Escribir es para mí un acto
complementario al placer
de fumar.

—André Gide

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El tabaco se relaciona a menudo con el placer, parece un designio de los hombres galantes, de los que desean saborear un puro o un cigarro para recordar o para descansar. Después de una buena mesa, llegan los licores acompañados del tabaco que llena de humo el ambiente. Y confirma una vocación que parece “natural” en nuestra sociedad: la del artista que huye del ruido y de las grandes salas y se refugia en su propia ceniza. El humo que no es sino sensación de olores y sabores se vuelve ceniza, el único testigo de los laberintos por los que cruza un destino. El tabaco acompaña al hombre en su travesía por la vida, en su deseo de escribir acompañado del humo; es una visión y tal vez el otro con el que todos deseamos hablar de manera íntima y saludable.

Sobre este producto cubano se ha escrito mucho y desde enfoques diversos según puede verse en textos de Jacques Derrida, Molière, Cardoso Pires, Allan Poe, etcétera. El tabaco es humo y otras cosas, un estimulante y un despertador a tiempo de las pasiones. Es ofrenda y leyenda, un mito en las culturas prehispánicas de lo que sería América. Y un objeto de estudio y análisis constante. Derrida dice que es un símbolo de lo “simbólico”; esto que parece una redundancia, no es en realidad más que una hipótesis sobre su consumo que propicia un gasto suntuario en el que no queda nada. Es ofrenda y también una mercancía que libra sus luchas en el mercado actual. “La ofrenda y el uso del tabaco hacen acceder al honor y a la virtud, elevándolo por encima de la pura y simple circulación económica de las necesidades y de las producciones llamadas naturales” (Derrida, 1992: 54). Aparte de esta dicotomía, también el deseo de fumar se ha relacionado con la seducción y la virtud. Sganarelle, en Don Juan de Molière, dice: “A pesar de lo que puedan decir Aristóteles y toda la filosofía, no hay nada igualable al tabaco: es la pasión de las gentes honestas, y quien vive sin tabaco no es digno de vivir. No solamente regocija y purifica los cerebros humanos sino que incluso instruye las almas en la virtud y se aprende con él a convertirse en hombre honesto” (citado en Ribeyro 1994: 576). Es hora de embriagarse de alcohol o de tabaco pero embriagarse.

El tabaco llegó a la literatura y se instaló en ese territorio con una clara intención de ser una especie de laberinto donde se encuentra encerrado el minotauro. Teseo logra la liberación mediante el hilo de Ariadna, y esto propicia un vuelo de la imaginación y un enigma, según Borges. Hacia el tabaco y sus estelas van los poetas y los artistas, los científicos y los fumadores. Poesía y tabaco, los poetas y el tabaco se dan la mano en una misma y sutil trama que los une y separa. Es placer efímero, deseo que termina en ceniza. En la bohemia de varios movimientos artísticos quedó su ceniza no como olvido sino como signo.

A propósito de este asunto se escribió tal vez Puro humo, libro genial que Guillermo Cabrera Infante (1929-2005) publicó en Inglaterra en 1975 y que sólo apareció en español en el año 2000. Rápido se convirtió en un punto de referencia para conocer la historia del tabaco, la actitud que se ha tenido ante esa historia, las formas como se produce el tabaco y la relación que guarda con la literatura. El texto es una combinación perfecta de ensayo y novela irónica, con variedad notable de albures y de escenas en las que personajes de la historia y de novelas, escritores y poetas, viven a través de la parodia sin freno del autor. Crónica y memoria, reportaje de investigación social e histórica. Y lo más sorprendente: el protagonista es el tabaco, que yo relaciono con el placer del texto, según la idea de Roland Barthes, y con la sobremesa después de una suculenta comida. Una vez que has asistido a una buena mesa, llega la hora de la conversación, del coñac, y aparece por necesidad o simple placer el tabaco. Sus señas de identidad son bien conocidas: aumenta el ritmo de los tragos y de las palabras, estimula la imaginación y la conciencia de la grandeza o de lo mediocre, se deja acariciar como la música que para esa hora ya es rutina y también placer de los sentidos.

