunto que se supone no había que mencionar; pero al día siguiente un poema compuesto como canción adaptada a una melodía popular provocó carcajadas en círculos cada vez más amplios:

Par vos façons nobles et franches,
Iris, vous enchantez nos coeurs.
Sur nos pas vous semez des fleurs.
Mais ce sont des fleurs blanches.

Con maneras nobles y francas,
Fascinas, Iris, los corazones.
A nuestro paso flores dispones.
Pero nada más flores blancas.

Fue un golpe bajo, hasta para las costumbres de los pleitos en la corte. En la cena, Pompadour les había dado un ramo de jacintos blancos a cada uno de sus tres acompañantes. El poeta alude a ese detalle en un juego de palabras que suena galante pero que en realidad mortifica, porque las “fleurs blanches” se refieren a los síntomas del mal venéreo en el vertido menstrual (flueurs). Como Maurepas era el único de los cuatro comensales de quien se podía sospechar de haber chismeado lo que ahí pasó, se le responsabilizó por el poema, lo hubiera escrito o no. El otro incidente tuvo lugar cuando Mme de Pompadour llamó a Maurepas con el fin de presionarlo para que tomara medidas más fuertes contra las canciones y la poesía. Según lo consignó el diario del marqués d’Argenson, en esta entrevista hubo un intercambio particularmente desagradable:

[Mme de Pompadour]: “No se ha de decir que yo mando buscar a los ministros. Yo misma voy a ellos”. [Luego]: “¿Cuándo va a saber usted quién compuso las canciones?”.
[Maurepas]: “Cuando lo sepa, Madame, se lo diré al rey”.
[Mme de Pompadour]: “Usted, Monsieur, muestra muy poco respeto a las amantes del rey”.
[Maurepas]: “Siempre las he respetado, sin importar la especie a la que pertenezcan”.

Ocurrieran o no estos incidentes tal y como quedaron consignados, parece claro que la caída de Maurepas, que suscitó un reacomodo mayor del sistema de poder en Versalles, la provocaron canciones y poemas. Sin embargo, el poema que impulsó a actuar a la policía durante el Caso de los Catorce circuló tras la caída de Maurepas: de ahí su título, “El destierro de M. de Maurepas”. Con Maurepas fuera de la corte, había desaparecido el ímpetu político detrás de la poesía ofensiva. ¿Por qué motivo las autoridades actuaron con tanta energía para reprimir este poema, y los otros que lo acompañaban, en un momento en el que ya no existía la urgencia de la represión?

Aunque el texto de “El destierro de M. de Maurepas” ha desaparecido, su primer verso —“Monstre dont la noire furie”— aparece en los informes de la policía; y los informes sugieren que se trataba de un ataque feroz contra el rey y probablemente también contra Pompadour. Era de esperarse que el nuevo ministerio, dominado por el conde d’Argenson, un aliado de la Pompadour, fuera capaz de dar con tal lesa majestad. Berryer, el lugarteniente general de la policía, que era asimismo protégé de la Pompadour, estaría entendiblemente ansioso por cumplir el mandato de d’Argenson, ahora que d’Argenson había sustituido a Maurepas como titular del Departamento de París. Pero había más provocación y reacción que la que se alcanzaba a ver. Para los de dentro de Versalles el vilipendio continuo del rey y de la Pompadour representaba una campaña de los simpatizantes de Maurepas en la corte por limpiar su nombre y tal vez hasta porque volviera al poder, pues la persistente producción de canciones y poemas tras su caída se podía tomar como una prueba de que él no era de ninguna manera el responsable de ellos. Desde luego que la facción de d’Argenson podía aducir que la furia de los poetastros era un complot de la facción de Maurepas. Y al tomar medidas enérgicas por erradicar los poemas, d’Argenson pudo demostrar su eficacia en una zona sensible en la que tan conspicuamente había fracasado Maurepas. Al exhortar a la policía a continuar la investigación “tan alto como llegue”, d’Argenson podría achacar el delito a sus enemigos políticos. D’Argenson, ciertamente, consolidaría su posición en la corte durante un periodo en el que se redistribuían los ministerios y en el que el poder de pronto parecía fluido. Según su hermano, d’Argenson llegó incluso a abrigar la esperanza de que le nombraran principal ministre, un cargo que se dejó de utilizar tras la desgracia del duque de Bourbon en 1726. Al confiscar textos, capturar sospechosos y cultivar el interés del rey en todo este asunto, d’Argenson seguía una estrategia coherente y triunfó en la rebatiña por el control del nuevo gobierno. El Caso de los Catorce fue más que una operación policiaca: fue parte de la lucha por el poder en el corazón mismo del sistema político.

Robert Darnton.
Profesor Carl H. Pforzheimer y director de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. Entre sus libros: El beso de Lamourette: Reflexiones sobre historia cultural, Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen y La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa.

1 Lettre de cachet: carta-orden del rey expedida por lo general para la aprehensión de un sujeto. (N. del t.)
2 Beaux esprits: personas decentes. (N. del t.)
3 Bon ton: el lenguaje y la manera de las gentes distinguidas. (N. del t.)
4 Poisson: literalmente, pez, pescado. Pero con una sola ese significa veneno, y en su acepción literal se presta a numerosos juegos de palabras.
5 Faux pas: falta, desliz.