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Obra poética completa

Antonio Colinas,
Obra poética completa,
Fondo de Cultura Económica,
México, 2011, 668 pp.

La guerra civil española (1936-1939) le hizo daño también al arte, a la filosofía, a la poesía. No sólo porque durante el conflicto, o un poco después, expiró parte de la plana mayor de la generación del 98: Antonio Machado, Unamuno y Valle-Inclán, sino también porque la generación del 27 pierde a Federico García Lorca y a Miguel Hernández. Para otros poetas el exilio fue destino temporal o permanente. Entre los 20 mil refugiados que encontraron en México su segunda patria figuraban Luis Cernuda, León Felipe, Juan Rejano, Pedro Garfias y Agustí Bartra, poetas.                          

Entre quienes se quedaron a salvaguardar lo que llaman la Edad de Plata de las letras españolas había tres figuras clave: Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre y Gerardo Diego. Juan Ramón se refugió en su torre, a Diego la guerra lo sorprendió de vacaciones en Francia, y vivió en España sin ningún problema. Aleixandre se convirtió en el guía de los poetas de la posguerra, uno de ellos Antonio Colinas (León, España, 1946).

Ahora que el Fondo de Cultura Económica y el Conaculta publican un voluminoso tomo con su poesía completa, no está de más señalar que Colinas se lanzó al ruedo en una época en que la poesía social pasaba a la historia y las vanguardias eran todavía un laboratorio interesante. Se arrojó con un poemario que se mantenía inédito, y que se incluye en la edición mexicana: Junto al lago, escrito en 1967.

Podría decirse que la poesía de Colinas nace de la madurez del pensamiento, pese a que tiene 21 años cuando publica Poemas de la tierra y de la sangre.

Poeta a quien vale la pena leer, sobre todo ahora que voces despistadas pasan de largo junto al ritmo, o lo ven de reojo como se ve a un anciano maltratado por el tiempo. Pero el ritmo no tiene edad, la música no le permite envejecer. Y aquí está Colinas para insistir en que “no basta con copiar o repetir la realidad, o los temas de la tradición. Hay que hacerlo con palabra que se distinga, con palabra nueva”.

Discípulo también de María Zambrano, su poesía tiene en momentos aliento filosófico. ¿Qué poesía que se digne de serlo no coquetea, tímida o descaradamente, con la filosofía? Será porque “la poesía se manifiesta a través de un lenguaje que nos sitúa en un alto grado de conciencia y que nos pone en ese camino que conduce a la plenitud de ser”, como dice el autor.

Colinas retoma el camino del formalismo clásico y se mantiene en una posición de equilibrio de la senda del alejandrino al verso de arte menor. Si bien la mitad o un poco más de su obra está dedicada a versificar la contemplación, extasiarse en el paisaje, sondear en la memoria de la infancia y la adolescencia, el resto va más allá de la quietud casi mística de algunos de sus textos: “Quiero tu dulce sombra, quiero el fruto / maduro y luminoso de tus pechos”.

De vez en cuando saca del clóset al poeta juguetón, hermano incómodo del anonimato que todo poeta lleva dentro, como en el poema “Giacomo Casanova acepta el cargo de bibliotecario que le ofrece, en Bohemia, el Conde Waldstein”: “Escuchadme, Señor: de Madrid a Moscú / he viajado en vano, me persiguen los lobos / del Santo oficio, llevo un huracán de lenguas / detrás de mi persona, de lenguas venenosas. / Y yo sólo deseo salvar mi claridad, / sonreír a la luz de cada nuevo día, / mostrar mi firme horror a todo lo que muere”.

Poeta de vastos territorios, reflejados en el transcurso de su obra, tanto de su país como de Europa, Colinas es dueño de una tonalidad variada, lo mismo en sus poemas extensos como en cierta brevedad al estilo de la poesía oriental con que de pronto sorprende.

No es un poeta de altos contrastes, aunque su voz no se queda en un plano. Así el amor o el paisaje iluminen la cadencia de su voz interior, busque el conocimiento o la plenitud emocional, Colinas tiene predilección por el otoño: “Cuando llegó el otoño nacimos al amor”; “el fruto / más maduro y gustoso de este otoño encendido”; “el llanto del otoño en nuestros brazos”; “como otra rama más que aquel otoño / dejó desnuda, frágil para el aire”; “ser otoño maduro, hermoso, enfermo…”; “estallar el otoño por los montes”.

El poeta que se sumerge en las aguas de la traducción busca casi siempre en la otra voz una hermandad de vasos comunicantes. Colinas encuentra esa afinidad en Quasimodo y Leopardi, a quienes vierte al español y mantiene cerca de su obra. Y se sabe además cercano a Dante, a Rilke, a Pessoa, a Saint-John Perse, a Hölderlin, a Séneca, a Pound, a San Juan de la Cruz y a Garcilaso.

No sé por qué el texto “Crepúsculo en Medellín” me hace pensar en México, sobre todo en la alfombra roja de su bárbaro norte: “¿Hacia qué muerte joven / van caminando los adolescentes / con los ojos inyectados de sangre?” // “Hasta, si nos fijáramos, veríamos / brillar en las umbrías (como estrellas de estaño) / las pistolas”.

Margarito Cuéllar.
Poeta, narrador y periodista. Entre sus libros: Los riesgos del placer, Plegaria de los ciegos y Estas calles de abril.