Ahora bien, el humo no sólo satisface los apetitos de la conversación y de la sobremesa, también puede verse como la otra cara de la moneda: es un vicio que ataca severamente a los fumadores, es una presencia no ciega sino activa que agrede la sensibilidad y la fortalece, un demonio que vigila en todo momento a sus criaturas y las orilla a los límites del abismo. Una vez que el tabaco se perfila como tentación y pesadilla se vuelve el íncubo de la noche —frase que tomo prestada a Borges, el que oprime al durmiente y lo entrega en manos del terror—. Y en ese momento ya no es sólo estímulo a los sentidos, sino el provocador de tragedias; no es más un halo que acaricia y persuade, embelesa y enajena, sino el huracán que azota el corazón de las tinieblas, como en el texto autobiográfico de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) Sólo para fumadores.

Ribeyro, vivir para fumar
Escritor nómada, Ribeyro hizo del tabaco una plaza estimulante y una condena; a través de la memoria recupera pasajes inusitados de un fumador; la llegada al mercado del Lucky, su linda cajetilla blanca con un círculo rojo, símbolo de sus años de universidad y de placer. Ribeyro escribe: “Miles de estos paquetes pasaron por mis manos y en las volutas de sus cigarrillos están envueltos mis últimos años de Derecho y mis primeros ejercicios literarios”.

A partir de esa confesión es posible entender que el tabaco siempre está ligado a una pasión que se vuelve vicio y desdicha, a una situación, a una época de la vida que no volverá. Y eso representó para Ribeyro. Enlazó el fumar a casi todas sus actividades; para las desveladas que exigía el estudio; también cuando veía una película o jugaba ajedrez, y más aún en el momento de abordar a una chica guapa. Usó el tabaco para pasear solo, o acompañado, también cuando tenía problemas y de igual manera si los resolvía. “Mis días estaban así recorridos por un tren de cigarrillos, que iba sucesivamente encendiendo y apagando y que tenían cada cual su propia significación y su propio valor” (Ribeyro 1994: 575). Los amó intensa y gratuitamente, pues hizo una ley del cigarrillo, el primero era sagrado después del desayuno, el segundo venía directo a la sobremesa y el que “sellaba la paz y el descanso luego del combate amoroso”.

Creyó tener bajo control el uso del cigarro. Pero se fue del Perú y comenzó su vida errante en la que el tabaco aumentó sus exigencias. Descubrió nuevas marcas y una legión de marineros en el barco de travesía hacia Europa que vendían tabaco, pero sobre todo nuevos escenarios. “Era lindo, lo reconozco”, escribe Ribeyro. Y llegó a la España franquista, pobre y aún porfiada. El tabaco rubio sólo se conseguía de manufactura hispana, pero la recompensa era grande: podía comprar cigarrillos al menudeo, cuatro o cinco, y si no tenía dinero, se los fiaban. No cabe duda que los escritores han sido grandes fumadores. Pero ninguno escribió sobre el tabaco. “¿Dónde están el Dostoievski, el De Quincey o el Malcolm Lowry del cigarrillo?”. Sin embargo, Thomas Mann tuvo que haber sido un profesional del humo, un escritor pasado por el tabaco; en La montaña mágica, su héroe, Hans Castorp, dice: “no comprendo cómo se puede vivir sin fumar”; él se levanta para saborear la hora en que empezará a fumar, luego come para enseguida iniciar la sobremesa con el tabaco. “Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento, sería para mí un día absolutamente vacío e insípido” (citado en Ribeyro, 1994: 576).

Más allá del género en que podamos encasillarlo, Ribeyro concibió la pasión por el tabaco como parte de su autobiografía, de su diario, que dejó inconcluso, y tejió una extensa y profunda memoria de sus días y sus noches vividas junto al hábito de fumar. El escritor peruano vivía en París, tomaba el trabajo menos digno y así sobrevivía; fue velador, administrador de hoteles de cuarta, vendedor de periódicos, recogedor de basuras y de trapos. Todo lo que hizo tuvo una finalidad: poder comprarse unos cigarros y saciar el ansia de fumar; los francos que recibió por sus empleos esporádicos y hechos a la medida de su condición de inmigrante, fueron a dar puntualmente a los estanquillos. Mientras tanto, escribía.

