El espacio simbólico de las víctimas

El proceso simbólico que en la actualidad tiene lugar en México es sorprendente. Hasta hace unos meses se hablaba de “muertes” producidas por el crimen organizado. Se entendía que la mayoría de los muertos pertenecía a bandas rivales que se enfrentaban en una lucha descarnada por el control del territorio. Hablar de ellos como “víctimas” parecía contradecir el sentido común. Después de todo, no decimos que un asaltabancos abatido por la policía en el lance del atraco es una víctima. Por más alto que sea, no es el número de muertes el que ha agredido nuestra conciencia moral. Es algo más. El descubrimiento de las fosas clandestinas en San Fernando, Tamaulipas, fue distinto al hallazgo de otras tumbas similares en el pasado. Por primera vez el crimen desbordó los límites simbólicos que lo contenían. El país supo que cientos de personas que no tenían nada que ver con los criminales (primero los migrantes centroamericanos que fueron secuestrados en su tránsito a Estados Unidos y después simples pasajeros de autobuses, así como el hijo de Javier Sicila) habían sido asesinadas a sangre fría. Para muchos esas personas fueron las primeras con las que lograron identificarse plenamente. Esa certeza ha revolucionado críticamente la manera en que concebimos la lucha contra el narcotráfico en México. La protesta le arrebató al gobierno el término “guerra”. Los muertos, todos, empezaron a ser imaginados como víctimas. Pero mientras en el universo moral del gobierno de Felipe Calderón la “guerra” se refería a un choque, a gran escala, entre la ley y los maleantes, para los críticos postSan Fernando el conflicto se parece más a un guerra civil en la cual mueren “nuestros hijos”.

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Publicado en: 2011 Agosto