Desde que compramos la casa, le eché el ojo. Nadie le hizo caso, excepto yo. Era un espacio pequeño, pero iluminado y con vista al jardín. Originalmente, el espacio estaba destinado a servir de alacena, así que contaba con entrepaños, que no eran para libros porque eran profundos, pero en mi cabeza ya eran libreros. Sólo les faltaba una buena pintada. Instalé mi estudio y coloqué mis libros de poesía y algunos documentos personales de importancia. En las paredes coloqué dos litografías de Egipto que había comprado en el Museo Metropolitano y unas viejas acuarelas de Pompeya.
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