Para escribir necesitaba un paquete de cigarros. Sin este compañero fiel y fugaz, la escritura no era posible, venían las ideas en remolino, las imágenes pedían que se les quitara el candado de la prisión, latía en sus venas el condenado demonio de las palabras. Pero nada podía concretarse. Todo se quedaba en esa atmósfera incierta, terrible por lo demás, en la que la fuerza de la inspiración —divina o demoniaca— presionaba los sentidos. Y aquello que parecía un manantial era puro humo.
De noche, como en la clandestinidad, le robaba horas al sueño y ahora sí parecía el tubo de una chimenea. No paraba de fumar porque encontraba en el arte del tabaco un estímulo a su situación económica infame y desesperada. Durante el día lo esperaban horas bien largas de trabajo en una cocina, en una casa donde cuidaba al anciano propietario. Y cuando llegaba la noche buscaba, en vez de un pan, un omelette o una sopa, los cigarros que le permitían ver, como en una bola de cristal, el pasado que lo había expulsado, el país que no le dejó más alternativa que el exilio, y se removía en su interior una gran prosa que debía ser alimentada de tabaco.

Debían ser las cinco de la mañana cuando el fumador agotaba su vasta ración de cigarros y entonces salía en busca de una colilla olvidada en la entrada del edificio, o tirada en los muelles de las orillas del Sena. París era una fiesta pero ingrata y desleal para este peruano sin rumbo perdido en Europa y para el que no hubo amparo, ni protección alguna, ni piedad. Ribeyro fue el César Vallejo (1892-1938) moderno, el poeta paria, el poeta-fumador-bohemio, que no esperaba gloria alguna sino unos cuantos francos para satisfacer su pasión declarada por el tabaco. A las seis de la mañana debía ponerse en pie y pensar en su nueva jornada de metro, avenidas y calles a pie, horas y horas en que consumía café, un pan, un té, y todo el tabaco que pudiera meterse. Se estaba suicidando tal vez. Pero en cada paso por esas calles de Saint Michel, de Saint Germain, mientras fumaba como un poseso, recordaba su país, y se afianzaba a su escritura en la que rescataría su propia identidad hecha trizas. Y entonces imaginaba escenas de un cuento, de una novela, la continuación de sus memorias, de sus prosas apátridas. ¿No había hecho algo similar Rubén Darío? ¿No murió de esa manera, en París con aguacero, el mismo Vallejo? Fumaba y salía de la prisión que lo estaba consumiendo; volvía a fumar y de pronto hallaba la salida a sus barreras económicas. El tabaco lo ayudó a soportar la indiferencia de algunas ciudades europeas. Con el tabaco podía olvidar y tal vez conversar consigo mismo.

Julio Ramón Ribeyro escribió algo más que la historia personal de su vicio y su desastre en los años que el tabaco fue su celda, su terapia y su futuro; Sólo para fumadores es una pieza literaria de primera en la que el protagonista es el fracaso; en ella el deterioro es un proceso que hace posible el acto de fumar y que el escritor peruano padeció en niveles que él mismo consideró de extrema vileza. Cuando no tuvo con qué pagar el vicio, se acercó una noche helada y en espiral, a un hombre que salía del Maxims, encendía un pitillo y pedía su auto al chofer; ensayó la frase en su mejor francés y le pidió un cigarro. El hombre lo miró como a un delincuente y pidió ayuda al bell-boy. Ribeyro caminó calles planas y calles empinadas, cruzó las esquinas sin ver nada y llegó al Sena. Desde el Pont des Arts vio las aguas que se escurrían como su propia vida. Y lloró como la más triste puta del universo. Antes había hecho algunas otras barbaridades como vender sus libros para comprar tabaco; así, fue llevando día a día a los bouquinistes sus Balzac, las obras completas de Flaubert, Chéjov, Dickens, por los que recibía apenas para adquirir un paquete de Gauloises o de Gitanes. Su vida, dice, se volvió azul porque azul eran las cajetillas de esos cigarrillos.

