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continente

Martin Amis,
La viuda embarazada (trad. Jesús Zulaika),                 
Editorial Anagrama,
Madrid, 2011, 494 pp.

    
Martin Amis (Swansea, Gales, 1949) cambia la indagación narrativa en el absurdo violento de la posmodernidad desarrollada en sus célebres novelas Dinero (1984) y Campos de Londres (1989), para realizar una sorprendente visita a la comedia social inglesa tradicional —a la manera de Jane Austen— y registrar la transformación de un mundo, el paso del tiempo, las heridas emocionales y los fracasos sexuales de juventud, y aun más adelante recuperar velocidad y tono narrativo para trastocar su lograda comedia picaresca inicial en una novela melancólica y sutil sobre un hombre y ese continente ignoto, esa presencia enorme e insospechada dentro de su ser: el pasado.

“Al transformarse las formas de un orden social fenece un mundo, pero al morir, ese mundo no deja tras de sí un heredero sino una viuda embarazada”. De esta idea del escritor ruso Alexander Herzen, referida al caos entre el orden moribundo y el naciente, proviene el título de esta dilatada novela, escenificación de unas semanas de 1970 pasadas en Italia, cuando un grupo de jóvenes ingleses veranea en un castillo en Campania. Ya sesentón, Amis recuerda y narra esa experiencia a través de “la conciencia” de su juvenil protagonista Keith Nearing, para cifrar en esas plácidas vacaciones los cambios en las conductas íntimas alentados por la transformación política y social de los años sesenta. Sobre todo los cambios en los roles de género, pues “las chicas comenzaron a actuar como chicos”, es decir, con independencia emocional, autosuficiencia emotiva, autonomía sobre su cuerpo y su sexualidad, y con vida propia más allá de los padres, la familia, los novios, las convenciones. Junto a Keith aparecen su novia Lily, la hermosa Scheherazade, la pareja homosexual de Whittaker y el islámico Amen, la seductora Gloria, el millonario italiano Adriano y otro puñado de personajes, en el centro de los cuales el protagonista sufrirá una herida emocional causada por un malentendido sexual, lo cual resentirá durante toda su vida.

Los primeros dos tercios de la novela (350 páginas) se suceden en el estilo de la comedia inglesa: el veraneo, caminatas, mañanas soleadas en la piscina, el bronceado exacto, visitas al pueblo de Montale, viandas y bebidas, juegos de mesa al anochecer; más las divertidas o intensas conversaciones femeninas en el fresco atardecer (el ancho de las caderas, el peso y volumen de los senos, el porte de los muchachos, la sexualidad y sus vericuetos, el sexo antes del matrimonio, la separación del pensamiento, los sentimientos y el sexo; la minifalda, la píldora, un incipiente feminismo, el “monokini”, la aparición del vello púbico femenino en las revistas). Torturado entre el deseo por Scheherazade y la relación “fraternal” con Lily, Keith intenta avanzar en su carrera de crítico literario y el paralelismo de las novelas de Jane Austen (el registro del derrumbe de un mundo y un orden social) con la situación de los personajes es cada vez más notorio. Además lee a Eliot, a D. H. Lawrence (quien con su promiscua esposa Frieda visitó el castillo donde el grupo veranea ahora), a T. E. Lawrence (el célebre antropólogo y guerrero unificador de las tribus árabes frente a los turcos), desde luego a Shakespeare, a Ovidio y al mismo Borges. Amis enriquece así la narración con diversas analogías y varios contrastes narrativos, aforísticos, poéticos y novelescos.

A lo largo de los seis libros-capítulos de la novela aparece en los “entreactos” la voz directa de Amis ubicado en el año 2009, mirador privilegiado en el tiempo desde el cual aprecia y narra en su trascendencia o nimiedad los hechos y las circunstancias de ese grupo de amigos. Ya en la final Coda recupera la memoria de todos ellos, documenta sus reencuentros y las relaciones sostenidas por el grupo en distintos momentos de los últimos cuarenta años, así como la experiencia de sus tres matrimonios y la presencia de sus hijas. Destaca la dura y difícil historia de Violet, hermana de Keith y encarnación de la verdadera hermana de Amis, muerta de forma prematura a causa de una vida en desarreglo, de promiscuidad compulsiva, dipsomanía y adicciones.

Este melancólico final está urdido con una escritura casi aforística sobre el tema de la vejez, una visión estremecedora de la etapa de la vida cuando se presienten los sesenta, “los pensamientos ya no se suceden en orden y el pasado se reajusta como un cubo de Rubik” y cuando, si se tiene suerte, alguna joven enfrenta “la incesante pesadilla de vivir con un hombre nacido en 1949”. Hábil, sutil, elegante, Amis remata con una cita de Borges: “El tiempo es la sustancia de la cual estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río…”.

Alejandro de la Garza
. Periodista cultural. Acaba de publicar Espejo de agua. Ensayos de literatura mexicana.