A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

ruido

Juan Gabriel Vázquez,
El ruido de las cosas al caer,
Alfaguara,
México, 2011, 259 pp.

¿Importa acaso que un jurado presidido por Bernardo Atxaga e integrado por Gustavo Guerrero, Lola Larumbe, Candela Peña, Inmaculada Turbau y Juan González otorgara el XIV Premio Alfaguara de Novela a El ruido de las cosas al caer del escritor colombiano Juan Gabriel Vázquez? ¿Importa en algo que la dádiva consista en 175 mil dólares? En términos literarios, una cosa y la otra no significan nada. Significan, tan sólo, un nuevo capítulo en la historia de la industria editorial y sus usos mercantiles y cortesanos. Lo que importa en realidad es que Juan Gabriel Vázquez no ha escrito una novela cualquiera, uno de esos pasteles orondos pero insípidos que suelen ofrecerse en las grandes ocasiones. No. Ha escrito una novela excepcional que desde hace años queríamos leer aunque hayamos creído que sucedió alguna vez.

Como no somos aptos para juzgar el momento presente, quizá porque el presente nunca es duradero, dejamos que las palabras provengan del recuerdo. No parece otra la intuición que guía el relato de Antonio Yammara, un profesor de Derecho sobre el cual ha caído todo el peso de la violencia que azotó a Colombia desde que, en 1984, Pablo Escobar ordenó ejecutar al ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla. Su vida, o lo que resta de ella, condensa las vidas de quienes nacieron a principios de la década de 1970: es un rosario de posibilidades que terminaron perteneciendo a otros, disolviéndose en la distancia hasta volverse irreconocibles. Las posibilidades perdidas: las hijas del Estado, el Ejército, el Cártel, el Frente, esos actores colectivos que ostentan sus nombres con mayúsculas.

No vaya a creerse que El ruido de las cosas al caer concita a gatilleros imberbes, traficantes de poca monta, policías corruptos o periodistas malolientes a la caza de una gran revelación. Si se trata de una novela excepcional es justamente porque renuncia al cliché, a las monedas de cambio que han puesto en circulación los nuevos narcogéneros literarios. No ocurre afuera, donde la historia reciente cobra el aspecto de una ráfaga de metralla o una cuchillada, sino adentro, en ese espacio íntimo, individual, en el que la historia ya es memoria. ¿Sabemos de qué manera “puede cambiar lo vivido cuando lo recordamos”?, pregunta Yammara al inicio de su regreso a unas semanas aciagas de 1996.

En busca de sí mismo, Yammara parte tras el rastro borroso de Ricardo Laverde, un hombre curtido por la cárcel que no confunde el billar con la amistad ni acostumbra contarle su vida a cualquiera. Laverde es un enigma sobre el cual pende la soledad y la tristeza. Y es también un cuerpo asesinado a tiros desde una motocicleta en marcha en cuya muerte se cifra el futuro de Antonio Yammara. “La experiencia, eso que llamamos experiencia, no es el inventario de nuestros dolores, sino la simpatía aprendida hacia los dolores ajenos”, leemos como un recordatorio de que en la Colombia de nuestros días no está aún permitido olvidar. De modo que, para encontrarse a sí mismo, Yammara debe reconstruir la biografía en blanco de Ricardo Laverde, acometer el viaje hacia la versión latinoamericana del corazón de las tinieblas.

Existe en El ruido de las cosas al caer un acercamiento a la génesis del narcotráfico en el valle del río Magdalena al amparo de los Cuerpos de Paz estadunidenses. Asistimos al auge del trasiego de marihuana y al trazo de las rutas a través del Caribe hasta Miami. Pero observamos, por encima del paisaje político y social, cómo va tomando forma la figura de Ricardo Laverde y de su amor incauto por la gringuita Elaine Fritts. Lo vamos conociendo a tientas, como a un completo desconocido que al final de una noche de tragos termina por resultarnos demasiado familiar. Y entonces se revela el piloto de avión, el aventurero al servicio de los capos fundadores.

Que nuestras vidas les pertenecen a otros es la amarga constatación de que la violencia mutila y ensombrece los cuerpos pero, sobre todo, marchita las almas. Yammara, descubrimos muy pronto, es otra víctima en la cuenta larga de los daños colaterales. Condenado a la impotencia sexual luego de recibir un tiro en el bajo vientre, sobrevive a fuerza de rendirse al miedo. “Antonio”, dice su esposa, “Bogotá no es una ciudad en guerra. No es que haya balas flotando por ahí, no es que lo mismo nos vaya a pasar a todos”. Es cierto, pero qué tal si te toca a ti. El viaje de Yammara al pasado de Laverde intenta responder a la pregunta que rondó a Colombia durante casi dos décadas: ¿por qué me pasó lo que me pasó? ¿Y después de eso? Después, como sugiere una voz de El ruido de las cosas al caer, planteemos las preguntas auténticas, las que despuntan una vez que el cielo se ha despejado: cómo vamos a recuperarnos, cómo olvidar sin engañarnos, cómo volver a tener una vida, a estar bien con la gente que a uno le quiere; cómo, entonces, derrotar al miedo.

Roberto Pliego.
Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.