Pero su “memoria” es confesión de una aventura y de una vocación por la literatura. Su aventura comenzó en Lima y terminó en las afueras de París en un hospital para enfermos de las vías respiratorias donde lo operaron de un pulmón y lo obligaron a comer disciplinadamente. De pronto su vida se estaba apagando, la dieta estrangulaba su capacidad física y moral, y la prohibición de fumar no le permitía vivir ni escribir. Vio a unos albañiles desde su cuarto; compartían el almuerzo entre risas y copas de vino; terminaron de comer y encendieron sus respectivos cigarros que cada miembro del grupo saboreó, según la mirada del voyeur, con una pureza de espíritu irrevocable. El mirón juró que saldría del hospital para imitar a esos hombres, libres y desinteresados, que encontraban un placer eterno fumando.

Como sabemos, Ribeyro escribió cuentos, prosa suelta, novela, pero su diario es un testimonio desbordado del exilio; es una compleja descripción de los seres que van por el mundo sin nada atrás y sin nada adelante, seguros de que al final no les espera ningún paraíso. En él colocó, como Gide, toda su paciencia y su voluntad de escritor, y logró una escritura que estremece y obliga a voltear hacia los lados, donde no se encuentran el éxito y la fama, los viajes y las portadas de diarios y revistas aplaudiendo el paso del poeta, sino de un camino ya sabido: el que conduce tarde o temprano a la zona oscura y sin regreso de este mundo torpe, injusto y sin remedio. Esto es lo que sabía y siempre supo el gran escritor peruano, a menudo olvidado, siempre llamando a nuestra puerta. Sólo para fumadores es literatura pura; Ribeyro escribió, sin duda, una especie de apología del fumador, que comienza en el descubrimiento del placer que produce el primer “pitillo”, hasta la tos y el desvelo que provoca el vicio de fumar, luego el hospital, la operación de pulmón que le espera a los fumadores, el cáncer que terminó con su vida.

Oro o tabaco
Lejos de esa visión del autor de Prosas apátridas (1975), el tabaco en la mirada de Cabrera Infante es recorrido por la cultura de un país, Cuba, comparación entre la historia europea que se apropia de un producto y lo explota y la de América. Acá, el cacique indio ofrece el tabaco que es puro humo a los conquistadores que lo convierten en comercio. Ribeyro hizo una confesión, Cabrera Infante una exposición del tabaco en sus múltiples modalidades. Son, sin embargo, dos caminos que llevan al lector a la misma estación: la del tabaco que evoluciona y revoluciona a una cultura. El tabaco que exhibe con lujo de detalles Cabrera Infante no es una predestinación, como lo sugiere Ribeyro, sino una enorme galería en la que se muestra el humo como el otro ser que acompaña al hombre en su travesía, el que sirve de estímulo y precipita la imaginación a los rincones de la creación.

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Fue también una especie de espejo que duplica las cosas y lo enlaza con el descubrimiento de América y la ignorancia del Almirante frente a todo lo que era extraño y desconocido para él. El Orbe Novo fue desde la primera mirada del europeo un mundo extraño que no coincidía con sus costumbres y su ambición de encontrar oro, el oro que los haría invencibles y eternos. En lugar de oro encontraron humo. “Obeso como un cateador del Yukon, Colón comía, bebía y orinaba oro (Freud diría más tarde que también lo defecaba)” (Cabrera, 2000: 24); convencido de que estaba en Oriente, en efecto caminaba por Oriente, Cuba. El tabaco fue una revelación y, enseguida, una novedad que los españoles del descubrimiento no entendían más que como una magia, una huida hacia los cielos, un ejercicio espiritual y un rito de los indígenas.
El primer español —conquistador— que probó el tabaco en América fue Juan de Grijalva, que se metió en los ríos de Tabasco y un cacique indio que fumaba felizmente le invitó. “El jefe indio le indicó a Grijalva que debía inhalar el humo —lo que jamás ocurriría con un puro. Grijalva fumaba entonces el primer cigarrillo ofrecido a un europeo por un americano” (Cabrera, 2000: 41).

