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Yukio Mishima,
Nieve de primavera. El mar de la fertilidad 1 (trad. Domingo Manfredi), 472 pp.;
Caballos desbocados. El mar de la fertilidad 2 (trad. Pablo Mañé Garzón), 592 pp.;
El templo del alba. El mar de la fertilidad 3 (trad. Guillermo Solana), 440 pp.;
La corrupción de un ángel. El mar de la fertilidad 4 (trad. Guillermo Solana), 304 pp.,
Biblioteca Mishima, Alianza Editorial,
Madrid.

Mishima

Cuando Donald Keene dio a la imprenta el volumen que lo consagraría como antólogo, traductor y experto en literatura japonesa, Modern Japanese Literature (1956), y además de incluir en ella a Yukio Mishima (1925-1970), se refirió a él como “un joven escritor muy talentoso cuya variada producción augura lo mejor para el futuro de la literatura japonesa”, nunca imaginó la carrera meteórica del autor a quien, décadas después, recordaría como un “amigo cercano”, según el prefacio de Five Modern Japanese Novelists (2003).

El mar de la fertilidad es el nombre de una tetralogía que Mishima escribió como una aproximación a la historia reciente de Japón y que, leída a la distancia, se juzga su testamento literario. En las páginas de los volúmenes Nieve de primavera (1966), Caballos desbocados (1969), El templo del alba (1970), y la última entrega, publicada como libro de manera póstuma, La corrupción de un ángel (1971), Mishima se aleja de los afanes transgresores de sus primeros libros —exaltar la homosexualidad, despreciar la tradición, intelectualismo recalcitrante—, y abre su sensibilidad a la gran tradición de la literatura japonesa. Con un trazo estilizado, descripciones transparentes y un delicado sentido para acumular percepciones volátiles, edifica un andamiaje narrativo que se ha emparentado, en su inteligencia y exhaustividad, con Manhattan Transfer de Dos Passos y con Berlin Alexanderplatz de Döblin.

El ciclo se inicia con un recuerdo de la guerra ruso-japonesa (1904-1905), y la serie abarca hasta los primeros años de la década de los setenta. El mar es un ciclo narrativo que entra de lleno en las preocupaciones estéticas de Mishima: la muerte, el poder, la tradición; y también, en su densidad y profusión, al debate clásico de Japón: la influencia occidental. Shigekuni Honda, estudiante de leyes en el primer volumen y juez retirado en el último, conoce en su juventud a Matsugae Kiyoaki, joven adinerado que morirá a los 20 años de una enfermedad grave en la primera entrega. La saga gira alrededor de la creencia de Honda de que hallaría de nuevo a Kiyoaki en alguna de sus reencarnaciones sucesivas pues, agonizante, le murmura: “Recién tuve un sueño. Te veré de nuevo. Lo sé. Bajo las cascadas”. La novela oscila entre esa búsqueda y la interpretación —que en el último libro se sugiere fallida—, de signos equívocos de una realidad iridiscente. En la escena final del ciclo, un Honda viejo y fatigado acude al templo Gesshu a perseguir un último recuerdo. Ahí, Satoko le explica: “Pero si desde el principio no existió Kiyoaki…”, a lo que Honda, sorprendido, murmura para sí: “Si no existió Kiyoaki, quién sabe, quizá tampoco yo haya existido”.

Pocos autores como Mishima para despertar las interrogantes de sus lectores y expertos por igual. La secuencia de su vida impregna de tal modo su percepción del acto narrativo que resulta imposible, por ejemplo, calibrar la influencia de su abuela a edad temprana; la epifanía de su descubrimiento corporal, que lo lleva a practicar kendo y al fisicoculturismo; o su exaltada devoción por la muerte y el honor perdido del samurai —el célebre y extinto bushido—, que finalmente lo orilla a la ceremonia del seppuku, que implica abrirse el estómago con un tanto, para cerrar el acto con un corte de cabeza, justo en el instante climático. Ese culto por el cuerpo llevó a Mishima, durante sus últimos años de vida, a fotografiarse de manera exhaustiva. Se le recuerda por un retrato con la misma postura del San Sebastián de Guido Reni, atado a un árbol, humillado y agonizante. Es el mismo San Sebastián que en una página de las Confesiones de una máscara (1948) le arrebata una eyaculación primeriza y el mismo que ahora se juzga icono de la pasión homosexual.

La vida de ficción de Honda sirve a Mishima como álter ego de excepción para llevar una vida ligada al recuerdo —felizmente—, pero también esclavizada a una sucesión de falsas epifanías que terminan por minar su escasa fe en la vida. Para 1970, en una carta a su maestro Kawabata, Mishima se confiesa exhausto: “Cada gota de tiempo que se me escurre me parece tan preciosa como un buen trago de vino, y ya he perdido casi todo interés por la dimensión espacial de las cosas”. Pareciera que el autor japonés hubiera deseado figurar en un pie de página de un novísimo martirologio, editado por descastados y transgresores, almas negras y viciosos. Pero no sucedió: su obra ya es parte de la tradición literaria japonesa y el ciclo de las generaciones está consumado.

Luis Bugarini. Crítico literario.