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Del sexo de los filósofos

Armando González Torres,
Del sexo de los filósofos,
Biblioteca Mexiquense del Bicentenario,
México, 2011, 264 pp.

Este lector se ocupa indistinta y caprichosamente de la filosofía, la crítica literaria, el cine, la poesía, la tragedia griega, el pensamiento religioso, la bibliofilia, el ensayo, el arte, la novela con una soltura exenta de pedantería que hace recordar a los maestros franceses del siglo XVIII que descubrieron las posibilidades elocuentes del silencio como una variante de la conversación y cultivaron al mismo tiempo la palabra justa, responsable. Este lector procede al margen de la actualidad editorial y por ello es capaz de sonar felizmente anacrónico, tanto que puede revalorar a Epicuro, a Joseph Antoine Toussaint Dinouart o la soltería de Kant con el mismo desparpajo que a François Truffaut, a Witold Gombrowicz, Shusaku Endo y Omar Jayyam. Mientras viaja en el tiempo recolectando curiosidades o nimiedades ya olvidadas, o despreciadas por la acción de la novedad a toda costa, se entretiene o se divierte o se sorprende con los tesoros ocultos que aún guarda el pasado. Este lector, por si fuera poco, parece desconocer la saciedad; siempre quiere más. Y demuestra sentirse cómodo en cada uno de los territorios que pisa. De este modo, nos invita a compartir su experiencia. Este lector nos hace lectores, o al menos lectores más atentos, contemporáneos de todos los registros y todas las épocas.

Hablo de Armando González Torres, en quien concurren muchas de las virtudes que distinguen al buen ensayista en distancias cortas, el que se mueve en los tres-cuatro mil caracteres: honestidad para reconocer que en verdad tiene algo que decir; gusto por el detalle sutil, inclasificable; visión para encontrar justamente aquello que contrasta con el lugar común; y cierta dosis de arbitrariedad, un remedio inmejorable contra la parsimonia académica. Tales virtudes son la fibra y el nervio de su libro Del sexo de los filósofos, que convoca a 64 brevedades que renuncian a la semejanza. Si acaso en algo se parecen unas y otras es en su disposición para obligarnos a rectificar muchas opiniones acrisoladas y para ayudarnos a establecer un nuevo canon personal de cabecera.

González Torres no desea matizar sus predilecciones. Una de ellas es la filosofía, o las relaciones que la filosofía mantiene con algunas formas narrativas. Pienso, por ejemplo, en los momentos que dedica a Ismail Kadaré y a María Zambrano. Otra es la de la estirpe de creadores y pensadores que han intentado arrojar alguna luz sobre el arte de vivir y ciertas formas de la desdicha y la felicidad (imposible eludir a Bertrand Russell y a Cioran). Una más tiene que ver con el orbe de los libros y algunos de sus habitantes memorables, que atrae incluso a una pequeña tribu de bibliófilos comidos por el demonio del coleccionismo. Y una última repara en una serie de autores extravagantes, relativa o desgraciadamente expulsados de las librerías o nunca invitados a poblar sus anaqueles: Antonio Porchia, Samuel Pepys, Albert Caraco. La sensatez, la renuncia a la diatriba y al exabrupto son los espíritus que animan cada una de estas predilecciones. De ahí la actualidad Del sexo de los filósofos, a pesar de su elogio del anacronismo. Se escribe tanto para la tribuna o para satisfacer un ego sin fondo, o con el hígado maltrecho, que una exhibición de sensatez no podría resultar ahora más oportuna.

En tal sentido, me gustaría llamar la atención sobre tres temas a los que González Torres dedica páginas ejemplares: la compasión, la venganza y el perdón. Son ocupaciones del alma humana sobre las cuales la inteligencia ensayística ha dejado de reflexionar. Están aquí, frente a nosotros y, sin embargo, la letra impresa ha hecho parecerlas invisibles. Dice González Torres: “Si la literatura tiene razón, existen incluso hombres mezquinos capaces de prodigarse y egoístas visitados sorpresivamente por la solidaridad”. Y vuelve a decir: “Puede hablarse de la alarmante floración de una cultura y una estética de la violencia criminal que, de la mano de algunos intelectuales y artistas venales, contempla y celebra (hasta ahora con resultados éticos y estéticos deplorables) un ascendente orden punitivo basado en la venganza y la justicia de sangre”. Y en otra ocasión: “El desordenado terreno de la afectividad amorosa es el más frágil y susceptible al agravio, pero también el más proclive a perdonarlo todo”. Hay en estas palabras, como en su libro entero, un temor fundado a que el abuso de la palabra ponga en riesgo el frágil prestigio del pensamiento.

Roberto Pliego. Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.