El tabaco tiene demasiadas relaciones con el hombre que resultan imposibles de enumerar en este espacio pues son tan extensas y profundas que resultan sin límite. Está presente de manera amplia y diversa en la historia del cine, en los gestos y las voces de los actores, en la escenografía, en la trama misma de las películas. Baste recordar que en La novia de Frankenstein el infame Pretorius le ofrece al Monstruo un objeto hecho a mano —y hecho a veces por una mujer— y le dice: “Acabo de nacer. Tenga, prenda un puro y hágase un hombre”. La mujer fatal solía fumar con una larga boquilla, al líder de la industria y de la política se le confería una caracterización especial con un puro en la boca. Orson Welles inmortalizó esa imagen en el Ciudadano Kane. El desenlace tal vez estaría en la siguiente frase de Cabrera Infante: “Los puros, de hecho, son como el cine: un arte que es industria, una industria que hace arte. Como las películas, los puros son el material de que están hechos los sueños”. Los puros entran a formar parte de la ficción fílmica, de los sueños que compartimos a lo largo de la vida con el humo. Son seres de varios rostros, activos, claras invitaciones a la sensualidad, invocaciones de lo que podemos traer en el subconsciente. ¿Sueños son? Comparar las películas con los puros y decir, con Borges, que son el “material de que están hechos los sueños”, es otorgar al tabaco cualidades mágicas, llevarlo a la zona de los absolutos: “Llamo felicidad a sentarme solo en el lobby de un viejo hotel después de una cena tardía, cuando se han apagado las luces de la entrada y solamente se distingue, desde mi cómoda butaca, al portero en su vigilia” (Cabrera, 2000: 375).

El tabaco es literatura. Las ficciones se sirven del humo de los puros para entrar a la imaginación de los lectores. En infinidad de ocasiones el escritor puso en manos de sus personajes un puro, un cigarro, con el fin de hacerlos complejos o ligeros, para poner en sus labios frases crudas o irónicas, de amor o de crueldad. En el Ulyses de Joyce, La montaña mágica de Thoman Mann, La violeta del Prater de Christopher Isherwood, el tabaco juega papeles secundarios pero muy precisos. En los relatos de Ernest Hemingway el tabaco aparece como una necesidad de primer orden, pues el personaje fuma si va de cacería, también en las calles y los cafés de París, en las librerías, y en la guerra frente al peligro y la zozobra.

El camino para trabajar la relación múltiple y suculenta del tabaco en la cultura, como deseo, como representación de un continente al que le destruyeron sus ídolos y sus símbolos de su propio suelo, parece abierto en esos dos textos de Ribeyro y de Cabrera Infante. Ellos mismos son un ejemplo de que el humo que han desprendido generaciones de escritores buscando le mote juste, la comparación precisa, la escena perfecta del drama, late en el corazón de la historia que enlaza la historia con la ficción.

Referencias

Borges, Jorge Luis, Nueva antología personal, Bruguera, Barcelona, 1982.
Cabrera Infante, Guillermo, Puro humo, Alfaguara, México, 2000.
Cardoso Pires, José, “Fumar ante el espejo”, Biblioteca de México, núm. 10, julio-agosto de 1992, p. 31.
Derrida, Jacques, “Poética del tabaco”, Biblioteca de México, núm. 10, julio-agosto de 1992, p. 51.
Pacheco, José Emilio, Jorge Luis Borges. Una invitación a su lectura, Raya en el agua, México, 1999.
Ribeyro, Julio Ramón, “Sólo para fumadores”, en Cuentos completos, Alfaguara, México, 1994, pp. 573-595.

Álvaro Ruiz Abreu. Escritor y crítico. Es autor de Paraísos en fuga, La cristera, una literatura negada, Pellicer, poética de la luz, entre otros.